Estrené mi vibrador con un desconocido en línea
Me llamo Renata, tengo treinta y un años y llevo casi dos meses en Europa por trabajo. Vine sola, pero nunca estoy sola del todo: comparto piso con dos compañeras de la empresa y las paredes son finas como papel. Hace días que vengo cargada, con unas ganas absurdas de tocarme, y no encuentro ni un minuto de intimidad. Una se vuelve un poco loca cuando el cuerpo pide y la cabeza no para de imaginar.
Así que hice lo único sensato: me organicé un fin de semana solo para mí.
Reservé una habitación en un hotel del centro, lejos de las chicas, lejos de las paredes finas. Y empecé a contar las horas.
***
Viernes, ocho de la tarde.
Acabo de salir de la ducha. Me puse un camisón corto y una colaless, y tengo que separar algo de ropa para mañana. Saco un par de remeras, un jean, una tanga hilo dental que me compré especialmente para la ocasión. Y entonces lo veo, todavía en la caja de Amazon, sin estrenar: un vibrador. El primero de mi vida.
De solo imaginarme cómo lo voy a usar se me ponen duros los pezones. Tengo que meterme en la cama, taparme y tocármelos un rato para bajar la excitación. Aguantá un día más, me digo. Un día más y todo va a ser tuyo.
Esa noche casi no duermo. Doy vueltas en la cama, escucho a una de mis compañeras reírse al teléfono al otro lado de la pared, y me obligo a tener las manos quietas sobre las sábanas. No quiero adelantarme. Quiero llegar al sábado con el cuerpo entero pidiendo guerra. Hay algo en posponer el placer que lo vuelve más intenso, y yo llevo días convertida en una cuerda tensa a punto de soltarse.
***
Sábado, nueve de la noche.
Acabo de llegar al hotel y es mejor de lo que esperaba. La cama es enorme, hay una vista preciosa a la plaza iluminada y una bañera de película, de esas en las que cabés entera con espacio de sobra. Cierro la puerta con doble vuelta, dejo la cartera sobre la silla y respiro. Por fin nadie me escucha. Por fin soy yo y nada más.
Decido empezar despacio, con un baño de espuma. Mientras la bañera se llena, me desnudo frente al espejo y, casi por costumbre, abro una de esas apps en el celular. No busco encontrarme con nadie. Lo que me calienta es el chat, el ida y vuelta, las palabras de un extraño que no sabe nada de mí.
Apareciste casi enseguida. Te conté dónde estaba, te conté mi plan para la noche, y la conversación se puso intensa tan rápido que pasamos a otra aplicación más privada antes de que yo terminara de meterme en el agua.
—¿Terminaste el baño de espuma? —me preguntaste.
—Ya me vestí —mentí, y te mandé una foto con la tanga nueva y una mano tapándome los pechos.
Me acuesto en la cama, todavía con el pelo húmedo, y te mando otra foto: los dedos jugando con el hilo fino de la tanga, tirando apenas de la tela.
—¿Te gusta? —escribo.
—Parece que sí. Mirá cómo me tenés —respondiste, y la imagen que llegó después no dejaba lugar a dudas—. Tocate. Quiero que sientas lo que me hacés.
Empiezo por los pechos. Te cuento que son medianos, suaves, con los pezones rosados. Y que ahora los tengo duros, durísimos, de pensar en vos del otro lado de la pantalla.
—Con esa foto me calentás de verdad —escribís—. Me dan ganas de bajar la mano.
—Por cómo te la agarrás, ya te estás por masturbar. O al menos así te agarraría yo: una mano rodeándote, la otra más abajo, jugando.
Me toco por encima de la tanga y ya está húmeda. Mucho. Sigo así un rato, con la tela de por medio, porque esa sensación amortiguada, ese roce a medias, me gusta más de lo que esperaba. Es como prolongar la espera, como negarme algo a propósito para desearlo el doble.
Te mando otra foto.
Piernas abiertas, rodillas flexionadas. Se ve un pezón duro en primer plano y, al fondo, el brillo de la humedad asomando por el borde de la tanga.
—Creo que es hora de que te saques todo —escribís—. Quiero escucharte.
—Vos ya estás muy caliente. La punta mojada. Qué ganas de chuparte esa gota antes que nada.
***
Te hice caso.
Me saco la tanga y por fin abro la caja. El vibrador es más liviano de lo que imaginaba, de un rosa pálido, con una textura suave que se calienta enseguida entre los dedos. Lo enciendo en la potencia más baja y el zumbido llena la habitación. Me da un poco de pudor y un poco de risa, esa mezcla de novata que no sabe bien por dónde empezar.
Así que empiezo por arriba. Lo paso por el cuello, despacio, y un escalofrío me recorre entera. Bajo por las clavículas, por el medio de los pechos, y lo dejo girar sobre cada pezón hasta que se me escapa el primer gemido de verdad.
—Ahhh… —escribo, aunque ya casi no escribo, solo aprieto teclas al azar.
Y entonces lo llevo directo abajo. Lo apoyo despacio entre las piernas, busco el punto exacto, y cuando lo encuentro subo la potencia. Las piernas me empiezan a temblar de inmediato. No es una caricia, es otra cosa: algo insistente, parejo, que no afloja por más que yo me retuerza.
El chat ya no me alcanza. Necesito las dos manos. Necesito verte.
Te hago una videollamada.
—¿Me ves? —pregunto, con la voz entrecortada.
Lo primero que veo es tu mano, moviéndose despacio, sin apuro. Me encanta. Me encanta comprobar con mis propios ojos lo que provoqué desde el otro lado del país, o del continente, o de donde estés. No sé tu nombre real. No me importa. En este momento sos exactamente lo que necesito.
La imagen tiembla un poco, se entrecorta, y eso lo hace más real todavía. No es una película perfecta ni un guion ensayado: son dos extraños que se cruzaron por casualidad y decidieron, sin promesas, regalarse esta noche. Te oigo respirar pegado al micrófono. Oigo el roce de tu mano. Y yo respondo con mi propio sonido, ese zumbido grave del vibrador que llena el silencio entre palabra y palabra.
—Despacio —te pido—. No quiero que acabes todavía.
Apoyo el celular contra la lámpara, en un ángulo en el que puedas verme entera, y empiezo a penetrarme con el vibrador. Suave, copiando tu ritmo. Adentro y afuera yo, arriba y abajo vos. Como si bailáramos sin tocarnos, cada uno en su habitación, unidos por una pantalla y por las ganas.
—Aguantá —murmuro—. Escuchá mi voz.
—No sé cuánto más voy a poder —decís, y la mano se te acelera sin querer.
—Escuchá. Escuchá mis gemidos.
Y gimo de verdad, sin pudor, porque por primera vez en semanas nadie me va a tocar la puerta, nadie va a fingir que no escuchó nada en el desayuno. La habitación es mía. La noche es mía. El placer es mío.
Veo cómo ya no podés contenerte. Veo el momento exacto en que dejás de pelear contra vos mismo y te abandonás. Acabás mirándome a los ojos a través de la cámara, y una parte muy egoísta y muy satisfecha de mí piensa: acabás gracias a mí.
—Cómo me gustaría ser yo la que termina cubierta —digo, mordiéndome el labio.
—Ahora vos —decís, todavía agitado—. Concentrate. No pares.
Subo la potencia un escalón más. El vibrador no perdona. Siento el calor subiéndome desde la base de la espalda, ese cosquilleo que avisa que falta poco.
—Seguí así —me decís, con una voz más ronca—. Seguí, que ya llegás.
Hay una palabra que se te escapa después, una de esas palabras sucias que en otro contexto me molestarían y que ahora, en cambio, me empujan justo al borde. No sabés lo que me provoca que me hablen así. En realidad sí lo sabés, lo descubrís en tiempo real, porque el orgasmo me llega de golpe y me arquea entera contra la cama.
Es largo. Mucho más largo de lo que consigo sola con la mano. Me quedo unos segundos con el vibrador apoyado, bajando la potencia de a poco, hasta que el cuerpo me pide que lo apague y lo suelte sobre la sábana.
***
—Gracias —te digo, y me sorprende que me salga así, sincera, casi tierna.
Me estiro a lo ancho de la cama king, todavía temblando, y me llevo un dedo a la boca a falta de otra cosa. Del otro lado de la pantalla te escucho reír bajito. No hace falta decir más. Cada uno vuelve a su mundo, a su nombre verdadero, a su vida normal, como si esto no hubiera pasado.
Pero pasó. Y fue exactamente lo que necesitaba.
Apago la videollamada, miro el techo y sonrío sola en la penumbra. Mañana hay desayuno con vista a la plaza, un baño de espuma pendiente y todo un domingo por delante. El vibrador, por fin estrenado, descansa a mi lado como un cómplice nuevo.
Posdata sincera: acabo de terminar de contar todo esto y me di cuenta de que volví a quedar igual de caliente que aquella noche. Así que, si me disculpan, tengo un asunto pendiente que atender. Y esta vez no necesito reservar ningún hotel.