El deseo que me imagino cuando salgo a pedalear solo
Nunca le conté esto a nadie. Lo escribo ahora porque pesa menos cuando lo saco de la cabeza y lo dejo en algún lado, aunque sea en una hoja que nadie va a leer. Tengo treinta y dos años, mido un metro setenta y cuatro y soy todo lo contrario a delicado: hombros anchos, piernas fuertes, el cuerpo de alguien que pedalea kilómetros cada fin de semana. La gente que me cruza por la calle jamás imaginaría lo que pienso. Y justamente esa distancia entre lo que parezco y lo que deseo es lo que más me calienta.
Empiezo por lo único que es real, porque el resto vive solo en mi imaginación.
Los sábados temprano salgo a rodar por los caminos de tierra que rodean el pueblo. Me gusta el silencio, el olor a campo húmedo, la sensación de estar lejos de todo. Pero hay un detalle que guardo para mí: debajo del culotte de ciclismo llevo un tanga. No uno discreto. Uno llamativo, de encaje rojo, de un color que se vería desde lejos si alguien me bajara la ropa de un tirón. Nadie lo sabe. Pedaleo durante horas con ese secreto pegado a la piel, con el encaje metiéndose entre los cachetes del culo a cada pedalada, y cada vez que el asiento me roza la polla apretada contra la tela siento que esa prenda me recuerda quién soy cuando nadie mira.
Si alguien supiera, pienso. Si alguien lo descubriera.
Ahí es donde arranca la fantasía. Siempre igual, aunque cada vez le agrego un detalle nuevo.
***
Voy por un tramo apartado, de esos donde el camino se mete entre los árboles y deja de verse la ruta. Escucho una bicicleta detrás de mí. Es un hombre bastante mayor que yo, de pelo canoso y brazos curtidos por el sol. Me alcanza, acomoda su ritmo al mío y empieza a hablarme como si nos conociéramos de toda la vida. Le pongo un nombre en mi cabeza: Marcelo.
La conversación es liviana al principio. El clima, las cuestas, lo bien que se respira a esta hora. Pero hay algo en cómo me mira de reojo, en cómo se demora un segundo de más en mis piernas, en cómo baja los ojos hasta el bulto que se me marca contra el culotte, que me hace entender que él también sabe leer lo que el resto no ve. Pedaleamos juntos hasta un claro donde el camino se ensancha y no llega nadie. Frenamos. El silencio se vuelve espeso.
—Te queda bien la ropa —dice, y no se refiere al culotte.
Yo no contesto. Bajo la mirada. Esa es toda la respuesta que necesita.
Marcelo apoya su bici contra un árbol sin apuro, como quien tiene todo el tiempo del mundo. Se acerca. Me pone una mano en la cadera, despacio, y con la otra me roza el borde del culotte hasta encontrar la tela de encaje escondida debajo. Sonríe. No de sorpresa, sino de satisfacción, como si hubiera adivinado el secreto antes de tocarlo.
—Mirá lo que escondés —murmura—. Y yo que te tomaba por uno más.
En la fantasía me tiemblan las piernas. Me gusta esa parte: la del momento exacto en que dejo de fingir. Él me hace girar contra el árbol, me baja el culotte hasta los muslos y deja el tanga a la vista. El encaje rojo se me hunde entre las nalgas y él me lo va acomodando con dos dedos, tirando de la tira fina hacia arriba hasta que el tanga se me clava en la raja y me arranca un gemido que no supe contener. Me siento expuesto y deseado al mismo tiempo, y esas dos cosas juntas son lo que persigo cada vez que cierro los ojos.
—Abrite —me ordena—. Separá las piernas, así, quieto.
Obedezco. Marcelo me pasa la mano por el culo por encima del encaje, me lo agarra entero, me lo aprieta. Después me mete la mano por delante, por debajo del culotte caído, y me encuentra la polla dura contra la tela mojada del tanga. Se ríe bajito al sentir la mancha de líquido preseminal que ya empapó el encaje.
—Estás chorreando —me dice al oído—. Ni siquiera te toqué en serio y ya estás así.
Me hace darme vuelta. Me apoya la espalda contra la corteza del árbol y se agacha frente a mí. Me baja el tanga apenas lo justo para sacarme la polla afuera, sin quitarme la prenda, dejándola enredada en los muslos junto con el culotte. Se la lleva a la boca de un solo movimiento, sin ceremonia, y me la chupa entera hasta el fondo. Siento cómo la lengua me recorre desde la base hasta la punta, cómo me pasa los labios por el glande, cómo me hunde la garganta contra los huevos. Es la primera vez que otro hombre me la mama, y en la fantasía Marcelo lo hace como si llevara años esperando esta polla en particular.
—Mirame —dice, sacándose la verga de la boca un segundo—. Mirame mientras te la chupo.
Lo miro. Tiene los labios brillantes de saliva y de mi líquido, la barba canosa raspándome los muslos. Vuelve a metérsela y me trabaja con una paciencia que me deshace. Me la lame por abajo, me chupa cada huevo por separado, me vuelve a devorar entera. Yo le agarro la cabeza con las dos manos, sin fuerza, apenas para sentir que está ahí, que no es un sueño más.
—No te corras todavía —me advierte cuando siente que la polla se me pone más dura en su boca—. Vos hoy no elegís cuándo. Yo elijo.
Me suelta. Se pone de pie, se limpia la boca con el dorso de la mano y me hace girar otra vez contra el árbol.
***
A partir de ahí, Marcelo deja de tratarme como a un hombre. Y eso, que en la vida real me costaría tanto pedir, en la fantasía sale solo.
Me habla bajito, con una autoridad tranquila que no necesita levantar la voz. Me dice cómo pararme, cómo arquear la espalda, dónde poner las manos. Yo obedezco cada palabra. Hay una entrega en eso que no encuentro en ningún otro lado: la de dejar que otro decida por mí, la de convertirme en lo que él quiere que sea durante el tiempo que dure.
—Vos no naciste para mandar —me dice al oído, con la mano abierta contra mi vientre—. Se te nota en cómo bajás los ojos. Se te nota en cómo movés el culo cuando pensás que nadie te mira.
Tiene razón, y en la fantasía no me da vergüenza admitirlo. Me da alivio.
Me arrodilla frente a él en el pasto. Se baja el culotte y me saca la verga afuera, gruesa, oscura, con los huevos pesados colgando. Me la pone en la boca sin preguntar. Yo la recibo entera, la chupo torpe al principio, tragando saliva, aprendiendo a acomodar la lengua contra la parte de abajo del glande como él me indica.
—Así, despacio. Bajá más. Aflojá la garganta y bajá.
Me empuja la cabeza con las dos manos. La verga me llena la boca, me toca el fondo, me hace lagrimear. Pero no la suelto. Me la meto y la saco al ritmo que él me marca, con la baba corriéndome por la barbilla, con el sabor salado de su propio preseminal en la lengua. Marcelo me mira desde arriba, satisfecho.
—Aprendés rápido, mirá vos. Cualquiera diría que no es tu primera vez.
Me imagino que me promete cosas. Que si me porto bien me va a enseñar. Que me va a depilar entero, las piernas, el pecho, el culo, todo, hasta dejarme la piel lisa como yo siempre soñé. Que me va a comprar lencería de la buena, no la que escondo en el fondo del cajón, sino la que se elige con cuidado, mirando cuál combina mejor. Que me va a transformar en otra persona, una versión mía que solo existe en mi cabeza y a la que le puse nombre hace años: Lucía.
Lucía. Así me llamo cuando estoy solo frente al espejo.
En la realidad nunca me animé a más que el tanga y un pintalabios que uso y borro en cinco minutos. Pero en la fantasía Marcelo me lleva hasta el final. Me convierte, lento y a su manera, en la mujer que llevo escondida.
Y lo que más me sorprende, cada vez que ensayo esta escena en la cabeza, es que él no tiene ningún apuro. No me trata como una conquista de una tarde. Me trata como algo que vale la pena cuidar. Me dice que vamos a ir despacio, que hay tiempo, que primero tengo que aprender a verme como me ve él. Esa paciencia es, quizá, la parte más erótica de todo. No el sexo en sí, sino la sensación de que alguien por fin entiende exactamente lo que necesito sin que yo tenga que explicarlo con palabras torpes.
***
El claro entre los árboles se transforma. Ya no es un camino de tierra: es un cuarto en una casa vieja de algún pueblo perdido, con persianas bajas y una cama amplia. Marcelo no está solo. En la fantasía aparece su mujer, una señora de su edad, de manos firmes y mirada divertida. Ellos dos llevan años juntos y comparten un gusto que nadie en el pueblo sospecharía.
Ella me mira de arriba abajo y aprueba con la cabeza, como quien evalúa un buen hallazgo.
—Servís —dice apenas—. Vamos a tener que pulirte un poco, pero servís. Sacale todo, Marcelo. Quiero verlo entero.
Entre los dos me desnudan sobre la cama. Me dejan solo con el tanga rojo, que a ella le arranca una sonrisa. Me arrodilla en el borde del colchón, me abre el culo con las dos manos y se queda mirándomelo un rato largo, como si evaluara mercadería.
—Está apretadísimo —le dice a él sin mirarme—. Habrá que trabajarlo.
Ella misma me embadurna un dedo con saliva y me lo mete de a poco, hasta el nudillo. Yo aprieto los dientes contra la almohada. Me mete otro. Los mueve en círculos, abriéndome, mientras Marcelo me sostiene la cabeza y me acaricia el pelo.
—Aflojá el culo —me dice ella con una calma que no tiene nada de dulce—. Si te ponés duro te va a doler más. Respirá y aflojate.
Obedezco. Los dedos entran y salen, dos, tres, hasta que siento el culo abierto de una forma que jamás había sentido. Después ella los saca y me dice que me dé vuelta. Me maquilla con paciencia, sentada al borde de la cama, me explica cada paso como si me estuviera iniciando en un oficio. Me pinta los labios de rojo, del mismo rojo del tanga, y me obliga a apretar la boca contra un pañuelo. Él mira desde el sillón, sin apuro, con la polla afuera del pantalón, acariciándosela despacio mientras nos observa. Me siento como un proyecto, como algo que se construye de a poco, y eso me encanta. No soy un hombre que pasó por ahí: soy alguien que ellos están convirtiendo en lo que querían tener.
—Decile gracias —me indica ella cuando termina.
—Gracias —digo, y la voz me sale más fina de lo que esperaba.
—Gracias qué —insiste ella.
—Gracias, señora.
Marcelo suelta una risa satisfecha desde el sillón.
***
La escena que más repito es la del juego entre los dos. Marcelo se levanta del sillón y viene a la cama con la polla parada, gruesa, apuntándome. Su mujer me acomoda en cuatro patas, con el culo alzado y el pecho contra el colchón. Corre el tanga a un costado, apenas lo justo para dejar el culo libre, porque a él le gusta que no me lo saque del todo. Me escupe entre las nalgas y me esparce la saliva con el pulgar, metiéndomelo hasta adentro para que quede todo bien lubricado.
—Está listo —le dice a él—. Metésela.
Siento la punta de su verga apoyándose contra mi culo. Marcelo empuja despacio, con esa paciencia que es marca de la casa. Al principio duele, un ardor que me hace morder la sábana, pero él no se detiene ni se apura. Va cediendo terreno de a poco, milímetro a milímetro, hasta que siento cómo el glande me atraviesa el anillo y se me mete entero adentro. Me quedo sin aire.
—Ahí está —murmura él—. Ya pasó lo peor. Ahora aflojate y disfrutá.
Ella me sostiene la cara entre las manos y me dice al oído lo bien que lo estoy haciendo. Marcelo empieza a moverse, primero corto, apenas sacándomela y volviéndola a meter unos centímetros. Después más largo. Cada embestida me llena entero, me hace crujir por dentro, me obliga a gemir contra la almohada. El encaje del tanga sigue ahí, corrido a un costado, rozándome la piel a cada empujón.
—Mirá cómo se le abre —le dice ella, agachada al costado, mirándonos donde nos unimos—. Ya te tragó toda la polla. Y encima pide más.
Me pide que no haga ruido, después me pide que haga todo el ruido que quiera. Me contradice a propósito, solo para recordarme que las reglas las pone él. Cuando le digo que quiero más rápido, se detiene entero y me deja pidiendo. Cuando le pido que pare porque no aguanto, me la mete hasta el fondo y se queda quieto, aplastándome contra el colchón con todo su peso, obligándome a acostumbrarme.
La penetración anal, en mi cabeza, no es brusca ni apurada. Es paciente. Él sabe lo que hace y yo confío, que es la parte más difícil de conseguir en la vida real y la más fácil en la fantasía. Ella me besa el cuello mientras tanto, me acaricia el pelo, me llama por el nombre que elegí. Lucía por acá, Lucía por allá. Escuchar ese nombre en otra boca, no en la mía frente al espejo, es lo que me termina de prender fuego.
—Decile lo que sos —me susurra ella—. Decile en voz alta.
—Soy Lucía —jadeo, con la cara pegada al colchón—. Soy la puta de ustedes.
—Eso es —me responde él, cogiéndome más fuerte—. Esa es mi Lucía.
Ella se pone frente a mí, se levanta la pollera y me guía la cara entre sus piernas. Me manda comer el coño mientras él me sigue cogiendo por atrás. Aprendo rápido, con la lengua torpe, buscando el clítoris entre los pliegues, chupándoselo como ella me indica.
—Más arriba. Ahí. Chupá ahí, Lucía. Así.
Estoy atrapado entre los dos, con la polla de él entrándome hasta el fondo y el coño de ella empapándome la cara. Marcelo acelera, me agarra de las caderas con las dos manos y me embiste con toda su fuerza. Escucho los golpes secos de sus huevos contra mi culo, escucho a la señora jadear encima mío mientras se refriega en mi boca.
—¿Ves lo bien que se porta? —le dice él a ella, sin dejar de moverse—. Si lo agarrás a tiempo, aprenden rápido. Se corren solo con la polla adentro, sin tocarse.
Y es verdad. Tengo la polla goteando debajo del cuerpo, dura como una piedra, sin que nadie la toque, y siento que me voy a correr de un momento a otro solo con él golpeándome la próstata. Ella se corre primero, ahogándome la cara contra su coño, temblando entera y sosteniéndome del pelo. Después Marcelo suelta un gruñido largo, me clava las uñas en la cadera y se me viene adentro, corrida tras corrida, llenándome el culo con tanto semen que lo siento chorrear por los muslos apenas empieza a sacármela. Yo me corro al mismo tiempo, sin manos, manchando el colchón con largos chorros que me dejan la mente en blanco. En la fantasía, no quiero estar en ningún otro lado.
***
A veces le agrego una vuelta más. Imagino que no son solo ellos dos. Que Marcelo invita a un amigo de su edad, otro hombre tranquilo y seguro, y que entre los tres me usan toda la tarde mientras la señora dirige la escena desde su silla, como una directora de orquesta que sabe exactamente cuándo entra cada instrumento. Imagino que alguien apoya un teléfono en la cómoda y graba, y que esa idea —la de quedar registrado, la de ser visto por gente que nunca voy a conocer— me da una mezcla de pánico y deseo que no sé explicar.
Me imagino con la boca ocupada por una polla y el culo por la otra, tapado por los dos extremos, dejándome hacer. Marcelo en la boca, hundiéndomela contra la garganta hasta que se me llenan los ojos de lágrimas. El amigo detrás, cogiéndome con menos paciencia, más brusco, aprovechando que el culo ya está bien abierto. La señora frente a nosotros con las piernas cruzadas, dando indicaciones como si ordenara un ensayo.
—Que se lo trague. Todo. No dejen ni una gota afuera.
Y me corren en la boca uno y después el otro, mientras ella me sostiene la mandíbula abierta y me obliga a mostrar el semen antes de tragarlo. Después me hacen darme vuelta y me llenan el culo también, uno a uno, sin lubricante extra, aprovechando la corrida del anterior. Termino con el culo abierto, chorreando de leche, tirado boca abajo en la cama y con el tanga rojo enredado en un tobillo.
Porque eso es lo que más me cuesta confesar: que la parte exhibicionista es la que más me gusta. No alcanza con hacerlo. Quiero que alguien vea en lo que me convierto. Quiero que quede la prueba de que, al menos una vez, fui exactamente lo que siempre quise ser y no me escondí.
En esas versiones más largas de la fantasía, la señora me da indicaciones todo el tiempo. Que mire a la cámara, que sonría, que les diga a los tres lo que quiero. Y yo lo digo. Con esa voz que me sale más fina, sin vergüenza, repito en voz alta cada palabra que en la vida real jamás me animaría a pronunciar. Que soy una puta. Que me encanta que me cojan entre varios. Que quiero más pollas, más semen, más manos. Marcelo y su amigo se ríen por lo bajo, no de mí, sino con esa complicidad de quien comparte un buen secreto. Y yo me siento, por una vez, en el centro exacto de algo, deseado por todos los que están en el cuarto.
***
Después la fantasía se apaga sola, como se apagan todas, y vuelvo al camino de tierra real, a la bici, al sudor honesto del esfuerzo. Sigo pedaleando con el tanga de encaje debajo del culotte, con la polla todavía media dura del recuerdo, y nadie a kilómetros a la redonda lo sospecha. El asiento me roza, el recuerdo de lo que acabo de imaginar me acompaña un rato más, y sonrío solo, en medio del campo.
No sé si algún día me voy a animar a más. No sé si Marcelo existe en algún lado, esperando cruzarse conmigo en un camino apartado, leyendo en mí lo que yo creo esconder tan bien. Capaz que sí. Capaz que la próxima vez que escuche una bici detrás de mí no sea mi imaginación.
Por ahora me alcanza con esto: con el secreto pegado a la piel, con el nombre que me pongo cuando estoy solo y con la certeza de que, en algún rincón de mi cabeza, ya soy todo lo que quiero ser.
Lucía. Y todavía falta que les cuente el resto.





