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Relatos Ardientes

La tarde que me quedé sola y cedí a la tentación

Sí, lo he hecho. Y antes de que nadie ponga cara de escándalo, déjenme decirles que creo que todas lo hemos hecho alguna vez, aunque casi ninguna lo cuente. La diferencia es que yo hoy tengo ganas de contarlo, así que pónganse cómodos, que esto va de aquella tarde en la que me quedé sola en casa y el deseo pudo más que cualquier idea de lo correcto.

Tenía poco más de veinte años por entonces y vivía todavía con mi familia, así que un rato a solas era un lujo. Esa tarde mis padres se habían ido al pueblo de mis abuelos y mi hermano se había marchado con sus amigos. Cerré la puerta, eché el cerrojo y, por primera vez en semanas, sentí el silencio entero de la casa para mí. Tarde libre, pensé, y algo en el estómago se me apretó de pura anticipación.

La verdad es que venía caliente desde la noche anterior. Había estado con Mateo, un chico con el que salía por aquel entonces, y no habíamos pasado de besos largos y de alguna caricia robada en el portal. En un momento me apoyó contra la pared y me apretó por encima de la falda, y aunque no llegamos a nada más, me dejó con el cuerpo encendido y una frustración que no se me fue ni durmiendo.

Así que esa tarde, con la casa vacía, supe exactamente lo que quería hacer.

Subí hacia mi cuarto, pero al pasar por la cocina me detuve. No sé qué me hizo frenar. Sobre la mesa había un frutero, y entre las manzanas y las naranjas asomaba un racimo de plátanos todavía verdes en las puntas. Me quedé mirándolos más tiempo del que cualquier persona normal mira un frutero. Y entonces la idea apareció, clarísima, descarada, imposible de ignorar.

No serás capaz, me dije. Pero ya estaba sonriendo.

***

No era la primera vez que improvisaba. De adolescente había experimentado con cosas que me daría vergüenza enumerar: el mango de un cepillo, algún frasco de loción, las cosas que una encuentra a mano cuando la curiosidad pesa más que el pudor. Pero un plátano tenía algo distinto. Tenía forma, tenía promesa, tenía un descaro que me hacía reír sola mientras lo elegía.

Tomé el más grande del racimo, el que parecía hecho a propósito. Y aquí va el primer consejo de la tarde, el que aprendí esa misma jornada: una es higiénica con lo que se mete. Lo llevé al fregadero y lo lavé con calma, pasándolo bajo el agua tibia, sintiendo su peso en la palma. Me temblaban un poco las manos, no de nervios, sino de esa impaciencia que se parece al hambre.

Antes de subir abrí el cajón donde mi madre guardaba las cosas de costura y, no me pregunten por qué, agarré también una servilleta de tela vieja. Y entonces recordé algo que iba a salvarme la tarde: en la mochila del instituto tenía un preservativo desde hacía meses, uno que Mateo me había dado «por si acaso» y que yo nunca había usado. Lo busqué en el bolsillo interior. Seguía ahí, intacto. Algo, una intuición tonta, me dijo que lo llevara conmigo.

Subí las escaleras con el plátano en una mano y el corazón golpeándome en el pecho como si estuviera haciendo algo prohibido. Y supongo que, de algún modo, lo estaba.

***

Cerré la puerta de mi habitación aunque no hiciera falta. Las costumbres no se pierden ni cuando estás sola. Bajé un poco la persiana y dejé la luz de la tarde colándose por las rendijas, esa luz dorada que hace que todo parezca más lento. Me quité los pantalones y la ropa interior y los dejé caer al suelo de cualquier manera. Me quedé desnuda de cintura para abajo, con una camiseta holgada todavía puesta, y me tendí sobre la cama.

Cerré los ojos.

Al principio fui despacio. Empecé a acariciarme los pechos por encima de la tela, con la palma abierta, sintiendo cómo los pezones se endurecían bajo el algodón. Sin darme cuenta metí la mano por debajo de la camiseta, subí el sujetador y me toqué la piel directamente. Imaginé que no era mi mano. Imaginé que era la de Mateo, o la de alguien sin rostro, alguien que se tomaba su tiempo, que me pellizcaba los pezones con la justa firmeza para que se me cortara el aliento.

Bajé la otra mano por el vientre. Despacio, demorándome, como si el camino importara tanto como el destino. Llegué a la cara interna de los muslos y los sentí ya tibios. Me toqué con la punta de los dedos, apenas un roce, y descubrí que estaba mucho más mojada de lo que esperaba. Empecé a masajearme en círculos lentos, mojando los dedos en mi propia humedad para que después entraran sin fricción, sin prisa.

Estaba tan excitada con solo pensar en lo que venía después que, en un momento, estuve a punto de terminar ahí mismo, solo con mis dedos. Tuve que detenerme. Todavía no, me dije, apretando los muslos. No quería darme esa oportunidad tan pronto. Quería el plátano. Quería la fantasía completa.

Me quedé quieta unos segundos, respirando hondo, dejando que la urgencia bajara apenas un escalón. Era una sensación curiosa: estar al borde y elegir no caer, saber que tenía todo el tiempo del mundo y nadie a quien rendirle cuentas. Por la rendija de la persiana entraba esa luz de tarde que dibujaba franjas sobre las sábanas, y yo me sentía dueña absoluta de cada minuto.

Volví a tocarme, pero esta vez sin intención de acabar, solo para mantener el fuego encendido. Pasé los dedos despacio, repasando, jugando conmigo misma como quien afina un instrumento antes de tocarlo. El cuerpo me respondía a la mínima caricia, hipersensible, todavía vibrando por lo de la noche anterior con Mateo. Pensé en su mano apretándome contra la pared del portal y se me escapó un suspiro.

***

Lo alcancé de la mesilla con la mano que tenía sobre el pecho. Y entonces, no sé de dónde me salió, me lo llevé a la boca. Lo lamí despacio, lo chupé como si fuera otra cosa, jugando con la idea, dejándome llevar por una imagen que me hacía mover las caderas sola, sin pedir permiso, pidiendo que aquello ya estuviera dentro de mí.

Me acordé del preservativo justo a tiempo. Lo abrí con torpeza, casi rompiéndolo con la prisa, y se lo coloqué al plátano con un cuidado que me resultó hasta cómico. En aquel momento me pareció una exageración, una precaución de manual. Más tarde entendería que fue la mejor decisión de toda la tarde.

Lo lamí un poco más, ya cubierto, y empecé a bajarlo. Lo paseé por el cuello, por el valle entre los pechos, por el ombligo, dejando un rastro fresco sobre la piel caliente. Cuando llegó al clítoris solté el aire de golpe. Primero jugué con él, frotándolo en círculos, dándole pequeños toques que me arrancaban tirones por todo el cuerpo. Las caderas se me movían solas, subiendo a buscarlo, reclamando más de lo que yo le estaba dando.

No aguanté mucho más. Dejé de pensar y lo introduje.

El cuerpo entero se me arqueó. Las piernas empujaron la cadera hacia arriba y se me escapó un gemido fuerte, más alto de lo que habría querido si hubiera habido alguien en casa. Empecé a moverlo, sacándolo y metiéndolo despacio al principio, después con más ritmo, sintiendo cómo todo se volvía resbaladizo, cómo mi propio cuerpo lo recibía cada vez con menos resistencia.

Cada embestida me arrancaba un sonido distinto. Me mordí el labio, apreté las sábanas con la mano libre, dejé que la fantasía me llevara a donde quisiera. Pensé en manos, en bocas, en escenarios que jamás contaría en voz alta. La tarde se había reducido a eso: a mi respiración entrecortada, al crujido de la cama y a esa fruta absurda y maravillosa moviéndose dentro de mí.

***

El final llegó como una descarga. Lo sentí subir desde muy abajo, una ola que me recorrió de las piernas al cuello y me dejó sin aire. Me tensé entera, apreté los muslos atrapando el plátano dentro, y gemí una vez más, larga, hasta quedarme vacía y temblando. Después, poco a poco, el cuerpo se me fue soltando, músculo por músculo, hasta que abrí las piernas y me dejé caer sobre el colchón como un peso muerto.

Me quedé un rato así, mirando el techo, con esa sonrisa boba de después. Y entonces fui a sacarme el plátano.

Y ahí entendí lo del preservativo.

La fruta se había hecho papilla por dentro. Una pasta blanda, deshecha, que de no haber estado el condón habría terminado entera dentro de mí, con todo lo incómodo y antihigiénico que eso supone. Me reí sola, agradecida con esa intuición tonta que me había hecho rebuscar en la mochila. A veces el instinto sabe más que una.

Envolví el plátano deshecho y el condón en la servilleta de tela y bajé a tirarlo todo a la basura, escondido bien al fondo para que nadie hiciera preguntas. Después me di un baño largo y caliente, de esos en los que el agua parece borrarte la prisa del cuerpo, y me quedé un rato dejando que me cayera sobre la nuca.

Esa tarde aprendí dos cosas. La primera, que el deseo, cuando una está de verdad sola, no entiende de vergüenzas ni de objetos elegantes. La segunda, mucho más práctica: por improvisada que sea la fantasía, una toma sus precauciones. El instinto, esa vez, me lo agradeció.

Es un relato corto, lo sé, pero tenía ganas de sacármelo de adentro. Espero que les haya gustado tanto leerlo como a mí recordarlo. Un beso grande, y otro más, de su querida amiga Renata.

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Comentarios (5)

luna_bsas

Que relato! me encanto, muy bien escrito y se siente completamente autentico.

Naty2024

Por favor continualo!! me quede con ganas de saber mas. Engancha desde la primera linea y no te suelta.

Lucia_N

Me hizo acordar a una tarde de verano que tambien estuve sola en casa y tuve pensamientos parecidos jeje... cosas que pasan!

MarcosVentura

increible!! me encanto de verdad

ClauLect

Lo que mas me gusto fue esa forma de describir la duda antes de ceder, eso le da mucha credibilidad. No es solo el acto sino todo lo que uno siente justo antes. Muy buena pluma.

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