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Relatos Ardientes

La sesión secreta de Renata frente a la pantalla

Renata abrió su página de porno favorita y dejó que la pantalla se llenara sola. Aparecieron los vídeos más populares del día: mujeres maduras de culos enormes, parejas amateur prometiendo cosas imposibles, miniaturas chillonas que se repetían una y otra vez. Nada de eso le interesaba esa noche. Tenía un antojo muy concreto y sabía exactamente cómo se llamaba.

Era increíble la tensión que había acumulado durante el día. La sentía en todas partes, pero sobre todo en el clítoris, que le hormigueaba inquieto, reclamando una atención que ella había estado posponiendo desde la mañana. Cada vez que se cruzaba un pensamiento sucio por la cabeza, lo guardaba para más tarde. Ahora ya era más tarde, y el cuerpo se lo estaba cobrando.

Antes de acomodarse en la cama, estiró el brazo hacia lo más alto del armario y bajó su enorme peluche con forma de perro. Medía casi un metro y lo tenía siempre a la vista, en la repisa de arriba, inalcanzable para cualquier visita curiosa y, en teoría, para ella misma. Lo dejó sobre el colchón y se miró un segundo en el espejo que tenía frente a la cama. Solo llevaba una camiseta negra enorme que le llegaba por debajo de los muslos y le escondía casi todo el cuerpo.

No se consideraba ninguna maravilla y lo asumía sin drama. No tenía el vientre plano, sus piernas eran gruesas y sus pechos apenas llenaban un sujetador pequeño. Pero el culo era otra historia: respingón, redondo, voluptuoso. Le parecía que incluso se le hinchaba un poco más cuando estaba caliente, como en ese preciso momento. Esa idea, lejos de incomodarla, la apuró a elegir un vídeo de una vez.

Se ajustó la montura de las gafas, se apartó un mechón del pelo negro y corto, y escribió en el buscador sus palabras favoritas: facesitting lesbianas, y a continuación, dominación. La página se llenó de mujeres sentándose sobre las caras de otras más menudas, sometiéndolas con todo el peso del cuerpo. Se quedó mirando las miniaturas y se preguntó qué papel le gustaría ocupar a ella en una escena así. La respuesta la conocía de sobra, pero le gustaba hacerse la pregunta igual.

El primer vídeo mostraba a una mujer rubia y pequeña tumbada sobre una cama amplia, con la cabeza colgando fuera del borde, ofrecida. Renata hizo clic. La escena arrancaba demasiado rápido para su gusto: una morena de curvas generosas se montaba enseguida sobre la cara de la rubia y la ahogaba entre sus nalgas, balanceándose de adelante hacia atrás mientras se escuchaban gemidos amortiguados, casi suplicantes. Duró poco y la dejó indiferente. A ella no le bastaba con eso. Le gustaba la espera, la acumulación, sentirse justo en el límite antes de empezar siquiera a tocarse.

Mientras buscaba otra cosa, se puso a pensar en qué era lo que tanto le atraía de aquellos vídeos. Llegó a la misma conclusión de siempre. Lo que le hacía gracia, lo que de verdad la encendía, era ver a una mujer rogando que no se le sentaran encima, retorciéndose bajo el cuerpo de otra más dominante. Le provocaba una mezcla rara de excitación y burla. Cuando a la sumisa la tiraban del pelo o le giraban la cara para obligarla a comer, Renata sentía un calor que le subía por dentro.

No era algo que hubiera hablado nunca con nadie. En su vida diaria era la que cedía, la que pedía permiso, la que bajaba la voz cuando alguien la interrumpía. Quizás por eso, a solas, en la penumbra de su cuarto, necesitaba justo lo contrario. Necesitaba imaginarse al mando, con otra persona dependiendo por completo de su capricho. Era su secreto, y le gustaba que lo fuera.

Se acomodó mejor contra el cabecero, con el portátil apoyado sobre las rodillas y la luz de la pantalla iluminándole la cara en la habitación a oscuras. Sentía el corazón latiéndole un poco más fuerte de lo normal, esa anticipación tan suya que casi le gustaba más que el final. Apuró un par de vídeos sin terminarlos, descartando todo lo que arrancara demasiado pronto, hasta que encontró uno que prometía la pausa que ella buscaba.

Lo divertido sería hacerlo yo, pensó. Imaginarse restregando su propio sexo sobre la cara de alguna chica engreída mientras esta se quejaba o lloriqueaba le parecía la fantasía perfecta. No por crueldad, sino por la idea del control absoluto, de marcar el ritmo, de decidir cuándo respiraba la otra y cuándo no.

Después de un minuto de scroll dio con el vídeo indicado. Para entonces ya estaba más que excitada, y supo que en cuanto empezara la escena no aguantaría sin montarse sobre el peluche para frotarse contra él. Le dio al play.

En la pantalla apareció una rubia alta, de curvas marcadas, embutida en un conjunto de lencería negra. Entraba en la habitación de otra chica, también rubia pero mucho más menuda, y le reprochaba con voz dura que estuviera holgazaneando. Después de gritarle un rato la agarraba de la cara, le daba un par de cachetadas secas y le escupía sin contemplaciones. La pequeña ni se defendía.

Renata se quitó la camiseta de un tirón y se quedó completamente desnuda en mitad del cuarto. Colocó el peluche con el hocico apuntando hacia arriba y se sentó encima a horcajadas. Al vídeo ya solo le prestaba media atención. Empezó a moverse, frotando el clítoris contra el peluche, primero despacio, con cuidado, y luego cada vez más rápido. Se imaginaba a una mujer debajo de ella, atrapada, cumpliendo su castigo sin posibilidad de escapar.

Sintió latigazos de electricidad que le subían desde el sexo hasta el pecho. Se llevó las manos a los pezones y se los acarició, apretando un poco. En la pantalla, la rubia alta ya se había desnudado del todo. Estaba apoyada contra la pared, separándose las nalgas con las dos manos, dejándole acceso completo a la pequeña para que le lamiera el ano y se lo trabajara con la lengua. Renata, sin pensarlo, se abrió también sus propias nalgas. No había nadie detrás de ella, claro, pero sintió el aire fresco pasarle por la piel y, de algún modo absurdo, eso la llenó de satisfacción.

Le encantaba ver una buena escena de eso. Para ella era de las cosas más degradantes que una persona podía hacerle a otra, y precisamente por eso le gustaba tanto mirarlas. La humillación tranquila, sin violencia real, solo poder y entrega, era lo que la ponía al borde.

La escena cambió. Ahora la rubia alta estaba de pie con una pierna apoyada en una silla, exhibiéndose lo máximo posible, mientras obligaba a la otra a pasarle la cara entera por el sexo y el culo, sin dejarse ni un rincón. La pequeña obedecía con la lengua fuera, abarcándolo todo. En algún momento la dominante se puso a beber agua de una botella, y al rato empezó a soltarla en la boca de la sumisa, que la recibía sin apartarse.

Renata presionó el hocico del peluche contra el colchón con todas sus fuerzas y notó que el clítoris se le tensaba hasta un punto que ya conocía bien. Llegó el primer orgasmo, corto y eléctrico, pero no se conformó con eso. Sin parar de moverse, se llevó la otra mano entre las piernas y empezó a meterse un dedo, luego otro, hasta tener el sexo bien lleno con tres.

En la pantalla, mientras tanto, la rubia grande obligaba a la pequeña a sostener un consolador con la boca. Después se montaba sobre él y empezaba a subir y bajar sobre su cara, intentando clavárselo cada vez más hondo, usándola como si fuera un mueble más. Renata, con tres dedos hurgando dentro de sí misma y otro presionando el clítoris hipersensible, no aguantó más.

Sintió una humedad enorme correrle entre los dedos y un grito se le escapó de la boca antes de que pudiera contenerlo. Curiosamente, había llegado al mismo tiempo que la dominante del vídeo, como si las dos se hubieran sincronizado sin querer. Esa casualidad la hizo sonreír, todavía agitada, con el pecho subiendo y bajando.

Se quedó un rato así, sentada sobre el peluche, recuperando el aliento. Notaba el cuerpo pesado y caliente, los muslos temblándole apenas y una capa fina de sudor en la espalda. La pantalla seguía reproduciendo la escena, pero ya no la miraba; ahora le parecía casi ruido de fondo, ajeno, como si perteneciera a otra persona que ya no era ella.

Después cerró la pestaña, se limpió con la camiseta arrugada y volvió a dejar al perro de peluche en lo más alto del armario, en su sitio de siempre, intacto y aparentemente inocente. Se metió bajo las sábanas con una sonrisa floja y los ojos pesados. Ya estaba tranquila. La tensión del día se había ido entera, y esa noche, por fin, iba a dormir bien.

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Comentarios (5)

VoyeurSilencioso

Increible, me engancho desde el titulo. Muy bueno!!

MarisolMdp

Por favor una segunda parte, se hizo corto y me quedé queriendo mas

DiegoCba33

Me recordó a ciertas tardes que uno prefiere no contar jajaja. Excelente relato

Fiamma_sf

El titulo ya promete y el relato cumple. Que manera de escribir!

juancho88

buenisimo, sigue asi

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