Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Quiero ser tu fantasía recurrente cada noche

Ya sé lo que estás pensando. Que no lo digo en serio. Que ninguna mujer se despierta, se estira entre las sábanas todavía tibias y piensa: ojalá hoy alguien se toque pensando en mí. Que eso es cosa de hombres, de mentes sucias, de adolescentes que no superaron la edad de esconder revistas bajo el colchón.

¿Y por qué no? Dime, en serio. ¿Por qué no podría querer exactamente eso?

Te lo voy a confesar de una vez, sin rodeos, porque llevo demasiado tiempo guardándomelo y se me está pudriendo por dentro. Quiero ser tu material de fantasía. Quiero ocupar ese rincón oscuro de tu cabeza al que solo entras cuando estás solo y nadie te juzga.

Quiero ser la imagen que guardas sin nombre en una carpeta escondida del teléfono. La que abres cuando crees que nadie te mira, con el brillo de la pantalla bajado al mínimo y la puerta cerrada con seguro. Quiero que repitas el mismo video una y otra vez, ese de tres segundos donde giro la cabeza y la blusa se me abre apenas un botón de más, como si formara parte de un ritual privado que solo tú conoces.

***

Te vi la otra noche, ¿sabes? En la cena de Mariana. Estabas sentado frente a mí, del otro lado de esa mesa larga con velas que goteaban cera sobre el mantel. Hablaban de política, de un viaje que alguien planeaba a la costa, de cosas que no recuerdo porque yo solo te miraba a ti.

Y tú me mirabas a mí. Lo notaba. Cada vez que yo bajaba la vista hacia mi copa, sentía tus ojos recorrerme el cuello, bajar por el escote, detenerse un segundo de más donde no deberían. Y cuando levantaba la cabeza, tú ya estabas mirando a otra parte, fingiendo interés en la conversación, con la mandíbula tensa y el vino quieto en la mano.

Me encantó. Me encantó saber que te incomodaba. Que tu cuerpo te traicionaba ahí, en medio de una cena educada, rodeado de gente que jamás imaginaría lo que estaba pasando entre nosotros sin que dijéramos una sola palabra.

Crucé las piernas despacio. Dejé que el vestido se me deslizara un poco sobre el muslo. No para todos. Para ti. Y vi cómo tragabas en seco, cómo apretabas los dedos contra la copa, cómo durante un instante te olvidaste de respirar.

Ahí estás, pensé. Ya eres mío y todavía no lo sabes.

***

Porque eso es lo que quiero. Quiero ser la razón por la que no escuchaste ni una palabra del resto de la noche. Quiero que volvieras a casa con el motor del auto todavía caliente y el cuerpo más caliente aún, subiendo las escaleras de dos en dos, desabrochándote el cinturón antes de cerrar la puerta.

Quiero que te hayas tumbado en la cama a oscuras, con la respiración entrecortada, y que lo primero que se te haya venido a la cabeza fuera el momento en que crucé las piernas. La curva del muslo. El instante en que me mordí el labio sin querer y tú lo viste.

Quiero imaginarte ahí, con una mano bajo la cintura del pantalón, los nudillos blancos, la espalda arqueada contra el colchón, buscando más fricción, más de algo que no está pero que tu cabeza reconstruye con un detalle obsceno. Mi voz. La forma en que dije tu nombre al saludarte, alargando la última sílaba apenas lo justo para que sonara a otra cosa.

Quiero ser eso. El video favorito de tu archivo mental. La escena que rebobinas cuando todo lo demás te aburre. La que aparece sola, sin que la llames, en cuanto cierras los ojos y dejas que la mano haga el resto.

***

Y ya sé lo que vas a decirme. Me lo sé de memoria, porque me lo han dicho mil veces, siempre con ese tono condescendiente de quien cree que me está protegiendo de mí misma. «A las mujeres no les gusta eso. No quieren que las reduzcan a un objeto. No quieren ser cosificadas.»

Cállate. En serio. Cállate un momento y escúchame.

No estoy aquí para ser el ejemplo de nadie. No vine a este mundo a representar una causa, a ser un símbolo, a que me admires desde una distancia respetuosa y aséptica. Hay un lugar para eso, claro que lo hay, y lo defiendo con uñas y dientes cuando hace falta. Pero esto no es ese lugar. Esto es otra cosa. Esto es lo que pasa cuando cierro la puerta de mi propia mente y dejo de actuar para los demás.

Porque hay una diferencia enorme, y la conozco bien, entre que alguien me arrebate algo y que yo lo entregue. Entre que me usen y que yo me ofrezca. Lo primero me da asco. Lo segundo me hace temblar las rodillas.

Yo elijo esto. Yo, con todas mis letras, con plena conciencia, te estoy diciendo que quiero ser tu deseo más sucio. Y el hecho de elegirlo no me hace menos dueña de mí misma. Me hace más. Porque sé exactamente lo que quiero y no me da vergüenza pedirlo.

***

Quiero ser la imagen que te asalta en el peor momento. En medio de una reunión interminable, cuando alguien proyecta números en una pantalla y tú asientes con cara de interés mientras por dentro recuerdas cómo me incliné sobre la mesa aquella noche y el escote se abrió un instante de más.

Quiero ser tu botón de emergencia. Esas mañanas en que vas con el tiempo justo, ya tarde, con la camisa a medio abrochar, y aun así te detienes porque la tienes dura y no puedes pensar en nada más que en vaciarte rápido pensando en mí antes de salir por la puerta.

Quiero ser el último pensamiento antes de que te venza el sueño y el primero apenas abres los ojos. Quiero colarme en tus duchas largas, en tus tardes muertas, en esos minutos robados en que el resto del mundo cree que estás haciendo otra cosa.

Quiero ser lo que te desordena. Lo que te hace perder el hilo. Lo que te obliga a respirar hondo y a cambiar de tema cuando alguien menciona mi nombre en voz alta y tú sientes que se te sube el calor a la cara.

***

Imagínate la escena. Es de madrugada. La casa está en silencio, el único ruido es el de la calle vacía allá abajo, algún auto suelto, un perro lejano. Tú estás tumbado boca arriba, la sábana enredada en las piernas, el teléfono iluminándote la cara con esa luz fría que delata a los que no pueden dormir.

Y ahí estoy yo. En tu cabeza. No la versión educada que sonríe en las cenas, no la que te da un beso casto en la mejilla al despedirse. La otra. La que solo existe en este rincón que nadie más visita. La que te mira fijo, sin pestañear, y te dice al oído todo lo que no se puede decir en voz alta.

Tu mano baja sola. Ya ni lo decides, simplemente pasa, como si el cuerpo conociera el camino mejor que tú. Y empiezas despacio, mordiéndote el labio, intentando hacer durar el momento, reconstruyendo cada detalle: la manera en que crucé las piernas, el roce del vestido, el segundo en que nuestros ojos se encontraron y ninguno de los dos apartó la mirada a tiempo.

La cadera se te mueve sola, buscando algo que no está. La espalda se tensa. La respiración se te vuelve corta, rota, casi un jadeo que ahogas contra la almohada para no despertar a nadie. Y en tu cabeza soy yo la que marca el ritmo, la que te susurra que no pares, que sigas, que te dejes ir.

***

Quiero ser exactamente eso que te deshace.

Quiero que llegues con la mandíbula apretada y un gemido contenido entre los dientes, con el cuerpo entero en tensión durante ese segundo eterno en que todo se detiene. Y después, el derrumbe. El cuerpo flojo, pesado, hundiéndose en el colchón como si te hubieran vaciado de algo más que de líquido.

Quiero que te quedes ahí, con la piel ardiendo, los dedos todavía húmedos, el pecho subiendo y bajando despacio mientras vuelves poco a poco al mundo real. La pantalla del teléfono apagándose sola sobre el pecho. El silencio espeso de la madrugada cerrándose otra vez sobre ti.

Y ni una pizca de culpa. Eso es lo que más quiero. Que no sientas vergüenza, que no te arrepientas, que no apartes el recuerdo de un manotazo como si fuera algo sucio que hay que esconder. Que lo abraces. Que lo guardes. Que mañana, en plena cena, cuando me veas llegar y saludar a todos como si nada, sepas que anoche fui tuya de la única manera que de verdad importa.

***

Quiero ser el deseo que vuelve. No una vez. Muchas. Quiero gastarte la imaginación, instalarme en tus noches, convertirme en esa costumbre que no confiesas a nadie. Quiero que te tumbes boca arriba, mirando el techo, con el corazón todavía acelerado, y que pienses, sin poder evitarlo:

Maldita sea. La necesito otra vez.

Y entonces, justo en ese instante, quiero estar despierta también yo, del otro lado de la ciudad, en mi propia cama a oscuras, con la mano entre las piernas y tu cara en la cabeza, sabiendo que en algún lugar tú estás pensando exactamente lo mismo que yo. Que los dos jugamos al mismo juego sin habernos tocado nunca. Que esta tensión que arrastramos por las cenas, por los saludos educados, por las miradas que se cruzan medio segundo de más, tiene una vida secreta que solo conocemos nosotros.

Así que no me vengas con que las mujeres no queremos esto. Yo lo quiero. Lo elijo. Lo busco. Y si supieras lo mucho que me excita pensar que en este preciso momento podrías estar abriendo esa carpeta oculta, mascullando mi nombre entre dientes con la espalda arqueada y el cuerpo deshecho de tanto desearme, no volverías a mirarme igual en una cena nunca más.

Dios no quiera que una mujer quiera ser eso.

Dios no quiera.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.