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Relatos Ardientes

La última noche que me tocaré pensando en él

¿Que si lo extraño?

Esta vez la despedida es definitiva. Me lo juré frente al espejo del baño, con la voz quebrada y los ojos ya secos de tanto llorar, y pienso cumplirlo. No habrá una llamada a medianoche. No habrá un mensaje a las tres de la mañana. No habrá un boleto de avión comprado a las apuradas con la tarjeta que todavía estoy pagando. Se terminó.

¿Que si lo extraño? Ja.

La ansiedad me hace morderme las uñas hasta hacerlas sangrar, igual que cada vez que discutíamos sobre cuándo volveríamos a vernos. Que si yo viajaba a Medellín o él venía a Valparaíso. Que si era en marzo o esperábamos al invierno. Discusiones que se estiraban durante meses, llamadas que terminaban con los dos en silencio escuchándonos respirar, hasta que de algún modo conseguíamos convertir la promesa en realidad.

Me muerdo las uñas hasta sangrar como cuando me dijo que vendría en abril de 2018 para mi cumpleaños, después de cuatro años sin tocarnos, de habernos amado solo a través de una pantalla. Como cuando cumplió su palabra y apareció de verdad, con la misma chaqueta gastada de las fotos y una sonrisa que me desarmó en la puerta del aeropuerto. Bajé del auto antes de que terminara de frenar y lo abracé con todas mis fuerzas, como si quisiera meterme dentro de él.

Eso no volverá a pasar.

Lo extraño. Sí que lo extraño, y no encuentro la manera de explicar cuánto. Extraño su olor, ese rastro a tabaco y a jabón barato que se quedaba pegado a mis sábanas durante días. Extraño sus manos ásperas, sus besos lentos, el peso de su cuerpo sobre el mío. Y más que nada extraño su risa, esa risa franca que perdió hace años, la que se apagó por mi culpa y que ya no supe cómo devolverle.

Con él perdí la virginidad. Con él perdí también la vergüenza, ese pudor estúpido que cargamos las mujeres como si fuera una virtud. Tenía diecinueve años la primera vez y temblaba tanto que él se detuvo, me sostuvo la cara entre las manos y me preguntó si estaba segura. Le dije que sí con los dientes apretados. Después de esa noche no volví a tener miedo de mi propio deseo.

Recuerdo cada detalle de aquella primera vez como si la tuviera grabada en la piel. La cortina mal corrida que dejaba pasar una raya de luz de la calle. El nervio que me hacía hablar de más, decir cualquier tontería para tapar el miedo. Él no se reía de mí: me besaba en la frente, en el cuello, me iba desnudando despacio, prenda por prenda, como si tuviéramos toda la noche por delante. Y la teníamos.

Cuando por fin me abrió las piernas y bajó con la boca, se tomó su tiempo. Me lamió con la punta de la lengua primero, tanteando, y después hundió la cara entera en mi coño hasta que dejé de pensar. Yo no sabía todavía que se podía disfrutar así, que otro podía darme placer con la lengua hasta hacerme temblar las piernas. Cuando me corrí en su boca por primera vez, me tapé la cara con las manos, muerta de vergüenza y de gusto al mismo tiempo. Él subió besándome el vientre, el pecho, el cuello, y me susurró al oído que quería escucharme, que no me tapara nunca más.

Cuando por fin entró en mí, le clavé las uñas en la espalda y contuve el aire. Dolió, sí, pero no fue el dolor lo que recuerdo, sino la manera en que me miraba, atento a cada gesto de mi cara, frenándose cada vez que yo me tensaba. «Tranquila, estoy acá», me decía bajito. Me metió la polla despacio, centímetro a centímetro, esperando entre embestida y embestida a que mi cuerpo se acostumbrara. Cuando estuvo dentro del todo, se quedó quieto, con la frente pegada a la mía, respirando conmigo. Esa noche aprendí que el deseo y la confianza eran la misma cosa.

Él me enseñó a disfrutar del sexo de verdad, a no fingir, a pedir. Aprendimos juntos cada centímetro del cuerpo del otro como quien estudia un idioma nuevo. Yo sabía exactamente dónde tocarlo para que se le cortara la respiración; conocía el peso de sus huevos en la palma de la mano, el punto justo debajo de la punta donde había que apretar los labios para hacerlo gemir cuando se la mamaba. Él conocía el punto preciso de mi espalda que me hacía arquearme sin querer, y el ritmo exacto con el que tenía que frotarme el clítoris con el pulgar mientras me la clavaba para que me corriera dos veces seguidas. No había secretos entre nuestros cuerpos, aunque hubiera tantos entre nuestras palabras.

Y con él perdí también el miedo a mis propias fantasías. Le confesaba en voz baja, con la cara escondida en su cuello, las cosas que imaginaba cuando estaba sola: que me sostuviera contra la pared, que me vendara los ojos, que me hiciera esperar desnuda y de rodillas hasta que él decidiera, que me llenara la boca hasta hacerme atragantar. Lejos de espantarse, las coleccionaba como pequeños tesoros y, en la siguiente visita, me sorprendía cumpliendo una sin avisar. Aprendí con él que el deseo dicho en voz alta no daba vergüenza: daba poder.

Yo sé que él me amó. Y él sabe que yo lo amé. Pero todo terminó.

***

Quisiera follar con él una vez más. Una sola. Entregarle de nuevo mis deseos más oscuros, esos que nunca me animé a contarle a nadie más, y dejar que los volviera realidad sin juzgarme. Porque eso hacía: me escuchaba decir las cosas más sucias y en lugar de asustarse sonreía, me agarraba del pelo, me tiraba la cabeza para atrás y me susurraba al oído que era una puta, su puta, y que iba a hacer conmigo lo que se le diera la gana.

Pero él nunca terminó de entender lo que coger con él significaba para mí. Que cada vez que me metía la verga hasta el fondo me llevaba hasta un lugar del que no quería volver, y luego me bajaba a la tierra despacio, beso a beso, con la corrida todavía escurriéndome por dentro de los muslos, hasta dejarme deshecha y temblando entre sus brazos.

Lo extraño. Recuerdo su boca en mis pezones, la lengua girando despacio antes de cerrar los labios y succionar hasta hacerme gemir, los dientes mordiéndomelos justo hasta el borde del dolor. Recuerdo cómo me miraba desde abajo mientras lo hacía, comprobando en mi cara cuánto me gustaba, con una mano estrujándome la otra teta y la otra ya metida entre mis piernas, dos dedos hundiéndose y saliendo con lentitud, buscándome por dentro.

Estoy mojada, ¿sabes? Y me estoy tocando mientras escribo esto, como si las palabras fueran sus dedos.

Permíteme pensar en él una vez más. En su boca entre mis piernas, en esa forma suya de tomarse todo el tiempo del mundo, de besarme la cara interna de los muslos hasta que yo le rogaba que subiera, que me chupara ya, que dejara de torturarme. Y cuando por fin cerraba los labios alrededor de mi clítoris y empezaba a chuparlo despacio, con la lengua girando encima, yo levantaba las caderas de la cama y le apretaba la cabeza con los muslos, sin importarme si lo asfixiaba. «Mi reina», me decía. Así me llamaba ahí abajo, con la boca pegada a mi coño y la barbilla brillando de mi flujo, y solo de escucharlo entre mis piernas ya me derretía.

Después me metía dos dedos, tres, curvados hacia arriba, buscándome ese punto que solo él sabía encontrar, mientras seguía chupándome sin descanso. Yo le tiraba del pelo, le arañaba la nuca, le decía guarradas que en cualquier otro contexto me habrían dado vergüenza. «Más fuerte, hijo de puta, chupámelo más fuerte». Y él obedecía, hundiendo la cara todavía más, y cuando yo empezaba a temblar y a apretarle los dedos por dentro, subía la mirada y me observaba correrme en su boca sin apartar los ojos de los míos.

Hundo dos dedos despacio y cierro los ojos. No es lo mismo. Nunca es lo mismo. Mis dedos saben demasiado, calculan, no tienen la torpeza dulce de los suyos. Pero esta noche me alcanza con el recuerdo, porque después de hoy ni siquiera me permitiré esto.

Lo imagino sobre mí. Su cuerpo sudando, el pecho agitado, los dientes mordiéndome el hombro. Lo imagino agarrándome de la nuca y bajándome la cabeza hasta su verga, obligándome a abrir la boca, deslizándomela hasta la garganta hasta que se me llenaban los ojos de lágrimas. Yo lo miraba desde abajo con la boca abierta y las mejillas mojadas y él me sonreía, satisfecho, y me susurraba «así, mi amor, así». Le lamía los huevos, se la mamaba entera, la sacaba y volvía a metérmela hasta que él mismo tenía que apartarme antes de correrse, porque quería terminar dentro de mí, no en mi boca.

Lo imagino entrando despacio la primera vez y luego sin piedad, cogiéndome con esa rabia contenida de meses sin vernos, sosteniéndome las muñecas contra el colchón mientras me dice al oído que soy solo suya, de nadie más, que ningún otro me va a coger así nunca. Me abría de piernas hasta el límite, me la metía hasta el fondo con cada embestida, y cada tanto se detenía dentro, muy adentro, para que yo sintiera cómo palpitaba y me suplicara que siguiera.

—Sos mía —me decía, con la polla enterrada hasta las bolas—. Toda mía. Decilo.

—Tuya —respondía, y no mentía—. Toda tuya. Cogeme, por favor, cogeme.

Me daba vuelta, me ponía de rodillas, me agarraba de las caderas y me la clavaba desde atrás, con una mano tirándome del pelo y la otra dándome nalgadas hasta dejarme el culo rojo. Me metía el pulgar mojado de saliva ahí, jugueteando, y me preguntaba al oído si quería que me lo cogiera también, y yo, con la cara aplastada contra la almohada y el coño chorreando, le decía que sí, que todo, que hiciera conmigo lo que se le diera la gana.

Me muevo más rápido. Me lleva al borde un solo recuerdo: la noche del aeropuerto, cuando llegamos al hotel y no alcanzamos siquiera a encender la luz. Me apoyó contra la puerta todavía cerrada, me subió el vestido y me bajó la ropa interior con una sola mano mientras con la otra me tapaba la boca para que no gritara. Me metió dos dedos primero, sin previo aviso, y encontró mi coño empapado, ya listo para él desde el vuelo. «Cómo estás así», me murmuró contra la oreja, casi riéndose. Se bajó los pantalones de un tirón, me levantó una pierna por el muslo y me la clavó de una sola embestida, hasta el fondo, sacándome un grito ahogado contra la palma de su mano. Me cogió contra esa puerta como si me quisiera romper, con las llaves todavía tintineando en la cerradura y mi espalda golpeando la madera con cada envión. Cuatro años de espera se descargaron ahí, y cuando se corrió lo hizo dentro, mordiéndome el cuello, llenándome de un chorro tibio que después me bajó por las piernas mientras nos reíamos como idiotas en la oscuridad, todavía vestidos a medias.

Después, cuando ya nos habíamos cogido dos veces más y ya no nos quedaban fuerzas, nos quedamos despiertos hasta el amanecer hablando de todo y de nada, con las piernas enredadas, su semen seco entre mis muslos, y su mano dibujando círculos lentos en mi espalda. Le conté cosas que no le había contado a nadie. Él me confesó que se había masturbado pensando en mí todas las noches de esos cuatro años. Y yo, idiota de mí, creí que con eso bastaba, que el amor que sobrevivía a la distancia podía sobrevivir a cualquier cosa.

No bastó. Nunca bastó. Cada visita terminaba en el mismo aeropuerto, con los dos fingiendo que no se nos partía algo adentro mientras se anunciaba el embarque. Yo volvía a mi departamento que de pronto olía a él, dormía con la camiseta que se había olvidado, y empezaba a contar los días para la próxima vez. Así, durante años. Hasta que conté demasiados y me cansé de vivir esperando.

***

Llego sola, en mi cama vacía, con su nombre atrapado entre los dientes para no decirlo en voz alta. Se me arquea la espalda, se me contrae el coño alrededor de mis propios dedos, y por un segundo apenas vuelve a estar conmigo, encima de mí, adentro. El placer me recorre entera y me deja los muslos temblando y la mano empapada. Después se va, como se va todo, y me quedo mirando el techo con la respiración entrecortada y una humedad en las mejillas que no sé en qué momento apareció.

Eso es lo peor de extrañar a alguien con el cuerpo: que el orgasmo no llena el hueco, lo agranda.

Lo extraño. Y me duele el pecho de solo pensar que ya no está, que se acabó de verdad, que él seguirá su camino hacia quien sea que lo espere del otro lado del mapa y yo el mío, hacia donde sea que la vida quiera arrastrarme.

Pensé mil veces en escribirle. En mandarle un mensaje que dijera «vení» y nada más, sabiendo que con eso bastaría, que tomaría el primer vuelo. Pero ya no quiero volver a empezar para volver a terminar. No quiero seguir comprando despedidas a plazos.

Lo nuestro fue una promesa imposible sostenida con saliva y deseo a miles de kilómetros de distancia. Una fantasía que se nos hizo carne unos pocos días al año y que el resto del tiempo nos consumía por dentro. Dos personas amándose en el lugar equivocado, en el momento equivocado, con todas las ganas del mundo y ninguna posibilidad real.

Me limpio la cara con el dorso de la mano, la misma que hace un momento tenía entre las piernas, y me río de mí misma en la oscuridad.

¿Que si lo extraño?

Lo extraño tanto que me aterra. Pero lo que de verdad me da miedo, lo que me tiene despierta a esta hora mordiéndome las uñas, no es seguir extrañándolo.

Es saber que un día, no muy lejano, voy a dejar de hacerlo.

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Comentarios(8)

ValentinaG

Dios mio, me llegó directo al alma. Increible como capturaste ese sentimiento tan real y contradictorio.

LectNocturno

Lo lei a las 2 de la mañana y me quedé un buen rato pensando despues. Muy bueno, gracias.

Romina_BC

Continuacion porfavor!!! me dejo con ganas de mas

DaniB_99

Tremendo relato, me identifique demasiado jaja. Cosas que uno guarda y de vez en cuando aparecen solas.

MartaLectora

excelente!!!

SofiaSol_77

Que bien escrito. Se siente cada palabra, uno empieza a leer y no puede parar. Siguiendo tus relatos de ahora en mas!

ElProfe88

El titulo ya te engancha antes de empezar. Muy buen trabajo, ojalá haya mas relatos en esta linea.

Fercho22

Me gusto mucho, se hizo corto. Quiero saber cómo sigue esa historia :)

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