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Relatos Ardientes

Aquel sábado entré sola a un cine porno

Aquel sábado por la noche tenía el cuerpo encendido sin ninguna razón concreta. A veces me pasa: me despierto así, con una inquietud entre las piernas que ningún plan tranquilo logra apagar. Había salido a caminar para despejarme, y mentiría si dijera que no sabía exactamente hacia dónde se dirigían mis pasos.

Cuando pasé frente a la marquesina apagada del viejo cine de la calle Lardero, no lo pensé dos veces. Pagué la entrada sin mirar al cajero a los ojos, empujé la puerta acolchada y me dejé tragar por la oscuridad de la sala.

Solo voy a mirar un rato y a tocarme un poco. Nada más.

Eso me dije. Como si alguna vez me hubiera hecho caso a mí misma.

La sala no estaba tan negra como esperaba. La pantalla derramaba una luz temblorosa, azulada, que dibujaba la silueta de las pocas butacas ocupadas. Olía a humedad y a tela vieja. En lugar de sentarme enseguida, decidí dar un paseo lento por el pasillo lateral, fingiendo buscar un buen sitio. La verdad es que quería que me vieran tanto como quería ver.

Caminé despacio, con la falda rozándome los muslos a cada paso, sintiendo cómo algunas cabezas se giraban apenas para seguirme. Esa atención silenciosa ya me ponía a tono. Me gusta saber que provoco, que existo en la mirada de otro.

Fue hacia la mitad de la sala donde lo vi.

Un hombre solo, repantigado en su butaca, con una mano hundida entre las piernas. No era raro: ahí dentro casi todos hacían lo mismo, cada uno en su rincón, en su pequeño mundo de jadeos contenidos. Lo que me clavó al suelo no fue el gesto.

Fue el tamaño de lo que tenía en la mano.

Incluso a contraluz, incluso a esa distancia, se le notaba el bulto descomunal entre los dedos. Me quedé un segundo de más mirando, y ese segundo lo dijo todo.

Sin darme tiempo a pensarlo demasiado, fui a sentarme a unas pocas butacas de él, lo justo para observar a mis anchas mientras me acomodaba la mano bajo la falda. Crucé las piernas, las descrucé. La tela de mis bragas ya estaba tibia y húmeda, y yo apenas había empezado.

El hombre tardó poco en notarme. Giró la cabeza, me encontró relamiéndome el labio inferior sin disimulo, y en lugar de apartar la vista, hizo algo que me dejó sin aire: se sacudió aquello despacio, como una invitación, y me hizo un gesto con la barbilla para que me acercara.

Dios. ¿Y si alguien me ve? ¿Y si esto es una locura?

Volteé a mirar a todos lados, el corazón golpeándome las costillas. Pero nadie nos prestaba atención. Cada uno estaba demasiado ocupado en lo suyo como para reparar en nosotros. Y esa certeza, la de ser invisible y observada a la vez, me empujó a levantarme.

Me cambié de asiento. Me senté justo a su lado, con el reposabrazos como única frontera entre los dos.

De cerca era aún peor, o aún mejor. La luz de la pantalla iba y venía sobre su regazo, revelándomelo a destellos. Era grueso, pesado, y palpitaba solo con respirar él. Sentí cómo me mojaba con solo mirarlo, cómo se me apretaba el vientre de pura anticipación.

—¿Te gusta? —murmuró, sin mover apenas los labios.

No le contesté. No me salía la voz. Asentí, y eso fue suficiente.

Me hizo un gesto para que lo tocara. Me puse colorada como una cría, las manos me sudaban, y por un instante la vergüenza pudo más que el deseo. Lo deseaba, claro que lo deseaba, pero el miedo a que alguien se girara me tenía clavada en el sitio.

Él decidió por mí.

Me tomó la muñeca con suavidad y me llevó la mano hasta su entrepierna. La cerró sobre la mía y empezó a guiarla arriba y abajo, marcándome el ritmo. Solté un suspiro que no supe contener. Era cálido, durísimo, y latía contra mi palma con una vida propia que me hizo apretar los muslos.

Madre mía. Esto es enorme.

Al poco ya no necesitaba que me guiara. Lo acariciaba sola, despacio primero, luego con más ganas, fascinada por la forma en que se tensaba bajo mis dedos. Sentía cómo me iba poniendo a mil, cómo cada caricia mía me encendía a mí más que a él.

Y entonces dejé de pensar.

Me importó un bledo quién pudiera estar mirando. Seguí el impulso, el único que de verdad me importaba, y me agaché sobre su regazo. Me lo llevé a la boca sin más ceremonia, y el primer contacto me arrancó un gemido sordo contra su piel.

***

No sé cuánto tiempo estuve así, encorvada en aquella butaca incómoda, con el cuello en un ángulo imposible y sin querer parar por nada del mundo. Lo saboreaba entero, lo sentía latir contra mi lengua, contra el paladar, y cada vez que él contenía la respiración yo me crecía un poco más.

Me había convertido en otra. En la chica que de día sonríe educada en la oficina y por la noche se arrodilla ante un desconocido en la oscuridad de un cine. Y lo peor es que esa chica me gustaba. Me gustaba demasiado.

Noté cómo entre las piernas se me había formado un calor líquido, insoportable. Separé las rodillas en el asiento buscando aire, buscando algo de alivio, y me toqué por encima de la tela. No era suficiente. Nada iba a ser suficiente esa noche.

Él se dio cuenta. Cómo no iba a darse cuenta, si yo me retorcía a su lado como una gata. Estiró un brazo por detrás de mi espalda y me buscó por encima de la cadera, deslizando los dedos hacia abajo, hasta encontrar la curva de mis nalgas.

Me alcé un poco la falda sin dejar de chupar. Aparté la tira de la tanga con la mano libre, ofreciéndome, facilitándole el camino. No hizo falta decir nada. En ese rincón a oscuras los dos hablábamos el mismo idioma.

Sus dedos me encontraron empapada. Jugó conmigo despacio, trazando círculos, hundiéndose apenas, retirándose, hasta que yo gemía contra él rogando sin palabras que no parara. Me penetró con un dedo, luego con dos, y el placer me subió por la columna como una corriente.

—Estás temblando —susurró, divertido.

Lo estaba. De arriba abajo.

Y cuando creía que ya no podía perder más el control, llevó esos mismos dedos, mojados conmigo, un poco más atrás. Tanteó la entrada más estrecha, presionó con cuidado, y al sentirlo abrirse paso ahí solté la verga de mi boca y enterré la cara en su hombro para no gritar.

No aguanto más. Necesito esto. Lo necesito ya.

Estaba al borde, peligrosamente cerca, y la butaca se me quedaba pequeña. Le tomé de la muñeca, lo obligué a detenerse, y le hablé al oído por primera vez.

—Ven conmigo.

***

Lo arrastré por el pasillo lateral hasta el fondo de la sala, donde un cartel descolorido señalaba los baños. Empujé la puerta del de mujeres y tiré de él dentro conmigo. El neón blanco me golpeó los ojos después de tanta penumbra, y por un segundo nos miramos los dos, deslumbrados, casi riéndonos de nuestra propia urgencia.

No había nadie más. Solo el goteo de un grifo y el zumbido del fluorescente.

Le di la espalda, me apoyé con las dos manos en el lavabo y lo miré por el espejo. Me subí la falda hasta la cintura, me bajé la tanga de un tirón y me ofrecí sin una pizca de pudor. La mujer que me devolvía la mirada desde el cristal tenía los ojos brillantes y una sonrisa que no le conocía.

—Despacio al principio —le pedí.

Él asintió. Me sujetó las caderas con las dos manos y se hundió en mí con una lentitud que me hizo morderme el dorso de la mano. Era mucho, era casi demasiado, pero mi cuerpo lo recibió centímetro a centímetro hasta acostumbrarse, hasta pedir más.

Y entonces dejó de ser despacio.

Me embistió contra el lavabo una y otra vez, sujetándome firme para que no resbalara, y yo arqueé la espalda buscando cada estocada. El espejo se empañó con nuestra respiración. Yo veía mi propia cara descomponerse de placer, los labios entreabiertos, las mejillas encendidas, y la imagen me excitaba todavía más que la sensación.

—Más fuerte —jadeé—. No pares.

No paró.

Me tomó de un hombro para clavarse más hondo, cambió el ángulo, y dio justo donde yo lo necesitaba. El placer se me acumuló en el vientre como una ola que crece sin romper, hasta que se me hizo insoportable contenerla. Me mordí los labios, apreté los párpados, y me dejé caer.

El orgasmo me sacudió entera, en oleadas largas que me doblaron sobre el lavabo y me arrancaron un gemido que rebotó contra los azulejos. Y mientras yo todavía temblaba, lo sentí tensarse a mi espalda, sujetarme con fuerza y derramarse dentro de mí con un gruñido ronco que me hizo estremecer otra vez.

***

Nos quedamos un instante así, encajados, recuperando el aliento, con el grifo goteando como único testigo. Yo estaba empapada en sudor, despeinada, con la falda arrugada en la cintura y las piernas todavía flojas de la batalla que habíamos librado en aquel cubículo minúsculo.

Él se recompuso primero. Se subió el pantalón, me rozó la nuca con los labios casi sin querer, y salió rápido para evitar que alguien nos pillara juntos. Ni siquiera nos preguntamos los nombres. Así estaba bien. Los nombres lo habrían estropeado todo.

Yo me quedé un rato más, sentada sobre la tapa del inodoro, esperando a que el corazón volviera a su sitio. Me miré las manos, todavía temblorosas, y me reí sola en aquel baño desierto.

¿Qué clase de mujer eres?

Una sonrisa de pura satisfacción se me dibujó en la cara antes de poder evitarlo. Sabía la respuesta, y por una vez no me dieron ganas de arrepentirme. Tal vez mañana. Tal vez nunca.

Me arreglé la falda, me peiné con los dedos frente al espejo empañado y salí de nuevo a la penumbra de la sala, donde la pantalla seguía proyectando jadeos ajenos para nadie en particular. Crucé el pasillo con paso firme, sin mirar a la butaca vacía, y empujé la puerta acolchada hacia la calle.

El aire frío de la noche me recibió como una bofetada deliciosa. Me quedé un momento bajo la marquesina apagada, respirando hondo, sintiéndome más viva que en semanas. Y mientras caminaba de vuelta a casa, supe dos cosas con absoluta certeza.

La primera, que esa noche dormiría profundamente.

La segunda, que volvería.

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Comentarios (4)

NocheEnBsAs

Increible. Me dejo literalmente sin palabras, ese ambiente que describis es muy particular y lo transmitis perfecto.

MartinaLectora

Por favor seguila!!! Me quede con muchisimas ganas de saber como termino todo. Muy distinto a lo que suelo leer por aca.

Roxana_lit

Me hizo acordar a una historia que me conto una amiga hace anos, nunca le crei del todo... pero ahora la entiendo mejor jaja. Muy bien contado todo.

Curioso_PBA

Los cines porno todavia existen?? no sabia jeje. Buenisimo el relato, muy original la idea.

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