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Relatos Ardientes

Esa noche en el hostel fue mi mayor fantasía

Hacía meses que necesitaba escaparme. Cuando en el trabajo me avisaron que tenía tres días libres inesperados, no lo dudé: busqué el destino de playa más accesible desde donde estoy, reservé una cama en un hostel barato y compré el pasaje de autobús para el día siguiente.

El viaje duró casi cuatro horas. Llegué a Punta Clara pasado el mediodía, con el pelo pegado a la nuca y las ganas de meterme al mar acumuladas desde el momento en que salí de casa. La chica que me recibió en el hostel me llevó hasta la habitación: ocho camas, compartido de mujeres. Cuatro literas dispuestas a lo largo de dos paredes enfrentadas, cada una con su cortina. Me tocó la cama de abajo, lo cual agradecí mucho. Dejé la mochila sobre el colchón, me puse el traje de baño y salí corriendo.

No soy de las que se quedan en la orilla mirando. Me lancé al agua de cabeza y dejé que las olas hicieran su trabajo. Al cabo de un buen rato me tumbé boca arriba a flotar, mirando el cielo sin pensar en nada. Llevaba semanas encerrada en una oficina, comiendo mal, durmiendo poco. Esa tarde fue el primer momento en mucho tiempo que sentí el cuerpo mío de verdad.

Mientras me aplicaba bloqueador noté que me miraban. No de manera agresiva, sino con esa clase de atención sostenida que se nota aunque nadie diga nada. Había entrenado bastante últimamente, y aunque el estómago no era lo que más me gustaba de mí misma, las piernas sí estaban bien tonificadas. Y mis pechos, que siempre habían sido grandes, ese día casi no cabían en el top del bikini.

No me molestó en absoluto.

Cuando el sol empezó a bajar, decidí ir a comer algo. No quería vestirme sobre el traje de baño mojado, así que me cambié ahí mismo, a un costado de donde estaban mis cosas. Me quité el top y me puse una camiseta blanca de tirantes finos, sin sujetador. Cambié la parte de abajo por una tanga de encaje y unos shorts sueltos. Había poca gente cerca en ese momento, pero tampoco hubiera cambiado nada si hubiera habido más. Me gusta que me miren. No lo descubrí ese día, pero ese día lo recordé con claridad.

Entré al primer bar que me llamó la atención en el centro. Pedí algo para comer y una cerveza bien fría. La noche era calurosa, pero de vez en cuando llegaba una brisa que hacía que la tela de la camiseta se me pegara al cuerpo. Mis pezones reaccionaron al fresco y al roce constante con la tela, y podía sentirlos perfectamente. Podía también notar cómo varios hombres y alguna mujer me seguían con la mirada: el sudor en la nuca, la forma de mis pechos insinuándose debajo de la camiseta casi transparente, la tanga asomando por encima de los shorts.

Me tomé dos cervezas disfrutando de todo eso. No puedo describirlo de otra manera: lo disfruté. Después volví al hostel, agotada pero con algo encendido por dentro que no sabía todavía cómo apagar.

***

Cerré las cortinas de la litera —o eso creí— y me quedé en ropa interior. No sé qué hora era exactamente. La habitación estaba en silencio, apenas el sonido de alguien respirando profundo. En la oscuridad no pude ver bien cuántas compañeras habían llegado ya; entre el cansancio y el par de cervezas encima, no presté atención.

No tocarme no era una opción.

Llevaba todo el día con esa tensión acumulada. Las manos en el cuerpo cada vez que me ponía bloqueador, el traje de baño húmedo entre las piernas durante horas, los ojos de desconocidos siguiéndome por el bar. Ahora estaba en una cama con cortinas, sola o casi. Era suficiente.

Empecé con los pechos. Primero despacio, trazando círculos alrededor de los pezones con la yema de los dedos hasta que se endurecieron del todo. Luego con más fuerza, apretando, pellizcando. Mi mano derecha siguió ahí mientras la izquierda bajaba por el abdomen. Mis piernas se abrieron solas.

Me tomé mi tiempo. Pasé los dedos por encima de la tanga, rozando apenas la tela sin entrar todavía. Esa clase de espera deliberada que se vuelve casi insoportable. Podía sentir el calor que emanaba de ahí, lo lista que ya estaba antes de tocarme de verdad. Cuando finalmente aparté la tela a un lado y pasé un dedo por toda la longitud, el sonido que salió de mi boca fue más ruido que intención.

Lo contuve. Escuché. Silencio.

Seguí. Tiré de la tanga hacia arriba para que el encaje me presionara justo donde quería. No sé exactamente por qué eso me excita tanto, pero lo hace. Continué así durante varios minutos, combinando la presión del encaje con las caricias en los pechos, dejando que el calor subiera despacio sin llegar todavía adonde quería.

Entonces se me escapó un gemido. No muy fuerte, pero sí audible.

Escuché movimiento en la cama de enfrente.

Que sea alguien acomodándose dormida.

Pero no lo era.

***

Decidí no detenerme. Si alguien me había escuchado y seguía en silencio, era problema suyo —o quizás, también su elección. Me quité la tanga del todo. Metí dos dedos. Suspiré. Metí un tercero. El gemido que siguió fue más difícil de controlar.

Otro movimiento desde la cama de enfrente. Más claro que antes.

Me quedé quieta un momento, escuchando.

Segundos después, la luz de aquella litera se encendió. Tenue, solo la lamparita pequeña. Y se abrió la cortina al fondo de esa cama.

Fue entonces cuando me di cuenta de que la mía estaba abierta. La había olvidado cerrar cuando me acosté. Llevaba todo ese tiempo expuesta sin saberlo.

Me senté en la cama. Piernas abiertas, manos sobre el colchón. Sin tocarme. Mirando hacia la litera de enfrente como si esperara que alguien me diera permiso.

Ella también se sentó.

Era delgada, de contextura pequeña. Llevaba puesta una camiseta demasiado grande, probablemente de hombre. Sin apartar los ojos de mí, se la quitó por la cabeza y la dejó caer a un costado. Pechos pequeños y firmes, abdomen plano, y abajo, nada. Sin ropa interior.

Nos quedamos mirándonos en silencio durante lo que parecieron varios minutos.

Mi cuerpo estaba a punto de estallar.

Empecé de nuevo, esta vez sin cortinas de por medio. Llevé mi mano derecha despacio por el costado del cuerpo, el abdomen, hasta llegar a la pelvis. Abrí más las piernas. Llevé los dedos a donde los necesitaba. Se podía escuchar lo húmeda que estaba. Ella no decía nada. Solo miraba.

Apoyé la espalda contra la pared de la litera, alcé la cadera y me expuse por completo. Con la mano libre seguí con los pechos, pellizcando los pezones. Cuando finalmente fui directo al clítoris, el orgasmo llegó más rápido de lo que esperaba. Mi cuerpo se tensó, las piernas se cerraron alrededor de mi propia mano, y sentí cómo empapaba la sábana debajo.

Pero en vez de calmarme, me dejó más hambrienta que antes.

Abrí los ojos.

***

Ella tenía las piernas más abiertas que antes. Me miraba desde su litera con una expresión entre curiosidad e intención. Y entonces hizo algo que no esperaba: se bajó de la cama, fue hasta su mochila y estuvo buscando algo entre sus cosas.

Yo me quedé sentada, esperando.

Cuando se dio vuelta, tenía un dildo en la mano. Realista, de buen grosor.

Se lo llevó a la boca y empezó a chuparlo sin dejar de mirarme. Sin exageración, sin teatro. Solo lo hacía, y sus ojos no se apartaban de los míos.

No supe qué me excitaba más: lo que hacía o la calma absoluta con que lo hacía.

Volvió a su cama. Se sentó en el borde, se apoyó hacia atrás con una mano y se puso el dildo en la entrada. Despacio. Centímetro a centímetro.

Gemimos al mismo tiempo.

Yo no me toqué. No podía moverme. La veía moverse sobre ese dildo con un ritmo regular, sin apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Sus pechos pequeños se movían con cada impulso, los ojos entrecerrados.

Mis caderas empezaron a moverse solas, siguiendo su ritmo sin ningún contacto. Un reflejo absurdo e involuntario. Sentí que podría llegar al orgasmo solo mirándola, pero mi cuerpo se resistió. Quería algo más que eso.

No tardó mucho en llegar al suyo. Lo noté cuando se incorporó de golpe, se montó encima del dildo y empezó a moverse con más fuerza, los brazos apoyados en sus propias rodillas. Cuando el orgasmo la alcanzó se quedó completamente quieta, con el dildo enterrado hasta el fondo, la cabeza echada hacia atrás.

Después me miró.

Se levantó despacio. Extrajo el dildo. Y me lo extendió.

***

No lo pensé. Me moví al borde de mi cama a cuatro patas. Tomé el dildo con la mano.

Antes de usarlo, lo acerqué a mi boca. Lo necesitaba. Pasé la lengua por toda la superficie, despacio, sin dudar. Sabía a ella, a lo que acababa de hacer, y fue exactamente tan bueno como me había imaginado.

Cuando no quedó nada más que saborear, me acomodé de nuevo en la cama. Me senté con las piernas abiertas, de cara a ella. La miré un instante. Y lo metí de una.

El sonido que salió de mi garganta no lo pude controlar.

No me había dado cuenta de cuánto necesitaba eso hasta que lo tuve. Algo con volumen, con consistencia. Empecé rápido, sin preámbulos. La mano libre fue directo al clítoris, en círculos, exactamente como sé que me funciona.

En un momento dejé de importarme la cortina abierta, las otras camas, si alguien dormía o no. Cerré los ojos. Eché la cabeza hacia atrás. Me moví como si estuviera sola en mi cuarto, sin medir gemidos ni movimientos.

El orgasmo tardó. Siempre me pasa cuando estoy muy excitada: el cuerpo se niega a soltar de una. Se queda en ese filo durante minutos, tensándose y aflojando sin llegar del todo. Me dejé llevar. Seguí. Con más fuerza. Más profundo.

Cuando por fin llegó, llegó desde abajo, desde los pies hacia arriba, y me sacudió entera. Sentí cómo me contraía alrededor del dildo, cómo la sábana debajo estaba completamente empapada, cómo mi propia respiración era lo más ruidoso de toda la habitación.

Me quedé con los ojos cerrados, con el dildo todavía dentro, intentando recuperar el aliento.

Y entonces lo sentí.

Alguien lo extrajo.

Abrí los ojos de golpe, con esa sensación extraña de quedarme vacía de repente. Ella estaba ahí, de pie frente a mi cama, con el dildo en la mano. Se lo metió entero en la boca, sin apartar los ojos de los míos. Lo limpió despacio. Después lo bajó, me sonrió con una sonrisa pequeña y dijo en voz muy baja:

—Mañana seguimos.

Volvió a su cama y cerró la cortina.

Me quedé tumbada en la oscuridad, el corazón todavía acelerado, el cuerpo entumecido de placer, sin saber si lo que acababa de pasar era real o si me lo había inventado en algún punto entre la segunda cerveza y el primer orgasmo.

No era real, decidí. O sí lo era. Mañana lo sabría.

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Comentarios (5)

GonzaRiver

tremendo!!

LucianaOK

Por favor seguí, quede con muchisimas ganas de saber como termina todo...

GabyMar

Me recordó a una noche que viajé sola hace años y algo parecido estuvo a punto de pasar. Los hostels tienen esa magia especial que los hoteles no tienen.

MarceloV88

Y al dia siguiente, se volvieron a ver?? necesito saber jaja

SofiaRoca

Muy bien narrado, se siente real sin ser burdo. Sigue asi!

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