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Relatos Ardientes

La mansión donde mis deseos no tenían reglas

La mansión de Dorián se alzaba al final de un camino de grava, con sus muros de piedra gris y sus ventanales oscuros como ojos cerrados. Yo llevaba apenas tres semanas viviendo entre aquellas paredes y todavía me perdía en los pasillos. Esa noche, después de una cena en la que él apenas me dirigió la palabra, decidí no subir directo a mi cuarto. Algo en su silencio me había dejado inquieta, con la piel demasiado despierta para dormir.

Me habían educado para complacer. Para anticipar un deseo antes de que se pronunciara, para moverme sin hacer ruido, para sonreír cuando me miraran. Pero esa parte de mí que nadie había logrado domesticar del todo seguía ahí, latiendo bajo el vestido de seda negra que se ajustaba a mis caderas y dejaba poco a la imaginación.

Caminé descalza sobre la alfombra del corredor, con los zapatos en la mano. Los tapices antiguos colgaban de las paredes, desgastados por el tiempo, y las pinturas me observaban desde la penumbra como testigos de cosas que yo aún no entendía. Al fondo, una puerta de madera tallada estaba entreabierta. Una franja de luz tibia se derramaba sobre el suelo, y con ella, un murmullo de voces graves.

No debí acercarme. Lo supe entonces y lo sé ahora. Pero apoyé el oído contra la madera fría y contuve la respiración.

—…es apenas el comienzo —decía Dorián, con esa voz suya que siempre sonaba como una orden disfrazada de invitación—. Selene no es una más. Tiene algo que las otras no tienen.

—¿Y si se resiste? —preguntó otra voz, más joven, igual de firme—. No es como las que trajiste antes. La entrenaron, sí, pero tiene voluntad propia. Eso siempre da problemas.

—Entonces aprenderá —respondió Dorián, sin un gramo de duda—. Aquí nadie se resiste mucho tiempo. Ella encontrará su lugar, como todas.

Sentí un escalofrío bajarme por la espalda. ¿Qué lugar? ¿Qué se suponía que debía cumplir yo? Mi mente empezó a girar, pero antes de poder ordenar una sola idea, la puerta se abrió de golpe y la luz me cegó.

Dorián me miró desde el umbral, con los ojos entrecerrados y la mandíbula tensa.

—¿Qué haces aquí, Selene? —preguntó, y cada palabra cortaba como un filo.

Tragué saliva e intenté sostener la compostura.

—Me perdí —mentí, bajando la mirada hacia el suelo encerado.

Me tomó del brazo con una firmeza que no dejaba lugar a la huida y tiró de mí hacia el interior. La habitación era amplia, iluminada por velas que proyectaban sombras temblorosas sobre las paredes. Varios hombres, todos de traje oscuro y rostros impasibles, levantaron la vista hacia mí. A algunos los reconocí de la noche en que llegué a la casa. A otros, no los había visto nunca.

—Parece que nuestra invitada ha decidido acompañarnos —dijo Dorián, soltándome el brazo, pero clavándome la mirada—. Selene, estos son mis socios. Como yo, buscan bastante más que un placer cualquiera.

Se me hizo un nudo en el estómago. Antes de que pudiera preguntar nada, uno de ellos se acercó: un hombre alto, de cabello plateado y una sonrisa que no terminaba de ser amable.

—Selene, ¿verdad? —dijo, con voz suave y cargada de intención—. He oído hablar mucho de ti. Eres una pieza interesante.

—¿Una pieza de qué? —pregunté, y odié que la voz me temblara.

El hombre rió por lo bajo, un sonido grave que pareció arrastrarse por la habitación.

—Del juego, querida. Y tú, con tu belleza y tu disciplina, eres demasiado valiosa para quedarte mirando desde fuera.

Dorián posó una mano en mi hombro, pesada, posesiva.

—Suficiente por esta noche —dijo—. Aún tiene mucho que aprender.

Los hombres asintieron y volvieron a sus conversaciones, como si yo hubiera dejado de existir en el instante en que Dorián lo decidió. Sentí miedo, sí. Pero debajo del miedo descubrí otra cosa que no esperaba: una chispa de desafío, pequeña y terca, que se negaba a apagarse. No sería una herramienta de nadie. No así. No sin quererlo yo.

***

Cuando los demás se marcharon y la casa quedó en silencio, Dorián me condujo por un tramo de escaleras que yo no conocía, hasta una habitación al fondo de un sótano. Era un cuarto de paredes de piedra desnuda, sin ventanas. Del techo colgaban cadenas que reflejaban la luz de las velas, y en el centro había una cama amplia, con argollas de metal en cada esquina.

—¿Qué es este lugar? —pregunté, en un susurro que rebotó contra la piedra.

—Un sitio para explorar límites —respondió, y por primera vez en la noche su voz dejó entrever algo parecido a la excitación—. Aquí no hay reglas. Solo deseo y entrega.

Lo miré, tratando de descifrarlo.

—¿Y qué deseas tú, Dorián?

Sonrió, una sonrisa que esta vez sí le llegó a los ojos.

—Que descubras tu lugar. Que entiendas que el poder no solo se arrebata. También se entrega. Y que entregarlo, cuando una lo elige, es la cosa más libre del mundo.

No me empujó. Me dio tiempo. Me dejó dar el paso yo misma hacia la cama, y solo cuando me senté en el borde se acercó a sujetarme las muñecas con las argollas. El metal estaba frío contra mi piel, y esperé sentir pánico. En cambio, una corriente cálida me recorrió de la nuca al vientre. Estaba atada, expuesta, y por alguna razón nunca me había sentido tan dueña de una decisión.

Dorián se inclinó sobre mí, su aliento tibio contra mi oído.

—¿Te resistes, Selene? —murmuró—. ¿O te entregas?

Cerré los ojos. El corazón me golpeaba las costillas.

—Me entrego —respondí, y la voz me salió firme, sin un solo temblor—. Pero porque quiero. No lo olvides.

Algo cambió en su rostro al oírlo. Una pausa, un respeto que no esperaba.

—No lo olvidaré —dijo.

Empezó a desnudarme despacio. Deslizó los tirantes del vestido por mis hombros, dejó que la seda cayera hasta mi cintura y luego al suelo. Cada centímetro de piel que quedaba al descubierto me hacía sentir más vulnerable y, al mismo tiempo, más viva. Cuando estuve completamente desnuda, se apartó un paso para mirarme, y su mirada recorrió mi cuerpo como si lo memorizara.

—Eres preciosa —dijo en voz baja, y se arrodilló frente a la cama.

Sus labios encontraron mis pechos. Besó y mordió con suavidad hasta que mis pezones estuvieron tensos y sensibles, y yo tiré de las argollas sin poder evitarlo, arqueando la espalda hacia su boca. El roce de su barba contra mi piel me arrancó un gemido que no quise contener.

—¿Te gusta? —preguntó, con la voz ronca contra mi vientre—. ¿Te gusta sentirte así?

—Sí —admití, entrecortada—. Sí.

Subió a besarme la boca, y su beso fue exigente, profundo, su lengua buscando la mía con una urgencia que me dejó sin aire. Mientras tanto, sus manos bajaban por mi cuerpo, encontraban el calor entre mis muslos, jugaban allí hasta hacerme temblar contra las ataduras.

—Quiero que lo sientas todo —dijo, separándose apenas—. Quiero que sepas lo que es soltarse por completo.

Bajó besando mi vientre, mi cadera, la cara interna de mis muslos. Cuando su lengua encontró el centro de mí, cálida y precisa, no pude evitar un gemido largo que se perdió entre la piedra. Levantó la vista una vez, solo para mirarme, antes de volver a sumergirse, lamiendo y succionando con una paciencia que me llevó hasta el borde y me dejó ahí, suspendida, suplicando.

—Dorián… por favor —jadeé, con todo el cuerpo tenso al filo del orgasmo.

—Todavía no —respondió, incorporándose. Se desabrochó el pantalón y dejó caer la ropa. Su erección, dura y gruesa, me hizo morderme el labio—. Quiero que me mires. Que veas cómo te tomo.

Se colocó entre mis piernas y entró en mí de una sola embestida, llenándome por completo. Gemí con la cabeza hundida en la almohada, sintiendo cómo mi cuerpo se abría alrededor del suyo. Empezó despacio, casi con cuidado, pero pronto el ritmo creció, cada golpe más hondo que el anterior.

—¿Te gusta así? —preguntó, la voz espesa de deseo.

—Sí —respondí, las uñas clavándose en las sábanas que apenas alcanzaba—. Me encanta.

Se inclinó para besarme mientras seguía moviéndose dentro de mí. Nuestros cuerpos encontraron un mismo compás, una misma respiración entrecortada. Sentí el orgasmo subir como una ola que ya no se podía detener.

—Dorián… voy a…

—Hazlo —susurró contra mi cuello, acelerando—. Suéltate. Estás conmigo.

Y me solté. Grité su nombre mientras el placer me sacudía entera, mientras las argollas me sujetaban y yo dejaba de luchar contra todo. Él me siguió poco después, con un gruñido ronco apretado contra mi hombro, y por un instante el mundo entero se redujo a aquel cuarto de piedra y a nuestras pieles temblando.

Cuando nuestras respiraciones se calmaron, me soltó las muñecas. No me apartó. Me atrajo hacia su pecho y me cubrió con el peso tibio de su brazo.

—¿Tienes miedo todavía? —preguntó, en voz tan baja que casi no la oí.

Pensé en las voces detrás de la puerta, en el juego del que hablaban, en todo lo que aún no entendía de aquella casa y de aquellos hombres. Pensé en la chispa de desafío que seguía encendida dentro de mí, intacta.

—No —respondí, y era verdad—. Pero que quede claro: lo que decida entregarte, lo decidiré yo. Siempre.

Lo sentí sonreír contra mi pelo.

—No esperaba menos de ti —dijo.

Me quedé despierta un rato más, escuchando el silencio de la mansión, consciente de los secretos que dormían tras cada puerta. No sabía qué me esperaba en aquel mundo de poder y deseo, ni qué papel querían que jugara. Pero por primera vez desde que llegué, no me sentía una pieza de nadie. Me sentía alguien que, con los ojos abiertos, había elegido quedarse.

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Comentarios (4)

GabiNocturna

increible, no pude parar de leer. de los mejores en esta categoria!!!

MarcosV_BA

Por favor que haya segunda parte, se corto justo cuando se ponia mejor. Quede con muchas ganas de mas

VeronicaBsAs

Me encanto como describiste esa tension, se siente la atmosfera desde la primera linea. Muy bien logrado.

NocheCalida_22

ese giro del final no me lo esperaba para nada jajaja. tremendo

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