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Relatos Ardientes

Mi cita a ciegas me esperaba en el parque al amanecer

Pocas veces había salido de casa con tanto nervio en el cuerpo. Era pleno verano y, aunque todavía no eran ni las siete de la mañana, el sol ya prometía un día que iba a derretir el asfalto. El aire estaba quieto, pesado, con ese olor a tierra húmeda que deja el riego automático de los jardines antes de que despierte la ciudad.

A mi cita solo la conocía por su nombre de usuario: «elsur82». Habíamos hablado durante semanas sin enseñarnos la cara, y entre tanto mensaje a deshora se nos había ocurrido un juego. La regla era simple: él tenía que encontrarme. Estar en el momento justo, en el lugar exacto, y si me reconocía, debía ser él quien me parara y me saludara.

Por suerte para él, le había dado una pista difícil de fallar. A esa hora había varias chicas corriendo por el sendero del río, pero solo una llevaba mallas de un azul eléctrico imposible de pasar por alto. Yo.

A la altura del segundo puente, justo donde el camino se mete entre los árboles, alguien aceleró el paso detrás de mí.

—Hola, Marina. Soy yo. Te he encontrado —dijo, con la respiración un poco agitada.

Me detuve en seco y me giré a mirarlo. Parece que la cita a ciegas iba a salir bien después de todo. Era guapo de una manera serena, sin esfuerzo: buen porte, una sonrisa tranquila y una de esas caras que te dicen, sin que sepas por qué, que puedes confiar. Sé que la sensación fue mutua por la forma en que me miró. Y, evidentemente, las mallas captaron buena parte de su atención.

—¿Qué tal? ¿Llevas mucho esperando? —preguntó.

—Si no me hubieras encontrado, te diría que sí. Pero como me has encontrado, ha merecido la pena.

Me gustó su respuesta. Nos saludamos con dos besos y me permití el detalle de alargarlo con un abrazo de más. Fueron apenas un par de segundos, pero estoy convencida de que, de haber durado un poco más, habría notado algo duro presionándome contra la cadera.

—Estoy algo nerviosa, ¿tú no? —dije, sin saber muy bien dónde poner las manos.

—También. Es la primera vez que quedo así, y la verdad es que eres mucho más guapa y mucho más sexy de lo que me había imaginado.

Dejé que me mirara bien. Di una vuelta lenta sobre mí misma para que me contemplara entera, sintiendo cómo su mirada me recorría como un masaje que arrancaba en la nuca y bajaba sin prisa. Lo agradecí más de lo que él podía imaginar.

Pero el reloj jugaba en mi contra. Me había encontrado algo tarde y yo no podía entretenerme demasiado.

—Gracias por los piropos, de verdad, pero te voy a tener que pedir que vayamos al grano. Se me hace tarde y todavía tengo que ducharme antes de entrar a trabajar.

—No te preocupes —dijo, con caballerosidad—. Podemos solo charlar un rato y vernos otro día con más calma.

—Ni hablar —respondí, cogiéndolo de la mano y obligándolo a caminar a mi lado. Lo llevé hacia un recodo donde los árboles formaban una pequeña pantalla verde, lejos de la vista de los pocos corredores que pasaban—. Hicimos una apuesta, y pienso cumplirla.

***

Una vez fuera del alcance de las miradas ajenas, me planté delante de él. En su entrepierna ya se adivinaba un bulto que tensaba la tela del pantalón corto, como si algo quisiera abrirse paso hacia fuera. No pude evitar mirarlo, y como el tiempo apremiaba, decidí saltarme los rodeos: aflojé el cordón de su pantalón, bajé la goma de la cintura y dejé que su erección saludara al aire de la mañana.

—Creo que se alegra de verme —dije.

—A mí también me gusta lo que veo —contestó él, sin apartar los ojos de mí.

Rodeé con la mano la punta, un saludo breve antes de pasar a lo siguiente. Estaba caliente, firme, latiendo contra mis dedos. Me bajé las mallas hasta las rodillas e intenté romper el tanga de un tirón. Cuando había imaginado este momento en la cama, semanas atrás, pensé que sería sencillo; en la práctica, la ropa interior es más resistente de lo que una cree. Por fortuna para los dos, a él le sobraban fuerza y ganas de jugar.

—¿Me dejas? —dijo. Enganchó la tela con dos dedos y, de un movimiento seco hacia arriba, la rasgó. Se quedó la prenda en la mano, mirándola como un trofeo.

—Por lo que apostamos, esto me lo quedo de recuerdo, ¿verdad? —preguntó, sin poder despegar la vista de mi sexo ya desnudo.

—Correcto. El tanga te lo llevas de regalo.

—¿Y ahora qué me dejarías hacer? —quiso saber, con la voz un poco más ronca.

—De momento, para ir entrando en calor, no me vendrían mal unos primeros besos.

Me acerqué a él sabiendo que, antes o después, mi pubis acabaría rozándose con su erección. No me importaba a mí, y a él tampoco; se le notaban las ganas de hundirse dentro de mí. Pero el juego lo dirigía yo, y todavía no era el momento.

Cuando nuestros labios se acercaron al punto exacto en que iban a fundirse, mi cuerpo recolocó su pene hacia arriba, dejándolo a la espera, atrapado contra mi vientre, lejos por ahora de cualquier zona más húmeda.

Sus labios encontraron los míos y empezaron un baile lento, de esos en los que se masca una impaciencia que cuesta contener. Esa fricción, ese roce, hizo que en algún momento las bocas se abrieran para dejar salir a pasear las lenguas. Juguetonas, en movimiento, se enredaron mientras las dos respiraciones se iban acelerando.

Sus manos se deslizaban arriba y abajo, de mis muslos a mis nalgas y de vuelta. Una de las mías le sujetaba la nuca para que no se apartara; la otra bajó, curiosa, a buscar aquello duro y palpitante que pedía atención a gritos.

—Elige una letra: ¿C o R? —dije, haciendo una pausa entre besos.

—R —respondió, volviendo enseguida a mi boca.

—Vale —apenas pude añadir nada más, con él devorándome los labios.

Risueña, divertida, dejé de acariciarlo. Dejé de atraerlo hacia mí y lo empujé unos centímetros hacia atrás para mirarlo a la cara, mordiéndome el labio inferior. Mientras él me observaba sin entender, me subí de nuevo las mallas, tapando lo que un segundo antes le había estado ofreciendo.

—¿Debería haber dicho la C? —preguntó, al verme cubierta otra vez.

—La C era la primera letra de la palabra «chupar» —dije, asegurándome de que la licra quedaba tan ajustada que dibujaba la forma de mis labios bajo la tela fina.

—Vaya… ¿y la R?

—La R es de «rozar».

Dicho esto, volví a pegarme a él. Separé un poco las piernas y, con la mano, sujeté con firmeza su erección para colocarla recta, apuntando hacia arriba, entre mis muslos. Entonces cerré las piernas y lo dejé prisionero ahí, inmóvil, notando su dureza contra la tela y contra mi sexo.

—Sigue besándome —le ordené en voz baja, mientras empezaba a mover la cintura hacia adelante y hacia atrás, masturbándolo con el vaivén de todo mi cuerpo.

Su erección se puso tan potente que ni siquiera la licra impedía que el movimiento me separara los labios. Sentía su firmeza abriéndose paso por la tela que, de no ser yo quien controlaba el ritmo, seguramente habría cedido con un desgarrón ante tanta presión.

Las pausas breves que hacía para mirarlo a los ojos me confirmaban que lo estaba disfrutando tanto como yo. Cada vez que volvía a juntar mi boca con la suya, nuestras lenguas retomaban el baile como si llevaran años esperándolo.

Sus manos empezaron a pasearse libres por encima de los leggins, masajeándome las nalgas con las palmas bien abiertas, adaptándose a mi balanceo sin intentar cambiarlo. Cuando una mano bajaba hacia un muslo, la otra se aseguraba de mantenerme firme. Mano arriba, mano abajo, su masaje no hizo más que provocar lo inevitable: la tela azul empezó a humedecerse.

Mi excitación crecía a cada empujón. Sabía que, de seguir así, no tardaríamos en corrernos, y deseaba con todas mis fuerzas que lo hiciéramos a la vez.

Él notaba mi humedad de la misma forma que yo sentía, entre los muslos, los primeros espasmos avisando. Los dos estábamos al borde, conteniéndonos a propósito para estirar el momento un poco más.

—Estoy a punto de correrme —dijo, frenando los besos apenas un segundo—. ¿Dónde te lo echo?

—Aquí no pares —jadeé—. Déjalo donde está. Quiero notarlo contra la tela.

No hizo falta que insistiera. Aceleré el vaivén de mi cintura, apretando los muslos en torno a su erección hasta que sentí cómo todo su cuerpo se tensaba. Sus dedos se clavaron en mis nalgas, su frente cayó sobre mi hombro, y entonces noté el primer latigazo cálido empapando la licra entre mis piernas, una vez y otra, mientras él ahogaba un gemido contra mi cuello.

Esa humedad repentina, ese pulso descontrolado atrapado contra mi sexo, fue lo que me empujó a mí por el borde. Me agarré a su nuca, dejé de pensar y me dejé ir, temblando contra él, con la respiración rota y un calor recorriéndome desde el vientre hasta la punta de los dedos. Me corrí en silencio, mordiéndole el hombro para no gritar y delatarnos ante el parque que empezaba a llenarse.

Nos quedamos así unos segundos, abrazados, recuperando el aliento, sin atrevernos del todo a separarnos. El sol ya pegaba fuerte entre las ramas y, a lo lejos, se oían las pisadas de otros corredores acercándose por el sendero.

—Esto no me lo esperaba —murmuró él, todavía con la voz entrecortada.

—Era una apuesta —dije, apartándome con una sonrisa y subiéndome del todo las mallas, ahora con una mancha húmeda que tendría que disimular hasta llegar a casa—. Y yo siempre cumplo lo que apuesto.

Se subió el pantalón, se guardó mi tanga en el bolsillo como había prometido, y me miró con una mezcla de incredulidad y deseo que me dijo, sin palabras, que aquello no iba a quedar en una sola mañana.

—¿La próxima vez elijo yo la letra? —preguntó.

—La próxima vez —respondí, dándole un último beso— invento un juego nuevo.

Me alejé corriendo hacia la salida del parque, con el corazón todavía acelerado y la certeza de que llegaría tarde al trabajo. No me importó lo más mínimo. A veces, una fantasía guardada durante semanas merece llegar tarde a todo lo demás.

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Comentarios (6)

PatoBA_lect

Genial!!! me encanto desde el primer parrafo. Sigue subiendo!

NadiaV

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de saber como siguio todo despues del parque

LucasBsAs

Me recordo algo que me paso hace años, esa sensacion de incertidumbre antes de conocer a alguien desconocido. Muy bien descripto.

GustavoMdP

tremendo, me gusto mucho!!

MarisolG

La tension del amanecer esta muy bien lograda. Se siente la adrenalina de no saber exactamente con quien te vas a encontrar ni como va a reaccionar.

SantiEscalante

jaja las mallas azules como seña de reconocimiento me parecio super original, que situacion mas particular!

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