La orden de la princesa que no pude desobedecer
—Teniente Salgado, queda usted asignado a la escolta personal de la heredera al trono. La acompañará en cada acto oficial y, dentro de cinco días, embarcará en la fragata escuela donde la princesa completará su instrucción naval.
El almirante me lo dijo sin levantar la vista de los papeles, como si me estuviera mandando a fregar cubiertas. Yo tenía tres condecoraciones por misiones en las que me había jugado la piel, y de pronto me destinaban a hacer de niñera de una cría de palacio. Salí del despacho sin saber si aquello era un premio o una sentencia.
Cuando subí a bordo de la fragata Argonauta, la heredera llevaba ya varios días instalada. Un suboficial me indicó que me presentara de inmediato en el camarote real: la princesa quería conocer a su nueva sombra. Recorrí el pasillo metálico con el uniforme recién planchado, llamé dos veces a la puerta y entré cuadrándome.
—Señora. El teniente Salgado se presenta para servirla.
Di un taconazo seco, con la barbilla en alto y la mirada al frente, como marca el reglamento.
—¿De verdad vas a servirme? —preguntó ella, alargando cada palabra—. ¿Harás todo lo que yo te ordene?
Bajé un instante la vista y comprendí que la niña no era tan niña. Tendría poco más de veinte años, pero había algo en su manera de mirar que no tenía nada de inocente. Llevaba una camiseta fina, sin nada debajo, que se ajustaba a unos pechos pequeños y firmes. Un pantalón corto le marcaba las caderas anchas y una franja de piel desnuda en la cintura. Era guapa. Guapísima. Tenía los ojos de un azul tan claro que parecían de cristal, y unos labios carnosos que se mordía despacio mientras esperaba mi respuesta.
Eres un soldado, no un crío. Olvídate de lo que tienes entre las piernas.
Me lo repetí como una orden, intentando que la sangre se quedara donde debía.
—¿No dice nada, teniente? —insistió, ladeando la cabeza.
—A sus órdenes, señora. Para eso estoy aquí.
Ella sonrió de un modo que no me gustó nada. O que me gustó demasiado.
—Bien. Entonces cierra esa puerta con el pestillo.
Obedecí. El chasquido del cerrojo sonó más fuerte de lo que debería en aquel camarote pequeño, forrado de madera oscura y con un solo ojo de buey por el que entraba la luz blanca del mar abierto.
—Y ahora —continuó, acercándose un paso— quiero comprobar una cosa. Dicen que los oficiales como tú no le tienen miedo a nada. Quítate la guerrera.
—Señora, eso no entra dentro de mis…
—Es una orden, teniente. ¿O vas a desobedecer a tu princesa el primer día?
Tragué saliva. Había recibido órdenes absurdas en mi carrera, pero ninguna como aquella. Y, sin embargo, mis manos ya estaban desabrochando los botones dorados. Me quité la guerrera y la dejé doblada sobre el respaldo de una silla, como si todavía quisiera fingir que aquello tenía algo de protocolo.
—La camisa también —dijo ella, dejándose caer en el borde de la litera.
***
Me quité la camisa. La princesa me recorrió con la mirada de arriba abajo, sin disimular, mientras sus dedos jugaban con el borde de su propia camiseta. La fragata cabeceaba despacio y, con cada vaivén, ella subía un poco más la tela.
—Tienes buen cuerpo para ser una niñera —murmuró—. Sigue.
—Señora, le aseguro que esto…
—Calla y obedece. Me gusta que los hombres fuertes aprendan a callar.
Había pasado la vida obedeciendo cadenas de mando, y reconocí en su voz esa autoridad que no admite réplica. Solo que esta orden no venía de un superior con galones, sino de una mujer descalza que se mordía el labio mientras se quitaba la camiseta por encima de la cabeza. Sus pechos quedaron al aire, los pezones levantados, rosados, duros como si tuvieran frío. No lo tenían.
El camarote olía a sal y a su perfume, una mezcla que se me quedó pegada al fondo de la garganta. Afuera se oía el rumor sordo de las máquinas y, de vez en cuando, las voces de la marinería en cubierta. Aquí dentro, en cambio, todo se había reducido a su respiración y a la mía, cada vez más difíciles de disimular.
No pude evitarlo. La erección llegó como una traición, marcándose contra la tela del pantalón. Me maldije por dentro.
—Vaya —rio ella, encantada con el efecto que causaba—. Veo que el teniente sí me presta atención. Acércate.
Di un paso. Ella se levantó, me puso una mano en el pecho desnudo y me empujó con suavidad hasta que mis piernas chocaron con la litera.
—Túmbate. Es una orden.
Me dejé caer de espaldas sobre el colchón estrecho. La princesa terminó de desnudarse sin prisa, disfrutando de cada segundo en que yo no podía hacer otra cosa que mirarla. Se subió encima de mí, a horcajadas, y se inclinó hasta que su pelo me rozó la cara.
—Soy tu señora —susurró contra mi oído— y te ordeno que te quedes quieto. Quiero hacer esto a mi manera.
Bajó por mi cuerpo dejando un rastro de besos lentos, y cuando llegó al final liberó mi erección de la tela con una destreza que no tenía nada de inexperta. Me la rodeó con esos labios carnosos que llevaba toda la conversación mordiéndose, y empezó a moverse arriba y abajo sin apartar sus ojos azules de los míos.
—Me encanta —dijo, separándose apenas un instante—. Es la mejor que he probado, teniente.
Y volvió a su tarea, con una mano en la base y la lengua trazando círculos que me hacían apretar los dientes para no romper la orden de quedarme quieto. Una hebra de saliva le caía por la comisura de la boca y ella ni se molestaba en limpiarla. Le gustaba el desorden. Le gustaba el poder.
***
Cuando notó que estaba demasiado cerca, se incorporó de golpe.
—Todavía no. No te he dado permiso.
Se sentó sobre mí, pero no me dejó entrar. En lugar de eso, empezó a frotarse contra mi erección, deslizándose adelante y atrás, empapándome sin permitir la penetración. La sentía cálida, resbaladiza, completamente entregada al juego y al mismo tiempo dueña absoluta de cada movimiento.
—No puedo dejar que me la metas por delante —jadeó, acelerando el ritmo—. Tengo que llegar virgen al matrimonio de Estado. Son las reglas. Pero las reglas no dicen nada de esto.
Se frotó con más fuerza, echó la cabeza hacia atrás y un temblor le recorrió todo el cuerpo.
—Sí… así… me voy a correr… ¡ah!
Se quedó unos segundos quieta sobre mí, respirando hondo, con una sonrisa de satisfacción que le iluminaba toda la cara. Luego se dio la vuelta despacio, apoyando las manos en la litera, y me mostró la espalda.
—¿Te gusta lo que ves, teniente?
No contesté. No hacía falta. Tenía delante un culo perfecto, redondo y firme, y ella sabía exactamente lo que estaba haciendo.
—Que tenga que llegar intacta no significa que no puedas servirme por aquí —dijo, separándose las nalgas con las manos—. Considéralo parte de tus obligaciones.
Mi erección estaba completamente lubricada por ella. Apoyé la punta y la princesa empujó hacia atrás, ansiosa, hasta que entré sin apenas resistencia. Soltó un gemido grave, satisfecho, y bajó la cabeza hasta apoyar la frente en el colchón.
Le sujeté las caderas con las dos manos, todavía sin atreverme del todo, como quien teme romper algo que no le pertenece. Ella notó mi vacilación y giró el rostro para mirarme por encima del hombro, con los ojos entrecerrados.
—Más —ordenó—. No te quedes a medias, que no te tenía por un cobarde.
Me clavé las uñas en la palma para mantener el control y empecé a moverme, despacio primero, después al ritmo que ella misma me marcaba con las caderas. La heredera dirigía cada embestida como dirigía todo lo demás: con una seguridad que me desarmaba. Yo, que había dado órdenes a pelotones enteros, me descubrí obedeciendo el balanceo de su cuerpo como si fuera el único reglamento que importaba.
—Así, teniente… eso es servir bien a tu princesa.
***
Aguanté todo lo que pude, pero llegó un punto en que el cuerpo no atiende a rangos ni a protocolos.
—Voy a… —empecé.
—Ahora no ahí dentro —me cortó, separándose y girándose con una agilidad felina—. Quiero verlo. Córrete en mi cara, te lo ordeno.
Se arrodilló frente a mí, sobre el suelo de la litera, y levantó la barbilla. Esos ojos azules me miraban desde abajo con una mezcla de orden y deseo que acabó conmigo. Me bastó tocarme un par de veces.
El placer me recorrió de arriba abajo y solté todo sobre sus labios entreabiertos. Ella ni siquiera cerró los ojos. Recibió cada gota como quien recibe un tributo, y luego se relamió despacio, sin dejar de sonreír, mientras una hebra le resbalaba por la comisura.
—Sabía que serías un buen elemento —dijo, pasándose el pulgar por el labio y chupándoselo después—. Los demás se ponían nerviosos. Tú sabes obedecer.
Me quedé sin palabras, tumbado, con el corazón disparado y el uniforme hecho un guiñapo en la silla. La princesa se levantó como si nada, se puso la camiseta y volvió a ser, de un segundo a otro, la heredera intachable que el reino esperaba ver.
—Nos quedan tres semanas de instrucción en alta mar, teniente —añadió, abriendo el pestillo de la puerta—. Confío en que cumpla usted con todas sus obligaciones. Todas.
Me incorporé como pude y, por pura inercia, volví a cuadrarme, todavía a medio vestir.
—A sus órdenes, señora.
Ella me dedicó una última mirada por encima del hombro, con esa sonrisa que no tenía nada de inocente.
—Eso espero. Descanse, teniente. Lo necesitará.
Y salió al pasillo con la espalda recta y la barbilla alta, dejándome allí, preguntándome cómo demonios iba a sobrevivir a aquella singladura sin perder del todo la cabeza. Tres misiones de combate no me habían enseñado lo que aquella mujer me enseñó en una sola tarde: que la peor de las órdenes es la que uno desea obedecer.