La pastilla que pedí por internet me cambió el cuerpo
A los dieciocho años, Mateo era el blanco perfecto. Delgado, de estatura baja y con una timidez que funcionaba como una invitación para cierto tipo de personas. O, para ser exactos, para una persona en concreto: Bruno.
Para el resto del instituto, Mateo era un cero a la izquierda. Ni siquiera lo molestaban; simplemente no existía. No lo invitaban a ningún grupo, no le pedían apuntes, su nombre rara vez se pronunciaba. Era un fantasma que recorría los pasillos sin dejar huella.
Pero para Bruno, Mateo era su pasatiempo favorito.
Esa mañana, la encerrona fue en el pasillo, justo después del timbre.
—Buenos días, perdedor —dijo Bruno, plantándose frente a él con una sonrisa amplia. Su grupo de amigos se rió alrededor, formando un coro.
Mateo intentó esquivarlo, pero Bruno apoyó un brazo firme contra los casilleros y le bloqueó el camino.
—¿Tan rápido? Tenemos que conversar, debilucho. —Su aliento olía a algo dulzón y rancio—. Me debes la tarea de Química. Y que sea buena, no quiero que ese cerebro patético tuyo me haga quedar mal.
Mateo, con la mirada clavada en el suelo, asintió en silencio y sacó su cuaderno. Las manos le temblaban un poco. No era miedo físico, sino la rabia impotente de saberse incapaz de responder, de romper esa dinámica que se repetía cada día.
La clase de Educación Física fue la continuación de la humillación. El profesor Ramiro, un hombre de complexión fuerte y pesada, ordenó dar vueltas a la pista.
—¡Los últimos tres limpian los almacenes! —gritó.
Bruno, al pasar corriendo a su lado, no perdió la oportunidad.
—No te apures, patético —le susurró con desdén—. Ya sabemos que ese va a ser tu lugar.
Mateo corrió con todas sus fuerzas, pero su cuerpo no daba más. No pudo terminar las vueltas. Se detuvo jadeante, con el rostro encendido, sintiendo la mirada de desaprobación del profesor recorrerlo de arriba abajo.
—¡Ni siquiera pudiste acabar! Por eso vas a ser solo tú el que limpie el almacén. ¡Qué patético eres!
Al salir del instituto, con el eco de los insultos resonándole todavía en los oídos, Mateo caminó hacia su casa con la cabeza baja. La rabia le hervía por dentro, pero no encontraba salida.
Y entonces la vio.
Camila. Estaba del otro lado de la calle, riéndose con una amiga. El sol se reflejaba en su pelo y su risa era el sonido más limpio que Mateo había escuchado en todo el día. Por un instante, las palabras «perdedor», «debilucho» y «patético» se desvanecieron. Solo existía ella. Ese vistazo robado a su sonrisa fue el único tesoro pequeño de su jornada.
La alegría duró poco. Al cruzar la puerta de su casa, el silencio lo recibió como un golpe. Todo estaba vacío y en penumbra, como casi siempre. Sus padres, atrapados en turnos interminables, eran poco más que presencias fugaces. Desde que su hermana mayor se marchó a la universidad, el hogar había perdido su último resto de calidez. La habitación de ella, ahora siempre cerrada, era un recordatorio de todo lo que ya no estaba.
Su vida era eso: el saco de boxeo de Bruno, invisible para los demás, y una casa vacía esperándolo cada tarde.
Esa noche, en la soledad de su cuarto, la desesperación ganó la partida. Encendió la computadora y pasó horas navegando sin rumbo, buscando una solución a su miseria. Recorrió foros, leyó consejos inútiles, anuncios vacíos. Justo cuando estaba a punto de rendirse, algo llamó su atención. En una página poco conocida apareció un anuncio extraño:
«¿Cansado de que te pisoteen? Fuerza y confianza en una pastilla. Envío discreto.»
Era una locura. Una estafa, seguramente. Pero miró su reflejo en el monitor: un debilucho, un perdedor, un patético. Cualquier riesgo era mejor que seguir siendo eso.
Con un nudo en la garganta, Mateo hizo clic en «Comprar».
***
Unos días más tarde, la rutina gris se interrumpió con un pequeño paquete rectangular en la entrada de su casa. No tenía remitente claro, solo su nombre y la dirección. El corazón le golpeó contra las costillas. Solo podía ser una cosa.
Con la adrenalina disparada, lo llevó deprisa a su habitación, cerró la puerta y lo abrió con manos temblorosas. Dentro había un frasco de plástico opaco, liso, sin etiqueta. Ni nombre, ni instrucciones, ni logotipo. Nada.
Un recuerdo lo asaltó: en la foto del anuncio, las pastillas venían en un frasco con el dibujo de un rayo. Esto era distinto. Pero la emoción y la desesperación ahogaron esa pequeña voz de alarma. Quizá es la presentación genérica, se mintió.
Abrió el frasco. Dentro había una buena cantidad de píldoras blancas y rosadas. Sin pensarlo dos veces, tomó una con un sorbo de agua de la botella que tenía en la mesa de noche.
Al principio no sintió nada. Un minuto. Dos. Una oleada de decepción empezó a crecerle en el estómago. Había sido una estafa, después de todo.
Y entonces golpeó.
Un dolor sordo y ardiente nació en la boca del estómago, como si hubiera tragado una cucharada de lava. Mateo jadeó y se llevó las manos al abdomen. El calor se expandió rápido, un fuego líquido que corría por sus venas y lo quemaba por dentro. Le zumbaban los oídos, la visión se le nubló con puntos blancos. Quiso gritar, pero el sonido se le ahogó en la garganta. El mundo giró con violencia y la oscuridad lo envolvió. Cayó de espaldas sobre la cama, inconsciente.
No supo cuánto tiempo pasó. Minutos, tal vez. Volvió en sí con un jadeo, la mente sumida en una confusión espesa. El cuerpo todavía le ardía, como con fiebre, pero el dolor insoportable había desaparecido. En su lugar notó una pesadez extraña, una densidad en los miembros que no era la suya. La ropa, una sudadera holgada y unos vaqueros, le apretaba de forma incómoda. Le tiraba en los hombros, le oprimía el pecho.
El pecho.
Con un movimiento torpe, Mateo miró hacia abajo. Y vio dos curvas pronunciadas, suaves y firmes, que llenaban y tensaban la tela de la sudadera hasta formar dos prominencias enormes que antes no estaban ahí.
El pánico, frío y absoluto, lo electrocutó.
Se levantó de un salto y la nueva distribución de su peso lo hizo tambalearse. Corrió hacia el espejo de la puerta con unos pasos extrañamente distintos. La imagen que le devolvió lo dejó paralizado.
Ya no era Mateo.
La persona del reflejo era una mujer. Joven, quizá de su misma edad, pero de una belleza desconcertante. Conservaba su tono de piel y el color de sus ojos, pero ahora estos parecían más grandes y expresivos. El pelo negro era el mismo, solo que más largo y brillante, cayendo sobre los hombros. Y su cuerpo era una versión exagerada y voluptuosa de la feminidad. Unos pechos generosos y turgentes elevaban la sudadera. Las caderas se le habían ensanchado, redondeándose en un trasero prominente que tensaba la tela de los vaqueros, y los muslos, ahora gruesos y firmes, se rozaban al moverse.
—¿Q-qué…? —fue lo único que logró balbucear, con una voz que no reconoció, un tono más suave y melodioso que el suyo.
Su mente, entumecida por el shock, solo pudo aferrarse a una idea: la pastilla.
Giró y, con la torpeza de habitar un cuerpo nuevo, se abalanzó sobre la computadora. Buscó el historial y encontró la página del anuncio. La foto mostraba un frasco profesional con cápsulas rojas y azules. Debajo, una descripción hablaba de «aumento de masa muscular» y «testosterona sintética».
Nada. No decía nada sobre esto.
Mateo miró el frasco anónimo y blanco que seguía sobre la cama. Luego volvió a mirar su reflejo de mujer. No había recibido las pastillas de la fuerza. Había tomado algo completamente distinto. Algo que lo había transformado en ella.
***
Dar vueltas por la habitación no calmó sus nervios; solo hizo más evidente la realidad de su cuerpo nuevo. Con cada paso, un balanceo involuntario y ondulante le sacudía los pechos, un movimiento ajeno e hipnótico que sentía en cada fibra. Al pasar de nuevo frente al espejo notó los detalles que el pánico le había ocultado: las costuras de los vaqueros, en los muslos y en el trasero, estaban tensas al límite, con hilos blancos asomando. La sudadera se había convertido en una prenda que marcaba cada curva y lo ahogaba.
No podía quedarse así. Necesitaba ropa que no lo estrangulara.
El recuerdo de la habitación de su hermana surgió como un salvavidas. Con cuidado, abrió la puerta y revisó el pasillo. El silencio de la casa era profundo; sus padres aún no habían vuelto. Respiró aliviado y se deslizó hasta el cuarto cerrado.
Al abrirlo, lo recibió un aire quieto y ligeramente polvoriento. Todo estaba impecable, como un museo de una vida que se había puesto en pausa. La cama hecha, los peluches ordenados sobre la almohada. Se sintió un intruso, pero no tenía opción. Al levantar la vista se encontró con un espejo de cuerpo entero en la puerta del clóset. Ahí estaba la extraña, mirándolo fijamente.
Se le formó un nudo en la garganta. Sabía lo que tenía que hacer, pero la idea lo aterraba. Nunca había visto el cuerpo desnudo de una mujer, y la primera vez iba a ser el suyo propio. La ironía era tan absurda que casi le dieron ganas de reír.
Con los ojos cerrados, como un niño en una película de terror, empezó a desvestirse. Primero la sudadera, que dejó al descubierto los hombros y la pesada realidad de su pecho. Luego, con dedos torpes, desabrochó los vaqueros y se los quitó junto con el bóxer, sintiendo el aire frío sobre una piel que nunca había estado expuesta. Quedó completamente desnudo frente al espejo, con los párpados aún sellados por el miedo.
Respiró hondo y los abrió.
La realidad fue un impacto. No quedaba ni un rastro de Mateo. Era una mujer, por completo. La ausencia de su miembro fue el detalle que lo hizo todo irrevocablemente real. Las caderas, amplias y generosas, enmarcaban una cintura que parecía estrecha por contraste. Y los pechos eran dos curvas firmes y pesadas que le anclaban la mirada.
Giró despacio, observándose con una mezcla de miedo y fascinación. El trasero era redondo, grande, una línea poderosa que jamás había imaginado tener. La curiosidad, un impulso más fuerte que la vergüenza, lo venció.
Tentativamente, alzó una mano y la apoyó sobre una de sus nalgas. Era suave, increíblemente suave, con una firmeza elástica que le resultaba fascinante. Deslizó la mano hacia uno de sus pechos y tomó su peso. Era pesado, y la piel se sentía como seda. Cuando sus dedos rozaron el pezón por accidente, una descarga aguda y profunda le recorrió el cuerpo hasta el bajo vientre. Fue una excitación completamente nueva, una corriente cálida y húmeda que no se parecía en nada a lo que había sentido como hombre.
Quería más. Quería perseguir esa sensación hasta su origen. Pero el miedo lo paralizó. ¿Cómo lo hacen las mujeres? No tenía ni idea. El desconcierto fue mayor que el deseo.
Necesitaba cubrirse. Abrió el cajón donde su hermana guardaba la ropa interior. Una oleada de vergüenza lo invadió al hurgar entre las prendas íntimas, pero no había alternativa. Escogió unas bragas sencillas. Al ponérselas, la tela se ajustó a sus caderas nuevas de una forma extraña, aunque no desagradable.
Luego tomó un sostén. Era un objeto complejo, lleno de misterio. Lo giró entre las manos tratando de descifrar su mecánica. Se lo puso como pudo, intentando acomodar sus pechos en las copas, pero estas parecían insuficientes. Se giró para abrocharlo por la espalda, mas los dedos no le respondían. Tras varios intentos frustrados, jadeando, se rindió. El broche no alcanzaba. Se lo quitó y lo dejó caer sobre la cama.
—Esta cosa debe de ser de otra talla —murmuró, convenciéndose de que el problema era la ropa de su hermana y no el volumen abrumador de su nuevo cuerpo. Se puso una camiseta holgada que sobre sus curvas quedaba ajustada, y un pantalón que, aunque ceñido, se sentía mil veces mejor que su ropa rota.
Por primera vez desde la transformación, no estaba incómodo. Y esa simple sensación era un lujo extraño y aterrador.
***
Frente al espejo, estudió a la extraña que lo miraba fijo. Las mujeres con un cuerpo así siempre reciben miradas, pensó, y una curiosidad punzante, mezclada con un poco de culpa, empezó a brotarle por dentro. Él, que era un cero a la izquierda, alguien invisible. ¿Cómo se sentiría, aunque fuera por un momento, ser el centro de atención en lugar de la diana del desprecio? Sabía que estaba mal, que era una locura, pero la necesidad de experimentar algo distinto a su vida de siempre era más fuerte.
—Solo será un paseo —se dijo en voz baja—. Solo para sentir el aire. Nada más.
Encontró un par de zapatillas. Al sentarse para ponérselas, se detuvo: sus pies se veían diferentes, más finos, con los tobillos delgados y una forma que le pareció bonita. Era un detalle absurdo en medio del caos, pero lo notó. Se ató los cordones, se levantó y volvió a mirarse. La camiseta, sin la contención de un sostén, se aferraba a su pecho y delineaba sin pudor cada curva. Se sintió vulnerable de inmediato. Buscó algo para taparse y encontró una chaqueta vaquera colgada en el clóset. Al ponérsela, la tela rígida le sirvió de armadura. Su silueta seguía siendo voluptuosa, pero ya no se sentía tan expuesto.
Con el corazón latiéndole con fuerza en ese pecho nuevo y enorme, abrió la puerta y salió a la calle. Sus ojos recorrían el vecindario, nerviosos, esperando que en cualquier momento alguien lo descubriera.
Mientras tanto, Bruno caminaba con paso decidido hacia la casa de Mateo. Tocaba entregar la tarea de Física, y el «nerd» tenía la obligación de dársela. Dobló la esquina y, justo cuando la fachada entró en su campo de visión, la puerta se abrió.
Y salió ella.
Bruno se detuvo en seco, como si hubiera chocado contra un muro de cristal. Era una mujer con un cuerpo espectacular. Unos vaqueros que se ajustaban a unas caderas generosas y a un trasero imposible de ignorar, y una chaqueta que no lograba disimular la abundancia de su pecho. Su cerebro se negó a procesar la escena. ¿Qué hace una mujer así saliendo de la casa del perdedor de Mateo? El impacto fue tal que, por instinto, retrocedió un paso y se escondió tras la esquina, pegando la espalda a la pared.
Desde su escondite la observó mirar alrededor con una cautela que a él le pareció timidez. Las preguntas le hervían en la cabeza. ¿Quién es? ¿Una prima? ¿Una amiga? Imposible. Mateo no tiene amigos, mucho menos una que parece salida de una película.
Mateo, desde su piel nueva, no vio a nadie. Respiró aliviado y, con una determinación temblorosa, echó a andar hacia el centro comercial, tratando de controlar el balanceo de sus caderas.
Bruno esperó unos segundos y se asomó, listo para seguirla. Pero la calle estaba vacía. La mujer se había esfumado. Frustrado, miró la casa cerrada. El misterio se había vuelto personal. Algo muy raro estaba pasando, y él estaba decidido a descubrir qué.
***
El aire de la tarde era fresco, pero a Mateo le ardía la piel bajo la chaqueta vaquera. Cada paso lo llenaba de una ansiedad punzante. Iba mirando al suelo, rezando para que ningún vecino lo notara, cuando una voz lo sacó de su ensimismamiento.
—Disculpe, señorita —dijo un hombre de unos treinta años, con una sonrisa que pretendía ser amable pero que a Mateo le pareció cargada de intenciones—. ¿Está perdida? No la había visto por aquí.
Era el vecino del número treinta y siete, con quien alguna vez había coincidido sacando la basura sin cruzar más que un leve gesto. Pero ahora ese hombre lo miraba de arriba abajo, con una curiosidad que lo hizo sentirse desnudo.
—No, no estoy perdida —logró decir, forzando la voz para que sonara más suave—. Todo bien.
—Con esa carita y ese cuerpazo no puede ser que ande sola por aquí —insistió el vecino, acercándose—. ¿Quiere que la acompañe? Podemos tomar un café en mi casa, está cerca.
El pánico le cerró la garganta. No sabía cómo reaccionar. Como Mateo habría pasado desapercibido; como mujer, era el centro de un tipo de atención que no sabía manejar.
—Tengo que irme, se me hace tarde —balbuceó, y sin esperar respuesta echó a correr.
Fue una decisión instintiva, pero mala. Al correr sintió por primera vez el rebote incómodo y doloroso de sus pechos. Cada salto era una sacudida que le tironeaba el torso, una sensación tan novedosa como desagradable. Bajó el ritmo, jadeante, y solo se detuvo al doblar la esquina, cuando se aseguró de que el vecino no lo seguía.
Minutos después llegó al centro comercial. Al entrar, las miradas se posaron sobre él como imanes. Susurros, sonrisas cómplices entre grupos de amigos, hombres que disimuladamente lo seguían con la vista. Al principio se sintió extraño, en el ojo de un huracán de atención al que no estaba acostumbrado. Pero, para su propia sorpresa, una parte de él lo disfrutaba. Después de años de ser invisible, sentirse deseado le gustaba.
Siguió caminando, tratando de actuar con naturalidad, hasta que algo cambió. Un calor repentino comenzó a extenderse por su cuerpo, subiendo desde el vientre hasta el rostro. Le flaquearon las piernas y un cosquilleo insistente, casi eléctrico, le nació en la entrepierna. La sensación era abrumadora, desconocida y húmeda. No podía concentrarse en nada más. Con las mejillas encendidas y la respiración entrecortada, buscó un baño.
Al ver el símbolo femenino en la puerta dudó un segundo. Ahora soy una mujer, se repitió, y entró. Por suerte estaba casi vacío. Se encerró en un cubículo, corrió el pestillo con dedos temblorosos y se sentó. Al bajarse el pantalón notó que sus bragas estaban ligeramente mojadas. El calor y el cosquilleo aumentaban, volviéndose casi insoportables.
Nervioso, deslizó una mano y se tocó por encima de la tela. Fue un contacto leve, pero la descarga de placer que lo recorrió fue instantánea y tan intensa que casi gimió. Por unos segundos el cosquilleo cedió, reemplazado por una calma deliciosa. Ahí lo entendió: su cuerpo le estaba pidiendo algo, y ese simple roce le había dado la respuesta. Pero ¿cómo se hacía? No tenía ni idea. La frustración se mezcló con la urgencia.
Entonces se le ocurrió una idea. Se levantó deprisa, se subió el pantalón y salió con la cabeza gacha. Tenía que volver a casa. Allí, en la privacidad de su cuarto, con la computadora como única guía, intentaría descifrar los secretos de este cuerpo que ahora le pertenecía.
***
El regreso fue una lucha entre el deseo de correr y la necesidad de pasar desapercibido. Cada mirada casual de un transeúnte le parecía un interrogatorio silencioso. La humedad en su ropa interior era un recordatorio constante de lo que acababa de experimentar, un secreto vergonzoso que temía que todos pudieran ver.
Al llegar miró a ambos lados de la calle, se aseguró de que no hubiera testigos y se coló dentro, cerrando la puerta de inmediato. Se apoyó contra la madera, jadeando. La casa parecía más pequeña, más opresiva. Sin perder tiempo corrió a su habitación, cerró y giró el seguro con un clic definitivo.
Solo entonces permitió que el temblor lo recorriera por completo. Se dejó caer en la silla frente a la computadora y la encendió con manos que aún se estremecían. En la barra de búsqueda escribió lo que su cuerpo le había estado pidiendo a gritos.
Mientras la pantalla cargaba, se quitó el pantalón con movimientos torpes. Las bragas, húmedas y pegajosas, se le enredaron en los tobillos. Se subió la camisa, liberando sus pechos, que ahora colgaban pesados y sensibles. Seleccionó el primer video que apareció. Una mujer cualquiera, segura de sí misma, se mostraba en la pantalla. Con los ojos fijos en ella, Mateo abrió las piernas e imitó cada movimiento, cada caricia. Al principio fue torpe, mecánico, pero pronto el placer se apoderó de él, guiando sus dedos, dictando su ritmo.
Era una sensación abrumadora, un tsunami que lo barrió por completo. Cuando la mujer del video se llevó las manos a los pechos, él hizo lo mismo. El contacto con sus pezones envió una nueva oleada de electricidad directa a su centro, intensificando el placer hasta un punto que creyó insostenible.
No quería que terminara nunca. Era una liberación, una exploración, una conquista. Y entonces llegó. Un orgasmo que lo sacudió hasta los huesos, más largo, más profundo y resonante que cualquier cosa que hubiera sentido antes. Un grito ahogado escapó de sus labios mientras su cuerpo se arqueaba, entregándose por completo a la oleada.
Cuando terminó quedó tendido sobre la silla, exhausto, cubierto de un sudor frío y una paz profunda. El cosquilleo había desaparecido, reemplazado por una pesadez placentera en cada miembro. Los párpados le pesaban, la respiración se le aplanaba. Sin quererlo, sin planearlo, el agotamiento lo venció y se quedó dormido allí mismo.
***
Despertó sobresaltado. La habitación estaba a oscuras. Se palpó el pecho, plano y familiar. Se tocó entre las piernas y encontró la comodidad conocida de su propio cuerpo. Por un instante creyó que todo había sido un sueño vívido, un escape de su imaginación.
Pero entonces su mirada cayó al suelo. Allí, en un montón desordenado, estaban el pantalón de su hermana y las bragas. La realidad lo golpeó con toda su fuerza. Había sido real.
Con un suspiro tembloroso, recogió la ropa y la escondió en el fondo del clóset. Luego tomó el frasco de pastillas del escritorio y lo sostuvo en la palma, sintiendo su peso.
—Esto puede ser adictivo —murmuró, asustado por la intensidad de lo vivido, por lo mucho que había disfrutado siendo mujer. Con determinación, guardó el frasco en el cajón de la mesa de noche, decidido a no tocarlo nunca más.
Al día siguiente, en el instituto, intentó sumergirse en la normalidad, en su papel de fantasma. Estaba en el pasillo, sacando un libro del casillero, cuando un brazo pesado cayó sobre sus hombros, rodeándolo con una falsa camaradería que lo hizo paralizarse.
Era Bruno.
—Oye, Mateo —dijo el matón, con una voz que pretendía ser amistosa pero que destilaba una intención capaz de helarle la sangre—. Tenemos que hablar.
Y el mundo de Mateo, que por un breve momento había sido tan vasto y lleno de sensaciones, se encogió otra vez hasta el tamaño de la sombra de su acosador.