El consejo de mi hermano que me devolvió el deseo
Aquella tarde de domingo llamé a mi hermano Daniel para saber cómo llevaba su nueva vida de hombre separado. Hacía apenas tres meses que había dejado el piso que compartía con su mujer, y yo todavía me lo imaginaba dando vueltas por un apartamento medio vacío, sin saber dónde poner las cosas.
—¿Y qué? ¿Ya te has buscado algún lío con alguna por ahí? —le pregunté medio en broma.
Se fue por las ramas. Empezó a hablarme del trabajo, de un viaje pendiente, de cualquier cosa menos de lo que yo le había preguntado. Esa manera de escabullirse me lo confirmó todo: claro que tenía algo con alguien, solo que no pensaba contármelo a mí, su hermana mayor.
—Tranquilo, no te voy a interrogar —le dije, riéndome—. Yo de eso ya me retiré hace tiempo.
Y era verdad. Desde la operación de cáncer de mama no había vuelto a estar con nadie. No fue tanto por falta de ganas como por pudor. Las cicatrices que me quedaron me hacían sentir que mi cuerpo ya no era un sitio donde otra persona quisiera quedarse. El tiempo se encargó del resto, y poco a poco fui apartando el tema hasta casi olvidarme de que alguna vez había existido.
—Nunca fui mucho de tocarme, ¿sabes? —añadí, sorprendida de estar hablando de aquello con él—. Supongo que nunca lo necesité demasiado.
Hubo un silencio raro al otro lado. Y entonces, no sé muy bien por qué, le solté algo que llevaba dentro hacía meses.
—La única vez que volví a sentir algo fue leyendo tu libro. Aquel capítulo… me puso. Mucho.
Daniel se echó a reír, halagado. Su novela erótica le había costado años de cajón antes de que una editorial pequeña se decidiera a publicarla, y que su propia hermana le dijera que lo había excitado debió de parecerle el mejor de los elogios.
—¿Y qué hiciste? —me preguntó con voz divertida—. ¿Te quedaste con las ganas o lo solucionaste?
—Lo intenté —confesé—. Tenía guardado un consolador de hacía más de veinte años, un regalo de mi exmarido que me llevé cuando me fui de aquella casa. Pero al sacarlo del cajón… madre mía. Se había convertido en un trozo de goma blanda y deformada. Me dio tanto asco que lo tiré a la basura sin pensarlo.
Y me quedé con las ganas intactas, eso no se lo dije.
—Mujer, no hace falta comprar nada del otro mundo —me dijo con total naturalidad—. Seguro que tienes en casa mil cosas que sirven igual.
—¿Qué tipo de cosas? —pregunté, incrédula.
Su respuesta me dejó perpleja. Empezó a nombrar desde el mango de un cepillo del pelo hasta media frutería: zanahorias, calabacines, pepinos, puerros, nabos. Lo decía como quien recita la lista de la compra.
—Tú abre la nevera y deja volar la imaginación —concluyó, muerto de risa.
***
Yo no sabía si reírme o colgarle de la vergüenza, pero la curiosidad pesaba más. Ya que estábamos en esas, le seguí preguntando, como una alumna aplicada.
—Una cosa importante —me advirtió—. Úsalo siempre con un condón. Evitas infecciones y, además, vienen lubricados, así te entra mucho mejor.
—Daniel, tengo sesenta y cuatro años —protesté—. Me muero de vergüenza solo de pensar en ir a la farmacia a comprar condones.
Se quedó callado un momento, supongo que sin saber muy bien qué responder a aquello.
—Pues no vayas a la farmacia —dijo al fin—. Cómpralos en el supermercado, en la caja del barrio. Los pones en la cinta con el resto de la compra y la cajera solo pasa el código de barras. Ni siquiera tienes que pedirlos en voz alta.
Nos reímos un rato más y colgamos. Pero la conversación se me había quedado pegada a la piel.
***
Me fui derecha a la cocina. Abrí la nevera y me planté delante con una sensación absurda de adolescente que hace algo prohibido. Una zanahoria de buen tamaño fue lo primero que me llamó la atención. La lavé despacio bajo el grifo, más tiempo del necesario, como si retrasarlo lo hiciera menos descarado.
Luego fui al salón, cogí el libro de Daniel de la estantería y busqué el capítulo. Lo encontré sin esfuerzo; sabía exactamente en qué página estaba. Me senté en el sillón, descalza, con las piernas recogidas, y empecé a leer.
Aunque me acordaba de cada frase, según avanzaba noté que las bragas se me iban humedeciendo. Me toqué por encima de la tela, apenas un roce, y la respiración se me cambió enseguida. Pensé que era el momento de pasar de la teoría a la práctica.
Me bajé la ropa interior y, con cuidado, me ayudé con la zanahoria. Me sorprendió la facilidad con que entró, después de tantos años de sequía. Con una mano sostenía el libro abierto sobre la rodilla y con la otra la movía despacio, hacia dentro y hacia fuera, sin prisa.
Justo cuando llegué a la escena en la que la protagonista del libro se corría, el cuerpo me respondió solo. Fue el primer orgasmo en años, y me pilló tan de sorpresa que se me escapó un gemido que rebotó en las paredes vacías del salón.
Me quedé hundida en el sillón, agotada, con el pecho subiendo y bajando. Tardé un rato en recuperar el aliento. Y, en cuanto lo hice, lo único que sentí fue la necesidad de repetir.
Busqué algo más grande. Un puerro grueso me tentó, pero la punta con las raíces no invitaba, y temí que si la cortaba el jugo me provocara alguna molestia. Estaba claro: tenía que ir al supermercado a por condones, tal como me había dicho mi hermano.
Mientras tanto, un calabacín mediano me pareció perfecto para una segunda vez. Lo lavé bien con jabón y volví al sillón. Esta vez ni siquiera necesité leer; me bastó con recordar las imágenes del libro. Al introducírmelo me sentí completamente llena, las paredes apretadas alrededor, una sensación que no recordaba haber tenido jamás, quizá porque era más grueso que cualquier hombre que me hubiera tocado antes.
Lo movía a un ritmo lento mientras dos dedos de la otra mano me dibujaban círculos sobre el clítoris. El segundo orgasmo fue mucho más intenso que el primero, tan largo que me dejó deshecha sobre el sillón. Tardé al menos un cuarto de hora en poder levantarme.
En ese momento no sabía si odiar a Daniel o quererlo más que nunca por haber removido todo aquello, con lo tranquila que yo creía vivir sin sexo.
***
Unos días después, llamaron al timbre. Era un repartidor con un paquete a nombre de mi hermano. Me extrañó, pero como venía dirigido a él, lo acepté, firmé la entrega y lo dejé sobre la mesa del comedor. Luego le llamé, intrigada.
—¿Te ha llegado ya? —me preguntó nada más descolgar, antes de que yo pudiera decir nada.
—Por eso te llamo. Ha venido a tu nombre, pero…
—Es para ti —me interrumpió—. Ábrelo ahora, que quiero oír tu cara.
Puse el manos libres y rasgué el cartón. Me quedé con la boca abierta. Dentro había tres cajas. En una se veía dibujado un pene de goma; en otra, más pequeña, el dibujo dejaba claro que vibraba; y la tercera la reconocí al instante, eran condones.
Ante mi silencio, Daniel empezó a reírse.
—Bienvenida de nuevo al sexo, hermanita. Aunque sea en solitario.
—No sé si darte las gracias o colgarte —le dije, entre la vergüenza y la risa.
—Funcionan con batería, se cargan enchufándolos a la corriente. Disfrútalos —fue lo último que dijo antes de despedirse.
Un par de minutos más tarde me llegó un mensaje suyo con dos direcciones de páginas web, a modo de sugerencia. No me hizo falta preguntar de qué eran.
***
Desembalé los juguetes y los lavé bien en el fregadero. Me llevé el portátil al salón y, con una mezcla de pudor y excitación, escribí en el navegador la primera de las direcciones. Era la primera vez en mi vida que iba a ver pornografía en una pantalla grande, más allá de algún vídeo suelto que alguna amiga me había mandado por el móvil.
Nada más cargar la página y pinchar en el primer vídeo, sentí la humedad otra vez entre las piernas. No me lo pensé. Me quité el pantalón del pijama y las bragas, encendí el más grande y me lo introduje. Apreté el interruptor y una vibración empezó a recorrerme por dentro. Lo movía muy despacio, recreándome en cada centímetro del recorrido.
Cogí el segundo juguete, el pequeño, lo encendí y me lo apoyé directamente sobre el clítoris. El grito que pegué al correrme lo debieron de oír todos los vecinos de la escalera. La sensación fue tan brutal que dudé entre parar o seguir buscando más. Decidí seguir.
A partir de ahí los orgasmos se encadenaron uno detrás de otro, sin apenas darme tregua. Perdí la cuenta de cuántas veces me corrí aquella tarde. Cuando por fin me metí en la ducha, no era capaz de pasarme la mano por el sexo sin que el cuerpo me pidiera más, a pesar de tenerlo todo irritado y al límite.
A día de hoy he vencido los complejos y los remilgos que arrastré durante años. Eso sí, sigo disfrutando en solitario, que es como mejor me conozco. Tengo una colección más que decente de juguetes que he ido comprando por internet, y que hacen verdaderas locuras en mi cuerpo cuando los combino.
De vez en cuando, cuando Daniel y yo hablamos por teléfono, todavía me pregunta con retintín si sigo «leyendo mucho». Yo le contesto que sí, que su libro es lo mejor que ha escrito. Y los dos nos reímos, sabiendo perfectamente de qué estamos hablando.