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Relatos Ardientes

Aquel fin de semana mi fantasía dejó de ser un juego

Me llamo Lorena y llevo doce años casada con un hombre al que todavía deseo como el primer día. No soy ninguna santa, pero tampoco una experta: en la cama soy bastante clásica, salvo cuando Mateo y yo nos ponemos a jugar. Entonces todo cambia.

Nuestro juego favorito siempre fue el mismo. Fingíamos ser dos desconocidos, cada uno con su papel, o nos contábamos al oído cosas que jamás haríamos. Y de tanto contarlas, una fantasía se me había clavado dentro: la de tener a otro hombre además de mi marido. Nunca lo dijimos en voz alta fuera de la cama. Pero cuando Mateo me preguntaba al oído si quería otra para mí, mi cuerpo respondía solo.

Él lo sabía. Y por eso, cuando nos regalaron dos noches de hotel y propuso escaparnos los dos solos, supe que aquel fin de semana iba a ser distinto.

***

El viaje fue una sola conversación, y la conversación era de una sola cosa. Recordábamos viejas noches, adelantábamos otras nuevas, y para cuando llegamos yo ya iba apretando los muslos en el asiento.

Subimos a la habitación, deshicimos las maletas y nos metimos juntos en la ducha. Mateo pasó la mano entre mis piernas, comprobó lo empapada que estaba y se llevó los dedos a la nariz.

—El fin de semana promete —murmuró—. Pero nada de tocarse todavía. Solo limpios y calientes.

Me enjabonó despacio, la espalda, las nalgas, los muslos, rozándome justo donde más lo necesitaba para luego apartarse. Me dejó al borde a propósito. Cuando salí, elegí lo que sabía que le gustaba: liguero, medias hasta medio muslo, un vestido negro corto y tacones. Sin más debajo de lo imprescindible.

—¿Te gusta? —pregunté girando sobre los tacones.

—¿Cómo no me va a gustar? —respondió, palpándome por encima de la tela.

***

Bajamos en taxi para poder beber algo. Mateo dejó caer la mano entre mis piernas durante todo el trayecto, subiéndome el vestido apenas un poco, acariciándome por encima de la última prenda mientras el taxista nos vigilaba de reojo por el retrovisor. No podía hacer nada. Solo recibir, callar y arder. Para cuando llegamos al restaurante, hacía rato que necesitaba correrme.

—No cenemos —le supliqué en la puerta—. Llévame de vuelta. No tengo hambre, tengo otra cosa.

—Tranquila. Primero cenamos. Cenar y jugar.

El sitio tenía la luz justa: íntima, baja, perfecta para hacer cosas que no debían hacerse en público. Pedimos una botella de champán y el camarero, que ya se había fijado en mi escote, se retiró.

—Creo que no le importaría perderse ahí dentro —dijo Mateo señalando con la mirada mi escote.

—Yo preferiría que se metiera debajo de la mesa —respondí, siguiéndole el juego.

Sonrió, metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y dejó algo sobre mi bajoplato. Dos bolas plateadas. Las escondí en el regazo justo cuando el camarero volvía a servir.

—¿Sabes para qué son? —preguntó cuando nos quedamos solos.

—Claro que lo sé.

—¿Y a qué esperas? El mantel es largo. No creo que te cueste mucho.

Aparté la tela, me hice un hueco y me las puse ahí mismo, sintiendo cómo mis propios dedos salían húmedos. Cada movimiento mío en la silla las hacía rodar dentro de mí. Mateo me miraba beber el champán como si estuviera leyéndome la mente.

—Tengo otra idea —dijo—. Ve al baño y quítate lo que te queda. Date un paseo así, con tus amigas dentro.

Me levanté. Crucé el salón notando alguna mirada furtiva, sintiéndolas moverse a cada paso, y volví sin nada bajo el vestido. Al sentarme, entreabrí las piernas para que viera lo que había dejado en el baño.

—¿Te gusta? —pregunté.

—Me encanta. Y ese brillo te delata.

***

Fue entonces cuando lo noté. En una mesa cercana, un hombre solo nos observaba. No sabía si era mi escote o si había adivinado nuestro juego, pero la idea de que alguien sospechara me encendió todavía más. Cuando me pongo así, tengo algo de exhibicionista, y no me molestó nada.

Pedimos la cuenta. El camarero volvió diciendo que aquel señor nos invitaba a una copa. La aceptamos. Y entre el champán, el vino y el calentón de horas, no me pareció ninguna locura cuando Mateo le hizo una seña para que se acercara.

Se llamaba Andrés. No estaba nada mal, y al sentarse traía consigo algo que parecía prometer.

—¿Qué te ha hecho invitarnos? —pregunté sin rodeos.

—No os ofendáis. Os he visto jugar y he pensado que quizá os fuera útil.

—¿Útil? —masculló Mateo.

—Como un juguete más. De carne y hueso. Vosotros decidís el uso que le dais. Llego hasta donde me pidáis y me voy cuando queráis. Mandáis vosotros.

Mi cabeza giraba a toda velocidad. Era exactamente lo que llevaba años imaginando, servido en bandeja: educado, con experiencia, dispuesto a desaparecer si algo no me cuadraba. Mi marido me miró.

—Puedes comprobarlo, cariño. Para salir de dudas.

Acerqué la mano por debajo del mantel y palpé. No me engañaba: no estaba nada mal. Mientras tanto, Mateo me acariciaba el muslo y yo ya no era dueña de gran cosa.

—Danos tu teléfono —dijo Mateo—. Nos vamos al hotel y, si lo hablamos y nos parece, te llamamos en cinco minutos.

—Me parece justo —respondió Andrés—. No me esperabais.

***

En el taxi de vuelta no hubo mucho que hablar.

—¿Qué opinas? —preguntó Mateo con la mano otra vez entre mis piernas.

—Que me apetece. Pero llevo yo el control. Si algo no me gusta, se acaba.

—Por mí, perfecto. Estoy acostumbrado a que mandes.

En el ascensor me subió el vestido y me acarició hasta el último piso. Ya en la habitación, llamó. Apenas colgó, me tumbó en la cama y empezó a besarme, metiéndome una pierna entre las mías, frotándola justo donde él sabía. Sonó la puerta antes de lo que esperaba.

Andrés apareció con una botella y tres copas. Brindamos. Y entonces me puse de pie.

—Sentaos los dos en la cama —dije con una voz que no reconocía como mía—. Disfrutad del espectáculo.

Dejé caer el vestido al suelo. Me quedé con los tacones, las medias, el liguero y el sujetador que apenas cubría nada. Me acaricié los pechos, los pezones, subí un pie a una silla y dejé que mis dedos bajaran solos. Los dos me miraban como si no dieran crédito, y esa mirada me gustaba tanto como el resto.

—Ven, Andrés —ordené—. Sácame las bolas. Despacio.

Se arrodilló delante de mí y tiró del cordón con un cuidado que me hizo temblar. La primera, la segunda. Tener a un desconocido ahí abajo, hurgando en mí mientras mi marido se tocaba sentado en el borde, era más de lo que mi fantasía había alcanzado a imaginar.

—¿Te gusta lo que ves? —le pregunté con descaro.

—Mucho.

—Pues pruébalo.

Lo cogí de la nuca y lo acerqué. Su lengua me arrancó un espasmo, luego otro, y no tardé en correrme con las piernas temblando. Pero seguía con ganas. Empujé a Mateo sobre la cama, le di la espalda y me senté encima, hundiéndolo en mí de una vez.

—Ahora tú —le dije a Andrés, buscándolo con la boca.

Lo que tantas veces había susurrado en la oscuridad estaba pasando de verdad: uno dentro, el otro entre mis labios, los dos a la vez. Mientras cabalgaba a mi marido, le pedí a Andrés que me acariciara con los dedos y todo explotó otra vez, un temblor que me recorrió de las rodillas a la nuca.

—No paréis —alcancé a balbucear—. Por favor, no paréis.

Cambiamos de postura. Andrés se tumbó, yo me subí encima y me lo metí poco a poco, porque era demasiado para tomarlo de golpe, mientras Mateo se acomodaba detrás de mí. Sentir a uno y luego al otro, los dos moviéndose a la vez, fue perder por completo la cuenta de dónde terminaba yo. Me corrí cuando los sentí correrse, primero mi marido, después el desconocido, y ya no supe si lloraba o gemía.

Nos quedamos los tres deshechos unos minutos. Luego Andrés se vistió.

—Ha sido un placer —dijo, y se marchó sin más, tal como había prometido.

Me dormí casi al instante, vacía y entera al mismo tiempo, más satisfecha que nunca. Noté a Mateo acurrucarse contra mi espalda, los dos cuerpos desnudos encajando como siempre lo hacen.

***

A la mañana siguiente me desperté con el recuerdo intacto y eso bastó para encenderme de nuevo. Bajé hasta su miembro con la boca antes de que abriera los ojos. Se despertó acariciándome, y lo que vino después no tuvo nada de juego ni de desconocidos: fue solo nuestro, lento, íntimo, los dos entregados hasta corrernos a la vez.

—Después de tanto ejercicio necesito reponer fuerzas —reí, dándole un beso antes de la ducha.

Pasamos la mañana paseando, viendo escaparates, hablando poco, todavía flotando. En recepción, de vuelta, me detuve a mirar los folletos del hotel. Uno ofrecía una sesión de masaje en pareja: media hora, sensual, guiado.

—Lo apunto —dijo Mateo cogiendo el folleto—. Por si acaso.

***

Llamó por la tarde y reservó. La sala olía a incienso, la luz venía de unas velas y el suelo era de madera. La masajista, una chica de aspecto sereno con bata blanca, nos recibió con voz dulce.

—¿Habéis hecho esto antes?

—Nunca —me adelanté.

—Es un masaje pensado para estrechar el vínculo de la pareja. Tiene que ser muy sensual. Lo ideal es desnudez por las dos partes, pero aquí es opcional. ¿Quién lo recibe?

—Yo.

Salió a buscar los aceites. En cuanto cerró la puerta, Mateo me miró con esa sonrisa.

—Querías masaje. Pues hasta el final: nos desnudamos.

—¿Los dos?

—No, cariño. Los tres.

Volvió ella y, como si lo hubiera adivinado, preguntó si así lo haríamos. Los tres. Me subí a la camilla boca abajo y empezó. Me colocó unas piedras frías a lo largo de la columna, untó mis brazos de aceite y comenzó a trabajarme una mano. Al poco sentí lo mismo en la otra: Mateo la imitaba, guiado por las señas de ella. Cuatro manos dibujándome los costados, de arriba abajo, sin que yo tuviera que hacer ni decir nada.

Cambió las piedras frías por otras calientes y un calor profundo me recorrió la espalda. Bajó por mis piernas, y al llegar detrás de la rodilla las manos se dividieron: una por la cara interna del muslo, subiendo hasta rozarme, la otra por fuera. Las de Mateo hacían lo mismo en la otra pierna. Cada vez con más frecuencia, las dos manos interiores se encontraban justo donde yo más ardía, demorándose en algo que ya no era un roce.

—Date la vuelta —dijo ella con esa voz tranquila.

Boca arriba, me cubrió los ojos con un paño tibio. Apoyó una piedra caliente y pesada justo encima del clítoris y empezó a masajearme desde los hombros hasta el vientre, deteniéndose en los pechos. Mateo se ocupaba del otro lado. Cada vez que sus manos bajaban, la piedra se movía apenas, y aquel peso tibio me iba masturbando despacio, sin que nadie lo dijera en voz alta. Estuve a punto de correrme más de una vez, conteniéndome solo por vergüenza, mordiéndome el labio bajo el paño.

—Se acabó la sesión —anunció ella, retirando la piedra. Al hacerlo, juraría que sus dedos me rozaron a propósito.

Abrí los ojos. Se estaba poniendo la bata. Mi marido seguía desnudo y evidentemente excitado.

—Hay más placer en dar que en recibir —dijo ella desde la puerta—. No lo olvides nunca.

Y se marchó.

—¿Te ha gustado? —preguntó Mateo.

—¿Que si me ha gustado? No me he corrido de milagro. He estado en el cielo.

Subimos a la habitación con todo el fin de semana por delante y yo con una certeza nueva: aquella fantasía que tantos años había vivido solo en mi cabeza ya no era una fantasía. Y a Mateo, por la sonrisa que traía, le quedaban ideas de sobra para lo que faltaba.

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Comentarios (6)

Gustavo_Cba

tremendo relato!!! me dejo sin palabras

Sonia_Reyes

Me recordo a una charla que tuve con mi pareja hace un tiempo. Estas historias te hacen pensar en lo que uno no se anima a decir en voz alta

pabloMdz22

Por favor seguí con esto, me quede con ganas de saber como termina todo

lectorcurioso99

Lo que mas me gusto es el ritmo, se siente que la tension va subiendo de a poco. Bien logrado

DarkReader_22

excelente, muy bien escrito!!

ClaraRio

jaja la escena del restaurante me mato, imaginate la cara del mozo

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