Atado a la mujer que más odio durante toda la noche
—Se te va la cabeza, tío. ¿Cómo le hablas así a mi novio?
El tono de su voz la delataba; no parecía importarle lo más mínimo lo avanzado de la noche. Un portazo seco acompañó sus palabras, un desprecio temerario hacia el descanso ajeno. Aunque, a decir verdad, habría sido mala suerte despertar a alguien: el bungalow más cercano era el nuestro, separado por la piscina, y el resto guardaban una distancia prudente. Así nos quedamos a solas en una de las habitaciones del bungalow vacío de al lado, después de que ella me confesara que necesitaba hablar conmigo.
Si algo he aprendido en mis veintidós años, es que nunca es buena señal que una chica te diga «tenemos que hablar».
—Tu novio también es mi amigo de toda la vida, ¿sabes? —le dije.
—Eso no cambia nada —contestó, beligerante.
—Creo que tenemos confianza suficiente para saber qué cosas le puedo decir de broma y cuáles no.
—Te has pasado.
—¿Y tú qué sabes?
—Le conozco mejor que tú.
—Bonita, lo conozco desde mucho antes que tú —insistí—. Es más: si lo conocieras tan bien como dices, sabrías que Damián se defiende solo.
—Yo lo defiendo si me da la gana.
—¿Para esto me has traído aquí? ¿Para echarme la bronca sin quedar en ridículo delante de todos?
—Deberías darme las gracias, de hecho.
—Uy, sí. Claro —mi voz adoptó un tono sardónico—. Debería darte las gracias por todo lo que aportas a este grupo.
—¿Pero qué estás diciendo?
—Para nosotros eres la novia de Damián, y nada más. No tienes personalidad —proseguí—. Vienes, te sientas, no hablas nunca, solo pones caritas y comentas por lo bajo. La única razón por la que estás aquí es porque tu novio te lo paga todo.
—La semana de apartamento la he pagado yo, listillo.
—¿Y el resto de las cosas?
—Si tan mal te caigo, no haber venido.
—Son mis amigos, no los tuyos. Ubícate.
—Luego te extrañas de seguir soltero.
—¿Qué tendrá que ver?
Noelia me estaba sacando de mis casillas, y lo peor era que ella podía notarlo. Ese sexto sentido que tienen algunas mujeres se puso en marcha al ver cómo, poco a poco, las venas del cuello empezaban a marcárseme. Si algo me había propuesto para estas pequeñas vacaciones, era no permitir que ella nos arruinara la semana.
—Ninguna chica te va a hacer caso con esas actitudes de mierda —exclamó.
—A diferencia de ti, hay chicas a las que les gustan los hombres con un poco de sangre en las venas.
—¿Qué insinúas?
—Mejor no te des por aludida, se vive más feliz —exhalé y me recompuse—. ¿Has terminado ya? ¿O vas a darme más consejos amorosos que nunca pedí?
Ella no respondió, ni siquiera se inmutó. En su lugar estiró el brazo, bronceado de más tras tres días al sol, empuñó el pomo de la puerta y empezó a girarlo. Pero, de pronto, Noelia pareció helarse. El movimiento se detuvo en seco.
—¿Qué haces? —alcé la voz, extrañado.
—Shhhh.
Tras mandarme callar, giró la cabeza hacia mí muy despacio, casi teatral. En cuestión de segundos su rostro había palidecido entre los mechones rizados; parecía otra persona. Miraba en mi dirección, pero sin llegar a cruzar su mirada con la mía. Por fin logró musitar:
—Creo que hay alguien en el piso de abajo.
—¿A estas horas? Qué dices —respondí, incrédulo.
—Baja la voz.
—Estás fatal.
Me acerqué a ella mientras pegaba la oreja a la puerta, como en las películas. La madera debería haber sido lo bastante gruesa para ahogar cualquier ruido de la casa, pero cuando imité su postura, justo detrás de ella, conseguí escucharlos.
Pasos pesados, como enfundados en botas. Uno tras otro. A veces se detenían de improviso, para luego reanudar una marcha errática. Este bungalow debía estar vacío; no había maletas en las habitaciones ni señal de vida alguna. ¿Acaso se había dejado Noelia la puerta abierta?
—Joder, es verdad —susurré.
—¿Qué hacemos?
—A lo mejor es Damián, o uno de los chicos. Llámalo.
—Estaban todos dormidos, idiota.
Los pasos se hicieron más densos, se multiplicaron. Tanto, que ahora parecían los de dos personas y no una. Y lo peor: cada vez sonaban más claros y más cerca.
El pomo giró. La puerta se abrió de golpe, con tanta fuerza que empujó a Noelia hacia el interior de la habitación. Ella gritó, se desgañitó. Ante nosotros aparecieron dos figuras enmascaradas, altas, casi tanto como yo. De sus manos colgaban sendas bolsas de deporte, tan oscuras como su ropa.
Uno de ellos se abalanzó sobre Noelia, le rodeó la cintura y se colocó detrás de ella. Con la mano enfundada en un guante de cuero le tapó la boca, y sus gritos se redujeron a quejidos ininteligibles.
—Ocúpate del otro —ordenó con una voz grave y siniestra.
Su cómplice, que por porte y complexión parecía una chica, dejó caer la bolsa al suelo y cargó contra mí. Aunque no logré distinguir si llevaban armas, alcé los brazos mostrando las palmas. Noelia me miró y yo a ella; su expresión era de puro pánico. Pero algo encontró dentro de sí. Con todas sus fuerzas, hundió los dientes en la mano del asaltante.
—¡Será zorra! —rugió la figura.
***
—Venga, tío, no hace falta hacer esto —imploré.
Noelia, arrinconada y a punta de navaja, observaba cómo la chica me apretaba el último nudo. Me había atado las piernas, una contra la otra, a la altura de los tobillos, las pantorrillas, las rodillas e incluso los muslos. Los brazos me quedaron estirados sobre la cama, amarrados a las esquinas, de modo que parecía una figura clavada en una cruz.
—No es vuestro día de suerte —dijo el asaltante.
—No diremos nada, ni siquiera es nuestro apartamento —suplicó Noelia.
—¿Oyes eso, cielo? —el hombre se dirigió a su cómplice—. Aquí, los dos enmascarados, y aún así nos ven cara de tontos.
Compartieron una carcajada, pero sirvió de poco para aflojar la tensión del ambiente. Por si la situación no fuera ya suficiente, estar solo con su bikini negro y unas sandalias hacía que Noelia se sintiera todavía más vulnerable. La voz se le resquebrajaba por momentos.
—De verdad que no nos vamos a chivar, por favor.
—Nena —interrumpió el hombre enmascarado—. Si cobrara por cada vez que me han dicho eso, no tendría que robar pisos ajenos, créeme. Venga, a la cama.
—Pero, por favor.
—Sin peros.
***
Los asaltantes ataron a Noelia encima de mí. La hicieron descalzarse y tumbarse sobre mi torso. La estiraron, usando lo que les quedaba de cuerda para sujetarle pies y manos en una especie de estrella de cinco puntas, a cada esquina de la cama. Podía sentir todo su peso sobre mi cuerpo, en especial sobre el pecho. Sus senos se hundían contra mí, separados solo por la fina tela de la parte de arriba del bikini.
Nuestras caras quedaron casi a la misma altura, lo que me permitía observar cada mueca que hacía en respuesta a las ataduras. Cuando terminaron de amarrarla, su primer instinto fue serpentear, retorcerse, luchar contra las cuerdas.
—¿Te quieres estar quieta? —le pedí.
—Si te parece nos quedamos así toda la noche, no te jode.
—No me puedo creer que dejaras la puerta abierta de par en par.
—Y yo no me puedo creer que me eches la culpa de esto.
—¿De quién iba a ser, si no? Fuiste tú la que me trajo aquí a soltar tonterías.
El peso de su cuerpo oscilaba sobre el mío, como si intentara acomodarse en una posición imposible. El roce de su piel semidesnuda contra la mía, su cercanía, su pecho derecho empezando a escaparse del bikini.
—Para ya de moverte, joder —exclamé, tratando de evitar lo inevitable.
Cuanto más se movía, más lo sentía. En cuestión de segundos, mi miembro desarrolló una erección imposible de disimular. Fue entonces cuando se me encendieron las mejillas. Algo dentro de mí deseaba que Noelia no lo notara nunca, pero a esa distancia era imposible contenerla.
No entiendo nada. Odio a esta mujer con todo mi ser. No la soporto. Y, sin embargo, mi instinto estaba más despierto que nunca y, por momentos, iba a más. Cada movimiento suyo, por leve que fuera, encendía algo que yo no quería reconocer.
—A ver si nos callamos un poco, que no son horas —dijo el hombre enmascarado desde el pasillo.
—Pues dile a esta loca que se esté quieta.
—Que no me respondas, chaval, que te calles.
Noelia, sin embargo, no paraba de balancearse y de moverse, en un intento vano de deshacer los nudos. La cómplice los había apretado casi hasta cortar la circulación; por mucho que me quejara, no había forma de hacerle entender que así no íbamos a soltarnos en la vida.
—Noelia, para. De verdad.
—Ayúdame, idiota. ¿No ves que así no vamos a ninguna parte?
Su voz era un hilo, sin dejar de forcejear.
—Me tenéis harto —masculló el hombre enmascarado.
Desde mi posición me costaba verlo, pero conseguí lanzar una mirada en su dirección. Estaba hurgando en la bolsa de deporte que había recogido del suelo. De ella sacó un rollo de cinta americana blanca y, empuñándolo con firmeza, se acercó a la cama. Estiró la cinta con su característico sonido punzante, la presionó con la palma sobre los labios de Noelia y empezó a envolverle la cabeza. Algunos mechones largos y rizados quedaron atrapados en el adhesivo. Su boca quedó sepultada bajo varias capas de cinta blanca, hasta que el hombre quedó satisfecho.
Ella intentaba quejarse, lo veía en sus ojos, en su respiración acelerada, pero fue en vano. El asaltante cortó la cinta y, después de envolverla al menos siete veces, la alisó contra sí misma sobre las mejillas.
—MMPPPPGHHHH, MMMMPPHHH.
Intentó hablar, vociferar. Pero sus quejidos no eran más que una cacofonía. De sus labios amordazados brotaba un torrente de obscenidades ininteligibles; la inflexión de su voz podía confundirse con sensuales jadeos. Gemidos cargados de placer. Un sonido que no hizo nada por aplacar la poderosa erección entre mis piernas. Me hizo recordar todas las veces en las que habría querido ser yo mismo quien le callara la boca. Que no hablara. Ejercer la potestad de frenar sus comentarios de víbora, sus palabras fuera de lugar, las insolencias que me había soltado.
—Venga, que calladita estás más guapa —dijo el hombre—. Tú también, chaval.
Desde mi postura, apenas pude oponer resistencia. En un abrir y cerrar de ojos mis labios quedaron sellados igual que los de Noelia. Tal y como aparecieron, los asaltantes se esfumaron. De no ser por los incesantes quejidos de ella, podríamos haberlos escuchado saquear el bungalow, o al menos distinguir sus pasos alejándose.
Veía el reflejo de mi propio desdén en sus ojos marrones, abiertos como platos. No paraba de temblar ante el roce de mi piel. Con un movimiento brusco, su pecho derecho terminó de escaparse de aquel bikini negro que tanto contrastaba con su piel. De no ser por el bañador que llevaba puesto, habría explotado en aquel preciso instante.
El bañador ya empezaba a humedecerse. Noelia no podía decir nada, pero estoy seguro de que sentía el peso entre mis piernas rozar la parte baja de su vientre. O al menos la punta, cada vez más húmeda. Lancé la vista al techo, como tratando de evadirme de la situación. Pero era imposible ignorarla. Sus movimientos, sus jadeos, los gemidos distorsionados por la mordaza.
—MMMMMPHGHGHGH, AHHGHMMPH. POHHGHH FHHHFPHMM —se desgañitaba Noelia.
Nada de lo que hacía funcionaba. Es más, todo empeoraba. Restregaba el cuerpo contra el mío, desafiando el yugo de las cuerdas; sus pechos se posaban sobre el mío y su pelvis se frotaba contra la mía. Yo intentaba responder, evitar el contacto, pero era imposible. Las piernas se me arquearon temblorosas, cerré los ojos y, por primera vez, fui yo quien gritó contra la mordaza.
—¡MMMGHHHHMMMPHH! —exclamé.
El calor se disparó desde dentro, como un volcán entrando en erupción. Mi miembro empezó a palpitar, y cada latido liberaba un poco más de aquella tensión acumulada. El bañador se empapó por completo y ya no había forma de que Noelia no se diera cuenta de lo que acababa de pasar. Seguía respirando rápido; la realidad es que la mordaza hacía que me costara tomar aire. Ella me miraba, extrañada, sin parar de moverse. Sin parar de jadear.
¿Cómo se supone que voy a aguantar toda la noche así? Todavía era de madrugada, nuestros amigos seguían dormidos al otro lado de la piscina, y faltaban horas para que alguien notara nuestra ausencia. Horas atado a la única mujer del mundo a la que no soportaba y a la que, por algún motivo que aún no entiendo, mi cuerpo deseaba más que a ninguna otra.