La fantasía que no me atrevo a contarle a nadie
Hay una cosa que nunca le he contado a nadie. Ni a mi pareja, ni a mis amigas, ni siquiera al diario que escribo cuando no puedo dormir. Es algo que vive solo en mi cabeza, y precisamente por eso me da tanto miedo ponerlo en palabras. Pero llevo semanas dándole vueltas, y supongo que escribirlo es la única forma de mirarlo de frente.
Me llamo Lucía. Tengo veintitantos, una cara que todavía hace que me pidan el documento en los bares y un cuerpo que, en cambio, no tiene nada de niña. Tetas grandes, culo redondo, un coño que se moja con una facilidad que a veces me da rabia. Y desde hace un tiempo, sobre todo los días en que el deseo me golpea sin avisar, fantaseo con algo que en la vida real jamás permitiría. Fantaseo con perder el control por completo.
Empieza siempre igual. Estoy sola en el departamento, la tarde cayendo, la luz anaranjada entrando de costado por la ventana. El cuerpo me hierve por dentro, esa clase de calor que no se calma con nada, que late entre las piernas y me deja la respiración corta. Ya tengo la mano metida por debajo de la ropa interior antes de darme cuenta, los dedos resbalando entre unos labios hinchados que piden más. Y entonces, en mi cabeza, aparece él.
No tiene cara. Nunca se la pongo, porque la cara no importa. Lo que importa es el tamaño: alto, ancho, una presencia que llena el cuarto antes incluso de tocarme. Y lo que importa, sobre todo, es la polla. En mi fantasía sé que la tiene enorme aun antes de vérsela, la adivino gruesa y pesada dentro del pantalón, hinchada por mí. En mi fantasía no llaman a la puerta, no hay presentaciones, no hay un café de por medio. Simplemente está ahí, detrás de mí, y antes de que yo pueda reaccionar sus manos ya me tienen sujeta por la cintura.
—Quédate quieta —dice, y la voz me recorre la espalda como un escalofrío.
Yo me resisto. Esa es la parte que tanto me cuesta confesar: en la fantasía me resisto, forcejeo, le digo que no. Pero es un no que ninguno de los dos se cree. Es el permiso disfrazado de negativa, la única forma que encuentro de dejarme llevar sin sentirme culpable. Él lo sabe. Y yo sé que él lo sabe. Sabe que estoy empapada, sabe que si me mete dos dedos van a entrar de una, sabe que si me da vuelta y me pone la polla en la boca voy a abrirla sin pensar.
***
Me empuja contra el borde de la cama. El colchón me recibe la cadera, frío bajo la tela fina del vestido, y noto su peso entero apoyándose sobre mí, inmovilizándome. No es violencia: es contención. La diferencia, en mi cabeza, es enorme. Quiero que me sostenga así, que no me deje escapar, que decida por mí lo que yo no me animo a pedir en voz alta.
—Por favor —murmuro contra la sábana, y ni siquiera yo sé si pido que pare o que siga.
Una de sus manos me junta el pelo en un puño y tira, despacio, hasta hacerme arquear el cuello. Es ese tirón el que me enciende. La leve punzada en el cuero cabelludo, la obligación de levantar la cara, la sensación de que mi cuerpo ya no me pertenece del todo. Cierro los ojos y dejo escapar un sonido que no reconozco como mío.
Su otra mano me sube el vestido por detrás sin ninguna delicadeza. El aire fresco me golpea la piel desnuda y me eriza entera. No llevo bragas —en la fantasía nunca llevo— y siento cómo me mira, cómo se le escapa un gruñido bajo al verme el culo levantado y el coño brillante entre los muslos. Me pasa dos dedos por la raja, de abajo hacia arriba, muy lento, recogiendo mi humedad, y me la unta por todos lados como si me estuviera marcando.
—Estás chorreando —dice—. Y todavía tienes cara de decirme que no.
Me mete los dos dedos de golpe, hasta los nudillos, y yo grito contra la sábana. Los mueve dentro con la palma hacia arriba, buscándome ese punto que ni yo misma encuentro siempre, y cuando lo toca me arqueo entera. Con el pulgar me presiona el clítoris, describiendo círculos duros, sin piedad, mientras los dos dedos me follan a un ritmo que me hace babear sobre la tela.
—Suplica —ordena.
—No —jadeo, aunque las caderas se me van solas contra su mano.
Se ríe bajo. Saca los dedos, los mira brillar, y me los pasa por los labios de la boca hasta obligarme a abrir. Me hace chuparme a mí misma. Siento mi sabor en la lengua, salado y espeso, y algo dentro de mí se rompe. Le lamo los dedos como si fueran otra cosa, y él lo entiende perfectamente.
Lo siento detrás, duro contra mí, una promesa pesada y caliente apoyada justo donde más lo necesito. Se saca la polla —yo no la veo, pero la siento apoyarse entre mis nalgas, gruesa, ardiente, latiendo— y la desliza de arriba abajo por mi raja empapada, resbalando, sin entrar todavía. Aprieto los muslos por puro reflejo, pero él me los separa con la rodilla, abriéndome sin pedir permiso.
—Mírate —dice—. Dices que no y estás temblando. Levanta más el culo.
Tiene razón. En la fantasía siempre tiene razón. Mi cuerpo lo desmiente con cada gesto: las caderas que se inclinan hacia atrás buscándolo, la humedad que él encuentra con la punta de la polla y que le arranca una risa baja, satisfecha. Se apoya justo en la entrada, la presiona apenas, y yo hago fuerza hacia atrás sin poder evitarlo. Hundo la cara en la sábana para no escucharme.
***
Entra de una sola vez, sin avisar, hasta el fondo, y yo grito contra el colchón. El estiramiento me parte en dos, demasiado de golpe, demasiado profundo. Por un segundo el dolor es real incluso en la imaginación, esa mezcla imposible de ardor y de algo que se abre en lugares que nunca creí que se pudieran alcanzar. Siento cada vena de su polla contra mis paredes, la cabeza aplastada contra un punto tan hondo que me quita el aire. Y enseguida, debajo de ese dolor, la oleada de placer obsceno que me hace apretar los puños en la sábana.
—Es demasiado —jadeo—. Me estás partiendo. No entra, no entra…
—Aguanta —responde, y empuja de nuevo, más hondo, como si quisiera dejar una marca—. Ya la tienes toda. Ya está toda dentro. Ahora te la voy a hacer sentir.
Se retira despacio, casi hasta sacarla, y me la vuelve a clavar de un golpe seco. Y otra vez. Y otra. Sus caderas chocan contra las mías y el cuarto se llena de ese sonido húmedo y crudo —piel contra piel, mi coño chapoteando alrededor de su polla— que en mi cabeza repito hasta el cansancio. Cada embestida me empuja contra la cama, me roba el aire, me obliga a recibirlo entero. Siento cómo la punta me golpea el fondo, cómo me obliga a acomodarme por dentro para hacerle sitio, cómo se me escapa saliva por la comisura mientras muerdo la tela.
—Estas caderas no se hicieron para decir que no —gruñe, clavándome los dedos en la carne del culo—. Se hicieron para esto. Para recibir polla. Mira cómo me la tragas, mírate.
Me da una nalgada. Fuerte. El escozor se mezcla con el placer y me hace gemir más alto. Me da otra en el mismo lugar, y otra, y siento que la piel me arde y que mi coño responde apretándose a su alrededor con más avidez todavía. Él lo nota y se ríe.
—Zorra —murmura, casi con ternura—. Toda tuya la culpa de que no pueda parar.
Ahí está la parte oscura, la que de verdad me cuesta admitir. En mi fantasía él habla de llenarme, de reclamarme, de dejarme algo dentro que no se pueda deshacer. Habla de correrse hasta el fondo. Habla de preñarme. Y yo, que en la vida real soy obsesivamente cuidadosa, que jamás dejaría nada al azar, me deshago al escuchárselo decir. Es la rendición total. Es entregar hasta lo último que una controla.
—No quiero —miento, con la voz quebrada—. Adentro no. Así no.
—Tu cuerpo dice otra cosa —contesta, y me tira del pelo otra vez para obligarme a arquear la espalda—. Tu coño me está pidiendo que me corra dentro. Se aprieta cada vez que lo digo. ¿Lo sientes? Ahí. Otra vez.
***
Y mi cuerpo, en efecto, dice otra cosa. Lo siento apretarse a su alrededor con una avidez que me da vergüenza, contraerse en cada empujón como si no quisiera soltarlo. Por mucho que en la escena yo patalee y arañe las sábanas, por dentro estoy abierta de par en par, derretida, dispuesta. Esa contradicción es el corazón de toda la fantasía: la lucha que en realidad es entrega, el no que late con cada sí.
Me saca de golpe, me da vuelta como si no pesara, y me tira de espaldas sobre el colchón. Antes de que pueda protestar ya me tiene las rodillas empujadas contra el pecho, doblada en dos, y me vuelve a meter la polla hasta el fondo. Desde ese ángulo entra distinto, más adentro, hasta un lugar donde nadie me había tocado nunca. Grito. Él me tapa la boca con la mano.
—Silencio —dice, y sigue empujando, con la palma apretada contra mis labios y los ojos clavados en los míos.
Yo lo miro desde abajo, con las lágrimas asomándome por el placer, y le lamo la palma, y él sonríe. Me suelta la boca solo para bajar la mano hasta mi cuello y apretármelo apenas, lo justo para que sienta la amenaza y no el daño, mientras me sigue follando duro. Se me cortan los gemidos en la garganta y el orgasmo se me arma en el vientre como una tormenta.
—Te vas a correr con la mano en el cuello, guarra —jadea—. Y después me voy a correr yo. Dentro. Hasta la última gota.
El ritmo se vuelve brutal, descontrolado, los muslos golpeándome, sus huevos golpeándome el culo, su respiración convertida en gruñidos cortos contra mi cara. Yo ya no formulo frases, solo sonidos: jadeos, quejidos, una súplica que se rompe a la mitad. Baja la mano libre entre nosotros y me busca el clítoris con el pulgar, aplastándolo, girándolo mientras me embiste, y el calor me sube desde el vientre hasta el pecho, imparable.
—Vas a recibir todo —dice, y la voz le tiembla—. Hasta la última gota. Y la vas a apretar bien fuerte para que no se salga nada.
Cuando lo siento estremecerse, cuando su ritmo se quiebra y se hunde hasta el fondo para vaciarse en mí, el orgasmo me atraviesa como un golpe. Me sacude entera, me deja temblando, gritando contra su mano mientras él late dentro pulso a pulso. Siento los chorros calientes golpeándome por dentro, uno tras otro, esa sensación imaginaria de un semen espeso llenándome hasta rebalsarme, esa sensación de quedar marcada que es justo lo que mi fantasía busca. Mi coño lo exprime, codicioso, contrayéndose alrededor de su polla como si quisiera ordeñarle hasta la última gota, y él gime bajo, hincado hasta el fondo, esperando que yo termine de estrujarlo.
Se queda dentro un rato largo, apoyado sobre mí, dejándome sentir cómo su polla sigue palpitando, cómo el semen se acomoda en mí. Cuando por fin se retira, siento un hilo tibio escapándose entre mis muslos y me tapa con la mano, empujándomelo de vuelta adentro con dos dedos.
—Ni una gota —repite—. Todo dentro.
***
En la versión completa de mi fantasía él no se detiene ahí. Me da vuelta otra vez, me pone boca abajo, me mira a los ojos por primera vez desde arriba, y empieza de nuevo, más lento, como si tuviéramos toda la noche. Su polla vuelve a endurecerse dentro de mí, resbalando en la mezcla de flujos que él mismo dejó, y ese sonido pegajoso me pone más de lo que estoy dispuesta a admitir. A esa altura yo ya ni finjo resistirme: mis caderas se mueven solas, buscándolo, y soy yo la que pide más con esa voz ronca que no parece la mía.
—Otra vez —le digo, y ya no es un no—. Otra vez. Más adentro. Más.
Me monto encima de él, le clavo las manos en el pecho y me empalo yo sola, bajando despacio hasta que mi culo choca contra sus muslos. Empiezo a moverme, a cabalgarlo, a mirarme el vientre subir y bajar sobre su polla enterrada en mí. Él me agarra las tetas, me las aprieta, me pellizca los pezones hasta hacerme gritar, y me pide que no pare, que le exprima hasta la última gota que le quede.
Imagino mi vientre llenándose, la idea absurda y prohibida de quedar embarazada de un desconocido sin nombre, y en lugar de horror lo que siento es un vértigo dulce, la fantasía llevada hasta su límite más extremo. Me corro otra vez, contra mi voluntad, temblando encima de él, y él aprovecha para agarrarme de las caderas y clavarme a fondo mientras se derrama por segunda vez. Es justamente porque sé que jamás dejaría que pasara de verdad que puedo permitírmela en la cabeza. Es un lugar seguro precisamente porque es imposible.
Y entonces abro los ojos.
El cuarto vuelve a estar vacío. La luz anaranjada terminó de irse y solo queda la penumbra azul de la tarde muerta. Estoy sola, con la respiración agitada, una mano todavía entre las piernas y los dedos empapados de mi propia corrida, el corazón golpeándome las costillas. No hay ningún bruto sin rostro, no hay nadie sujetándome el pelo, no hay ninguna polla enorme vaciándose dentro de mí, nadie diciéndome al oído todas esas cosas terribles que me derriten. Solo estoy yo, mi imaginación, y ese latido que tarda un rato largo en calmarse entre los muslos.
***
Me da pudor reconocerlo, pero creo que necesito esta fantasía precisamente porque mi vida real es lo contrario. Soy yo la que organiza, la que decide, la que no afloja el control nunca. En el trabajo, en la pareja, en cada rincón de mi día soy la que tiene todo bajo control. Y supongo que, en algún lugar, una parte de mí está agotada de mandar. Quiere, aunque sea durante unos minutos robados, no tener que elegir nada. Quiere que alguien la agarre del pelo, le abra las piernas y decida por ella.
Por eso invento a ese hombre que decide por mí. Por eso le presto palabras que jamás aceptaría de un amante de verdad. Dentro de mi cabeza puedo decir no y que mi no no cuente, puedo hacerme llenar por un desconocido y despertar limpia, puedo correrme cinco veces seguidas y no tener que dar explicaciones a nadie. Porque soy yo quien escribe el guion, soy yo quien reparte los papeles, soy yo la dueña absoluta de cada detalle. La sumisión, paradójicamente, es el único territorio donde mando del todo.
No sé si algún día me animaré a contárselo a mi pareja. Quizás le asuste, quizás lo entienda, quizás —y esta es la posibilidad que más me acelera el pulso— quiera ayudarme a representarlo con cuidado, con palabras de seguridad, con la confianza que solo se tiene con alguien que te ama. Me imagino explicándoselo en voz baja, con la cara ardiendo, describiéndole cómo quiero que me sujete, cómo quiero que me hable, cómo quiero que me folle diciéndome guarra al oído, y la sola idea de pronunciarlo en voz alta ya me deja sin aire.
Por ahora me basta con esto: la penumbra, mi imaginación, la mano que conoce el camino de memoria, dos dedos dentro del coño y el pulgar apretándome el clítoris hasta hacerme sacudir. Cada noche el desconocido vuelve, me sujeta, me abre, me llena, me susurra todo aquello que no debería desear. Y cada noche, cuando abro los ojos y descubro que estoy sola con la mano pegajosa entre las piernas, sonrío en la oscuridad. Porque es mi fantasía, solo mía, y ahí dentro no le hago daño a nadie. Ni siquiera a mí.





