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Relatos Ardientes

Me excité con un extraño en el metro

Tengo que admitirlo: siempre quise ser una mujer fácil, de esas que se entregan al deseo sin pedir permiso. Pero crecí en una familia católica, entre rezos y miradas de reproche, y durante años me limité por el qué dirán. Hace poco entendí algo simple. Puedo serlo en secreto. Nadie tiene por qué saber lo que pasa dentro de mi cabeza ni lo que hago cuando nadie mira.

Después de lo que ocurrió con un profesor de la academia donde tomaba clases por las noches, algo se rompió dentro de mí. No fue gran cosa, apenas un roce, una conversación cargada de dobles sentidos, pero me dejó temblando durante días. Comprendí que podía soltarme un poco, que el mundo no se acababa por desear.

Esa mañana elegí una falda larga, de tela ligera, de las que se mueven con el viento. Y antes de salir de la oficina, encerrada en el baño del último piso, me quité la ropa interior y la guardé en el fondo del bolso. El corazón me latía como si estuviera haciendo algo prohibido. Lo estaba.

Salí a la calle y la ciudad me recibió con su ruido de siempre: bocinas, pasos apurados, gente que no me miraba. Pero yo me sentía distinta. Caminar entre la multitud sintiendo mi sexo libre, rozándose con cada paso bajo la tela, me excitaba de una forma que no había sentido nunca. Cada zancada era una pequeña caricia.

Me detuve frente al escaparate de una tienda y me solté un par de botones de la blusa. El escote quedó más abierto de lo que cualquier mujer decente permitiría. Que miren, pensé. Que imaginen.

Y miraban. Sentía los ojos de los hombres recorriendo mi cuerpo, deteniéndose en el pecho, bajando por la falda. Me imaginaba qué pasaría si me quitara la blusa ahí mismo, en plena acera, si alguno se atreviera a acercarse y tocarme los pezones. Solo de pensarlo noté la humedad entre los muslos. Apreté las piernas y seguí caminando, mordiéndome el labio.

***

El metro estaba a reventar. Era la hora pico y el andén era un mar de cuerpos cansados que empujaban para entrar al vagón. Olía a perfume barato, a sudor, a ese calor húmedo que se forma cuando hay demasiada gente en un espacio cerrado. Normalmente lo habría odiado. Esa tarde, en cambio, me pareció una invitación.

Entré con el resto del rebaño y las puertas se cerraron a mi espalda. No había nada de qué agarrarse, así que quedé apretada entre desconocidos, hombro contra hombro, sin espacio para moverme. Y entonces lo vi.

Era alto, mucho más alto que yo. Llevaba un traje gris que ya había aflojado, la corbata torcida y el primer botón de la camisa abierto. Tendría unos cuarenta y tantos, con esa barba entrecana, recortada y espesa, que me recordó al profesor de la academia. Me recordó a todo lo que no debía desear. Miraba su teléfono, ajeno, con una expresión de cansancio que lo hacía aún más atractivo.

El vagón arrancó y la inercia nos empujó a todos hacia un lado. Aproveché. Me dejé llevar por el movimiento y quedé un poco más cerca de él, como si fuera el azar y no yo. Al principio solo me acomodaba, fingiendo buscar equilibrio. Pero estaba tan mojada, tan al borde, que no me bastó.

En la siguiente curva me pegué a su espalda. Apoyé el costado de mi cuerpo contra el suyo y, despacio, empecé a frotar mi trasero contra él. Mi corazón golpeaba con tanta fuerza que pensé que todo el vagón podía oírlo. ¿Qué estás haciendo?, me preguntaba una voz dentro. Pero la otra, la que llevaba años callada, sonreía.

***

Él se tensó. Lo noté de inmediato. Bajó una mano y la posó sobre una de mis nalgas, por encima de la falda, con la intención evidente de apartarme. Un gesto educado, de hombre que no quiere problemas. Y por un segundo me dio vergüenza, casi me retiré.

Pero no desistí. Volví a moverme hacia él, esta vez más lenta, más descarada, presionando contra su mano en lugar de huir de ella. Le di tiempo a entender que no era un accidente. Que yo quería.

Su mano dudó. Luego, en vez de apartarme, apretó. Sus dedos se cerraron sobre mi carne con una firmeza que me arrancó un gemido que tuve que tragarme entre dientes. Miré alrededor, aterrada y excitada a partes iguales, pero nadie nos prestaba atención. Cada quien sumido en su propio agotamiento, en su propio teléfono, en su propio viaje a casa.

Esa indiferencia me daba un valor que no me conocía. Allí, rodeada de cuerpos, completamente sola con mi secreto, era otra mujer. No la que rezaba de niña, no la que bajaba la vista cuando un hombre la miraba demasiado. Era la que siempre había querido ser y nunca me había atrevido a dejar salir. Y bastaba un vagón lleno de extraños para que apareciera.

Durante todo el trayecto seguí frotándome contra él. Sentía cómo su erección iba creciendo, formándose dura contra la curva de mis nalgas, separada de mí apenas por dos telas finas. La sensación me volvía loca. Yo estaba tan mojada que notaba la humedad resbalando entre los muslos, y rezaba para que no se notara en la falda.

Él respiraba detrás de mí, junto a mi oído, una respiración pesada que me erizaba la nuca. No dijimos una sola palabra. No hacía falta. Su mano me sujetaba, mi cuerpo se ofrecía, y entre los dos crecía una conversación muda hecha de presión, de calor y de un deseo que no podíamos confesar a nadie.

Llegamos a una estación grande y media docena de personas bajaron de golpe. Se abrió un hueco entre nosotros y la magia se rompió. Él dio un paso al costado, recompuso la corbata, evitó mi mirada. Las puertas se cerraron de nuevo, pero ya no volví a acercarme. El momento había pasado.

Dos paradas después era la mía. Mientras me abría camino hacia la salida, giré la cabeza una última vez. Él me miraba. Solo eso. Una mirada larga, intensa, cargada de todo lo que no había ocurrido. Después las puertas me escupieron al andén y nunca volví a verlo.

***

No pasó nada más con aquel desconocido. Y sin embargo, en cuanto llegué a casa y cerré la puerta a mi espalda, supe que no iba a poder pensar en otra cosa. Solté el bolso en el suelo, dejé las llaves donde cayeron y fui directa al dormitorio con el pulso todavía acelerado.

Me dejé caer en la cama y me abrí la blusa del todo, sin paciencia para los botones. Empecé a pellizcarme los pezones con fuerza, justo como me gusta. Disfruto el dolor, esa línea fina donde el dolor y el placer se confunden y todo se vuelve más intenso. Cuanto más apretaba, más subía el calor por mi vientre.

Me subí la falda hasta la cintura y pasé los dedos por mi sexo empapado. Tengo los labios un poco largos, así que abrí las piernas todo lo que pude y me abrí también con los dedos, para quedar completamente expuesta. El aire fresco de la habitación golpeó mi humedad y eso, lejos de calmarme, me encendió todavía más. Me gusta sentirme así de abierta, como si alguien pudiera estar mirándome desde un rincón, como si me masturbara para él.

Froté mi clítoris despacio al principio, en círculos suaves, y después más rápido, hasta que las caderas empezaron a moverse solas. Más, pensaba. Un poco más. Justo cuando sentía que iba a correrme, me pellizqué con dos dedos y luego me los metí, hondo. Notar cómo mi mano se llenaba de mi propia humedad fue tan delicioso que me los llevé a la boca y los chupé hasta dejarlos limpios, solo para volver a empezar.

***

Cerré los ojos y volví a él. Al hombre del traje gris. A cómo se sentían sus dedos clavándose en mi nalga, a su pecho ancho contra mi espalda, a esa erección dura que latía contra mí buscando un sitio donde no podía entrar. Recordarlo me mojaba todavía más, como si el aire de aquel vagón siguiera pegado a mi piel.

Empecé a meterme los dedos cada vez más rápido, imaginando que eran los suyos. Imaginaba que las puertas no se habían abierto en aquella estación, que el vagón se vaciaba sin que ninguno de los dos se moviera, que su mano subía por debajo de mi falda y descubría que no llevaba nada. Imaginaba su voz ronca preguntándome al oído si quería que siguiera.

El chapoteo húmedo que hacía mi sexo con cada embestida de mi mano era tan obsceno, tan excitante, que ya no pude contenerme. Las piernas empezaron a temblarme, los dedos de los pies se curvaron contra las sábanas y un calor brutal me subió desde el vientre hasta la garganta. Entonces llegué, con un espasmo que me arqueó la espalda, y sentí cómo un chorro caliente salía de mí y mojaba la cama.

Me quedé tendida, jadeando, con la blusa abierta y la falda hecha un nudo en la cintura, mirando el techo mientras la respiración volvía poco a poco a su sitio.

***

Aquello no me sació del todo, claro. Estas cosas nunca terminan de saciarme. Estiré el brazo, alcancé el teléfono de la mesilla y abrí los mensajes que se habían acumulado durante el día. Algunos eran de desconocidos, hombres que me escriben sin saber muy bien con quién hablan, contándome lo que harían si me tuvieran cerca. Leerlos, con el cuerpo todavía sensible, fue suficiente para que mi mano volviera a bajar entre mis piernas.

Pienso seguir explorando esta versión de mí que tanto tiempo escondí. Quizá la próxima vez no me baje en mi estación. Quizá deje que la mano del desconocido llegue un poco más lejos. Quizá responda a alguno de esos mensajes y vea hasta dónde soy capaz de llegar cuando nadie me conoce.

No soy buena escribiendo, lo sé. Pero hay algo en poner por escrito lo que siento que me excita casi tanto como hacerlo. Y si tú, que has llegado hasta aquí, tienes alguna idea de lo que debería probar después, te prometo que la leeré con muchas ganas.

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Comentarios (6)

ValeSol_ok

Increible!!! me dejó sin palabras jaja

nocturno_44

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas!!

Pedrito_MZ

de lo mejor que lei en mucho tiempo, felicitaciones!!

Carolina_Mdq

Me recordó a algo parecido que me pasó viajando, esa tensión con un desconocido en un lugar público es muy real. Muy bien escrito, se siente auténtico

lectora_incognita

El final me mató jajaja, y ahora?? seguimos??

SilvaKR

la ambientación del metro está perfecta, te metés en la historia de una sola

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