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Relatos Ardientes

Lo que imaginé de mi compañero al volver a la oficina

Cuando por fin aflojaron las restricciones y nos pidieron volver a la oficina, lo viví con una mezcla rara de pereza y alivio. Dos años de teletrabajo me habían acomodado a una rutina sin alarmas a las siete, sin metro lleno, sin maquillarme para nadie. Pero también me habían vuelto un poco invisible, encerrada entre la pantalla y la cama, y en el fondo necesitaba volver a sentir que existía fuera de mi casa.

El primer día llegué temprano, con esa torpeza de quien repite un camino que creía olvidado. La planta estaba medio vacía todavía. Reconocí caras detrás de las mascarillas, escuché las mismas bromas de siempre, comprobé que a todos nos había pasado factura el encierro. Yo no era la única que había ensanchado un par de tallas, y algunos, en cambio, habían dado un cambio para mejor.

Como Damián.

Damián era el típico compañero que siempre encuentras: el que pierde el culo por ayudarte, el que te saca una sonrisa cuando todo se complica, el que se acuerda de tu cumpleaños mejor que tu propia familia. Un buen amigo, de los de verdad. Lo quería un montón, pero nunca había sido mi prototipo de hombre, y además llevaba años en una relación estable. Sin embargo, había que reconocerlo: el teletrabajo le había sentado de maravilla. Estaba más delgado, más fibroso, con los hombros marcados bajo la camisa.

Se acercó a mi mesa con su eterna sonrisa.

—¿Qué pasa, compi? —dijo, abriendo los brazos.

—Hombre, ven aquí, dame un abrazo —contesté yo, levantándome.

Damián me rodeó con los brazos y me apretó contra su cuerpo. No fue un abrazo de compromiso, de esos que se dan con la espalda. Me estrechó de verdad, con fuerza, y me dejó dos besos cerca de la oreja. En ese instante me subió un calor por todo el cuerpo, desde el vientre hasta las mejillas, tan repentino que tuve que separarme un poco para que no se me notara.

¿Pero qué me está pasando?

No le di importancia. Le pregunté por su pareja, por cómo había llevado el confinamiento, por los planes del equipo. Subimos juntos a nuestro departamento y nos pusimos al día con los procedimientos nuevos, una formación breve sobre normativas que habían cambiado, papeleo aburrido que se comió la mañana entera. Trabajamos codo con codo, como tantas otras veces, y aun así yo estaba distinta. Cada vez que él se inclinaba sobre mi mesa para señalar algo en la pantalla, yo me quedaba más pendiente de su brazo que de lo que decía.

Al mediodía terminó nuestro primer día. Damián se acercó otra vez.

—Oye, ¿me podrías acercar al metro? Hoy he venido sin coche.

—Claro que sí, compi. Te espero abajo.

Lo dejé en la boca de metro más cercana. Antes de bajarse, me dio otro beso de despedida, rápido, en la mejilla, y de nuevo ese calor estúpido me encendió la cara. Apreté el volante y arranqué antes de que pudiera leerme la expresión.

De camino a casa no podía parar de darle vueltas. Damián era mi compañero de toda la vida en el trabajo. Había coincidido con él en mil proyectos, en cenas de empresa, en madrugones imposibles, y jamás mi cuerpo había reaccionado así. No era el tipo de hombre con el que me imaginaba en la cama. Era mi mejor amigo. Y sin embargo ahí estaba yo, parada en un semáforo, apretando los muslos sin darme cuenta.

***

Llegué a casa con la camiseta pegada a la espalda. La tensión de volver a la oficina, el tráfico, el aire denso del mediodía: estaba empapada en sudor. Crucé un par de frases con mi hermana, que andaba por la cocina, y me metí directa en mi habitación a quitarme la ropa de trabajo.

Necesitaba una ducha. Abrí el grifo, esperé a que el agua saliera tibia y me metí debajo. Dejé que cayera sobre mí un buen rato, sin moverme, con la frente apoyada en los azulejos. Me gustaba esa sensación del agua resbalando por el cuerpo desnudo, bajando por el pecho, deslizándose por el vientre hasta el pubis, depilado salvo por un pequeño triángulo que dejaba siempre por capricho.

Mientras me enjabonaba, no conseguía sacarme a Damián de la cabeza. El abrazo. La presión de su pecho contra el mío. Esa sensación tan placentera y tan inesperada que me había recorrido entera en mitad de la oficina, delante de todo el mundo.

Sin pensarlo demasiado, mis manos empezaron a jugar con mis pechos. Los enjaboné despacio, sintiendo los pezones endurecerse bajo la espuma, y una de las manos fue bajando sola hasta el sexo. Pasé los dedos por encima, apenas un roce, y un gemido pequeño se me escapó de la boca.

Entonces me acordé de que no estaba sola en casa.

Tuve que parar. Cuando me masturbo me gusta dejarme llevar del todo, y soy de gemir muy alto. Con mi hermana al otro lado del pasillo no había manera. Cerré el grifo casi con rabia, me sequé y me puse una braguita y una camiseta larga, de esas que apenas tapan, y salí del baño con el cuerpo todavía encendido.

Fui a la cocina a ver qué había preparado mi hermana para comer. Comimos juntas, charlamos de cualquier cosa, pero yo seguía cachonda, con esa frustración pegajosa de haber empezado algo y no haber podido terminarlo. Solo necesitaba un rato a solas.

***

La tarde me lo puso fácil. A media tarde, mi hermana me comentó que había quedado con una amiga común para tomar algo y me preguntó si quería acompañarla.

—Uf, hoy no —dije, fingiendo cansancio—. Tengo que repasar unos apuntes y dejar listas un par de cosas del trabajo. Otro día.

Me dio un beso, cogió el bolso y se fue. Esperé unos minutos junto a la ventana, por si volvía a por algo olvidado, como hacía siempre. No volvió. Cuando estuve segura de que tenía la casa entera para mí, casi corrí hacia mi habitación.

Esta vez quería disfrutarlo de verdad, sin prisas, de la forma más intensa posible. Y para eso tenía a mi aliado de siempre.

Abrí el cajón de la mesilla y cogí mi juguete favorito para estas ocasiones: mi cepillo de dientes eléctrico.

Sí, un cepillo de dientes eléctrico. Lo descubrí por casualidad en la adolescencia, gracias a una amiga que me lo contó entre risas en una fiesta de pijamas, y desde entonces me ha acompañado en más de una sesión en solitario. El mango liso, las vibraciones constantes, el tamaño justo: es discreto, está siempre a mano y nadie sospecha nada.

Tiré la camiseta al suelo y me tumbé en la cama. Cerré los ojos y dejé que las manos volvieran a empezar por donde lo habían dejado en la ducha. Acaricié mis pechos, los apreté, jugué con los pezones, y esta vez no me contuve para imaginar.

Eran las manos de Damián.

Me imaginé que era él quien los amasaba, quien los estrujaba con esa fuerza tranquila que había sentido en el abrazo. Una de mis manos fue bajando por el abdomen hasta colarse dentro de la braguita, y empecé a jugar con el triángulo de vello. Me encanta esa sensación, pasar los dedos despacio por ese pedacito, alargar la espera. Después uno de los dedos empezó a pasearse por el sexo, que ya estaba mojado y muy caliente.

Era el momento de poner en marcha mi peculiar juguete. Lo encendí en la velocidad más baja y lo apoyé sobre la braguita, justo encima del clítoris. La tela amortiguaba un poco la vibración, lo suficiente para que la primera oleada fuera lenta, contenida, una promesa de lo que venía.

Empecé a gemir sin reprimirme. Por fin sola, por fin sin pendiente del ruido. Las vibraciones sobre el clítoris eran increíbles incluso a través de la tela.

Me quité la braguita de un tirón y la lancé lejos. Con las piernas bien abiertas y las caderas algo levantadas, paseé el mango del cepillo por la entrada, arriba y abajo. La humedad lo facilitaba todo, y el contacto directo, sin barrera, me arrancó un suspiro largo.

Necesitaba más. Subí a la siguiente velocidad y froté el clítoris con el extremo, en círculos, apretando un poco. Después apunté la punta del mango hacia la entrada. Necesitaba sentirlo dentro, imaginar que era él quien me llenaba, y poco a poco lo fui introduciendo.

El primer gemido fue tan fuerte que me sorprendió a mí misma. Le siguieron otros, encadenados, sin pausa. Estaba al máximo. Mientras el cepillo entraba y salía marcando un ritmo propio, la otra mano frotaba el clítoris cada vez más rápido, y los dos placeres se mezclaban hasta que ya no sabía distinguir uno de otro. Pensaba en el abrazo, en su pecho, en sus besos cerca de la oreja, en lo prohibido que era todo aquello justo porque era él.

Mis gemidos se volvieron más seguidos, más sonoros, hasta llenar la habitación vacía. Arqueé la espalda. Una corriente fuerte me recorrió de arriba abajo, de los muslos a la nuca, y me obligó a soltar un grito ahogado mientras cerraba las piernas sobre las manos para retener el placer dentro de mí el mayor tiempo posible.

Me quedé quieta, jadeando, con el cepillo aún zumbando entre los dedos. Lo apagué. Necesitaba recuperar el aire. Las piernas todavía me temblaban, las sábanas estaban húmedas debajo de mí, y una sonrisa tonta se me quedó pegada en la cara.

Me reí sola, mirando el techo. Al día siguiente tendría que volver a verlo, sentarme a su lado, fingir que no había pasado nada. Damián seguiría siendo mi mejor amigo, el que pierde el culo por ayudarme, el de la sonrisa fácil. Y yo guardaría este secreto para mí, este pequeño desvío de la imaginación que nadie tenía por qué conocer.

Al fin y al cabo, las fantasías no le hacen daño a nadie. Solo me había dado, al volver a la oficina, una buena razón para querer madrugar.

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Comentarios (5)

Curiosa_BA

Que rico relato, tuve que leerlo dos veces jaja

NicoVega_87

Por favor seguí con esto, quedé con las ganas de saber qué pasa despues

Caro_fdz

Me recordó a algo que viví hace tiempo en mi trabajo, esas tensiones que se arman solas y no sabes cómo manejarlas. Muy bien captado.

Lector2984

de los mejores que leí ultimamente, sin duda

PaulaFromRos

Habrá segunda parte? Quedé con la intriga, no me dejes así

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