Imaginé al novio de mi amiga y entró a mi cuarto
Cada fin de semana es el mismo ritual y ninguno de nosotros se queja. Nos juntamos un grupo de amigos, algunas con sus parejas y otras solteras, y cuanta más gente aparece, mejor sale la noche. Esta vez nos quedamos, como siempre, en la casa que los padres de Mateo tienen a las afueras. Él nos la presta cuando viajan, y eso nos ahorra el alquiler de cualquier otro sitio: el dinero va entero a la comida, las botanas y el alcohol.
El plan no varía nunca. Bailamos hasta quedarnos sin aliento, nos tiramos a la piscina con la ropa puesta, bebemos hasta que el cielo cambia de color y volvemos a nuestras rutinas contando los días para el siguiente sábado. Suena repetitivo, lo sé, pero hay algo en esa previsibilidad que me reconforta. O lo había, hasta esa noche.
Porque esa noche vino alguien nuevo.
Carla, una de las chicas del grupo, apareció con su novio. Lo había mencionado un par de veces, pero ninguna de nosotras lo conocía en persona. Y cuando cruzó la puerta del jardín, con esa camisa medio abierta y la sonrisa de quien no necesita esforzarse para gustar, sentí que el aire se me espesaba en la garganta. No era solo guapo. Tenía algo más difícil de nombrar, esa clase de presencia que te obliga a mirar aunque te ordenes a ti misma no hacerlo.
Al principio se mantuvo callado, un poco al margen, observándonos como quien estudia un terreno desconocido. Pero el licor hace su trabajo y, después de la segunda ronda, ya se reía con los chistes de Mateo y discutía de música con las demás como si nos conociera de toda la vida. Yo lo seguía con la mirada sin proponérmelo. Cada vez que se inclinaba para hablarle a alguien al oído, cada vez que echaba la cabeza hacia atrás al reír, algo se me apretaba por dentro.
Es el novio de Carla. Compórtate.
Me lo repetí varias veces. No sirvió de nada.
Cerca de la medianoche subí a una de las habitaciones a buscar una liga para recogerme el pelo, que el calor y el sudor ya me lo tenían pegado a la nuca. Cogí la liga del bolso y, al volver por el pasillo, pasé frente al baño de la planta alta. La puerta estaba entreabierta. Y lo que vi me clavó al suelo.
Era él. La tenía a Carla sentada sobre el lavamanos, con el vestido subido hasta la cintura y las piernas alrededor de su cadera. La estaba besando en el cuello mientras se movía contra ella, despacio, con una seguridad que me dejó sin saliva. Ninguno de los dos me vio. Estaban demasiado metidos en lo suyo.
Debí seguir de largo. Cualquier persona decente habría apartado la vista y bajado las escaleras. Yo me quedé. Apenas unos segundos, pero los suficientes para que el corazón se me disparara y un calor espeso me bajara desde el pecho hasta el vientre.
Y entonces hice lo peor: cambié la cara de Carla por la mía.
Me imaginé a mí sobre ese lavamanos. Imaginé sus manos en mis muslos, su boca en mi cuello, el peso de su cuerpo empujando contra el mío. La fantasía me golpeó con tanta fuerza que tuve que apoyarme en la pared del pasillo. Estaba tan excitada que sentía la ropa interior húmeda contra la piel, y supe, con una certeza vergonzosa, que no podía volver a la fiesta así.
***
Me escabullí a la habitación que había reclamado como mía al llegar, cerré la puerta y me apoyé contra ella con los ojos cerrados. El bajo de la música retumbaba en el piso de abajo, lejano, como si perteneciera a otro mundo. Aquí arriba solo estábamos mi respiración agitada y esa imagen que no se me iba de la cabeza.
No lo pensé demasiado. Me quité la playera y desabroché la parte de arriba del bikini que todavía llevaba puesto de la piscina. Me tumbé en la cama con las piernas abiertas y dejé que las manos hicieran lo que el cuerpo me venía pidiendo desde que él cruzó esa puerta. Una en el pecho, masajeándome despacio; la otra bajando, encontrando lo que ya estaba empapado sin necesidad de ningún esfuerzo.
Gemí muy bajo, mordiéndome el labio para no hacer ruido. Cada vez que cerraba los ojos lo veía a él, sus dedos en lugar de los míos, su voz susurrándome al oído. Deslicé dos dedos dentro y arqueé la espalda contra el colchón.
Más. Quiero más.
Recordé que en el bolso, entre la ropa de cambio, guardaba el juguete que siempre llevaba en estas salidas, por si la noche terminaba sola en una cama prestada. Lo busqué a tientas, lo encendí y la vibración me arrancó un suspiro largo. Lo introduje despacio al principio, conteniéndome, y después fui subiendo el ritmo, persiguiendo ese orgasmo que necesitaba con una urgencia casi dolorosa.
Estaba tan metida en mi propia fantasía, tan entregada al placer, que no escuché la puerta. No noté que alguien la abría con cuidado, que entraba, que me observaba unos segundos desde el umbral. La primera señal de que no estaba sola fue una mano cálida deslizándose por la curva de mi cadera.
Abrí los ojos de golpe. Y era él.
Por un instante el cerebro se me cortocircuitó. Pensé que seguía imaginándolo, que la fantasía se había vuelto tan vívida que ahora la sentía en la piel. Sus dedos subieron por mi costado hasta el pecho y lo cubrieron como si tuvieran derecho a estar ahí. Yo estaba tan excitada que ni siquiera me cubrí. Que me escucharan, que me vieran, en ese momento no me importaba nada.
—Aah, sí… —se me escapó, todavía sin terminar de creerlo.
Sentí su mano reemplazar a la mía. Sus dedos me acariciaron con una destreza que no tenía nada que ver con la torpeza de un desconocido, y cuando entraron, dos primero y después tres, supe que sabían exactamente lo que hacían. Me sujeté a las sábanas con las dos manos, retorciéndome.
—Así, preciosa, sigue para mí —murmuró contra mi oído—. No te detengas.
Y ahí caí en cuenta del todo. No era mi imaginación. Era de verdad. Lo tenía entre mis piernas, en ropa interior, con el bulto del bóxer marcándose contra la tela como si exigiera salir.
***
Por un segundo el pudor quiso ganarme y traté de apartarme, de incorporarme, de recuperar algo del sentido que había perdido al subir a esa habitación. Él no me lo permitió. Tiró suave de mis piernas, acercándome de nuevo hacia él, y siguió moviendo los dedos dentro de mí, más rápido, sin tregua. No opuse resistencia. Para qué mentirme: era justo lo que había estado deseando.
—¿Te gusta? —preguntó, y no esperó respuesta.
Sentí la primera corriente recorrerme entera, ese aviso de que el orgasmo ya estaba cerca. Él también lo notó. Sacó los dedos, se bajó el bóxer y se colocó contra mí, y cuando empujó hacia dentro solté un gemido que debió oírse hasta en el jardín. No me importó. Que pensaran lo que quisieran.
—Más rápido —le pedí, agarrándome de sus hombros—. No pares, por favor.
Se movía con una intensidad que me dejaba sin aire. Cada embestida me empujaba contra el colchón y yo lo recibía levantando las caderas, buscándolo, queriéndolo todavía más adentro. Lo rodeé con las piernas y le clavé las uñas en la espalda, y él se inclinó a besarme como si quisiera devorarme, con la boca abierta y la respiración entrecortada.
—Date la vuelta —dijo después, separándose apenas—. Quiero verte mientras te muevo.
Obedecí sin pensarlo. Me giré, apoyándome sobre las rodillas y las manos, y lo sentí entrar de nuevo desde atrás, en un ángulo que me hizo cerrar los puños sobre la tela. Ahora el ruido de la habitación era solo el de nuestros cuerpos chocando y nuestras respiraciones rotas, y el bajo de la música allá abajo me parecía la cosa más lejana del mundo.
—Así, dame fuerte —jadeé—. Haz que termine.
Me sujetó del pelo y tiró con firmeza mientras me daba una palmada en las nalgas que me arrancó un grito ahogado. El ardor de ese golpe se mezcló con todo lo demás y sentí que perdía la cabeza por completo. Estaba siendo follada por un hombre cuyo nombre apenas conocía, en una cama prestada, con la fiesta entera ajena a lo que pasaba sobre mi cabeza, y nunca en mi vida me había sentido tan viva.
Y entonces llegó. Sentí algo estallar dentro de mí y me dejé ir con un temblor que me recorrió de la nuca a los pies. Él me siguió segundos después, hundiéndose hasta el fondo sin salir, agarrándome de las caderas mientras terminaba. Me derrumbé sobre la cama, sin fuerzas, sin aliento, con la piel ardiendo y una sonrisa estúpida que no podía borrarme.
Lo observé en silencio mientras se vestía. Se subió el bóxer, recogió la camisa del suelo y, ya con la mano en el picaporte, se giró un instante para mirarme.
—Eres un manjar —dijo, despacio—. De los que uno querría probar muchas veces.
Y salió, dejándome ahí tirada, deshecha pero más satisfecha de lo que recordaba haber estado nunca.
***
Bajé a la fiesta media hora más tarde, con el pelo recogido por fin y una calma extraña en el cuerpo. Carla seguía riéndose en el sofá, abrazada a él, ajena a todo. Crucé con él una mirada de apenas un segundo, suficiente para entendernos, y después seguí la noche como si nada hubiera pasado.
Lo que nadie sabía es que aquella no fue la última vez. Desde entonces, cada sábado que el grupo se reúne, encontramos la manera de escabullirnos un rato. Una habitación vacía, el cuarto de la lavandería, el coche aparcado en el fondo del jardín. Da igual el lugar. Volvemos a vivir lo de esa primera noche, una y otra vez, persiguiendo ese fuego que descubrí espiando por una puerta entreabierta.
A veces, cuando estoy sola en mi casa, vuelvo a cerrar los ojos y lo imagino. Solo que ahora ya no necesito inventarme nada. Solo recuerdo.