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Relatos Ardientes

La empleada madura que cumplió mi fantasía más sucia

La primera vez que Yolanda entró a trabajar a casa, no pude despegarle los ojos de encima. Era la mujer más gorda que había visto en persona, y eso para mí significaba algo. En mi familia y entre la gente que me rodeaba lo único que abundaban eran los trastornos alimenticios, mujeres flacas hasta el hueso, costillas marcadas y caras hundidas. Ver una mujer así de grande, de carne abundante y blanda, me resultaba directamente fascinante.

O quizá no era novedad. Desde chico arrastraba ese gusto, esa fantasía concreta de coger con una mujer gorda y no soltarla.

En el secundario tenía una compañera con sobrepeso que venía con la falda del uniforme dejándole los muslos llenos de celulitis a la vista, y eso me ponía la verga como una piedra. Veía porno del género casi todas las noches. Las pajas que me hacía con esos videos me dejaban tirado en la cama, vacío y satisfecho a la vez.

Yolanda llegó para ayudar con la limpieza y todo lo demás. Nuestra mucama de siempre estaba con licencia por una caída fea, y fue ella la que la recomendó. «Una boliviana de toda mi confianza», había dicho.

El día que se presentó traía puesta una calza negra y una remera que se suponía holgada pero que a ella le quedaba pegada a cada pliegue del cuerpo.

Realmente enorme. La celulitis le marcaba las piernas debajo de la tela tensa. La piel le colgaba de los brazos y la panza se le caía hacia adelante. Tenía las tetas tan grandes que descansaban sobre el estómago. Usaba corpiño, aunque era como si no, porque los pezones se le adivinaban gordos y duros bajo la remera.

La cara redonda, el cuello escondido en la papada, la nariz respingada y los ojos castaños. El pelo negro le caía lacio hasta la cintura.

Y el culo. Tan ancho como las caderas, un mapa de pozos y celulitis que se movía con vida propia a cada paso que daba. Una sola silla no le iba a alcanzar nunca.

Mientras mi vieja le explicaba las tareas, yo solo podía mirarla y tratar de disimular la dureza que se me venía encima.

Ella también me miraba de reojo. Tal vez porque yo era demasiado obvio. No me importaba.

Así fue durante todo su primer mes. Cada vez que aparecía con esas calzas me costaba más esconder lo que provocaba en mí. Muchas veces tenía que encerrarme en mi pieza, espiarla por la cámara de seguridad desde el celular mientras limpiaba, y hacerme una paja rápida pensando en ella.

Me decía Maxi, por Maximiliano. A veces «changuito», como le dicen a los pibes allá en Bolivia, supongo. Y supongo también que lo usaba por la diferencia de edad. Ella tenía dos hijos de mi edad, y yo recién había cumplido veinte.

Eso me calentaba todavía más: la idea de que podría ser mi madre. Mi madre gorda.

***

Una tarde, mientras ella fregaba la cocina, yo estaba sentado en la mesada con la notebook. Desde su ángulo no podía ver la pantalla: porno de mujeres gordas, volumen bajísimo, mientras la veía a ella limpiar con una calza apretada hasta la asfixia.

La tela se le metía entre las nalgas inmensas. No sé si llevaba tanga o nada, pero parecía no tener nada debajo. En mi cabeza me imaginaba la cara hundida entre ese culo, tragado, mientras en el video un tipo se cogía a una gorda en cuatro y las nalgas le rebotaban como olas.

La tenía tan dura que pararme de la banqueta era imposible. Llevaba un short de fútbol, y la carpa era tan evidente que si giraba la cabeza se iba a dar cuenta enseguida.

—Maxi, ¿te puedo preguntar algo? —dijo sin dejar de pasar el trapo.

—Obvio, Yola, decime.

—¿Por qué siempre me mirás así?

—¿Así cómo?

—Con ganas. Como me estás mirando ahora.

Mi cara debía ser un poema, porque la sentí ponerse colorada a ella también. No supe qué contestar, y mi silencio le dijo todo. Se rio.

—Ay, changuito. ¿Me vas a decir que te caliento? ¿Yo, una vieja gorda?

—Sos hermosa, Yola —fue lo único que me salió, con la voz entrecortada.

—¿Te parece?

—Sí.

—¿Aunque sea una vieja gorda?

—Eso lo hace mejor.

—¿Cómo? ¿Te gustan las gordas, Maximiliano?

Tampoco supe cómo responder a eso. Pero por el tono con el que me hablaba, por cómo había dejado el trapo a un costado, entendí que era el momento. La oportunidad de cumplir lo que venía masturbándome hacía semanas.

—Sí. Me calientan.

Abrió los ojos, sorprendida, como si no esperara una respuesta tan directa. Después le apareció una sonrisa de las que no se olvidan.

—Nunca estuviste con una, ¿no? —negué—. Se nota. Te la pasás mirando porno de gordas como yo.

—¿Cómo sabés eso?

—No sos discreto, changuito. El otro día pasé por tu pieza y tenías la puerta abierta. Vi lo que mirabas en la pantalla.

—Ah… ¿te molesta?

—No, Maxi. No me molesta. A mí también me calientan los pendejos como vos.

Si hacía un rato la tenía dura, ahora era una barra de hierro.

—No soy tan chico.

—Tenés veinte y yo podría ser tu madre. ¿Eso también te lo pone como un palo?

—Sí, Yola. No sabés cómo la tengo ahora.

—A ver. Mostrame.

***

Era el momento. No había vuelta atrás. Me levanté con dificultad de la banqueta y me planté delante de ella, dejando la carpa del short a plena vista. Bajó la mirada a mi bulto, se mordió el labio y sonrió. Sin perder un segundo, me la saqué.

Tengo una buena pija, para mi orgullo. No es de las más largas, pero sí lo bastante gruesa como para que más de una se quejara. Blanca, con la cabeza ancha y rosada, los huevos pesados y cargados. Demasiado cargados, considerando que esa misma mañana ya me había hecho una paja en nombre de ella.

—Uff, changuito. La tenés mejor de lo que pensaba.

—¿Pensabas en mi pija?

—Sí. Te dije que me gustan los pendejos como vos. ¿Qué querés que hagamos?

—Te quiero coger. Mucho.

—¿Y si te la rompo con mi culo de gorda?

—Eso quiero. Que nos hagamos pedazos.

—Ay, Maxi, cómo me calentás. Te voy a cumplir la fantasía. Pero esto no sale de esta cocina, ¿eh? Y después borrá las grabaciones de la cámara… o quedátelas para vos, así te seguís pajeando conmigo.

Cuando empezó a sacarse la remera gastada de trabajar pensé que me daba un infarto. El cuerpo era exactamente como lo había imaginado: pura carne blanda. El estómago caído, surcado de estrías y celulitis. El corpiño apenas contenía las tetas pesadas. Cuando se lo soltó, los pezones cayeron oscuros y gordos, igual que el resto de ella.

Después siguió la calza, casi transparente. Quería que me la regalara, olerla, hacerme una paja con ella en la cara. Lo mismo con cualquier tanga usada que se hubiera perdido en el culo más grande que vi en mi vida.

Tenía el sexo carnoso y depilado, para mi sorpresa. Tapado en parte por la panza, pero visible desde donde yo estaba. La piel blanca como la leche, marcada por las estrías y algún parche de pigmentación.

Empecé a transpirar de calor y de deseo. Necesitaba metérsela como necesitaba respirar. Olerla, amasarle la carne, sentir esos muslos enormes apretándome.

—¿Te gusta, Maxi?

—Necesito llenarte toda, Yola.

Se rio con fuerza, y todo el cuerpo le tembló con la risa.

—¿Tan así, pendejo? Vení. Primero quiero chuparte la pija.

***

Le costó horrores arrodillarse frente a mí. Casi no se le distinguían las rodillas. Pero cuando me agarró la verga y se la mandó de una hasta la garganta, vi las estrellas. Desde el ángulo en que estaba solo le veía las tetas balanceándose, los rollos, el culo apoyado en los talones.

Chupaba como una profesional. Se le notaban los años, la diferencia con cualquier chica de mi edad. Me pasaba la lengua por todo el tronco, después se la tragaba entera, la sacaba, me lamía los huevos y me los metía en la boca dejándolos babosos. Bajaba todavía más, casi rozándome con la lengua donde nadie me había tocado nunca.

—¿Te gusta, Maxi?

—Dios. Cómo me la chupás, hija de puta.

—¿Te la chupan así tus noviecitas?

—Ninguna. Sos perfecta, Yola.

—Perfecta es esta pija, changuito. Tan gorda como yo. Me dan ganas de arrancártela a chupadas.

—Te la voy a meter toda.

—¿En mi conchita gorda?

—Sí. Ya. No aguanto más.

Tuve que ayudarla a levantarse del piso. Con cada movimiento, los rollos y todo el cuerpo se le balanceaban, y yo no podía dejar de mirarla. Se acercó, me agarró la cara con las dos manos y me comió la boca. No me lo esperaba, pero la besé con ganas, todo lengua, dientes chocando, saliva. Mis manos le recorrían el cuerpo, le agarraban las tetas y las soltaban para verlas rebotar. Solo con eso se me escapó un poco de líquido de la punta.

Se las chupé, jugué con ellas, y Yolanda gimió y me tiró del pelo.

—Dale, pendejo. Chupame la concha.

***

Meterme entre sus piernas fue como zambullirme en el mar. Los muslos enormes se abrieron y me dieron la bienvenida cuando, con mi ayuda, se recostó en el piso de la cocina. Cualquiera que entrara podía vernos, y eso nos calentaba todavía más.

El sexo era carnoso, oscuro, abundante. Lo acaricié con la mano abierta entera, porque era lo único que lo abarcaba. Le pegué con la palma varias veces, y ella gritó y se apretó las tetas.

Tuve que abrirla con los dedos para encontrarle el clítoris, lo único pequeño que tenía en todo el cuerpo. La chupé como ella me había chupado a mí, la llené de saliva, le metí los dedos y le mordisqueé el clítoris duro.

—Ay, Maxi, qué rico me chupás.

—¿Te gusta?

—Me encanta, pendejo. Ahora el orto, dale. Meteme la lengua en el ojete, quiero sentirla.

Se agarró los muslos y se los subió hasta el pecho, dejando todo a la vista. Nunca le había hecho el culo a nadie, y pensar en estrenarme con ella me enloquecía.

—Te quiero coger por ahí, Yola.

—¿Querés meterme la pija en el culo de gorda?

—Sí.

—Bueno. Pero primero dame lengua.

Tener que abrirle las carnes como capas era lo mejor. Nunca pensé que una mujer pudiera tener estrías hasta ahí, y ella las tenía. Me zambullí como en agua honda. La comí como si fuera mi último plato, sin importarme nada, porque el sabor me volvía loco. La lengua le recorría todo, le metía saliva, entraba lo más que podía. Sus gritos me confirmaban que le gustaba.

—Ay, Maxi, cómo me comés. Sos hermoso, changuito.

—Me vas a dejar metértela acá, gorda. Se nota que lo tenés todo usado.

—Sí, sí. Metémela toda. Rompémelo con esa pija que tenés. Me estás volviendo loca. Sos un cerdo igual que yo.

***

No tenía forro y no me importaba. Me arrodillé frente a sus muslos abiertos y se la mandé de una.

El grito no supe si fue de placer o de dolor, pero la pija se me enterró más hondo.

—¡Ay, Maxi, despacio!

—No puedo, Yola. Me encantás. Necesito romperte.

—Dale, pendejo. Hacelo, entonces. Rompémelo con esa pija hermosa.

Entraba y salía sin ningún esfuerzo. Estaba tan abierta y mojada que era todo placer. Escuchar sus gemidos, sus insultos, las guarangadas que me decía mientras todo ese cuerpo enorme se retorcía debajo de mí, me iba acercando al final.

Mis manos no abarcaban una sola parte de ella entera. Abierta de piernas, con la celulitis y los rollos sobresaliendo, parecía la imagen exacta de cada paja que me había hecho.

—Qué gorda de mierda que sos. Cuánto me pajeé pensando en este momento. Te dediqué cada una, Yola. Sos mi fantasía.

—Lo sé, changuito. Sé que te gusta mirarme, que te encanta lo gorda que soy. Por eso me ponía las calzas claritas, para que vieras el culo rebotar y te imaginaras esto.

—Entonces ponete en cuatro. Quiero verlo rebotar contra mí.

Con mi ayuda logró darse vuelta y apoyarse en cuatro. El cuerpo le temblaba. Por dentro me reía: si mis amigos me vieran cogiéndome a la mucama gorda de casa se cagarían de risa en mi cara. Pero a la verga le encantaba. Seguía durísima cuando volví a clavarla hasta el fondo.

El culo le rebotaba contra mis caderas. La penetré con fuerza, sin atender a las quejas, con bronca y deseo mezclados.

—Te voy a llenar entera, gorda.

—Sí, pendejo. Llename todo. Yo sé que te vuelve loco estar cogiéndote a una vieja que podría ser tu madre, ¿no? Sucio. A ver cómo me la llenás.

—¿Qué cola? Mirá lo que tenés. Sos tan gorda que no te la puedo ni agarrar.

—Uff, sí, mi amor. Hablame así que me hacés acabar.

—Acabá mientras te relleno, dale.

—¡Aaah, sí, Maxi!

Acabé tan fuerte que se desbordó hasta el piso. La imagen casi poética de la gorda en cuatro y el resultado escurriéndole entre las nalgas me dejó vacío.

***

No nos dijimos nada mientras nos recomponíamos. Ella volvió a la limpieza y yo me encerré en mi pieza. Al día siguiente no vino. Ni el otro. Había renunciado, y eso me dejó algo mal. Tal vez fue la culpa, tal vez la vergüenza. Lo único que sé es que me guardé las grabaciones de la cámara, y que todavía hoy, algunas noches, me hago una paja en nombre de Yolanda, mi exmucama gorda favorita. O la única.

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Comentarios (6)

PabloSC

excelente relato, de los mejores que lei por aca en mucho tiempo!!!

MiraCba

Por favor seguilo, quede con ganas de mas... me engancho desde el primer parrafo

ElTorrente_74

Lo lei dos veces, que bueno que encontre este sitio. Relatos como este son los que hacen que uno vuelva

Nando77

me recordo a una situacion parecida que vivi hace años jaja, lo lei de un tiron

JorgeSan88

tremendo!!! sigue asi

Lorena_Baires

Como mujer tambien me enganche con la historia, muy bien descripto todo. Sigue escribiendo!

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