La mañana en que entraste sin avisar
Hay una fantasía que vuelve a mí casi todas las noches, justo antes de quedarme dormida. No es complicada, no necesita escenarios imposibles ni disfraces. Es simple, y tal vez por eso me obsesiona tanto. La fantasía es que un día, sin avisarme nada, sin una sola palabra, una mañana cualquiera llegues y me hagas tuya.
No hay un mensaje en el teléfono diciéndome que vienes. No hay una llamada, no hay nada que me prepare para recibirte. Y eso es justamente lo que la hace tan deliciosa: la sorpresa, la entrega total, el no tener tiempo para pensar.
Tú sabes algo que casi nadie sabe de mí: duermo desnuda. Siempre. Sin importar el frío, sin importar la estación. Y en mi fantasía usas ese detalle a tu favor, como un secreto que guardabas para el momento justo.
Me gusta imaginar los detalles. La hora exacta, esa franja temprana en que el día todavía no decide si empezar. El ruido de la ciudad apenas encendiéndose afuera. Yo entregada al sueño, sin defensas, sin maquillaje, sin pose. Tú entrando en silencio, con esa seguridad de quien sabe que tiene permiso para todo.
No es que quiera perder el control. Es que quiero, por una vez, no tener que sostenerlo. Quiero que decidas tú, que el deseo me encuentre dormida y me arrastre antes de que mi cabeza tenga tiempo de poner reglas.
***
Es temprano. La luz entra fina por la rendija de la cortina y la habitación todavía huele a sueño. Yo estoy acostada de lado, profundamente dormida, ajena a todo. No te escucho entrar. No escucho la puerta, ni tus pasos, ni el roce de tu ropa cayendo al suelo.
Lo primero que siento es el peso del colchón hundiéndose detrás de mí. Después tu piel, tibia, deslizándose entre las sábanas, buscando la mía. Y entonces tus manos.
Empiezas despacio. Una caricia que baja por mi brazo, tu boca que encuentra mi cuello y se queda ahí, besando, respirando contra mi nuca. Yo estoy a medio camino entre el sueño y la vigilia, flotando, sin entender del todo qué está pasando, solo sabiendo que se siente increíble.
Tus dedos no esperan. Bajan, se abren paso entre mis piernas, encuentran mi humedad que ya empieza a aparecer aunque mi mente todavía no termina de despertar. Intento tomar conciencia de la situación, ordenar las ideas, pero es demasiado tarde y demasiado rico. Lo único que sale de mí es un gemido.
Trato de girarme hacia ti. Quiero verte, quiero tu boca. Pero no me dejas. Tu cuerpo se pega al mío por la espalda y me domina sin esfuerzo, sin violencia, solo con esa firmeza tuya que me derrite. Tus manos abren mis nalgas y, sin decir una sola palabra, me penetras.
El gemido que se me escapa es largo, ronco, todavía con restos de sueño.
Me envuelves en tus brazos desde atrás y empiezas ese movimiento lento, profundo, ese vaivén que entra y sale como si tuviéramos toda la mañana del mundo. Lo único que puedo hacer es girar la cabeza para buscarte. Nuestras bocas se encuentran al fin y nuestras lenguas se enredan en un beso largo, mojado, mientras tus manos suben hasta mis pechos.
Tus dedos encuentran mis pezones, ya duros, y los pellizcan justo con la presión exacta. El placer me recorre entera y gimo más fuerte contra tu boca.
***
Me das vuelta. Me dejas boca abajo y te colocas de rodillas detrás de mí, sin salir, sin perder el ritmo. Sigues entrando lento, imparable, mientras tu pulgar empieza a acariciar otro lugar. Insiste, busca, presiona contra mi ano con una paciencia que me vuelve loca, hasta que cede y tu dedo se abre paso dentro.
Sé lo que significa. Sé que tu pulgar es apenas el preludio.
Empiezo a temblar. El primer orgasmo se acerca y lo siento subir desde muy adentro, sin frenos. Tú lo notas en mis contracciones, en cómo me cierro alrededor de ti, y aceleras. Sentir que me estoy corriendo te da placer, lo escucho en tu respiración entrecortada contra mi espalda.
Cuando termino, todavía estremeciéndome, sales de mí. Tu miembro está duro, empapado de mí, y así, mojado, empieza a presionar contra mi ano apenas dilatado por tu pulgar.
Entras despacio. Sin tregua, pero despacio. Duele un poco, y aun así no quiero que pares.
—No pares —te digo, con la voz quebrada contra la almohada.
Poco a poco llegas al fondo. Te quedas quieto un momento, dándome tiempo para adaptarme a ti. O tal vez no es por mí. Tal vez solo estás disfrutando de la sensación de sentirte así de apretado, así de adentro.
Y entonces empiezas otra vez ese vaivén que no tiene fin, ese ritmo que me hace estremecer de la cabeza a los pies. Tus manos sujetan mis nalgas, las aprietan, suben y caen sobre mi piel con un sonido seco que rebota en las paredes de la habitación. Una y otra vez.
Me estás llevando a un lugar del que no quiero volver.
El segundo orgasmo me ataca casi sin avisar, distinto al primero, más profundo, más desesperado. Y esta vez te escucho. Te escucho decir, con la voz ronca, lo rico que te aprieto, lo bien que se siente estar dentro de mí así.
***
Sales de mí con cuidado y me volteas boca arriba. Me manipulas como si fuera una muñeca en tus manos, sin pedir permiso, porque sabes que no lo necesitas. Soy tuya y los dos lo sabemos.
Incado entre mis piernas, tomas tu miembro y acaricias mi clítoris con la punta, en círculos lentos, torturándome. Yo solo puedo jadear, arquearme, suplicar sin palabras. Entonces tomas mis tobillos, abres mis piernas todo lo que puedes y me penetras de nuevo.
Te gusta mirar. Te gusta ver cómo entras y sales de mí, cómo desaparezco bajo tu cuerpo. Te gusta verme abierta, completamente expuesta para ti, leer en mi cara esa mezcla de deseo y locura, de pedir más sin decir nada.
Y yo te doy más. Te envuelvo con mis piernas, te atraigo, mis manos recorren tu espalda y bajan a tus nalgas buscando más piel, más cercanía, más de ti. Necesito sentirte entero, pegado a mí, sin un milímetro de distancia.
Tu boca devora cada parte de piel que encuentra a su paso: mi cuello, mis hombros, la curva de mis pechos. Yo muerdo tus brazos porque están cerca de mi cara, porque necesito morder algo, porque el placer ya no me cabe en el cuerpo.
***
El tercer orgasmo llega como una ola que no puedo contener. Me arqueo hacia ti sin poder evitarlo, conteniendo un grito que se queda atrapado en mi garganta. Apenas logro decirte que me estoy corriendo otra vez, y tú me escuchas, jadeas, porque tú también estás al borde.
Llegamos al mismo tiempo. Me dejo llevar por todo lo que estoy sintiendo, por cada terminación nerviosa encendida a la vez, y por un segundo creo que voy a desmayarme. Tú te derramas dentro de mí con un gemido grave, hundiendo la frente en mi pecho.
Poco a poco recuperamos el aliento. Todavía no sales de mí, y eso, ese seguir unidos cuando ya pasó todo, es de las cosas más deliciosas que conozco. Siento cómo tus brazos se relajan, cómo tu peso se acomoda sobre mí. Tu frente sigue apoyada en mi pecho y mis manos acarician suavemente tus hombros, tu espalda húmeda.
Por fin sales y te recuestas a mi lado, mirándome con una sonrisa cansada.
—Buenos días —dices, como si nada—. Solo quise pasar a saludar.
Me río. Tú te ríes. Nos besamos despacio, sin urgencia, y dormitamos un rato abrazados mientras el sol termina de llenar la habitación.
Después me besas de nuevo y te levantas para arreglarte. Te vistes en silencio, me das un último beso en la frente y te vas, dejándome envuelta en las sábanas tibias, sintiendo todavía el eco de tu cuerpo en el mío.
Y me dejas como siempre me dejas: con ganas de que vuelvas pronto. De que un día cualquiera, una mañana cualquiera, sin avisar, sin un solo mensaje, vuelvas a entrar a mi habitación y me hagas tuya de nuevo.
Ojalá esta fantasía deje de serlo muy pronto.