Esa noche, al volver a casa, tomé yo el control
El coche cruzaba las calles de Sevilla en silencio. Andrés conducía concentrado, las manos firmes en el volante. Yo miraba por la ventanilla cómo las luces pasaban borrosas, naranjas y blancas mezclándose en la oscuridad.
Ha pasado de verdad.
Pilar y Gabriel caminando hacia su casa de la mano. Nosotros volviendo a la nuestra. Todo terminado. O quizá todo empezando.
Sentía el cansancio en los huesos, pero no era el que te vacía. Era el de haber hecho algo importante, de haber usado el cuerpo y la mente hasta el límite y haber llegado al otro lado. Y algo más. Un calor bajo, persistente, que no se apagaba.
Andrés me miró de reojo.
—¿Estás bien? —preguntó con voz suave.
—Sí —dije, y era verdad—. ¿Y tú?
—También.
Volvió la vista a la carretera. Su perfil iluminado a intervalos por las farolas. Veintidós años mirando ese perfil, y ahora era como verlo por primera vez en mucho tiempo. Alargué la mano y la puse sobre su muslo. Más arriba de lo normal.
—Beatriz... —susurró.
—Sigue conduciendo —dije, tranquila.
Subí la mano hasta su entrepierna. Estaba medio duro ya. Apreté despacio y él soltó el aire entre dientes.
—Concéntrate en la carretera —añadí, mientras lo frotaba por encima del vaquero.
Andrés agarró el volante con las dos manos. Los nudillos blancos. Seguía conduciendo, pero su respiración se había acelerado. Le desabroché el botón, bajé la cremallera con un sonido metálico que llenó el coche y metí la mano. El calor de su polla dura contra mi palma. La saqué, ahí, mientras él conducía.
Empecé a masturbarle despacio. Firme. Apretando un poco más al llegar al glande.
—Joder, Beatriz... —jadeó. El coche dio un pequeño bandazo y él corrigió enseguida.
—Concéntrate —repetí.
Aceleré el ritmo. Sentía su cuerpo entero tenso, las caderas empujando sin querer contra mi mano.
—Me voy a... voy a correrme...
—No —dije—. Todavía no.
Y justo cuando lo noté hincharse, a segundos del final, me detuve. Solté su polla, aparté la mano. Andrés me miró un instante con los ojos enormes, desesperados.
—Beatriz, estaba a punto...
—Lo sé —sonreí—. Guárdalo para casa.
Me llevé los dedos a la boca y los chupé despacio. Él apretó la mandíbula.
—Eres mala —jadeó.
—Soy cariñosa —corregí—. Cuando lleguemos, vas a follarme tan fuerte que mañana no podré andar. Pero ahora, métetela. No puedes llegar al portal así.
Obedeció con manos temblorosas.
***
Bajamos del coche. Andrés caminaba incómodo, tenso, mientras yo sonreía con el aire fresco de la noche en la cara. En el ascensor me pegué a su espalda y le pasé las manos por el torso hasta agarrarle por encima del pantalón.
—No te muevas —susurré en su oído.
—Beatriz...
—Quieto. Cuando entremos, vas a hacer exactamente lo que yo te diga. ¿Entendido?
—Sí —jadeó.
Aparté la mano justo cuando se abrieron las puertas. Llegamos a la puerta, sacó las llaves casi sin acertar, y en cuanto cerró detrás de nosotros me empujó contra la pared del pasillo.
—Joder, Beatriz, necesito...
—Sé lo que necesitas —dije.
Su boca bajó a mi cuello, urgente. Me quité la camiseta y el sujetador, y él se agachó a mis pechos, chupando con hambre mientras yo le sacaba la polla otra vez y lo masturbaba firme. Entonces algo cambió en él. Me miró con ojos salvajes. Ya no solo desesperado: necesidad pura.
—No puedo más —gruñó.
Me giró bruscamente. El pecho contra la pared, sus manos en mis caderas.
—Necesito follarte. Ahora.
Y no lo detuve.
—Pues fóllame —jadeé.
Me bajó el pantalón y las bragas de un tirón hasta los muslos. Me incliné, apoyé las manos en la pared y saqué el culo hacia atrás, ofreciéndome. Una mano en mi cadera, la otra guiándose, y me penetró de una sola embestida hasta el fondo.
Grité. Medio dolor, medio placer. Estaba mojada pero no preparada, y la entrada fue violenta.
—Más fuerte —jadeé—. Fóllame más fuerte.
Andrés gruñó y aceleró. Sus caderas chocando contra mí, sus dedos clavándose en mi piel. El sonido húmedo de cada embestida llenaba el pasillo.
—Azótame —pedí—. Dame un azote.
Dudó un segundo. Luego su mano golpeó mi nalga. El escozor se extendió y gemí más fuerte.
—Otra vez. Más fuerte.
Otro azote. Y otro. Mi culo ardiendo, cada golpe empujándome más contra él.
—Me voy a correr —jadeó.
—Hazlo. Córrete dentro.
Se tensó, me clavó hasta el fondo una última vez y se quedó ahí. Sentí su polla latir y el calor llenándome. Se desplomó contra mi espalda, temblando.
—Perdona —susurró—. He sido muy brusco...
—No te disculpes. Ha sido perfecto.
Se separó despacio y noté el semen bajando por mi muslo. Me giré, lo agarré de la polla, todavía blanda, y tiré de él.
—Ven.
***
En el dormitorio le puse las manos en el pecho y empujé. Cayó de espaldas sobre la cama. Se quitó el pantalón a trompicones y se quedó tumbado, desnudo, esperando. Yo me quité lo que me quedaba enredado en los tobillos.
—Sabes lo que vas a hacer ahora, ¿verdad? —dije.
Miró mi sexo, el semen brillando en mis muslos, y entendió.
—Voy a limpiarte —susurró.
—Todo lo que has manchado.
Me subí a la cama, una rodilla a cada lado de su cabeza, y bajé. Su lengua me recibió de inmediato, lamiendo, entrando, sacando lo que él mismo había dejado dentro. Me agarré al cabecero con una mano y con la otra le sujeté el pelo, guiándolo.
—Más profundo —ordené.
Empecé a moverme contra su boca, arrastrando mi sexo desde su barbilla hasta su frente, usándolo. Su nariz rozaba mi clítoris con cada vaivén.
—Ahí —jadeé—. El clítoris. Chúpalo.
Lo metió entre los labios y succionó, suave primero, más fuerte cuando le presioné la cabeza. Sentí el orgasmo construyéndose, rápido, intenso.
—No pares...
Me corrí gritando, las caderas empujando contra su cara, el placer atravesándome en oleadas. Él no paró hasta que terminé. Cuando levanté las caderas y miré hacia abajo, tenía la cara empapada y brillante, y los ojos clavados en mí con una mezcla de adoración y necesidad.
—Buen chico —susurré.
Y vi cómo su polla, que había quedado blanda, empezaba a endurecerse otra vez.
Me bajé de la cama y fui a la mesita. Saqué el bote de lubricante, un pequeño vibrador y el arnés con el dildo que había usado esa noche. Volví.
—Date la vuelta —dije.
Andrés obedeció. Quedó boca abajo, el culo expuesto. Me arrodillé entre sus piernas, le separé las nalgas y bajé la cabeza. Lamí. Despacio, mojándolo con saliva, sintiendo cómo se estremecía.
—Relájate —murmuré contra su piel—. Déjame.
Soltó el aire y noté sus músculos ceder. Presioné con la punta de la lengua, entrando apenas, y él gimió y empujó hacia atrás, buscando más. Cuando estuvo bien mojado, eché lubricante en mis dedos y deslicé el índice. Entró fácil esta vez. Busqué ese punto que lo volvía loco y, cuando lo encontré, todo su cuerpo se tensó.
—Ahí —dije—. ¿Verdad?
—Sí... joder, sí.
Lo froté con la yema, círculos lentos, y él empujaba el culo hacia atrás pidiendo más. Añadí un segundo dedo, despacio, estirándolo. Su polla estaba completamente dura otra vez, atrapada contra la cama, goteando.
—Mírate —susurré—. Ya estás duro otra vez.
Saqué los dedos, unté el vibrador y lo empujé centímetro a centímetro hasta el fondo. Luego lo encendí. Andrés gritó, el cuerpo convulsionando, las manos destrozando las sábanas.
—Me voy a correr así...
—Todavía no —dije, y lo apagué.
Lo retiré despacio. Su entrada quedó abierta, dilatada, preparada. Me puse el arnés, ajusté las tiras a las caderas y unté el dildo generosamente. Andrés giró la cabeza, lo vio y abrió los ojos.
—Shhh —dije—. Vas a poder. Ya estás listo.
Me arrodillé detrás de él, guié la punta a su entrada y empujé.
—Respira. Relájate para mí.
Entró despacio, con más resistencia que el vibrador, pero su cuerpo estaba abierto, dispuesto. Centímetro a centímetro, hasta que el arnés presionó contra su culo. Me quedé quieta, dejándole sentir.
—Es demasiado... —gimió.
—No lo es. Lo estás tomando todo. Mírate.
—¿Quieres que me mueva? —pregunté.
—Sí... por favor.
Saqué casi todo y volví a empujar, profundo. Empecé despacio, embestidas largas y constantes, las manos en sus caderas. Luego más rápido, más duras, el arnés chocando contra él.
—Más fuerte —pedía—. Por favor.
Le empujé el torso contra la cama, el culo levantado, completamente entregado, y aceleré sin piedad. Levanté la mano y le di un azote. Y otro. Su piel enrojeciéndose bajo mis marcas.
—Me voy a correr —jadeó—. Nunca he... sin tocarme...
—Sí puedes. Córrete con mi polla dentro.
Le di tres embestidas finales, brutales, clavándolo contra el colchón. Andrés se corrió gritando, el cuerpo entero convulsionando, disparando sobre las sábanas sin que nadie lo tocara, chorro tras chorro. Seguí moviéndome despacio a través de su orgasmo, alargándolo, hasta que se desplomó temblando.
Saqué el dildo con cuidado, me quité el arnés y me tumbé a su lado. Le acaricié la espalda en círculos suaves.
—Buen chico —susurré—. Lo has hecho muy bien.
Giró la cabeza hacia mí, los ojos vidriosos, perdidos, felices.
—Eso ha sido... —no terminó.
—Lo sé —sonreí.
Se giró, me abrazó y me besó, suave, lento, con amor.
—Te quiero —murmuró.
—Yo también.
***
El agua caliente caía sobre nosotros. Vapor llenando el baño. Andrés detrás de mí, enjabonándome la espalda con cuidado. Sin urgencia, sin hambre. Solo cuidado. Cerré los ojos y dejé que el agua se llevara el sudor y el cansancio, pero no el recuerdo. Eso se quedaba.
—Ha sido increíble —susurró—. Esta noche... tú... nosotros...
—Sí —dije, y me quedé callada, porque no sabía cómo terminar la frase. Había sido más que increíble. Transformador. Como si cada vez que hacíamos el amor algo más se abriera dentro de mí.
—¿En qué piensas? —preguntó, acariciándome el pelo mojado.
—En Pilar. Y en Gabriel. En lo que hicimos por ellos. Los ayudamos a los dos. Ella está libre ahora, y él encontró lo que necesitaba. Y me hace sentir... útil. Como si hubiera hecho algo importante.
Levanté la cabeza y lo miré.
—Quiero hacer más. No sé explicarlo, pero siento que puedo ayudar a más gente. He pensado en apuntarme a un curso. De auxiliar de ayuda a domicilio, algo así. Cuidar a personas mayores, a gente que está sola, que necesita que alguien las vea de verdad.
Las palabras salían solas, como si llevaran tiempo esperando.
—Y quizá después montar algo pequeño. Una agencia de cuidados. Profesional, pero con cariño. ¿Tiene sentido?
Andrés me apartó el pelo de la cara y sonrió.
—Tiene todo el sentido del mundo. Ves a la gente como nadie. Lo vi con Pilar: cómo la escuchaste, cómo la ayudaste a encontrar su fuerza.
—¿Me apoyarías? Apuntarme a un curso a los cincuenta y dos, volver a estudiar...
—Te apoyo en todo. Siempre. Y podría echarte una mano con la parte técnica, los sistemas. Tengo contactos. Esto podría ser algo grande, y quiero formar parte de ello. Contigo.
Me abrazó más fuerte bajo el agua, y yo me aferré a él.
No sé por qué siento esto. Por qué esta necesidad de ayudar. Pero es fuerte, casi como si fuera lo que debo hacer. Como si lo hubiera estado esperando toda mi vida.
—Mañana busco cursos —dije contra su pecho—. Y empiezo.
—Mañana —confirmó.
Nos secamos y nos metimos en la cama, con sábanas limpias y un futuro que de repente se veía más grande. Me dormí en sus brazos con una sonrisa y una paz que no había sentido en años.
***
Abrí los ojos con el sol de media mañana entrando por las cortinas. Sábado. Andrés seguía dormido, tranquilo. Me estiré con cuidado de no despertarle. El cuerpo agradablemente dolorido, los músculos cansados, pero todo bien.
Cuando volví del baño, él me miraba desde la cama con una sonrisa perezosa.
—Buenos días —dijo con voz ronca.
Me metí de nuevo bajo las sábanas y nos quedamos abrazados un rato.
—Deberíamos ir a ver a Pilar y a Gabriel —dije al fin—. Necesito saber que están bien. Que lo de anoche no quedó solo en la euforia del momento.
—¿Hoy? —preguntó.
—Déjame escribirle.
Cogí el móvil. «Pilar, buenos días. ¿Cómo estáis? ¿Podemos pasar a veros un rato?» La respuesta llegó casi inmediata: «¡Beatriz! Sí, por favor, venid. Gabriel está haciendo la comida. ¿Sobre la una?»
Le mostré el mensaje a Andrés, que sonrió.
—Las cosas han cambiado —dije.
—Completamente.
***
A la una menos diez subimos al piso de arriba. Pilar abrió antes de que termináramos de llamar, con una sonrisa enorme y un vestido coral de escote generoso. Nos abrazó a los dos y nos hizo pasar. El piso olía a comida casera.
—Gabriel está hecho un chef últimamente —dijo guiándonos al salón, donde la mesa estaba puesta para cuatro.
Gabriel apareció con un delantal, sonriendo. Nos dio dos besos a cada uno.
—Pollo guisado y patatas al horno —anunció—. Lo típico de mi madre.
Nos sentamos. Repartió cervezas y charlamos de cosas sueltas: el tiempo, los vecinos, unas obras en el edificio. Había complicidad entre ellos, algo cómodo, nuevo.
Al rato Gabriel se levantó a terminar de preparar la comida y Andrés se ofreció a ayudarle. Antes de irse a la cocina me sostuvo la mirada y sonrió. Pilar y yo nos quedamos solas. A través del paso de la cocina los veía moverse, hablando en voz baja.
—Qué bien se les ve juntos —comentó Pilar, recostándose en el sofá.
—Se nota que hay química.
—La hay —bajó la voz, aunque no podían oírnos—. Anoche, cuando llegamos a casa, esperaba que estuviera raro, avergonzado. Pero no. Me cogió de la mano, me llevó al dormitorio y me folló de verdad. No como antes, mecánico. Me besó hasta dejarme sin aliento, me tocó como si mi cuerpo fuera precioso.
Sentí calor en el pecho.
—Cuéntame más —pedí.
—Después bajó sin que yo le dijera nada y me comió media hora. Me hizo correrme tres veces, y entre orgasmo y orgasmo me decía que me deseaba. Esta mañana me desperté con su lengua otra vez. Y todo esto es gracias a vosotros.
Mi respiración se había acelerado. Ella lo notó y sonrió más.
—¿Sabes lo que me calienta? —susurró—. Verlos a ellos. Juntos. Saber lo que hacen.
—A mí también —admití.
Nos quedamos mirándonos, las dos con la respiración alterada, hasta que ellos volvieron con las bandejas humeantes.
—Aquí está —dijo Gabriel sirviendo—. Espero que guste.
Estaba buenísimo, y se lo dijimos. Él se sonrojó de placer. Comimos, y la conversación empezó normal —trabajo, planes—, pero la energía había cambiado.
Andrés me rozó la pierna bajo la mesa. Casual. Pero su mano se quedó ahí, subiendo despacio por mi muslo. Lo miré y él me sostuvo la mirada. Mientras tanto, Pilar se inclinaba hacia delante y Gabriel no podía despegar los ojos de su escote.
—¿Tenéis calor? —preguntó ella, abanicándose. Sin esperar respuesta, se desabrochó un botón más. La curva de sus pechos quedó a la vista.
La mano de Andrés llegó bajo mi falda, apartó la tela y me tocó directamente. Cerré los ojos un segundo.
—Beatriz —susurró Pilar. Cuando la miré, sabía exactamente lo que pasaba—. Te has puesto colorada.
—El vino —dije con voz temblorosa.
Ella me sostuvo la mirada y bajó su mano bajo la mesa. Vi cómo su brazo se movía. Gabriel ahogó un gemido.
—También hace calor aquí abajo —murmuró ella.
—Creo —dijo Gabriel con voz estrangulada— que deberíamos terminar de comer.
—Sí —respondió Pilar, sin soltarlo—. Antes de que las cosas se pongan demasiado calientes.
Nos reímos, pero la tensión seguía ahí, palpable, eléctrica. Andrés sacó la mano y me coloqué la falda con disimulo. Terminamos en un silencio cargado, cada mirada llena de significado.
Cuando recogimos los platos, Gabriel anunció que iba a preparar café.
—Te ayudo —se ofreció Andrés, levantándose.
Pilar me miró desde el sofá y se mordió el labio. Yo le devolví la sonrisa. Esto no había hecho más que empezar.