La noche que dejé que la ciudad entera me mirara
El piso estaba a oscuras, apenas teñido por el resplandor naranja de la ciudad que se filtraba entre las cortinas a medio cerrar. En la televisión terminaba una película que Renata ya no recordaba haber empezado. Tendida en el sofá, con el vestido enrollado hasta la cintura y las piernas entreabiertas, sentía la piel cubierta por una fina capa de sudor.
Había soñado algo. Algo nítido, sucio, imposible de borrar. Su cuerpo se había despertado antes que su cabeza, agitado, hambriento, pidiendo más de lo que el sueño le había dado.
En la fantasía, el hombre era su jefe. Autoritario, de manos grandes, de voz que no admitía réplica. En plena reunión le deslizaba la mano bajo la falda mientras ella mordía el capuchón de un bolígrafo para no gemir delante de todos. La tomaba ahí mismo, sin importarle quién mirara, y la dejaba temblando contra el borde de la mesa.
Renata abrió los ojos con el corazón disparado. Los pezones, duros, marcaban la tela del vestido como dos pequeñas señales de aviso. Cuando bajó la mano entre las piernas, la humedad la sorprendió. No había sido solo un sueño: su cuerpo había respondido por su cuenta, con un hambre que no le pedía permiso.
***
Se desnudó sin pensarlo. El vestido cayó al suelo con un susurro y ella quedó completamente expuesta bajo la luz tenue. Se pasó las manos por el vientre, subió hasta los pechos, los apretó. Bajó despacio hacia el clítoris hinchado y empezó a acariciarse, primero en círculos lentos, después más rápido, mientras la espalda se arqueaba contra los cojines.
Alzó la mirada hacia el ventanal del balcón.
Las luces lejanas titilaban en la noche. Y pensó: ¿y si alguien me viera? ¿Y si algún vecino me espiara desde otra torre? La sola idea la encendió todavía más. Se levantó, desnuda, sin pudor, y caminó hasta el cristal. Piso veintinueve. La ciudad entera estaba ahí afuera, indiferente y atenta a la vez.
Apoyó las palmas en el vidrio frío, sacó el pecho, separó las piernas y volvió a tocarse. Esta vez más hondo, más fuerte, con los dedos resbalando dentro de ella.
—Mírenme —susurró, sin que la voz le saliera del todo.
El orgasmo llegó como una tormenta corta y brutal. Los muslos le temblaron, la boca se abrió en un grito mudo, el cuerpo entero se sacudió. Cayó de rodillas sobre el suelo frío del balcón, jadeando, el pelo desordenado sobre la cara.
Y supo, con una certeza nueva, que aquello no había sido suficiente.
***
La brisa nocturna le acarició la piel mientras volvía adentro. El cuerpo le seguía latiendo, pero esa noche no quería descanso. No tenía hambre de cariño, sino de deseo crudo. Quería miradas que la devoraran, tensión flotando en el aire, gente imaginándola.
Se metió en la ducha y dejó que el agua caliente le resbalara por la espalda, arrastrando los restos del placer y encendiendo otros nuevos. Se enjabonó despacio, demorándose en los pezones sensibles, en la entrepierna todavía caliente. Al salir, se miró al espejo empañado con una sonrisa torcida.
—Esta noche soy puro veneno —se dijo en voz baja.
Eligió un vestido negro, corto, ajustado como una segunda piel. No se puso nada debajo; le gustaba sentir el roce directo de la tela contra el cuerpo. Los pezones se marcaban sin disimulo. Se pintó los labios de rojo, se delineó los ojos con trazo firme y se calzó unos tacones que le estilizaban las piernas y le daban un andar de desafío.
Abrió la puerta y, con la calma de quien sabe el arma que lleva puesta, pulsó el botón del ascensor.
***
Las puertas se abrieron con un timbre suave. Dentro había una pareja. Él, alto, camisa blanca abierta en el cuello, mirada curiosa. Ella, más baja, prendida de su brazo, como si presintiera el peligro.
Renata entró sin prisa y se colocó justo enfrente. El silencio se volvió denso. El hombre la miró: primero a los ojos, luego a los labios, y después no pudo evitar bajar la vista. Ahí estaban los pechos empujando la tela, los pezones marcados sin pudor. No le hacía falta confirmarlo: esa mujer iba completamente desnuda bajo el vestido.
Él tragó saliva. La imaginación hizo el resto y el pantalón se le tensó.
Ella lo notó, claro. Cambió apenas el peso de un pie a otro, como quien se acomoda, y fue suficiente para que uno de sus pechos rozara la chaqueta del hombre. Un contacto mínimo, eléctrico.
La novia también lo notó. Apretó los labios y se aferró con más fuerza a su brazo.
—Planta dieciocho —dijo, cortante.
El ascensor se detuvo. La pareja bajó. El hombre la miró por última vez y ella le guiñó un ojo. Las puertas se cerraron y se quedó sola, latiendo.
El resto del descenso se sintió como un desfile triunfal. En el vestíbulo, la recepcionista de turno —una chica joven de gesto dulce— la saludó con una mirada rápida que se desvió hacia su cuerpo antes de volver a sus ojos.
—Que tengas una linda noche —dijo, con voz aguda.
—Gracias —respondió Renata, ronca, cargando la palabra de intención.
***
Se deslizó dentro del auto y el cinturón le apretó los pechos en una provocación deliciosa. Bajó la parte de arriba del vestido y dejó los senos al aire. Se miró en el retrovisor y la imagen volvió a encenderla. Se acarició mientras buscaba música. Después subió la falda hasta las caderas, dejando que la piel desnuda rozara el cuero tibio del asiento. Un gemido bajo se le escapó.
En un semáforo en rojo, un coche se detuvo a su lado. Un hombre viajaba solo. Giró la cabeza y la vio. Abrió mucho los ojos. Ella no lo miró de frente, pero supo que la estaban observando: los pechos al aire, el cuerpo en llamas. El hombre hizo un gesto obsceno con la lengua. Renata se rió justo cuando el semáforo cambió, y aceleró.
La ciudad la esperaba y ella estaba dispuesta a devorarla.
***
Aparcó a unas cuadras de la zona de bares. No por prudencia, sino por puro placer. Le gustaba caminar así, con el vestido a punto del escándalo, los tacones resonando contra el pavimento como una advertencia. Los pezones seguían visibles bajo la tela negra, y entre las piernas notaba la humedad libre con cada paso.
Entró en la discoteca como si fuera la dueña. El local vibraba de música, luces intermitentes, cuerpos sudados y alcohol flotando como un perfume espeso. No buscaba mesa, ni conversación, ni nombres. Solo quería que la tocaran.
Se abrió paso entre la gente. Cada roce era un estímulo, cada mirada una caricia. Algunos hombres la seguían con los ojos. Algunas mujeres la observaban entre el deseo y la envidia. Al llegar al centro de la pista empezó a bailar como si hiciera el amor con la música: las caderas hipnóticas, los labios entreabiertos, una mano en la copa y la otra recorriéndose el muslo. El vestido subía con cada movimiento.
Un grupo bailaba cerca. Uno de ellos, alto, de barba recortada y camiseta oscura, se le acercó por detrás. Su olor a colonia le hizo cerrar los ojos.
—¿Bailo contigo? —le susurró al oído.
Ella no respondió. Solo llevó el cuerpo hacia él. Bastó con eso.
Él le puso las manos en la cintura y las fue bajando despacio hasta las caderas, marcando el ritmo. Pronto los dos cuerpos estaban pegados, simulando algo más que un baile. La música lo cubría todo, hasta los jadeos suaves que ella dejaba escapar.
Las manos del hombre bajaron más. Primero los muslos, luego la cara interna. Cuando tocó la piel desnuda, entendió lo que ella no necesitaba decir: no llevaba nada debajo.
—Dios… —murmuró él, incrédulo.
Los dedos se le perdieron entre los labios mojados. Renata gimió, bajo pero real, echó la cabeza atrás y apoyó el cuerpo contra él. Lo sentía endurecerse. Quería más, pero no de él. Abrió los ojos, se giró, lo miró de frente y sonrió. Le tomó la mano que la estaba tocando y la apartó con una elegancia que era casi una burla.
—Salgo un momento —murmuró, y desapareció entre la multitud sin esperar respuesta.
***
Entró al baño y se miró en el espejo. Tenía las mejillas encendidas, los labios hinchados, los pezones marcando con descaro la tela. Se mojó el cuello con agua fría y respiró hondo.
—Me encanta tu vestido —dijo una voz a su espalda.
Una mujer joven, de piel clara y pelo corto, la observaba desde el fondo con una sonrisa ladeada. Se acercó fingiendo secarse las manos. Bajó los ojos hasta el escote, donde se asomaba uno de los pezones, y con un dedo provocador lo acomodó de nuevo bajo la tela, sosteniéndole la mirada.
Se miraron. Fuego. Silencio. Deseo.
Se besaron.
No hubo palabras. La desconocida la tomó de la mano y la llevó al cubículo del fondo. Se tocaron como dos animales con hambre. Renata bajó el vestido hasta la cintura y la otra atrapó sus pechos, los adoró con la boca, lamió, mordió. Después se arrodilló, le subió la falda y se hundió entre sus piernas hasta que las rodillas de Renata amenazaron con rendirse. El orgasmo la sacudió en un grito que tuvo que tragarse.
Cuando abrió los ojos, una parte de ella sonreía y otra no entendía nada. Se arregló el vestido y salió del baño sin mirar atrás. Caminó hasta el auto sin saber si reía o lloraba. Porque comprendía algo: esa noche no había terminado. Apenas empezaba.
***
La ciudad la miraba como un amante callado mientras conducía de vuelta. El asiento todavía guardaba su olor; el clítoris le latía como una alarma encendida. No estaba satisfecha. Todavía no.
Se detuvo frente a una estación de servicio. No necesitaba combustible. Necesitaba tentación. Bajó del auto con el vestido a medio acomodar y el aire de la noche le rozó la piel. Caminó tranquila hacia la tienda, sabiendo que las cámaras ya estaban grabándola.
Adentro, tres hombres charlaban junto a la nevera de las cervezas. Uno de ellos, fornido y tatuado, la notó de inmediato. Ella paseó entre los estantes sin mirar a nadie, consciente de que todos la seguían con los ojos. Se agachó frente a unas botellas y el vestido trepó por sus muslos. Fingió buscar algo, pero en realidad se estaba ofreciendo.
—¿Te ayudo con algo? —preguntó uno, con voz grave.
Renata se giró despacio y lo miró.
—Sí. Pero no aquí.
Salió de la tienda sin volverse, dejando la puerta abierta, y caminó hacia un callejón en penumbra al costado de la estación. Allí se bajó los tirantes del vestido. Los pechos quedaron al aire, los pezones duros, brillando bajo la única luz.
Los tres hombres la siguieron. El tatuado, otro de barba descuidada y un tercero con los ojos cargados de hambre.
—No me penetren —dijo en voz baja, firme—. Solo tóquenme.
Y obedecieron. Uno se arrodilló detrás y le besó las nalgas con devoción. Otro se aferró a sus pechos y le mordió los pezones. El tercero hundió los dedos en su sexo empapado mientras la besaba en la boca. Ella se dejó hacer, con los ojos cerrados, entregada, cada caricia como una descarga.
—Fóllenme —ordenó al fin, con la voz hecha pedazos—. Los tres. Aquí. Ahora.
El más fuerte la giró contra la pared y la penetró de una sola embestida. Renata gritó, no de dolor sino de liberación. Otro se colocó frente a ella y lo recibió con la boca. El tercero le recorría la espalda y las piernas con la lengua. Las embestidas eran brutales, los jadeos casi animales, el callejón se llenó de respiraciones rotas. Se vino una vez, dos, tres. Perdió la cuenta.
Cuando terminaron, temblaba. El vestido le colgaba como un trapo. Se limpió los labios.
—Gracias —susurró, y volvió al auto.
***
Condujo de regreso como en trance. Llegó a casa y se dejó caer en el sofá, justo donde todo había comenzado. Cerró los ojos.
Por fin estaba en paz.
Hasta la próxima vez que la bestia despertara.