Amanecí mojada, como la mujer trans que soy
Hoy volví a despertar con las sábanas húmedas, igual que tantas otras madrugadas. Me había quedado dormida con mi sustituto todavía dentro de mí, buscándote sin encontrarte. A ti, sí. Buscando tu peso encima del mío, tu boca abriéndome los labios, tu lengua haciéndome callar. Desperté con la sensación intacta y vacía a la vez, con el cuerpo encendido y la cama revuelta, sin nadie a quien aferrarme.
Llevo años acostándome así, con el silencio por compañía y un objeto de silicona haciendo el trabajo que debería hacer un hombre de verdad. No me da vergüenza confesarlo. Aprendí hace tiempo que mentir sobre lo que una desea es la única forma de no vivirlo nunca.
Te necesito. A ti, que ya conoces cada centímetro de mí. Y a ti, que todavía no sabes que existo.
El que me conoce se llama Damián, o así lo llamo yo, porque su nombre real no importa cuando la luz está apagada. Llegó a mi vida una noche de invierno, en un bar de mala muerte donde yo bebía sola y él fingía que no me miraba. Tardó tres rondas en acercarse. Los hombres como él siempre tardan, porque primero tienen que perdonarse a sí mismos por desearme.
—¿Estás sola? —me preguntó, con esa torpeza que delata más que cualquier confesión.
—Estaba esperándote —respondí, aunque no lo conocía de nada.
Se rió, nervioso, y supe que esa noche dormiría conmigo.
***
Recuerdo cada detalle de aquella primera vez con Damián, y los recuerdo más nítidos cuanto más sola me despierto. Subimos a mi departamento sin hablar. En el ascensor él mantuvo las manos en los bolsillos, como un adolescente, mientras yo lo observaba en el espejo y disfrutaba de su incomodidad.
Cuando cerré la puerta, todo cambió. La timidez se le evaporó de golpe y me empujó contra la pared con una fuerza que no le había visto en el bar. Me besó el cuello, bajó por la clavícula, me arrancó la blusa sin paciencia. Yo lo dejé hacer. Me gusta dejar que un hombre crea que manda, al menos al principio.
—No sabía que iba a ser así —murmuró contra mi piel.
—Nadie lo sabe hasta que lo prueba —le contesté.
Lo arrastré hasta la cama y le quité la camisa botón por botón, despacio, mirándolo a los ojos para que entendiera que yo decidía el ritmo. Hundí la cara en su pecho y lo besé desesperadamente, escuchándolo respirar hondo, sintiendo cómo su corazón se aceleraba bajo mis labios. Esa respiración entrecortada es mi droga: saber que mi boca provoca en un hombre una fiebre que solo se cura conmigo.
Bajé. Bajé por su vientre, por la línea de vello que se perdía bajo el cinturón, y le desabroché el pantalón con los dientes mientras él enredaba los dedos en mi pelo. Cuando lo tuve en mi boca, Damián gimió un nombre que no era el mío, y no me importó. Lo recorrí entero con la lengua, desde la base, buscando con la punta cada lugar que lo hacía estremecer. Lo tenía a mi merced, temblando, suplicando sin palabras.
Esto es lo que soy. La que está pendiente, la que conoce los deseos oscuros y se esmera en cumplirlos uno por uno.
Esa madrugada me llenó la boca con lo que yo había estado esperando toda la noche, y lo recibí entero, sin apartar la cara, mirándolo a los ojos. Después se quedó dormido abrazándome, y por unas horas el departamento no me pareció tan grande ni tan frío.
***
Pero Damián no viene siempre. Tiene una vida que no me incluye: una esposa que cocina, hijos que lo esperan, una rutina ordenada en la que yo soy el desvío secreto, la dirección que borra del teléfono. Aparece cuando el deseo le gana a la culpa, y desaparece cuando la culpa vuelve a ganar. Aprendí a no preguntar.
Por eso, en las noches en que no llega, mi cuerpo no entiende de ausencias. El cuerpo solo conoce el hambre, y el mío amanece hambriento.
Hoy fue una de esas mañanas. Me quedé un rato tendida, con la luz gris colándose por la persiana, repasando con los dedos la piel que nadie había tocado en semanas. Pensé en Damián, claro. Pero también pensé en el mensajero que me trajo un paquete el martes y se quedó mirándome un segundo de más. En el vecino del cuarto piso que me saluda en el ascensor con la voz quebrada. En el camarero del bar, en el desconocido que se sentó frente a mí en el tren la semana pasada y no dejó de observar mis piernas.
No me conozco a ninguno de ellos. Y, sin embargo, los deseo a todos. Me fascinan por el simple hecho de ser hombres, por lo que esconden bajo la ropa, por la posibilidad de que cualquiera de ellos pudiera ser el que esta noche me haga olvidar mi nombre.
***
Me levanté, me di una ducha larga y me arreglé como si tuviera una cita, aunque no la tuviera. Es un ritual mío. Me maquillo, me pongo la ropa interior que más me gusta, me miro al espejo hasta reconocerme. Hubo una época en que ese reflejo me devolvía a alguien que no quería ser. Esa época terminó hace mucho. Hoy la mujer que me mira desde el cristal es exactamente la que decidí construir, centímetro a centímetro, con paciencia y con rabia.
Salí a la calle sin rumbo fijo. A veces el deseo necesita aire, necesita salir a buscar. Caminé hasta el bar de siempre, ese donde la gente no pregunta y el barman ya conoce mi trago. Me senté en la barra, crucé las piernas y esperé. No tuve que esperar mucho.
Se llamaba —dijo que se llamaba— Tomás. Treinta y pocos, manos grandes, una alianza que se quitó del dedo y guardó en el bolsillo antes de acercarse, creyendo que yo no me daba cuenta. Siempre me doy cuenta. Es parte del juego que ellos creen estar jugando solos.
—¿Te puedo invitar algo? —preguntó.
—Puedes invitarme lo que quieras —le dije—. Pero después tendrás que llevarme a casa.
Lo vi tragar saliva. Esa duda en sus ojos, ese instante en que un hombre decide cruzar la línea o quedarse del lado seguro, es lo que más me gusta del mundo. Tomás eligió cruzarla. La mayoría lo hace.
***
En el taxi puso la mano en mi rodilla y la dejó subir sin prisa, como pidiendo permiso. No lo aparté. Cuando llegamos, él ya respiraba distinto, y yo sabía que esa noche no dormiría sola con mi sustituto de silicona.
Lo desnudé despacio en la penumbra de mi cuarto, repitiendo el ritual que conozco de memoria. Le besé el pecho, lo escuché contener el aire, sentí cómo se entregaba esa fiebre que yo provoco y que solo yo sé calmar. Me arrodillé frente a él y lo tomé con la boca, y Tomás se aferró al borde de la cama con los nudillos blancos, murmurando cosas sin sentido.
—Dios… nunca… nunca había sentido algo así —balbuceó.
—Cállate y déjate llevar —le ordené, y obedeció.
Después me tumbó boca abajo y se hundió en mí con un cuidado que no le había pedido, pero que agradecí. Me besó la espalda, la nuca, me sostuvo de las caderas mientras yo enterraba la cara en la almohada para no gritar tan fuerte que despertara a todo el edificio. Por fin un cuerpo de verdad, un peso real, un calor que ningún objeto puede imitar. Por fin alguien que respiraba contra mi cuello y temblaba al mismo tiempo que yo.
Cuando terminó, se desplomó a mi lado, sudando, mirando el techo como si acabara de descubrir un país nuevo. Yo me reí en voz baja.
—¿De qué te ríes? —preguntó.
—De ti —le dije—. De lo fácil que es hacerte feliz.
***
Tomás se fue antes del amanecer, como todos. Se vistió en silencio, volvió a ponerse la alianza en el dedo frente al espejo del pasillo, y se marchó sin dejar el número de teléfono ni preguntarme el mío. No me dolió. Hace tiempo que dejé de esperar que se queden.
Lo que ellos no entienden es que yo no los necesito para quedarse. Los necesito para existir, durante unas horas, en la única versión de mí misma que me hace sentir completa. Damián, Tomás, el mensajero, el desconocido del tren: todos son la misma sed con caras distintas.
Hoy te necesito a ti, y a ti también, y a todos ustedes. No me importa cómo me llamen por desearlos así, sin medida, sin pudor. Si eso me convierte en lo que algunos murmuran a mis espaldas, lo asumo con la cabeza en alto. Hay nombres que duelen solo si una los acepta, y yo dejé de aceptarlos hace mucho.
Soy una mujer trans que aprendió a no pedir permiso para su deseo. Soy de esta comunidad, de esta tribu de cuerpos buscándose en la noche, y soy también para ella: para cada hombre que se atreve a cruzar la línea, para cada desconocido que un día se sentará frente a mí y no apartará la mirada.
Mañana volveré a despertar con las sábanas húmedas, probablemente sola otra vez. Y volveré a arreglarme, a salir, a buscar. Porque esto es lo que soy, y por primera vez en mi vida, no quiero ser otra cosa.
Te espero. A ti, que ya me conoces. Y a ti, que todavía no.