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Relatos Ardientes

La tarde en que descubrí lo que mi cuerpo deseaba

Desde muy joven supe que había algo distinto en la forma en que mi cuerpo respondía al mundo. Cualquier escena de una película, una pareja besándose en la calle, una voz grave en la radio: bastaba un detalle para que algo se encendiera dentro de mí, en un lugar que no sabía nombrar. No entendía qué era ni por qué me pasaba, y durante años aprendí a disimularlo, a apretar los muslos bajo la mesa y fingir que no sentía nada.

Cumplí los diecinueve y seguía sin atreverme a explorar ese terreno. Vivía con mis padres en un piso del centro de Valverde, estudiaba el primer año de Diseño y pasaba la mayor parte del tiempo encerrada en mi cuarto, entre apuntes y el ordenador portátil que me habían regalado para la universidad. Era una chica curiosa para todo menos para mi propio cuerpo, como si el deseo fuera un examen que prefería no presentar.

Aquel viernes de noviembre lo cambió todo. Mi madre cocinaba en la planta de abajo y el olor a guiso subía por las escaleras. Yo, supuestamente, repasaba una entrega para el lunes. Pero la curiosidad llevaba semanas mordiéndome, y esa tarde, con la puerta cerrada y el silencio a mi favor, abrí el navegador y escribí en la barra algo que nunca antes me había permitido buscar.

Solo voy a mirar un momento, me dije. Para entender de qué se trata.

La página se llenó de imágenes y enlaces, demasiados para procesarlos todos a la vez. Pasé el cursor de uno a otro sin decidirme, con el corazón latiéndome en la garganta. Y entonces lo vi: la miniatura de una mujer madura, de cabello castaño y mirada tranquila, sentada al borde de una cama. No había nadie más en el video. Solo ella y la cámara.

Le di al play casi sin pensarlo. Bajé el volumen al mínimo por si los pasos de mi madre se acercaban, y me incliné hacia la pantalla como si quisiera entrar en ella.

La mujer se llamaba Renata, según el título. Se movía despacio, sin prisa, con una seguridad que me dejó hipnotizada. Se acariciaba los brazos, el cuello, deslizaba las yemas de los dedos por encima de la blusa antes de desabrocharla. Cada gesto suyo era deliberado, como si supiera exactamente lo que su cuerpo necesitaba y disfrutara de hacerlo esperar.

Sin darme cuenta, había empezado a imitarla. Mis dedos subieron por mis costillas, todavía sobre la camiseta, repitiendo torpemente sus movimientos. Me sentí ridícula y fascinada al mismo tiempo. No quería perderme ni un detalle de lo que ella hacía, así que apoyé la espalda en el cabecero y dejé que mis manos siguieran las suyas a distancia.

***

El grito de mi madre rompió el encanto de golpe.

—¡Aitana, baja a comer que se enfría!

Cerré la tapa del portátil con un movimiento brusco, el corazón disparado, y me acomodé la ropa como si alguien pudiera leer en mi cara lo que acababa de descubrir. Bajé las escaleras intentando respirar con normalidad, pero mi mente seguía arriba, atrapada en la imagen de aquella mujer que parecía una diosa indiferente al resto del mundo.

Me senté a la mesa y mi madre me miró por encima de su plato. Siempre ha tenido un radar para mis estados de ánimo.

—¿Todo bien, cariño? Estás colorada.

—Sí, sí —contesté demasiado rápido—. Creo que me estoy resfriando, tengo el cuerpo raro.

—Pues acaba de comer y sube a descansar, que es viernes y no tienes que madrugar —dijo ella, volviendo a su guiso—. Tu padre llega tarde hoy, así que tranquila.

—Gracias, mamá. Eso voy a hacer.

Comí lo más rápido que pude sin que se notara la prisa. Cada bocado me sabía a impaciencia. La mentira del resfriado me había comprado exactamente lo que necesitaba: una tarde entera sin que nadie me molestara, sin que nadie llamara a mi puerta. Mi madre, como siempre, me trataba con la dulzura de quien todavía ve a una niña donde ya hay una mujer con preguntas urgentes.

Subí avisando que dormiría un rato, que por favor no me despertaran. Cerré la puerta, esta vez echando también el pestillo, y me quedé un momento de pie en mitad del cuarto, escuchando los ruidos de la casa: el agua del fregadero, la televisión encendida abajo, la rutina que seguía su curso ajena a mí.

***

Me llevé el portátil a la cama y conecté los auriculares, decidida a que ningún sonido escapara de aquella habitación. Le di al play y volví a encontrarme con Renata, justo donde la había dejado, como si me hubiera esperado todo ese rato.

Ella terminaba de desnudarse con la misma calma de antes. Y yo, casi por inercia, hice lo mismo. Me quité la camiseta, los pantalones, lo dejé todo amontonado en el suelo junto a la cama. El aire fresco de la tarde me erizó la piel. Nunca me había mirado tanto a mí misma: mis pechos, la curva de mi vientre, la forma en que mi respiración los movía. Por primera vez no sentí vergüenza, sino una curiosidad nueva, hambrienta.

Empecé como ella, por arriba. Me acaricié el cuello, bajé las manos hasta cubrirme los pechos, los apreté con suavidad probando qué se sentía. Una corriente tibia me recorrió la espalda. Repetí el gesto, esta vez más despacio, sorprendida de cuánto cambiaba todo según la presión, el ritmo, la intención.

Me detuve un instante a mirarme en el espejo del armario, entreabierto frente a la cama. Verme así, desnuda y entregada a algo que siempre había escondido, me dio una vergüenza que duró apenas un segundo y enseguida se convirtió en otra cosa. Me gustó lo que vi. Me gustó la mujer que me devolvía la mirada, con las mejillas encendidas y una determinación que no me conocía. Aparté los ojos del espejo y volví a centrarme en la pantalla, decidida a llegar hasta el final de aquel descubrimiento.

En la pantalla, Renata deslizó una mano entre sus piernas. La imité sin pensarlo, conteniendo el aliento. El primer roce de mis dedos me arrancó un espasmo tan intenso que estuve a punto de gritar; mordí la almohada justo a tiempo para que mi madre no escuchara nada. Me quedé inmóvil unos segundos, asustada de mi propia reacción, con el cuerpo vibrando como una cuerda tensada.

Entonces volví a intentarlo, más atenta, más cuidadosa. Tracé círculos lentos, descubriendo qué puntos me hacían arquear la espalda y cuáles me obligaban a apretar los dientes. Estaba empapada, tanto que la sábana bajo mí se humedecía, pero no me importó. Solo existíamos la mujer de la pantalla y yo, dos cuerpos separados por un cristal, haciendo lo mismo al mismo ritmo.

Metí un dedo despacio, imitando cada movimiento que ella marcaba, y sentí cómo todo dentro de mí se abría a una sensación que no tenía nombre. Lo saqué, volví a entrar, jugué con la cadencia hasta encontrar una que me dejaba sin aire. La torpeza inicial se había convertido en algo casi instintivo, como si mi cuerpo recordara un idioma que mi mente acababa de empezar a aprender.

La tensión fue creciendo en oleadas, cada una más alta que la anterior. Cerré los ojos y dejé de mirar la pantalla; ya no la necesitaba. Me concentré únicamente en lo que sentía, en el calor que se concentraba en un punto y amenazaba con desbordarse. Apreté los muslos, eché la cabeza hacia atrás y dejé que aquella ola por fin rompiera.

El orgasmo me sacudió de la coronilla a las plantas de los pies. Tuve que enterrar la cara en la almohada para ahogar un sonido que no reconocí como mío. Mis piernas temblaban, los muslos se me empaparon, y durante unos segundos no fui capaz de pensar en nada, solo de respirar entrecortada, con el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido kilómetros.

Así que era esto, pensé cuando recuperé el aliento. Esto era lo que mi cuerpo llevaba años pidiéndome.

***

Cerré la página y me quedé un rato tumbada boca arriba, mirando el techo, con una sonrisa que no podía borrar. Sentía el cuerpo ligero, liberado, como si me hubiera quitado un peso que ni siquiera sabía que cargaba. La culpa que esperaba sentir no llegó nunca; en su lugar había una especie de paz, la certeza de haber descubierto una parte de mí que era solo mía.

Me metí en la ducha para borrar el sudor y el calor de la tarde. El agua tibia sobre la piel todavía sensible fue otra clase de placer, más calmado. Después cambié las sábanas, las escondí en el fondo del cesto y abrí la ventana para que el cuarto se ventilara, ocultando con cuidado las huellas de mi pequeña travesura.

Cuando bajé a cenar, mi madre comentó que tenía mejor cara. Le dije que el descanso me había sentado de maravilla, y no mentía del todo. Esa noche dormí mejor que en mucho tiempo, abrazada a la almohada, sabiendo que el lunes volvería la universidad, los apuntes y la rutina, pero que ya nunca sería del todo la misma chica tímida de antes.

A veces pienso en Renata, la mujer de aquel video que jamás sabrá que existo, y le agradezco en silencio. Sin proponérselo, me enseñó a mirarme sin miedo, a entender que el deseo no era algo que estuviera mal en mí, sino algo que llevaba demasiado tiempo esperando que me animara a escucharlo. Aquella tarde de viernes dejé de ignorarlo. Y desde entonces, cada vez que la casa se queda en silencio, sé exactamente qué hacer con él.

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Comentarios (5)

Valentina_1994

me senti muy identificada!! gracias por animarte a compartirlo

LautaroBA

Honesto y bien narrado. Se nota que fue escrito desde adentro y eso lo hace especial.

CuriosoMx

corto pero intenso!! quiero mas

Maru_Cba

Me recordó un poco a mis propias tardes de curiosidad jaja. Contado sin rodeos, excelente!

NachoPampas

increible relato!! sigue escribiendo por favor

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