El juguete que mi compañero olvidó en la ducha
Estaba tirado en la cama, matando el rato con el móvil, esperando a que Bruno terminara de una vez en el baño. Compartíamos el piso desde hacía casi un año y la ducha era el único punto de fricción real entre nosotros: siempre tardaba el doble de lo que yo calculaba. Aquella mañana no era la excepción. Llevaba un buen rato escuchando el agua correr al otro lado de la pared.
Por fin oí el grifo cerrarse y sus pasos apresurados cruzar el pasillo hacia su cuarto. Un par de minutos después se asomó a mi puerta, terminándose de abrochar la camisa con los dedos torpes de quien va con el tiempo justo.
—Tío, ya tienes el baño libre. Me piro, que llego tardísimo —dijo, y antes de que pudiera contestarle ya escuchaba el golpe seco de la puerta de la calle al cerrarse.
Me quedé solo en casa. Esa clase de soledad que se nota, la del piso en silencio con el eco de la calle filtrándose por la ventana. Me levanté, fui desnudo hasta el baño y abrí la puerta a una nube espesa de vapor que todavía no se había disipado. El espejo era una mancha blanca y el aire olía a su gel, a algo cítrico y caliente.
Entré en la ducha y, al estirar la mano hacia el grifo, me topé con algo que no esperaba. Pegado a los azulejos, a la altura de la cadera, había un juguete sexual sujeto a la pared con una ventosa. Un molde de silicona con forma de sexo femenino, abierto, expuesto. No hizo falta pensar mucho de quién era.
Sabía que Bruno tenía uno de esos. Lo había entrevisto alguna vez rondando por su habitación, siempre cerrado dentro de su funda, siempre de lejos. Nunca lo había visto así, desnudo y a plena vista. Me quedé un momento mirándolo, sorprendido por lo bien recreado que estaba el detalle, el color rosa pálido, los pliegues, todo ligeramente más pequeño que la realidad pero inquietantemente convincente.
Por el interior asomaba, lento y perezoso, un hilo de semen. La prueba evidente de que lo había usado hacía apenas un rato, seguramente bajo el agua, y de que con las prisas se le había olvidado allí pegado.
Me metí bajo el chorro caliente e intenté concentrarme en lo mío, en ducharme y ya está. Pero los ojos se me iban solos hacia aquel objeto a un palmo de mi cuerpo. Sin proponérmelo me puse a imaginar a Bruno minutos antes, en ese mismo sitio, usándolo, con el agua cayéndole por la espalda. La mezcla de curiosidad y morbo me fue calentando hasta ponérmela dura sin apenas darme cuenta.
No se comparte un juguete así. Por higiene, por respeto, porque es algo íntimo.
Lo sabía perfectamente. Me lo repetí un par de veces, como si repetirlo fuera a servir de algo. Y aun así no podía dejar de mirarlo, con esas ganas tontas y urgentes de probar qué se sentía.
Cerré los ojos un segundo y dejé que el agua me corriera por la nuca, intentando que la cabeza se enfriara aunque fuera un poco. No funcionó. Por más vueltas que le diera, la imagen volvía sola: aquel hueco rosado a un palmo de mí, brillante por dentro, esperando. Nunca había usado nada parecido. La curiosidad de saber, de comparar, de entender por qué hay quien prefiere esto a su propia mano, pesaba más que cualquier escrúpulo.
Me dije que sería solo un momento. Que probaría apenas un par de segundos, lo justo para quedarme tranquilo, y que después limpiaría todo y nadie se enteraría. La clase de mentira que uno se cuenta a sí mismo cuando ya ha decidido lo que va a hacer.
Saqué medio cuerpo de debajo del agua y me acerqué. En la repisa había un botecito de lubricante, pero no me pareció necesario: el interior seguía húmedo, todavía resbaladizo. Acerqué la punta y froté el glande contra aquella superficie. La textura me sorprendió de golpe, mucho más realista de lo que había imaginado, suave y firme a la vez.
Decidí no aguantar más las ganas. Empujé despacio, convencido de que aquel orificio era demasiado estrecho para mí, pero el material cedió como cedería una vagina, abrazándome y dejándome entrar con una facilidad que no esperaba.
La sensación fue inmediata y absorbente. Un apretón firme, como el de un cuerpo que todavía no está del todo dispuesto, pero que se deslizaba sin esfuerzo gracias al lubricante que conservaba dentro. Había algo más, un calor que no era el del agua, y que me costó un segundo entender que venía de él, de lo que había dejado allí. Esa idea, en lugar de frenarme, me encendió todavía más.
Lo mejor llegó cuando empecé a moverme. Por todo el interior había una serie de relieves, pequeños bultos que me masajeaban a cada paso, rozándome de una forma que ningún cuerpo real me había hecho sentir. No era igual, era distinto, y desde luego no tenía nada de qué quejarme.
Apoyé las dos manos en la pared, a ambos lados del juguete, y empecé a bombear con el ritmo lento de quien quiere enterarse de todo. La ventosa aguantaba mis embestidas mejor de lo que parecía capaz, apenas cediendo un poco contra los azulejos. La superficie ceñida me recibía y me soltaba, y al entrar sentía aquellos relieves apretarse contra la zona más sensible, justo bajo la punta.
Sin la presencia de unos muslos que frenaran el movimiento, la penetración era completa, absoluta. Cada empujón terminaba con el pubis y el resto chocando contra la silicona, sin nada que amortiguara la última pulgada. Era una gozada bestial, allí de pie, con el agua caliente resbalándome por la espalda y los hombros, follando un trozo de goma pegado a la pared.
Probé a cambiar el ritmo, a salir casi del todo y volver a entrar despacio, solo para sentir cómo aquellos relieves me recorrían centímetro a centímetro. Luego rápido, en una serie corta de embestidas que me arrancaban un jadeo que se confundía con el ruido del agua. El juguete respondía igual de bien a todo, sin cansarse, sin tensarse, simplemente recibiéndome. Entendí en ese momento la lógica del invento, el porqué de su fama.
Bajé la vista y me quedé mirando cómo entraba y salía, hipnotizado por la imagen. Había algo profundamente sucio en hacerlo así, a escondidas, con algo ajeno, en un baño todavía cargado del vapor de otro. Y esa misma sensación de estar haciendo justo lo que no debía era buena parte de lo que me tenía tan al límite.
No es que prefiriera eso a una mujer de verdad. Pero, en ausencia de una, el juguete resultaba un sustituto endiabladamente bueno.
Había algo casi inaugural en todo aquello. Sensaciones nuevas, intensas, como si de alguna manera estrenara algo, como si perdiera otra vez una virginidad que creía perdida hacía años. Y, como suele pasar la primera vez, supe pronto que no iba a durar demasiado.
Sentí el orgasmo acercándose por la base, ese cosquilleo que avisa con poco margen. Me dejé llevar del todo y empecé a moverme con más ansia, a follar —a masturbarme, mejor dicho— con una ferocidad que ya no controlaba. Ni se me pasó por la cabeza salir y terminar fuera. Aquel hueco invitaba a correrse dentro tanto como uno real, con la ventaja de que ahí no había consecuencia ninguna.
Pegué la frente a la pared mojada y embestí una última vez, fuerte, hasta el fondo. El orgasmo estalló por todo el cuerpo a la vez que lo soltaba dentro, en oleadas, entre espasmos que me doblaban las piernas. Gemí sin contenerme, alto, llenando el baño cerrado de un sonido que rebotaba en los azulejos. Por suerte no había nadie que pudiera oírme.
Tardé un rato en volver en mí. Cuando lo hice, todavía jadeando, eché el cuerpo hacia atrás y dejé que el agua caliente me cayera de pleno sobre la cara. Poco a poco lo que había dejado dentro empezó a asomar por el borde del juguete, igual que había hecho lo de Bruno minutos antes. Caía hilo abajo, se mezclaba con el agua de la ducha y se iba por el desagüe en una espiral pálida.
Y entonces, con el calentón ya apagado, llegó lo otro: la culpa. Una incomodidad sorda en el estómago. Acababa de usar algo que no era mío, algo de lo más privado, sin pedir permiso. Tenía que borrar cualquier rastro de lo que había hecho.
Metí los dedos dentro y traté de vaciar lo que había dejado para que él no lo encontrara más lleno de lo que lo recordaba. Era lo único que se me ocurría hacer. Lo enjuagué un poco con el agua, me limpié, y di la ducha por terminada con una sensación rara, mitad satisfacción, mitad vergüenza.
***
Más tarde, cuando Bruno volvió a casa y pasó por el baño, se acercó a mi cuarto con cara de circunstancias.
—Oye, perdona, que me dejé el cacharro en la ducha esta mañana —dijo, sin mirarme del todo a los ojos—. Con las prisas ni me acordé.
—No te preocupes, tío. Ni lo había notado —mentí, encogiéndome de hombros con toda la naturalidad que pude fingir.
Le quité importancia y ahí quedó la cosa. Nunca sabré si sospechó algo, si al recogerlo notó que no estaba exactamente como lo había dejado, o si simplemente le dio igual. Jamás dijo una palabra al respecto, y yo desde luego no pensaba sacar el tema.
Por mi parte, no volví a tocarlo nunca más. Entre otras cosas porque esa misma tarde, todavía con el recuerdo del baño fresco, me metí en internet y me compré uno para mí. Cómo no iba a hacerlo, después de aquello.