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Relatos Ardientes

La desconocida que me escribe los domingos

La cama me había tragado entero. Los domingos después de tormenta son así: el cuerpo pesa el doble, las sábanas huelen a noche larga y uno no quiere más que quedarse ahí, escuchando cómo el agua todavía gotea de los canalones. Tenía un dolor de cabeza leve, apenas un latido detrás de las cejas, esa resaca tibia que no llega a molestar pero te recuerda que existís. Estiré el brazo hasta la mesa de luz, busqué el teléfono a tientas y, antes de pensarlo, ya tenía la bandeja de entrada abierta sobre la cara.

Y ahí estaba tu nombre. En negrita. Un único mensaje nuevo.

No necesité más. El dolor de cabeza se replegó a algún rincón sin importancia, y mi cuerpo —acostado, desnudo, con la polla ya despertándose contra el muslo, a medio iluminar por la luz gris que se filtraba por la persiana a medio bajar— se despertó de golpe, como si alguien hubiera entrado al cuarto sin tocar la puerta.

Ni siquiera me había tomado un café. Las neuronas todavía no terminaban de encenderse, los párpados me pesaban, y aun así enfoqué la pantalla con la urgencia de un adolescente. El asunto del correo estaba vacío. El cuerpo del mensaje tenía una sola línea.

«¿Qué me harías?»

Gruñí contra la almohada. Tres palabras. Tres palabras y un signo de interrogación, y vos del otro lado de la pantalla sabiendo perfectamente lo que provocás. La verga se me puso dura en el instante exacto en que terminé de leer, palpitando bajo las sábanas, pidiendo lo que solo tus palabras sabían darle.

***

Hace meses que nos escribimos. No sé tu cara, no sé tu ciudad, no sé si el nombre con el que firmás es el verdadero. Me decís Mariela en las cartas, pero podrías ser cualquiera, en cualquier parte, y esa incógnita es justamente el combustible. Empezó con un comentario tuyo sobre un relato que publiqué. Una observación inteligente, mordaz, con una coma puesta exactamente donde yo la habría puesto. Te respondí. Me respondiste. Y de pronto teníamos esta cosa, este ida y vuelta de palabras que cada tanto se prenden fuego.

Sabemos las dos cosas que hacen que esto funcione. La primera: que nunca va a pasar. Vivimos vidas distintas, atadas a obligaciones que no se tocan, separados por kilómetros y por circunstancias que ninguno de los dos va a mover. La segunda: que justamente por eso podemos decirnos cualquier cosa. No hay riesgo. No hay después. Solo la pantalla, la imaginación y la certeza tranquila de que nunca vas a estar arrodillada entre mis piernas de verdad, con mi polla golpeándote los labios, con mi mano enredada en tu pelo.

Pero esa mañana, con tu pregunta latiendo en la pantalla, me permití el lujo de imaginar que sí.

***

Imaginé que tocaban el timbre. Que yo, todavía con la marca de la almohada en la mejilla, bajaba a abrir en calzoncillos, despeinado, con el bulto de la verga medio dura marcado bajo la tela, sin terminar de creérmelo. Y que del otro lado estabas vos. No con la cara que mi mente no puede dibujar, sino con una presencia: un perfume que no conozco, una sonrisa que ya vi en tus palabras, una manera de apoyarte contra el marco de la puerta como diciendo «bueno, acá estoy, ¿y ahora?». Los ojos te bajaban directo al calzoncillo y una sonrisa lenta se te dibujaba, como quien encuentra exactamente lo que vino a buscar.

No hablábamos mucho. No hacía falta. Llevábamos meses hablando. Te dejaba pasar, cerraba la puerta y el departamento se quedaba en ese silencio espeso de los domingos, con la luz entrando de costado y el ruido lejano de la ciudad lavada por la lluvia.

Subíamos. Te sentabas al borde de mi cama, esa misma cama que todavía guardaba el calor de mi cuerpo, y me mirabas como se mira algo que se va a desarmar con calma, pieza por pieza. Yo me quedaba de pie frente a vos, y vos posabas una mano en mi cadera, sin urgencia, midiendo el momento. La otra mano subía por el elástico del calzoncillo, lo agarraba con dos dedos y lo bajaba de un tirón hasta las rodillas. Mi polla saltaba libre, tiesa, apuntándote a la cara. Vos ni parpadeabas.

—Vine a cobrarme todo lo que me escribiste —decías, y me la tomabas en la mano, la sopesabas, la apretabas suave para sentir cómo latía—. Todo, ¿me escuchás? Palabra por palabra.

Y yo no podía contestar nada coherente.

***

Lo que me pedías en aquel correo, lo que llevábamos meses rodeando con metáforas, era esto: que te dejara hacer. Que no moviera un dedo. Que me entregara a tus manos y a tu boca y aguantara. Una de esas sesiones lentas, pacientes, hechas para durar, de las que cambian la historia de una mañana entera.

Me recostaba como vos querías, bocarriba, los brazos a los lados, obediente por primera vez en mi vida, con la verga apuntando al techo, hinchada, con una gota gruesa asomando en la punta. Vos te arremangabas con una calma que daba miedo. Tus dedos empezaban en el pecho, bajaban por el esternón, dibujaban el ombligo, se demoraban en cada centímetro como si tuvieras todo el tiempo del mundo y ninguna intención de apurarte. Pasaban de largo por la polla, adrede, y me acariciaban los muslos, el pliegue de la ingle, los huevos apretados y calientes que ya me pedían clemencia.

Cuando por fin tu mano me rodeaba la verga, yo ya estaba duro de tanto esperar, tenso contra mi propio vientre, con las venas marcadas de la base a la punta. Y vos no apretabas, no todavía. Solo me sostenías, sopesándome, sintiendo el latido contra la palma. Tus ojos no se despegaban de los míos. Querías mirar. Querías ver cada gesto que se me escapara.

El primer movimiento era casi nada. Un roce hacia arriba, el pulgar barriendo la gota de líquido de la punta, una caricia de vuelta bajando lento hasta la base. Se me cortaba la respiración igual. Apretabas apenas, soltabas, volvías a apretar, encontrando el ritmo de mi pulso para después romperlo a propósito, justo cuando yo creía tenerlo. Me la pajeabas dos veces rápido y frenabas de golpe, con la mano quieta en la base, mientras yo movía la cadera buscando fricción como un animal. Me llevabas al borde con una precisión que solo se logra cuando alguien estudió a su víctima durante meses de palabras.

Me acordé entonces de todas las cartas. De aquella en la que me describiste, con un detalle obsceno, lo que harías con la lengua si algún día me tuvieras quieto —el recorrido desde los huevos hasta la punta, la vuelta con la boca abierta, el hilo de saliva colgando de tu labio inferior—. De la otra, la que me mandaste un martes a las tres de la tarde y que me obligó a encerrarme en el baño de la oficina diez minutos, con el pantalón en los tobillos y tu voz escrita metida en la cabeza mientras me la sacudía contra la puerta. Cada palabra tuya se me había quedado grabada en alguna parte del cuerpo, y ahora todas volvían juntas, superpuestas, como si tus manos llevaran meses ensayando esta mañana exacta.

En mi cabeza dejabas de usar solo la mano. Te inclinabas, y yo sentía tu pelo cayéndome sobre el vientre antes que tu boca. Una pausa larga, deliberada, tu aliento tibio recorriéndome la polla entera sin tocar, vos disfrutando de mi impaciencia. Y cuando por fin me rozabas con los labios, lo hacías despacio, un beso apenas en el glande, la lengua saliendo a probar la gota que había vuelto a asomar, un ronroneo grave contra la carne caliente que me hacía cerrar los puños contra la sábana.

Después abrías la boca. Me la metías entera, hasta el fondo, hasta sentir la punta contra el fondo de tu garganta, y te quedabas ahí un segundo largo, con los ojos clavados en los míos, tragando alrededor de mi polla mientras yo me deshacía. Salías despacio, chupando en todo el recorrido, dejándome brillante de saliva. Volvías a bajar. Y a subir. Un ritmo lento, obsceno, con la mano cerrada en la base marcando el compás, la otra amasándome los huevos con una crueldad tierna. Te retirabas cada vez que se me tensaba todo, me castigabas con la espera por cada cosa atrevida que alguna vez te escribí, dejando la verga golpeándome contra el vientre, roja, hinchada, mojada de vos.

—Quieto —me decías cada vez que se me arqueaba la espalda—. No todavía. Vos me hiciste esperar meses, ahora aguantás.

Y yo obedecía. Apretaba los dientes, clavaba los talones en el colchón, dejaba escapar un sonido grave que no reconocía como mío. Vos sonreías con los labios brillando, escupías sobre la punta de mi polla para ver cómo el hilo bajaba por el tronco hasta tus dedos, y volvías a empezar. Te gustaba tenerme así, suspendido, a tu merced, ordeñando el placer despacio para que durara, para que se hiciera insoportable.

***

Volví a la pantalla. Releí tus tres palabras. «¿Qué me harías?» Y me di cuenta de que la pregunta estaba al revés, que lo que de verdad ardía no era lo que yo te haría, sino lo que dejaría que vos me hicieras. Esa rendición. Ese soltar las riendas con alguien a quien no le conozco ni la voz.

Mi propia mano ya había bajado sin permiso, instalada entre mis piernas, cerrada alrededor de la verga, repitiendo el ritmo que mi cabeza inventaba para vos. Escupí en la palma para lubricarla, la deslicé de la base a la punta, apreté el glande entre el pulgar y el índice como te había imaginado apretándomelo a vos. Cerré los ojos. Era más fácil así. Con los ojos cerrados podía hacerte real: el peso del colchón hundiéndose donde te sentabas, el roce de tu pelo cuando te inclinabas, tu aliento sobre la polla cada vez que te acercabas a mirar de cerca lo que provocabas.

En mi cabeza me llevabas al límite y me dejabas ahí. Una vez, con la boca. Dos, con la mano. La tercera te sacabas la ropa de golpe y te trepabas encima, la concha empapada rozándome la verga sin dejarme entrar. Restregabas los labios de tu coño arriba y abajo del tronco, mojándome entero, dejándome sentir el calor y el filo de tu clítoris pasando por encima del glande sin ceder. Cada vez más cerca, cada vez frenando un segundo antes, hasta que yo te suplicaba —yo, que no suplico nunca— con una voz rota que no me reconocía. Te gustaba escucharlo. Te demorabas adrede solo para oírme pedirlo otra vez.

—Decilo —pedías vos, con la punta apenas metida, apretándome con el coño solo el primer centímetro, torturándome—. Decime qué querés.

Y yo lo decía. Lo decía entero, sin vergüenza, con la boca seca. Que te la meta hasta el fondo. Que me la cogiera despacio primero y después como una perra. Que me dejaras acabar dentro tuyo, en la boca, en las tetas, donde quisieras, pero que me dejaras acabar de una puta vez.

***

Cuando por fin aflojabas el control, cuando bajabas de golpe y me tragabas la verga entera con el coño en una sola sentada, el departamento entero parecía contener la respiración. Yo la sentía envuelto en un guante ardiente, apretadísimo, mojado hasta lo imposible, latiendo alrededor. Empezabas a moverte lento, subiendo casi hasta dejarme afuera y bajando de golpe, con las manos apoyadas en mi pecho, las tetas balanceándose sobre mi cara. Me inclinaba a chupártelas, mordiéndote los pezones duros, y vos gemías arriba mío, apurando el ritmo, cabalgándome cada vez más fuerte.

Después me dabas vuelta. Boca abajo vos, culo arriba, las rodillas separadas, mostrándomelo todo. Me clavaba detrás y te agarraba de las caderas, y ahí sí no había piedad. La cogía duro, embistiendo hasta el fondo, escuchando el ruido húmedo de la carne contra la carne, tu culo golpeando contra mis muslos en cada empujón. Vos gritabas contra la almohada, con la mano bajando a frotarte el clítoris mientras yo te partía. Te agarraba del pelo, te tiraba la cabeza hacia atrás, te mordía la nuca. Y volvía a hundírtela hasta el fondo, una y otra vez, hasta que sentía cómo se te empezaba a contraer todo alrededor de la polla.

Yo sentía cómo se juntaba todo, cómo subía desde abajo, cómo se volvía inevitable. Me dabas vuelta otra vez, me sacabas de adentro y me la agarrabas con la mano, pajeándomela rápido, apuntando al pecho, a la cara, a la boca abierta que me obligabas a abrir. Y vos mirabas. No apartabas la vista ni un segundo. Querías el momento exacto, el instante en que dejara de ser dueño de mí mismo.

Llegó. Llegó con una sacudida que me dobló contra el colchón, que me vació de golpe sobre mi propio vientre, sobre tu mano, sobre las sábanas que íbamos a tener que cambiar de inmediato. El primer chorro me salpicó el pecho, el segundo cayó sobre tus dedos que seguían moviéndose sin parar, ordeñándome cada gota, y los que siguieron me chorrearon por la verga y los huevos hasta el colchón. Tu boca se abría en una O perfecta a cada espasmo, entre un mordisco al labio y un sonido grave que se te escapaba. Tus ojos enormes, abiertos como si nunca hubieras visto nada igual, recorriendo el desastre que acababas de provocar con una paciencia de relojera. Te llevabas dos dedos a la boca, los chupabas mirándome, tragabas mi semen sin apartar los ojos.

Y después, el silencio. Ese silencio largo y bueno, con el pecho subiendo y bajando, con la luz del domingo entrando de costado, con tus dedos todavía vestidos por lo que yo te había dado, con mi polla ablandándose despacio contra el muslo y el olor a sexo pesado colgando en el aire.

***

Abrí los ojos.

Estaba solo, claro. Solo, desnudo, con la verga todavía dura en la mano, con el vientre empapado de mi propia corrida, con el teléfono caído de lado sobre la almohada y la pantalla apagándose por inactividad. La realidad volvía despacio: el techo descascarado en una esquina, el ruido de un auto pasando por el agua de la calle, el dolor de cabeza que reaparecía tímidamente ahora que ya no tenía a quién distraer.

Me había corrido tres veces leyéndote e imaginándote. Tres. Una a los diez minutos de abrir el correo, con la mano apenas apoyada, con tu voz escrita todavía haciéndome eco entre las orejas; la segunda quince minutos después, más lento, alargándola, imaginándote lamiéndomela hasta la última gota; la tercera recién ahora, brutal, seca, con los huevos ya vacíos que igual se retorcieron para darte algo más. Las sábanas eran un desastre, mi vientre también, y tenía un hilo de semen todavía tibio bajándome por el costado hasta la cadera. Y vos seguías siendo un nombre en negrita, una incógnita perfecta del otro lado del mundo, capaz de desordenarme una mañana entera con tres palabras y un signo de pregunta.

Levanté el teléfono otra vez. La pantalla se encendió. Tu mensaje seguía ahí, intacto, esperando una respuesta que sabíamos que iba a llegar. Sonreí contra la almohada y empecé a escribir, despacio, eligiendo cada palabra como vos elegís las comas.

Te lo voy a contar todo, escribí. Con qué mano empecé, cuántas veces me corrí, cómo me imaginé tu boca. Pero antes necesito un café. Acabás de arruinarme las sábanas y ni siquiera estás acá.

Apreté enviar. Y me quedé un rato más en la cama deshecha, con la verga otra vez empezando a moverse contra el muslo de solo pensar en tu respuesta, con la certeza tranquila de que el próximo domingo, después de la próxima tormenta, volverías a aparecer en negrita. Y de que yo, otra vez, abriría sin pensarlo.

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Comentarios(8)

Marcelo55

Que buena arrancada!! ese primer mensaje ya te mete en situación al toque, jaja.

NadiaBA

Me quedé con ganas de mas... ojala haya una parte 2 con lo que pasó después.

TonioRio

Me recordó esos mensajes que uno recibe a deshora y no sabe si responder o hacerse el dormido jajaj. Muy bueno el relato.

CuriosaLect77

Genial! ¿vas a continuar la historia de la desconocida?

LauraNight

Increible como con tan poco ya te mete dentro de la historia. El detalle del café y el mensaje juntos es un golazo de entrada. Sigue escribiendo así que se agradece!

DarkSur77

Bien escrito, se nota que le pusiste ganas al relato. Me gustó bastante.

MikeNocturno

jajaja esa pregunta de domingo te arruina la mañana de la mejor forma posible

Valentina_Baires

Muy buen relato, corto pero te deja pensando un rato. Gracias por compartirlo!

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