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Relatos Ardientes

Me toqué bajo el agua imaginando que eras tú

El último mensaje que me mandaste todavía estaba abierto en la pantalla del teléfono cuando dejé el aparato sobre el lavabo. Lo leí tres veces, y a la tercera ya tenía esa presión tibia y conocida instalándose entre las piernas. No decías nada del otro mundo. Solo que pensabas en mí, que contabas las horas, que cuando volvieras no me ibas a dejar levantarme de la cama en todo el día. Pero te conozco la voz incluso cuando escribes, y la oí clarísima dentro de mi cabeza.

Abrí el grifo y esperé a que el agua se calentara. El espejo empezó a empañarse de los bordes hacia el centro, hasta que mi reflejo se volvió una mancha imprecisa, una silueta sin cara. Me quedé un momento mirándome así, borrosa, y pensé que era casi mejor. Que era más fácil imaginarte si yo misma no me veía del todo.

Qué ganas de tenerte cerca. Y no estás. Estás a kilómetros y yo te necesito ahora, esta noche, en este baño lleno de vapor.

Me solté el pelo y entré bajo el chorro. El agua caliente me corrió por la nuca, por la espalda, por la curva de las caderas, y cerré los ojos. Era fácil convertir esa caricia del agua en otra cosa. En tus dedos bajando despacio. En tu boca trazando el camino que el agua hacía sola.

Me sostuve los pechos con las dos manos, los apreté, sentí su peso, y por un segundo me permití la mentira completa: que no eran mis manos, que eran las tuyas. Tú tienes esa manera de tomarlos como si fueran algo que llevas esperando todo el día, sin prisa pero sin dudar. Me mordí el labio y dejé escapar el aire despacio.

—Te necesito —dije en voz baja, y la palabra rebotó contra los azulejos, sola, sin nadie que la recogiera.

El deseo no me pidió permiso. Subió por su cuenta, urgente, como una marea que no le importa la hora ni la distancia. Dejé que una mano bajara por el vientre, despacio, recorriendo el camino que tú harías si estuvieras detrás de mí, pegado a mi espalda, con la boca en mi hombro.

***

Llegué a mi sexo y ya estaba resbaladizo, y no solo por el agua. Pasé los dedos por encima, apenas rozando, y solté un suspiro torturado que se perdió entre el ruido de la ducha. Empecé a frotarme el clítoris en círculos lentos, suaves, los mismos que te gusta hacer a ti cuando quieres volverme loca antes de darme nada de verdad. Tú siempre empiezas así, con una paciencia que parece crueldad, hasta que soy yo la que termina suplicando.

Imaginé que era tu mano. Que estabas de rodillas frente a mí en este baño imposible, mirándome desde abajo con esa media sonrisa que me desarma. El agua caía inclemente sobre mi piel, tibia, constante, y el placer fue trepando dentro de mí poco a poco, peldaño a peldaño, sin prisa.

Quería saber qué me harías si estuvieras aquí de verdad. Por dónde empezarías. Conozco las respuestas de memoria y aun así me gusta preguntármelas, porque cada vez es un poco distinto, como si la fantasía tuviera vida propia.

Si te tuviera aquí, lo primero sería tu boca.

Te besaría sin pedir permiso, abriéndote los labios con la lengua, buscando la tuya, enredándolas hasta quedarme sin aire. Me gusta cómo besas, con hambre pero sin atropello, como si tuviéramos toda la noche aunque nunca la tengamos. Aplastaría mis pechos contra tu pecho mojado y sentiría el latido de los dos al mismo tiempo, descompasados, acelerándose juntos.

Tus manos bajarían por la curva de mi cintura hasta cerrarse sobre mis nalgas, apretándome contra ti, y yo sentiría tu erección firme contra el vientre, esa presión inconfundible, la promesa silenciosa de lo que vendría después. Me estremecería entera nada más de imaginarlo, de saber que en cualquier momento ibas a entrar en mí, despacio primero, abriéndome el calor que llevo todo el día guardándote.

—Bésame los pechos —diría yo, y tú lo harías sin hacerte de rogar.

Imaginé tu boca cerrándose sobre un pezón, la lengua girando, la succión justa, mientras una mano seguía abajo, entreteniéndose, midiéndome la paciencia. La fantasía era tan nítida que apreté los muslos como si de verdad estuvieras entre ellos.

***

Pero no estás. Esa es la verdad cruda que se cuela entre el vapor. Estoy sola, con la espalda contra los azulejos fríos, preguntándome qué estarás haciendo en este mismo instante a tantos kilómetros. Si estarás dormido. Si estarás despierto, como yo, con la misma presión imposible de ignorar. Si me imaginarás también, si tendrás esta misma escena en la cabeza sin saber que yo la estoy viviendo en tiempo real.

Me gustaría preguntártelo. «¿Piensas en mí cuando estás solo?», te diría, y conozco tu respuesta, pero quiero oírtela igual.

Así que me conformo. Por ahora me conformo con mi propia mano, con este eco de ti que me invento en el agua caliente. Giré sobre mí misma y apreté los pechos contra la mampara de vidrio. El cristal estaba frío, helado comparado con el agua, y el contraste me arrancó un jadeo. Mis pezones se endurecieron al instante contra la superficie lisa, tan sensibles que el simple roce del vidrio me hacía cosquillas eléctricas por todo el cuerpo.

Pensé en tu lengua provocándomelos, en esa manera que tienes de alternar entre suave y firme hasta que no sé si quiero más o menos. Me froté el clítoris cada vez más rápido, las caderas ondulando solas, persiguiendo un ritmo que el cuerpo conocía mejor que yo.

Metí dos dedos, despacio, y los curvé buscando ese punto que tú encuentras siempre a la primera. Yo tardo más, tengo que buscarlo, pero cuando di con él se me dobló la espalda y se me escapó tu nombre entre los dientes, mordido, medio sílaba. El baño entero olía a vapor y a jabón, y mis gemidos retumbaban contra las paredes, sin nadie que los escuchara, solos, igual que yo.

***

Estaba cerca. Lo sentía subir, esa tensión que se acumula justo antes de romperse, pero me faltaba algo. Me faltabas tú entero, claro, pero también me faltaba algo más concreto, más físico, ese exceso que solo se me ocurre cuando estoy así de perdida.

Saqué los dedos y los llevé hacia atrás, por la línea de las nalgas, y me arqueé buscando otro ángulo. Toqué la abertura más estrecha, ahí donde tú a veces te demoras con la yema cuando quieres descontrolarme del todo, y presioné apenas, lo justo para sentir el cuerpo abrirse a algo nuevo. El jadeo que solté no fue elegante. Fue crudo, animal, robado del fondo del pecho.

Ahora sí. Una mano adelante y otra atrás, las dos trabajando contra el mismo nudo de placer, mientras el cristal frío me mantenía los pezones duros y despiertos. Apreté los músculos internos alrededor de mis propios dedos, el índice y el medio entrando y saliendo de mí a un ritmo que ya no controlaba, que iba solo, acelerándose hacia el borde.

Te imaginé detrás. Pegado a mi espalda mojada, una mano en mi cadera sujetándome, la boca en mi cuello, susurrándome cosas que no entiendo del todo pero que me derriten igual. «Así, no pares, quiero verte caer.» Y caí.

El orgasmo se desbordó como un vaso lleno que alguien empuja sin querer, esa descarga que se derrama y lo moja todo a su paso. Cada músculo del cuerpo se me contrajo al mismo tiempo, una vez, otra, otra más, en oleadas que me dejaron temblando contra la pared. Apreté la frente contra el vidrio empañado y dejé que el agua siguiera cayéndome encima mientras el cuerpo terminaba de descargar todo lo que llevaba guardándote desde la mañana.

Me quedé así un buen rato, sin fuerzas, con las piernas flojas y la respiración entrecortada, escuchando el ruido constante de la ducha que no había parado en ningún momento. El vapor lo cubría todo. Mi reflejo en la mampara era otra vez una mancha sin cara, sin nombre, y por primera vez en la noche eso no me consoló.

***

Porque no es igual. No se parece ni de lejos a tenerte. Mi mano sabe el camino, pero le falta tu peso, tu calor, ese instante en que me miras a los ojos justo cuando me deshago y me haces sentir que el orgasmo no es mío sino algo que construimos entre los dos. Eso no se puede inventar en una ducha vacía, por mucha imaginación que le ponga.

Cerré el grifo. El silencio de golpe fue casi violento, ese vacío que queda cuando el agua para y solo se oye el goteo lento sobre el plato. Salí, me envolví en la toalla y limpié con la mano un círculo en el espejo empañado para verme. Tenía las mejillas encendidas, los labios hinchados, la mirada de alguien que acaba de viajar muy lejos y volver sola.

Volví a tomar el teléfono. Tu mensaje seguía ahí, intacto, esperando. Tardé un momento en decidir qué contestar, y al final escribí solo la verdad: que acababa de pensar en ti de la manera más indecente posible, que el agua todavía estaba caliente, que ojalá hubieras estado.

Le di a enviar antes de arrepentirme. Vi cómo aparecía la marca de entregado, y luego, casi enseguida, los tres puntitos de que estabas escribiendo. A esa hora. Despierto, como yo.

Sonreí en el espejo empañado. Así que tú también.

Me senté en el borde de la cama, con la toalla todavía puesta y el pelo goteándome sobre los hombros, y esperé tu respuesta con la misma impaciencia con la que media hora antes había esperado el agua caliente. Algunas ausencias se aguantan mejor cuando una sabe que del otro lado hay alguien aguantando la misma. Y esta, esta noche al menos, la íbamos a aguantar juntos aunque fuera a kilómetros de distancia, cada uno con su pantalla encendida y la misma fantasía latiendo entre las piernas.

Por ahora me bastaba. Solo por ahora.

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Comentarios (5)

Maru_lectora

Que bonito esto... se nota que viene del corazon y no solo del cuerpo. Muy bien escrito.

SofiaBaires

Por favor que haya segunda parte!! Quede con muchas ganas de saber como termina todo eso

CaroMdz

Me encanto, se siente muy real y cercano. Ese tipo de relatos que no necesitan ser explicitos para ponerte... se nota talento.

NicolasR87

Excelente!!! seguí escribiendo así

Luli_Baires

jajaja el primer parrafo me atrapó al toque. me quedé sin palabras

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