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Relatos Ardientes

El placer secreto que descubrí cuando ella se iba

Hay un instante muy concreto que se ha vuelto el centro de mis días. Es cuando oigo la puerta de la calle cerrarse, el chasquido de la llave en la cerradura y, unos segundos después, el motor del coche arrancando en la cochera. Entonces dejo de ser el hombre que comparte techo con su mujer desde hace más de treinta años. Me convierto en otra cosa. Algo más callado, más hambriento, más sincero.

No es fácil de explicar. Llevamos casi cinco años sin tocarnos. No por una pelea, ni por un engaño, ni por nada que se pueda señalar con el dedo. Simplemente fuimos dejando de buscarnos. Una noche se convirtió en una semana, la semana en un mes, y un día me di cuenta de que ya no recordaba cuándo había sido la última vez. Dormimos en la misma cama como dos extraños educados que se desean buenas noches y se dan la espalda.

Y eso me duele, porque sé que la culpa fue mía. Marina —así la llamaré aquí— siempre fue una mujer ardiente. Tenía deseos, ideas, fantasías que me susurraba al oído cuando éramos jóvenes y que yo, con mi maldita cabeza cuadrada, recibía con una sonrisa incómoda y una excusa. Ella me ofrecía un mundo entero y yo le devolvía la mitad de mí, por miedo, por costumbre, por no saber cómo soltarme. Era cuestión de tiempo que se cansara de pedirle agua a una piedra.

Lo perdí. Lo sé y lo cargo. Pero el cuerpo no entiende de remordimientos, y el mío sigue queriendo. Cuando me sube el calor por dentro, ya no tengo a quién recurrir más que a mí mismo. Nunca me he atrevido a serle infiel. Quizá no se ha presentado la ocasión, o quizá soy demasiado cobarde, o demasiado fiel a una mujer que ya no me toca. Da igual el motivo. El resultado es el mismo: cuando me quedo solo, me dedico a darme el placer que ya nadie más me da.

***

Al principio era solo lo de siempre. La mano, algún recuerdo, algún relato leído a escondidas en el móvil con el brillo de la pantalla bajado al mínimo. Pero hay algo en el deseo que, cuando no se comparte, se va volviendo más curioso, más atrevido. Empieza a explorar rincones que antes ni miraba.

Así fue como descubrí el placer de mi propio cuerpo por dentro. La primera vez fue casi un accidente, un dedo tímido que se aventuró más allá de lo conocido y encontró algo que me hizo contener la respiración. No me lo esperaba. Esa pequeña descarga, esa mezcla de pudor y placer que me recorrió la espalda. Me asusté y, al mismo tiempo, supe que iba a volver a ese lugar.

Y volví. Cada vez con menos vergüenza y más ganas. Pero los dedos se quedaron cortos pronto, y empecé a mirar la casa con otros ojos. La nevera, sobre todo. Descubrí que los calabacines eran perfectos. Firmes, lisos, con esa curva suave que parece pensada para esto. Empecé a comprarlos yo mismo en el mercado, eligiendo el de buen tamaño con una cara de naturalidad que por dentro me hacía sonrojar.

Si la cajera supiera para qué lo quiero.

Esa idea, lejos de avergonzarme, me calienta todavía más.

***

El ritual es siempre el mismo, y en la repetición está parte del placer. En cuanto se va Marina, lavo el calabacín con cuidado, despacio, bajo el grifo del baño. Lo seco. Me desnudo entero, aunque nadie pueda verme, porque me gusta sentir el aire en la piel, sentirme expuesto en mi propia casa. Me miro un momento en el espejo del lavabo. Un hombre mayor, con el pelo gris y el cuerpo cansado, que está a punto de hacer algo que ni en sueños habría imaginado a los veinte años.

Coloco el calabacín de pie, apoyado en un soporte que me he ingeniado para que quede firme. Me pongo lubricante. Primero en mí, con paciencia, masajeando despacio hasta que el cuerpo se relaja y deja de oponerse. Luego cubro ese falo verde que dentro de un momento voy a sentir muy adentro. La sola anticipación ya me tiene duro.

Y entonces hago algo que me da un poco de pudor confesar: coloco el móvil apoyado en una repisa, en modo vídeo, en un ángulo desde el que pueda verse todo. Cómo entra y cómo sale. No lo grabo para nadie. Lo grabo para mí, para verme después, para creérmelo. A veces necesito la prueba de que ese hombre tan correcto, tan clásico, tan aburrido a ojos de todos, es capaz de esto cuando se queda a solas con su deseo.

Bajo despacio. El primer empujón siempre me corta la respiración. Hay un momento de resistencia, un ardor breve, y después una entrega. El cuerpo cede. Y mientras siento cómo me llena, mi otra mano se ocupa de la parte de delante, marcando un ritmo que va creciendo poco a poco.

Ahora mismo, mientras escribo esto, ya he ido a la nevera. He sacado uno y lo he sujetado a la silla del despacho, porque entre lo que leo en esta página de relatos y el atrevimiento de contar mi secreto, me he puesto a cien. No quiero esperar a terminar de escribir. Quiero hacerlo ya, y luego irme a la cama bien satisfecho.

***

No siempre fue tan ordenado. He probado otras cosas, en las épocas más impacientes. Botellas, por ejemplo. El problema de las botellas es el cuello: ese tramo estrecho que de pronto se ensancha. A mí me cuesta pasar de ahí, porque tengo el cuerpo un poco cerrado, pero soy testarudo. Una vez que empiezo, no paro hasta correrme. La terquedad, que en mi vida tantos problemas me ha dado, aquí al menos me sirve para algo.

Lo que de verdad me gustaría es tener un juguete de los buenos. Uno de tamaño generoso, de los que se ven en las páginas que ahora visito sin culpa. Pero está el problema de siempre: dónde esconderlo. Marina entra en cada cajón, abre cada armario, conoce cada rincón de esta casa mejor que yo. No tengo un solo escondite seguro.

Hubo uno, hace tiempo. Un juguete que en realidad era de ella, de los años en que aún se atrevía a pedirme cosas. A veces, cuando se iba, lo usaba yo a escondidas. Lo limpiaba con un cuidado obsesivo y lo devolvía a su sitio exacto, rezando para que no notara nada. Un día desapareció. Lo encontré en la basura, sin explicación, sin comentario. Nunca pregunté. Quizá ella supo lo que yo hacía. Quizá solo se cansó de un objeto que ya no usaba. Esa duda todavía me acompaña.

***

A veces, en mitad de mi placer, me asalta una idea extraña. Pienso en Marina. No en la mujer distante de ahora, sino en la de antes, la que me ofrecía aquellas fantasías que yo rechazaba. Me pregunto qué pensaría si entrara de golpe y me encontrara así, desnudo, con un calabacín y el móvil grabando, gimiendo por mi cuenta en la casa que compartimos.

¿Le daría asco? ¿Le daría risa? ¿O tal vez, por fin, me reconocería?

Porque esto que hago a escondidas es, en el fondo, todo lo que ella siempre quiso de mí. Las ganas de probar, de soltarme, de dejar la vergüenza a un lado y entregarme al deseo sin medir las consecuencias. La ironía es cruel: me convertí en el hombre que ella necesitaba justo cuando ya no le interesa mirarme. Toda esa libertad la descubrí demasiado tarde, y la gasto solo, frente a la pantalla de un teléfono.

Quizá algún día reúna el valor. Quizá una noche, en lugar de esperar a que se vaya, le cuente lo que descubrí. Le diga que su piedra aprendió a sentir, que ya no le tengo miedo a nada de lo que ella me proponga. No sé si me escucharía. No sé si quedaría algo entre nosotros que se pudiera reavivar. Es más fácil imaginarlo que hacerlo.

Mientras tanto, seguiré con lo que tengo a mano. Con la nevera llena de excusas verdes, con el lubricante guardado en el fondo del armario del baño, con el móvil que solo a mí me deja verme. Y con este secreto que ahora, por primera vez, comparto con un desconocido al otro lado de la pantalla.

De hecho, ya basta de escribir. El de la silla me espera, sigue firme y bien puesto, y mi cuerpo lleva un rato pidiéndome a gritos que termine lo que empecé. Voy a apagar la luz del despacho, voy a dejar el teléfono en su sitio y voy a darme, una vez más, el placer que nadie más quiere darme.

Luego dormiré tranquilo. Satisfecho. Hasta que mañana ella vuelva a salir por esa puerta y yo vuelva a convertirme en quien de verdad soy.

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Comentarios (5)

lectorx77

Tremendo inicio, me dejaste con ganas de saber más...

CuriosaTotal88

Que ganas de que siga!! Por favor escribi la segunda parte

DiegoAR

Me enganche desde la primera frase. Esa sensacion de libertad cuando uno se queda solo... la conozco bien jaja

Elisa_Nocturna

Buenísimo!!!

SilencioYNoche

Lo escribiste muy bien, se nota que lo sentis de verdad. La descripcion de ese instante cuando se cierra la puerta es perfecta, te situa inmediatamente en la escena. Esperando el resto.

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