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Relatos Ardientes

La subasta secreta donde solo un postor importaba

La luz de las velas temblaba sobre las paredes de la habitación y dibujaba sombras que se movían despacio, como si también ellas esperaran. El aire olía a sándalo y a jazmín marchito, una mezcla que Selene había aprendido a relacionar con las vísperas importantes. Sentada en el borde de la cama, con un vestido de seda negra ceñido al cuerpo como una segunda piel, observaba su reflejo en el espejo de marco dorado.

Sus ojos grises, lo único que conservaba de una madre que jamás llegó a conocer, brillaban con una mezcla de nervios y resolución. El pelo castaño le caía en ondas sobre los hombros desnudos. Esa noche todo era distinto. Esa noche su virginidad saldría a subasta ante el mejor postor.

Habían pasado seis años desde que Tiberio la encontró. Ella malvivía entonces de favores menores y mendrugos de pan, una joven sin techo ni apellido. Él, un hombre de unos cincuenta años, con el pelo plateado y una barba recortada que le daba aire de juez, la observó largamente antes de extenderle la mano. No prometió amor ni rescate. Solo la llevó ante Madame Coraline, una mujer célebre por convertir mujeres olvidadas en joyas codiciadas por los hombres más poderosos de la ciudad.

Tiberio no habló mucho aquel día. Dejó una moneda de oro en la palma de la madame y pronunció una sola frase que Selene nunca pudo olvidar:

—Enséñale todo. Algún día será mía.

Desde entonces, la habían moldeado con paciencia de orfebre. Aprendió a caminar como si el suelo fuera suyo, a hablar bajando la voz hasta convertirla en una caricia, a mover el cuerpo como quien recuerda una danza antigua. Madame Coraline le enseñó a leer el deseo en los hombres antes de que ellos mismos supieran nombrarlo. Pero había una regla por encima de todas: su virginidad era intocable. Esa noche, esa regla por fin se rompía.

La puerta se abrió sin que llamaran. Madame Coraline entró con su habitual aire de soberana. El vestido granate le marcaba la figura y contrastaba con su pelo gris recogido en lo alto. Sus ojos, fríos y exactos, recorrieron a Selene de la frente a los pies.

—Estás lista —dijo. No era una pregunta.

—Lo estoy —respondió Selene, con voz firme, aunque el corazón le golpeaba las costillas.

—Recuerda una cosa. No eres una mercancía. Eres una obra de arte. Y esta noche tu valor se medirá en oro y en deseo.

La madame le ajustó el escote, asegurándose de que el pecho quedara aún más a la vista. Después, con un gesto de la mano, indicó que era hora de bajar. Selene se incorporó sintiendo el peso de aquella mirada sobre la nuca. Sabía que esa noche no se decidía solo el destino de su cuerpo, sino el de toda su vida. Y en lo más hondo, rezaba para que Tiberio estuviera abajo. Rezaba para que fuera él quien la reclamara.

***

La sala de subastas era un lugar opulento, con cortinas de terciopelo rojo y candelabros de cristal que pendían del techo como racimos de hielo encendido. Los hombres, enfundados en sus mejores trajes, murmuraban entre sí mientras hacían girar copas de vino tinto. Condujeron a Selene hasta el centro, donde la esperaba una tarima elevada. Subió con pasos lentos y medidos, consciente de cada mirada que se posaba en ella.

Algunos la deseaban sin disimulo. Otros la evaluaban como quien tasa un caballo en una feria. Selene no bajó la vista. Al contrario: sonrió, una sonrisa lenta que prometía exactamente lo que ellos esperaban encontrar.

El subastador, un hombre de voz grave y traje impecable, se acercó al estrado.

—Caballeros —anunció—, esta noche tenemos el honor de presentar a Selene. Una mujer educada durante años en el arte de la seducción y la entrega. Su virginidad sale a la venta esta misma noche, y solo uno de ustedes tendrá el privilegio de reclamarla.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Era la primera vez que la presentaban de un modo tan crudo, tan directo. Pero no dejó que el miedo asomara. Giró despacio sobre sí misma, permitiendo que la examinaran desde todos los ángulos. La seda se le ceñía a las caderas, y cuando se inclinó apenas, el escote arrancó un murmullo contenido de la sala.

Las pujas empezaron a llegar. Primero un joven de pelo engominado y sonrisa arrogante ofreció cien monedas de oro. Luego un noble entrado en años, con un anillo de rubíes en el dedo, subió hasta doscientas. Selene mantuvo la compostura, pero por dentro una sola voz repetía: ¿dónde estás?

Fue entonces cuando lo vio.

En el rincón más alejado de la sala, Tiberio estaba de pie, con los brazos cruzados y el rostro impenetrable. El pelo plateado le brillaba bajo las velas, y la barba recortada le daba esa autoridad que ninguno de los otros hombres lograba imitar. A Selene se le cerró la garganta. Él no había dicho nada, no había movido un músculo, pero su sola presencia bastaba para que ella supiera que había venido por ella.

Las ofertas siguieron creciendo, y ella solo tenía ojos para el rincón. Cuando un hombre corpulento y sudoroso gritó quinientas monedas, sintió una repulsión que le subió por la garganta como bilis. No quería pertenecerle a ese. No quería pertenecerle a ninguno de ellos. Quería ser de Tiberio, el hombre que la había encontrado, el que había pagado por cada lección, el que, en algún lugar que ella misma no terminaba de entender, había aprendido a desear.

—Setecientas —resonó una voz desde la segunda fila.

La sala contuvo el aliento. Selene miró hacia el rincón, suplicando en silencio. Tiberio no se movió. No dijo nada. Y entonces, con un gesto casi imperceptible, alzó la barbilla.

—Ochocientas monedas de oro —anunció el subastador, la voz rebotando contra los muros.

A Selene le temblaron las rodillas. Tiberio había hablado. Tiberio la había reclamado.

Cuando el mazo cayó y selló el trato, ella bajó de la tarima con una sonrisa que no logró ni quiso disimular. Él se acercó con paso firme, imponente, y sin pronunciar palabra la tomó del brazo y la condujo hacia la salida. Selene no opuso resistencia. Sabía que su lugar estaba a su lado, y que esa noche, por fin, sería suya.

***

En el carruaje que los llevó de regreso a la casa de Tiberio, el silencio era espeso como el terciopelo de los asientos. Selene se sentó frente a él y sintió su mirada recorriéndola sin prisa. No hacían falta palabras para entender lo que él quería. Con dedos seguros empezó a desabrocharse el vestido, dejándolo resbalar hasta los pies. Quedó ante él apenas cubierta por la ropa interior de encaje, el cuerpo ofrecido, la respiración entrecortada.

Tiberio la observó con una expresión que ella no consiguió descifrar. Luego, con un movimiento mínimo de la mano, le indicó que se acercara. Selene se arrodilló en el estrecho espacio que los separaba, sintiendo el aliento cálido de él contra la cara.

—¿Por qué yo? —preguntó él, la voz grave, dominante.

—Porque siempre fuiste tú —respondió ella, suave pero sin titubear.

Tiberio no dijo nada más. La sujetó del pelo con firmeza y la atrajo hacia su boca, besándola con una intensidad que la dejó sin aire. Sus labios eran exigentes, su lengua no pedía permiso. Selene se entregó al beso, sintiendo cómo el cuerpo entero respondía a aquel contacto que había esperado durante años.

***

Ya en la casa, él la levantó en brazos y la llevó hasta el dormitorio. La cama era amplia, vestida con sábanas de seda que susurraron bajo su peso. Tiberio la depositó allí y se quedó mirándola, la vista clavada en cada curva.

—Eres mía —dijo, más una sentencia que una pregunta.

—Lo soy —respondió Selene, y abrió los brazos hacia él.

Él se desvistió despacio, revelando un cuerpo fuerte y maduro. El pecho cubierto de vello cano, los músculos firmes que no eran los de un joven pero que irradiaban una potencia que a ella le resultó imposible de resistir. Cuando se inclinó sobre la cama, Selene sintió el corazón desbocado contra el esternón.

La besó de nuevo, los labios recorriendo su cuello, la línea de la clavícula, el nacimiento del pecho. Sus manos avanzaron por la piel desnuda, tocando, apretando, reclamando cada tramo como territorio propio. Selene gimió bajo cuando los dedos de él descendieron entre sus piernas y la encontraron ya húmeda, ya rendida.

—Estás lista —murmuró él contra su oído.

—Llevo años esperándolo —respondió ella, la voz ronca.

Tiberio se acomodó sobre ella, despacio, sin dejar de mirarla a los ojos. Cuando empezó a entrar, lento y firme, Selene contuvo el aliento. Dolió, sí, pero fue un dolor dulce, un umbral que la hizo sentirse viva por primera vez en mucho tiempo.

—Eres mía —repitió él, la voz reducida a un susurro áspero.

—Tuya —respondió ella, los brazos rodeándole la espalda, el cuerpo abriéndose por completo.

Él comenzó a moverse, las embestidas suaves al principio, más profundas y firmes a cada compás. Selene sintió cómo cedía la última frontera de su cuerpo, cómo se acomodaba al ritmo de él hasta que los dos respiraban al mismo tiempo. Gimió, y su voz se enredó con la de él en el aire cargado de la habitación, mientras el placer los arrastraba sin permitirles pensar en nada más.

Cuando Tiberio alcanzó por fin el límite, Selene sintió el calor de él derramándose dentro, marcándola como suya. Ella lo siguió poco después, el cuerpo sacudiéndose en oleadas bajo el peso del hombre que la sostenía.

—Mía —murmuró él, el aliento cálido contra su sien, dejándose caer despacio sobre ella.

—Tuya —respondió Selene, los dedos enredados en el pelo plateado, el corazón latiendo al ritmo del suyo.

Y en ese instante supo que no solo había perdido su virginidad. Había encontrado su lugar, su único refugio, en los brazos del hombre que la había encontrado, educado y, al final, reclamado como nadie más podría hacerlo.

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Comentarios (5)

nocturna_88

Que relato!!! me tenia al borde todo el tiempo, una tension increible de principio a fin. Muy muy bueno

Kiara_ok

Por favor necesito una segunda parte, no puedo quedarme con este final!!! Demasiado bueno para terminar ahi

LucasCBA_88

El concepto de la subasta es muy original, no habia leido algo asi antes. Me engancho desde las primeras lineas

Florencia_92

Lo lei de un tiron sin poder parar. La tension que fuiste construyendo es lo mejor del relato, se siente en cada parrafo. Felicitaciones!

vikingo33

tremendo!!!

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