Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que hice sola la noche que no viniste

Hace cinco semanas que no te veo, Bruno, y la cuenta la llevo en el cuerpo. Me había acostumbrado a tenerte por aquí al menos una vez a la semana, a esa rutina nuestra de citas a media tarde, y de repente el calendario se me llenó de noches en blanco. Tú sabes mejor que nadie lo que soy: una mujer que necesita el sexo como necesita el aire, que lo piensa en el trabajo, en el coche, en la cola del supermercado.

Y tú sin aparecer. Sin venir a quitarme esta ansiedad que se me ha metido entre las piernas y que no se va con nada. Así que esta noche decidí encargarme yo misma del asunto. Ya conoces a mis ayudantes, ese par de juguetitos que tantas veces nos han acompañado en nuestras travesuras. Hoy hicieron el trabajo que tú tienes pendiente desde hace más de un mes.

Pero como sé que te encanta enterarte de lo que hago cuando no estás, voy a contártelo con todo detalle. Quiero que lo leas despacio. Quiero que te imagines cada cosa y que se te haga la boca agua de no haber estado aquí.

Ya sabes cómo es mi cuerpo, lo tienes memorizado. Aunque soy bajita, tengo unas piernas que te vuelven loco, las caderas anchas, todo eso que te gusta agarrar cuando me tienes contra la pared. Y tengo este par de pechos redondos y pesados con los que tantas tardes has perdido la noción del tiempo. Esta noche fueron solo míos.

***

Tenía la esperanza de que pasaras por la tarde, así que jugué a prepararme para ti. No me bañé por la mañana a propósito; esperé a quedarme sola en casa, más o menos a mediodía, y entonces me metí a la ducha con toda la calma del mundo.

Quería darte una sorpresa, así que me depilé por completo, dejándome suave y desnuda tal como te gusta encontrarme. Y desde el primer momento empecé a sentirme encendida. Me gusta esa sensación de pasarme la mano y notarlo todo liso, apetecible, sin nada que se interponga. Sin haberlo buscado todavía, ya estaba húmeda.

Cuando salí del agua me puse crema por todo el cuerpo, y la cosa se me fue de las manos. Me entretuve más de la cuenta en los pechos, masajeándolos despacio, dándoles ese apretón que tú sabes dar. Me pellizqué los pezones y se pusieron duros al instante. Entre las piernas ya era un desastre delicioso.

Salí del baño desnuda y me crucé con el espejo del pasillo. Me quedé mirándome un segundo y sentí como una corriente que me recorría de la nuca a los talones. Qué pena que no estés aquí para ver esto, pensé. Elegí ropa interior con cuidado, como si fuera a recibirte: un conjunto de sujetador y culotte de esos cortos, de encaje negro, el que más te gusta.

Ya vestida solo a medias, te escribí. Te pregunté si vendrías a verme. Tardaste en contestar y, cuando lo hiciste, fue para decirme que no podías, que salías para otro lado. Me quedé tirada en la cama, un poco molesta, con el móvil en la mano y el encaje pegado al cuerpo.

Y entonces me dije que no iba a desperdiciar la noche. Tenía la casa entera para mí. Abrí el cajón de siempre y saqué a mis ayudantes.

***

Como ya estaba mojada, no me costó nada empezar. Me acaricié el clítoris despacio, suavecito, igual que lo haces tú cuando quieres que me derrita poco a poco antes de ir a más. Cerré los ojos y me fui directa a nuestro último encuentro.

Te veía con una claridad que daba miedo. Entre mis piernas, haciéndome ese sexo oral interminable que me deja temblando. Con una mano me acariciaba los pechos imaginando que eras tú, que tu lengua estaba ahí, chupando, mordiéndome los pezones mientras yo te tiraba del pelo.

La última vez me habías penetrado por detrás, de rodillas las dos sobre la cama, y todavía tengo esa sensación grabada. Tu manera de entrar despacio y luego salir casi del todo, para volver a hundirte de golpe. Y esa costumbre tuya de preguntarme al oído si me gusta tenerte entero dentro. Sabes lo que me hace que me hables así. Me convierto en otra. En tu cosa, en lo que tú quieras.

El vibrador ya estaba haciendo lo suyo, y yo me contraía alrededor de él de una manera que me sorprendió a mí misma. Sentí el orgasmo acercarse, todavía lejano pero inevitable, y la imagen que me vino fue la de ti tumbado boca arriba y yo encima, montándote, apretándote con cada espasmo mientras te decía cosas que solo digo cuando me tienes así.

Pero no terminaba de llegar. Estaba justo en ese filo en el que necesitas un empujón más, un recuerdo más fuerte. Y entonces me acordé de aquella noche.

***

La noche en que me lo hiciste por detrás del todo. Empezaste besándome el cuello, ese punto que conoces de memoria, y me fuiste girando hasta dejarme boca abajo. Bajaste despacio, besándome los hombros, la espalda, vértebra por vértebra, hasta llegar a mis nalgas. Me diste un azote, uno solo, perfecto, y seguiste acariciándome como si pidieras disculpas.

Después vino tu lengua. Húmeda, abriéndose paso entre mis nalgas con una paciencia que me ponía a mil. Llegaste a mi entrada más estrecha y la besaste, la chupaste, jugaste con ella hasta que noté que me abría sola. Solo entonces metiste un dedo, despacio, con cuidado, mientras con la otra mano me recorrías la espalda. Era demasiado: el escalofrío de tus dedos arriba y la presión deliciosa abajo, todo a la vez.

Cuando me tuviste lista, caliente y rendida, colocaste la punta donde tu lengua había estado. Fuiste entrando milímetro a milímetro, dejándome el tiempo justo para acostumbrarme, hasta que estuviste dentro del todo. Empezaste a moverte con esa lentitud que es casi una tortura, y yo lo disfrutaba cada segundo, sintiéndote en un lugar donde nadie más ha estado.

Pero lo mejor llegó cuando perdiste el control. Cuando empezaste a embestir con fuerza y me cayó otro azote, más duro, mientras me llamabas todas esas cosas al oído. Me decías lo que era, lo caliente que estaba, y seguías. Literalmente te estaba ofreciendo el cuerpo, sometida, y no recuerdo haber estado más excitada en mi vida. Me encantaba ser tuya de esa manera.

***

Con ese recuerdo metido en la cabeza, exploté. Y no fue un orgasmo cualquiera. Sentí cómo todo se contraía con vida propia, apretando el juguete que te estaba supliendo, como si pudiera retenerte. Grité y gemí todo lo que quise, porque para eso estaba sola, sin vecinos a esa hora y sin nadie a quien dar explicaciones.

No me quedé ahí. Apenas bajé del primero, volví a buscarme el clítoris con la otra mano, todavía temblando, y me llevé al segundo casi de inmediato. Más corto, más nervioso, ese que tú me sacas cuando insistes aunque yo te diga que ya no puedo. Me dejé caer sobre las sábanas con las piernas abiertas y el corazón disparado.

Y aquí viene lo que de verdad quiero que entiendas, Bruno. Las sensaciones fueron increíbles, no te voy a mentir. Pero no se acercan ni de lejos a compartir esto contigo. A oírte respirar, a sentir tu peso, a que el orgasmo sea de los dos y no algo que me fabrico yo sola en una cama vacía.

Así que considera esto una invitación, o más bien una advertencia. Me muero por verte otra vez. Por que me tengas como solo tú sabes y me digas al oído eso que tanto me gusta escuchar. Mis ayudantes hicieron su trabajo esta noche, pero hay cosas que un trozo de plástico no me da.

Te espero. Y no tardes cinco semanas más, porque la próxima carta puede que no sea tan amable.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios (5)

NocheArg

que bueno!!! para guardarlo en favoritos sin dudas

Valentina_mdq

Por favor subí mas, quede con muchisimas ganas de saber que pasa despues. No me dejes así jaja

darkpulse

increible.. de lo mejor que lei en mucho tiempo

SilviaLP

Este tipo de relatos me encantan. Me recordo a algo que me paso hace un tiempo y que tenia medio olvidado. Muy bien escrito, de verdad

Pili_lectora

excelente!!! seguí así

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.