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Relatos Ardientes

Lo que encontré en el móvil de mi marido esa noche

Sandra se dejó caer en el sofá con el peso de quien ha recibido un golpe en el centro del pecho. Lloraba en silencio, con esa clase de llanto que no hace ruido porque el cuerpo ya no tiene fuerzas para más. Sobre la mesa, la copa de vino que había servido hacía veinte minutos seguía llena, testigo de un momento en que todavía pensaba que esa noche podía ser normal. La cogió con dedos que no terminaban de obedecer y bebió de un trago largo. El vino era seco, casi amargo. Le raspó la garganta. No importó.

La pelea había durado menos de diez minutos. Rodrigo se había ido dando un portazo y el apartamento vibraba todavía con ese silencio pesado que dejan las palabras que no se pueden deshacer.

Entonces lo recordó.

El móvil del trabajo. Rodrigo siempre lo dejaba olvidado en la mesilla de noche. Era un descuido de siempre, una de esas costumbres que ella había llegado a encontrar casi tiernas. Se levantó, caminó hasta el dormitorio y abrió el cajón con más fuerza de la necesaria.

Ahí estaba.

Tecleó el código sin dudar: el cumpleaños de su hijo mayor. Entró al primer intento.

—Idiota —murmuró, y no supo con certeza si se lo decía a él o a sí misma por no haberlo intentado antes.

Abrió WhatsApp. El chat con «Valeria» estaba primero en la lista, sin nombre encubierto, sin abreviatura, sin nada que indicara que había algo que ocultar. Solo «Valeria», como si ya no le importara disimular.

El último mensaje traía una foto adjunta.

Sandra tardó un segundo en procesar lo que veía. Una mujer de perfil, una mano cubriendo apenas el pecho grande y pesado, la otra apoyada con suavidad sobre un vientre que empezaba a redondearse con esa firmeza característica del embarazo temprano. La piel le brillaba. Sonreía con los labios entreabiertos, mirando a cámara con una expresión que no era de orgullo sino de provocación directa.

El mensaje debajo decía: *¿Ves qué barriguita más bonita me estás haciendo? Un hermanito para tus hijos, amor. ¿No te pone saber que tengo lo tuyo dentro? Ven. Quiero que me lo metas despacito, que me llegue hasta el fondo.*

Sandra sintió que el suelo se movía.

No era metáfora. Tuvo que apoyar la espalda contra el cabecero porque las piernas no respondían. El estómago se le contrajo, la bilis le subió por la garganta, y al mismo tiempo —y esto era lo que más le revolvía por dentro— algo caliente y traicionero se encendió en un lugar que no debería haberse encendido.

Siguió bajando por el chat. No podía parar. Era como meter la mano en una herida para comprobar cuánto duele todavía.

Había una foto de Valeria en la playa. Bañador negro, el escote profundo, el sol marcando cada curva. El mensaje que acompañaba la imagen decía: *¿Cómo van las vacaciones en familia? Yo aquí muriéndome de ganas. Me acuerdo de cómo me mirabas en el aparcamiento cuando me quitaba el vestido. Ven pronto, cariño.*

Y la respuesta de Rodrigo: *Joder. Qué guapa estás. Aquí aburrido, con los críos y Sandra con cara de pocos amigos. Ojalá estuviera ahí contigo. Me la pones dura solo con verte así.*

Sandra apretó los dientes.

Cara de pocos amigos. Eso era lo que era para él. Un estorbo. Un fondo de pantalla aburrido mientras él tenía esto. Mientras él tenía a Valeria con su barriguita y sus fotos de playa y sus mensajes que prometían cosas que Sandra ni recordaba cuándo había dejado de prometerse.

Bajó más. Encontró un vídeo corto.

Lo abrió sin pensarlo. Valeria en la cama, sábanas revueltas, grabándose con una mano mientras la otra desaparecía entre sus piernas. Gemía en voz baja, casi susurrando: «Rodrigo… ven… tócame aquí… quiero que te corras dentro otra vez… llénameee…»

Sandra cerró el vídeo. Dejó el móvil sobre la cama.

Se quedó mirando el techo durante unos segundos.

Luego se bajó el pantalón del pijama.

No fue una decisión razonada. Fue algo que el cuerpo tomó antes de que la cabeza pudiera intervenir. Abrió el cajón de su mesilla, sacó el vibrador que Rodrigo ni sabía que tenía —lo había comprado meses atrás, en un momento de soledad, cuando algo en ella ya intuía que las noches iban a seguir siendo igual de silenciosas— y lo encendió.

El zumbido llenó la habitación como un secreto sucio.

—Zorra —susurró, y tampoco supo del todo a quién se lo decía.

Se tumbó boca arriba, separó las piernas y colocó el cabezal contra el clítoris. La presión fue inmediata, intensa, casi brutal en contraste con todo lo que sentía por dentro. Cerró los ojos.

Las imágenes llegaron solas.

Rodrigo llegando al apartamento de Valeria. La puerta abriéndose, ella en el umbral con esa sonrisa de la foto. Él metiéndole la mano por debajo de la camiseta, palpando ese vientre que llevaba algo suyo. Valeria echando la cabeza hacia atrás. Rodrigo susurrando «es nuestro».

Sandra apretó la mandíbula con fuerza.

—Te la está follando ahora mismo —dijo en voz alta, para nadie, para la habitación vacía—. Te está diciendo que la quiere. Que le encanta la barriga que le ha hecho. Y yo aquí.

Subió la intensidad del vibrador.

El placer le sacudió las caderas hacia arriba, involuntariamente. Las lágrimas le rodaban por las sienes, mojándole el pelo. El cuerpo le ardía desde dentro con esa mezcla horrible de rabia y excitación que no encontraba forma de separar, que se alimentaban la una de la otra como dos llamas del mismo fuego.

Siguió bajando en el chat.

Encontró un mensaje de dos semanas atrás que le arrancó un sonido de la garganta que no era llanto ni gemido sino las dos cosas fundidas en algo que no tenía nombre.

*Este fin de semana Sandra se va fuera. Me quedo solo con los niños. Vente a casa.*

La respuesta de Valeria: *¿Estás loco? ¿Con tus hijos en casa?*

Y él: *Duermen bien, no te preocupes. Cierro el pestillo. Quiero follarte en nuestra cama. Quiero que te subas encima y me cabalgues hasta que me llene. Quiero que dejes tu olor en las sábanas.*

Valeria: *Ay, qué guarro eres. Follando con los nenes dormidos en el cuarto de al lado. En la misma cama donde duerme tu mujer. Joder, eso me pone. Voy.*

***

La cama.

La misma cama donde estaba tumbada ahora Sandra.

Sintió que algo se quebraba de forma definitiva, con ese chasquido interior que solo existe dentro del pecho, ese sonido silencioso que marca el antes y el después de todo. Y al mismo tiempo el vibrador seguía zumbando sin piedad, y el cuerpo seguía respondiendo, y las dos cosas eran simultáneamente verdad: se estaba rompiendo y se estaba corriendo.

—En mi cama —jadeó con la voz deshecha—. Te la follaste en mi cama. Le dijiste que la querías en mis sábanas. Y yo aquí ahora, pensando en eso, pensándolo todo y sin poder parar.

El orgasmo llegó de golpe, sin aviso previo, con esa violencia que tienen los clímax que vienen del dolor. El cuerpo se le arqueó, los muslos le temblaron, un calor líquido le empapó los dedos. Gritó. No un gemido: un grito real y ronco que le raspó la garganta igual que el vino antes.

Se quedó doblada, el vibrador todavía zumbando contra su mano laxa, la respiración entrecortada y los ojos cerrados.

Cuando los abrió, el móvil seguía encendido en la cama. La foto de Valeria en la playa. Ese bañador negro. Esa sonrisa.

***

Tardó unos minutos en calmarse. Luego cogió el móvil otra vez.

Había más fotos. Más mensajes. Conversaciones enteras de las que ella no había formado parte y que, sin embargo, hablaban de su casa, de sus hijos, de su cama, de todo lo que había construido sin saber que lo estaban demoliendo por dentro desde hacía meses.

Cada foto era un golpe. Cada mensaje de Rodrigo hablando de ella como de un accidente doméstico era otro. Y sin embargo el cuerpo volvía a encenderse, traicionero, oscuro, alimentado por algo que no quería nombrar pero que estaba ahí con una claridad incómoda: el morbo de ver lo que no debería verse, de entender exactamente lo que había estado pasando, de tenerlo todo delante sin filtros ni mentiras piadosas.

Volvió a coger el vibrador.

Esta vez lo puso al máximo desde el principio.

—Si tú te corres con ella en mi cama —dijo entre dientes, las caderas moviéndose solas—, yo me corro pensando en ello. Esta noche es mía. Aunque duela. Aunque mañana tenga que tomar decisiones que no quiero tomar todavía.

Se imaginó a Valeria quitándose la camiseta en ese mismo dormitorio. Los pechos cayendo libres. Rodrigo agarrándola por las caderas. La escena era clara, nítida, construida con los detalles que ella misma había leído y que ahora el cerebro ensamblaba sin que se lo pidiera. El colchón hundiéndose bajo ellos dos. El pestillo echado. Los niños dormidos a tres metros.

El segundo orgasmo fue más largo y más sordo que el primero. Menos grito y más temblor sostenido, las piernas sacudiéndose sin control, la mano libre aferrando las sábanas con los nudillos blancos.

Las mismas sábanas.

Cuando terminó se quedó quieta un rato largo, mirando el techo sin verlo. El móvil había quedado boca abajo en la cama y le daba igual si se había apagado.

Afuera, en algún lugar de la ciudad, Rodrigo estaría en su coche, o en un bar, o ya en casa de Valeria. No sabía. En ese momento no le importaba.

Lo que sí sabía era que esa noche había sido suya de una forma que no esperaba. Una forma fea y honesta y violenta, pero completamente suya.

Se incorporó despacio, fue al baño y se lavó las manos y la cara con agua fría. Se miró en el espejo un momento. Tenía los ojos hinchados, el pelo pegado a las sienes por el sudor y las lágrimas, el rastro seco del llanto en las mejillas.

Pero había algo en la mirada que antes no estaba. No era fuerza, exactamente. Era otra cosa más difícil de nombrar. Una especie de claridad oscura, de haber visto exactamente cuánto podía doler y seguir de pie después de comprobarlo.

Volvió al dormitorio. Recogió el vibrador. Dejó el móvil de Rodrigo en el cajón, exactamente donde estaba, sin moverlo un centímetro. Fue a la cocina, se sirvió lo que quedaba de la botella y se lo bebió de pie junto a la ventana, mirando las luces de la ciudad.

Mañana habría conversaciones que dolían antes de empezarlas. Mañana habría que decidir qué hacer con siete años y dos hijos y una cama que ya no era lo que parecía ser.

Pero mañana era mañana.

La ciudad seguía ahí afuera, indiferente y brillante.

Sandra también.

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Comentarios (6)

NocheSolitaria22

que inicio tan intenso, me dejo sin palabras!!!

Vero_relatos

Por favor seguí, quede con muchas ganas de saber como termina esto

Laura_BA

Esa mezcla de dolor y algo que no sabés bien como nombrar... lo describís tan bien que se siente real. Muy buen relato

FedeFG

tremendo, imposible parar de leer desde el primer parrafo

DanielaRos

Me recordo a algo que me paso hace un tiempo. Esa sensacion de que el mundo se te da vuelta pero al mismo tiempo algo dentro tuyo cambia... lo capturaste perfecto

noctambulo_r

Segunda parte??? Dejo demasiado en suspenso jaja

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