La fantasía que tuve con los pies de mi mejor amiga
Renata es la más hermosa de mis amigas. Mide casi uno ochenta, es rubia natural, inteligente, tiene unos pechos perfectos y un cuerpo proporcionado a su altura. No es voluptuosa ni exagerada: lo suyo es una belleza elegante, todo en su justa medida. El tipo de mujer que no necesita esforzarse para que una habitación entera gire la cabeza cuando entra.
Lo curioso es que de chica fue un patito feo. Se desarrolló tarde, a los dieciséis, y hasta entonces era prácticamente invisible. Nadie le hacía bullying; simplemente no la registraban. Mientras el resto de nuestro grupo ya tenía sus primeras historias con chicos, a ella ni le hablaban. Un año después, todos la querían. Y ella no lo había olvidado.
Tiene algo de rencor guardado, y a la vez la certeza de que merece más. Para quien no la conoce, puede parecer hasta antipática: seca, de pocas palabras, habla lo justo y necesario. Yo creo que es un mecanismo de defensa, una manera de protegerse de toda la gente que quiere algo de ella. Sobre todo, una cosa: su virginidad.
No se le conoce novio ni amante. Nos jura y nos perjura que es virgen, y nunca nos dio motivos para dudar. Sabemos que se besó con un par de chicos, pero porque nos lo contaron otros. Ella nunca suelta nada.
A los dieciséis hizo una publicidad para una marca reconocida de calzado, y su foto terminó en la vidriera de un shopping. Usaba sus redes como vidriera de su trabajo, buscando marcas que la quisieran fotografiar. Lo tomaba como un juego, algo para hacer hasta que la vida le ofreciera algo mejor. Cuando empezó a estudiar medicina dejó de hacer producciones seguido, aunque una o dos veces por año todavía posa si la oferta la convence.
En esa época yo estaba pasando un gran momento con mi novio, Tomás. Hasta que tuvimos un pequeño incidente.
Él quería mostrarme algo en su galería de fotos y, deslizando la pantalla, se pasó de largo. Por una fracción de segundo vi una captura del perfil de Renata. Se leía el nombre de usuario, no había duda posible.
La imagen era un primer plano de sus pies, perfectos como los de una estrella de cine, con unas sandalias finas y los dedos pintados de un rojo intenso.
—¿Por qué tenés una foto de mi amiga? —fue lo más suave que se me ocurrió decir.
Estaba muerta de celos. Sabía que a Tomás le encantaban los pies, así que para él —y, lo admito, también para mí— esa foto era casi como tener una de ella desnuda.
Me juró que estaba ahí por error, que no se había tocado, me pidió disculpas de todas las maneras posibles y borró la imagen delante de mí. No había hecho nada grave, pero me dolió igual. Aun así, no me arrepiento de mi ataque de celos: al menos sirvió para marcar un límite. No te masturbes con mis amigas, y si lo hacés, que no me entere. No se lo dije con esas palabras, pero asumo que le quedó claro.
***
Hace unos meses Tomás volvió de Europa por un tiempo, para cumplir los veintidós acá y festejarlo conmigo. Se quedaba a veces en su casa, a veces en la mía.
Una tarde yo estaba con Renata en mi cuarto, hablando de cosas de la facultad. Estudiamos carreras distintas en sedes distintas, así que cada tanto necesitábamos esas sesiones largas de charla para ponernos al día.
Yo llevaba una pollera de jean, una musculosa finita y unas zapatillas de lona. Ella tenía una falda marrón, una blusa clara y unas sandalias que dejaban sus pies a la vista en todo su esplendor, con una pedicura francesa impecable. Mis pies son lindos, muy lindos. Pero los de ella están en otro nivel. Si los míos calientan, los de ella directamente paralizan.
Tomás golpeó la puerta del cuarto.
—Amor, llegué.
—Pasá, que estoy con Renata —contesté, justamente para que no hiciera ninguna gracia al abrir.
Entró, me dio un beso en los labios y saludó a Renata con uno en la mejilla. Le hizo un escaneo rápido y noté que se detenía un segundo de más sobre sus pies. Guardándose una imagen mental para después.
Mi mente se frenó en seco.
La chica de dieciséis años que fui le habría armado un escándalo esa misma noche. Pero ahora sentí otra cosa, algo que no esperaba: excitación. Mi novio se estaba calentando con unos pies que no eran los míos, y en vez de rabia me subió una ola de calor por el cuerpo.
Y entonces mi cabeza empezó a volar.
***
—¿Qué te pasa que mirás tanto? ¿Te calientan mis pies? —decía Renata en mi fantasía, clavándole los ojos a Tomás.
—No es eso, me llamaron la atención tus sandalias. Le quiero comprar unas iguales a Lucía.
—No mientas. Ella me contó que tenías una foto de mis pies guardada en el celular. Cuántas veces te habrás tocado mirándola.
—No sé de qué hablás.
Tomás giró hacia mí con cara de auxilio.
—¿Le pasa algo a ella?
—No —respondí, y mi propia voz me sonó ajena—. Tiene razón. Te calientan muchísimo sus pies.
—¿Ves que me da la razón? Tomá, olelos.
Renata, sentada en el puf, levantó los pies y los apoyó en el regazo de Tomás, que se había acomodado en la silla del escritorio. Yo seguía en la cama, observando, con el corazón golpeándome en las costillas.
—Decile que no corresponde lo que está haciendo —me suplicó él.
—No, amor. Olelos, si te morís de ganas.
—¿Cómo me decís eso? ¿Cuál es la trampa? ¿Lo hago y después me dejás por infiel?
—Para nada. Son hermosos esos pies. Yo también los olería.
Me acerqué al regazo de mi novio, tomé uno de los pies de Renata y lo respiré despacio. Después se lo acerqué a la cara a Tomás.
—Respirá hondo.
—Pero, amor…
—Respirá hondo. Es una orden.
Él obedeció. Hundió la nariz entre sus dedos y quedó en una especie de éxtasis, los ojos entrecerrados. Tomó el otro pie y lo volvió a oler como si le fuera la vida en eso.
—Mirá cómo te pone, atrevido —se rió Renata—. Ya tenés una erección y yo no tuve que hacer absolutamente nada.
Yo estaba furiosa y excitada al mismo tiempo, una mezcla que no sabía dónde poner. Renata le pasaba los pies por la cara, por encima del pantalón, le metía el dedo gordo en la boca para que lo chupara. Y él lo chupaba sin resistirse.
Tomás empezó a desabrocharse el pantalón, sin aguantar más.
—Ni se te ocurra tocarte —lo cortó ella en seco.
—Bueno, pensé que se podía. A esta altura ya es cualquier cosa.
—No quiero que te toques. Vos, Lucía —se volvió hacia mí con una sonrisa cruel—, le vas a hacer el oral mientras él me adora los pies.
Como poseída por la autoridad de su voz, le bajé los pantalones a mi novio, me arrodillé frente a la cama y me encontré con una de las erecciones más duras que le había visto en la vida.
—¿Viste cómo se la pongo con solo mis pies? —me dijo Renata—. Apuesto a que vos tenés que esforzarte muchísimo para conseguir lo mismo. Bueno, empezá. Para eso estás.
Lo hice con todo el esfuerzo del mundo. Él estaba ahí, encendido como nunca, pero no por mí: yo era apenas un accesorio. Me ofendía que para llegar a ese nivel de excitación yo tuviera que entregarle el cuerpo entero, mientras ella lo lograba con solo mostrarle los pies.
—¿Te la chupa bien, Tomás?
—Mmm, espectacular —respondió él, sin despegar la boca de los dedos de Renata.
Era una situación completamente humillante. Mi novio adorando a una mujer más hermosa que yo, y yo reducida a la mínima expresión, una herramienta de placer y nada más.
—¿Ves? Para eso sirve la pobre Lucía —dijo ella con su voz más despectiva—. Las mujeres como yo estamos para ser adoradas. Las mujeres como vos, en cambio, solo sirven para dar placer.
Seguí, y cada palabra suya me mojaba más. Me sentía rebajada, una cualquiera, pero ella era tan perfecta que acepté mi papel sin discutir. Renata acercó la boca a mi cara, me agarró del mentón, esperó a que yo abriera la boca y me escupió dentro.
—Ahora seguí chupando mientras me adoran.
Con su saliva en la lengua volví a la entrepierna de Tomás, que seguía disfrutando de sus pies.
—Cuántas veces te habrás tocado pensando en estos pies, ¿eh?
—Incontables —confesó él, y yo me retorcí de celos.
—Y ahora los tenés acá, los adorás como siempre soñaste.
—Sí, no aguanto más. Me vas a hacer terminar.
Lo escuchaba ardiendo de rabia, pero aceptando mi lugar. Ella era la chica diez, la modelo, la estudiante de medicina con honores. Yo, la que estaba de rodillas. En ese momento y, sentía, en todos los demás.
—Dale, terminá en los pies. Acabá en mis pies.
Tomás sacó su miembro de mi boca y apuntó. Nunca en mi vida me sentí tan pequeña. Terminó con una intensidad que no le conocía: uno, dos, tres chorros, y perdí la cuenta. Jamás había acabado tanto conmigo. Esta mujer, con sus pies, en diez minutos había conseguido más que yo en años.
—Vení, Lucía. Limpiame los pies.
—¿Qué?
—Rápido, que me tengo que ir y no me puedo ir con los pies así.
Me arrodillé de nuevo y empecé a lamerle los dedos uno por uno, tragándome todo lo que mi novio había dejado en ellos. Era lo más excitante que había probado en mi vida, y sus pies eran una delicia. Les lamí las plantas, los respiré, los adoré como si fueran un altar. Me quedé mirándolos, perdida en el tiempo y en el espacio.
***
—Lucía, ¿estás bien? —la voz de Renata me trajo de golpe a la realidad.
—Eh… sí. ¿Por?
—Estás como ausente desde hace un minuto. Llegó tu novio y te quedaste congelada —se rió—. Te fuiste a otro planeta.
Mi cabeza había volado apenas un minuto, pero se había sentido demasiado real. Renata jamás haría algo así. Tomás jamás me lo propondría. Mi cerebro me había jugado una broma rarísima, pero recuperé la compostura enseguida y disimulé como pude.
Renata se quedó quince minutos más y se fue a su casa a preparar un final.
Esa noche entendí un poco mejor al Tomás del pasado, masturbándose con la foto de sus pies. Le hice el oral y le pedí que terminara en los míos. Tenía las uñas pintadas de negro, un color que a él le vuelve loco porque dice que contrasta con mi piel. Después pasé un dedo, recogí lo que había quedado y me lo llevé a la boca. Eso terminó de enloquecerlo.
Pensándolo bien, Renata es mucho más linda que yo. Tiene mejores pechos, una cara perfecta, es más alta. Pero si hablamos de pies, no diría que los míos son más lindos: diría que estamos empatadas. Y al menos en eso, me siento tranquila.