Cuánto darías por verme así en tu ausencia
¿Cuánto darías por verme así esta noche? Desnuda, tendida, expuesta hasta el último pliegue. Convirtiendo mi propio cuerpo en un instrumento de placer, cabalgando justo donde a ti más te gustaba mirarme. Esos orgasmos que guardo para cuando nadie me ve, ni siquiera tú.
¿Qué harías si pudieras contemplarme entera, ofrecida ante tus ojos de hombre hambriento?
Ver de cerca mis pechos, amasados por mis propios dedos, arrancándome quejidos que muerdo entre los labios en un intento inútil de callarlos. Perderte entre mis muslos con la mirada hasta llegar a lo más escondido de mí. Ese sexo que devoraste mil veces con avidez, el mismo que te levantó de las sábanas a golpe de caderas y humedad.
Pero hoy no estás. Hoy hay un avión, una ciudad lejana y una cama de hotel que no es esta. Y yo aquí, con la casa en silencio y la noche entera para mí.
Empiezo despacio. Nunca tuve prisa en esto del placer. Aprendí hace tiempo que cuanto más lento avanzo, más alto llego al final. Es una cuenta vieja entre mi cuerpo y yo: la paciencia siempre se paga en monedas de gozo.
Cierro los ojos y te invoco. Veo tu pelo al alcance de mis manos mientras buceas entre mis intimidades, esa imagen tuya hundido en mí que tengo grabada como un tatuaje por dentro. Mi imaginación baila entre placeres que compartimos y otros que nunca te conté. Recuerdos de noches tibias, de lenguas y de gestos obscenos que solo nosotros entendíamos.
Mi mano abre con dos dedos los pliegues, dejando al descubierto el botón que más ansía una caricia. Acerco el juguete, ese pequeño aparato que succiona como lo hacías tú, y mi vientre se dispara hacia adelante en cuanto lo siento cerca. Todavía no me toca y ya tiemblo.
Separo las piernas ante su primer ataque, tímido aún, pulsado por mis dedos que le marcan la velocidad inicial. Esa que, lo sé bien, terminará en un torrente que no podré contener.
Noto las primeras cosquillas subir hasta el hueso de la pelvis, atrapando entre él y el aparato el centro mismo de lo que busco. Es un calor sordo al principio, una promesa más que una certeza.
***
Mi mano guía con sabiduría la pequeña boca que me atormenta. Ahora sobre los labios mayores, ahora sobre los menores, dejándola trabajar a su ritmo, sin apurarla. Conozco este cuerpo mejor que nadie, mejor incluso que tú, aunque te cueste creerlo.
Busco a tientas el gel que todo lo suaviza y lo extiendo generosa desde el pubis hacia abajo, mucho más abajo. Todo tiene su porqué esta noche. Sé exactamente adónde quiero llegar y sé que no puedo llegar sola del todo.
Pulso el botón que sube el ritmo. Un escalón más. El zumbido cambia de tono y mi respiración cambia con él.
Por la cabeza me cruzan imágenes rápidas, casi violentas de tan nítidas: una lengua que succiona, unos dedos que hurgan entre mis nalgas, más allá de donde la decencia se atreve. Y entonces, como puedo, le hago un sitio al otro juguete, el que me regalaste aquella tarde con esa sonrisa de niño travieso. Sé dónde quiero sentirlo.
Ahora son dos los ingenios que me recorren. Uno al frente, otro detrás. El gel lo vuelve todo resbaladizo, indecente, terriblemente indecente mientras el segundo se clava un poco, apenas, en mis entrañas. Aprieto los dientes. Respiro. Cedo.
Me invade la ansiedad de querer llegar ya, de saltarme los pasos. Pero no tengo prisa, me repito. La noche es mía y mío es el placer que me regalo en tu ausencia. Nadie me apura, nadie me espera. Solo el recuerdo de tu boca y la certeza de que volverás a buscarla.
Otra pulsación. El endiablado aparato redobla su labor sobre mi clítoris y mis piernas empiezan a perder el control por mucho que me empeñe en frenarlas. Es una batalla que pierdo cada vez, y cada vez la pierdo a propósito.
***
Mi mano izquierda aprieta sin pudor la dureza que se cuela en mi trasero. Todavía me acuerdo de aquella primera vez, de lo mal que lo pasé, de la vergüenza y el miedo. Qué distinto fue cuando lo repetimos, cuando me enseñaste a respirar, a aflojar, a confiar. Hoy sé que no llego al final sin esto. Lo descubriste tú en mí, y a veces creo que ni siquiera lo sabes.
¿Cuánto darías por verme en esta postura tan obscena, a tus ojos y también a los míos? El vientre apoyado sobre una almohada, el culo bien levantado, dos juguetes clavados en mi cuerpo. Arrancándome gemidos que ya no controlo, haciéndome perder la última vergüenza que me quedaba ante mí misma.
Ya no hay vuelta atrás. Mi imaginación es un río de imágenes que me enturbian el pensamiento y le dan alas a mis manos. Me siento poseída por ti y por mí al mismo tiempo, como si fuéramos dos y yo bastara para los dos.
Casi grito cuando subo de nuevo el ritmo del aparato. Ay, bendito invento, bendita máquina que no se cansa, que no duda, que no tiene piedad. Siento el vientre darse la vuelta con cada vibración. Mis pechos rozan la sábana de satén, esa sábana fría que hoy no tiene tu peso al otro lado.
Me domina el temblor que se apodera de mis muslos. Quiero más, mucho más, y aprieto casi con saña la dureza que me penetra hasta encontrar ese dolor que ya no es dolor, ese filo dulce que tanto me costó aprender a desear. Mis glúteos hace rato que se rindieron, abiertos a este vicio íntimo que solo cultivo cuando estoy sola.
***
Te imagino sentado frente a mí. Mirándome con esos ojos que devoran, apretando tu propia dureza en busca de un orgasmo a la par del mío. Veo tu glande, rojo y húmedo, babeando ante mi cuerpo desnudo y provocador. Sé cuánto te enciende verme darme placer a mí misma; me lo confesaste una madrugada, con la voz ronca, como si fuera un pecado.
Abro todavía más las piernas, queriendo que mires, ofreciéndome para saciar esa sed tuya que conozco de memoria. Mírame, te digo sin voz. Mira lo que me haces incluso a kilómetros de distancia.
Las descargas nacen más allá de la pelvis. Suben por mi columna mientras jadeo sin poder evitarlo, mientras mi cuerpo se cimbrea al compás que marcan los dos juguetes clavados en él. Tu ausencia pesa menos si te pienso justo en este instante, si te invento aquí, respirando contra mi nuca.
Agito casi sin fuerzas el látex que esta noche te sustituye. Sus vibraciones en mis adentros me recuerdan la rotundidad que escondes entre las piernas, esa que tantas veces tuve en la boca, en el sexo, en todas partes. ¿Cuánto daría yo por sentirla ahora de verdad, por cambiar este sucedáneo por tu carne caliente?
Un río corre entre mis muslos mientras te imagino a mi lado, encima de mí, debajo de mí. En cualquier postura, en cualquier rincón, pero dentro. Siempre dentro.
***
Mis gemidos suben de tono con cada golpe que me regalo. No puedo más. Lo noto venir desde lejos, como una marea que ya rompió la primera línea de mis defensas. Necesito llegar, necesito tocar ese fondo que solo se alcanza cuando me suelto del todo.
Última aceleración del chisme y ya no da más, está al máximo. Igual que yo. Me retuerzo intentando alcanzarlo mientras, en mi cabeza, siento tu dureza clavada hasta darme piel con piel, hasta sentirme llena de ti, hasta imaginar ese calor derramándose dentro y empujándome al borde mismo de la noche.
Y entonces estalla.
Me deshago entre convulsiones mientras grito un placer que no le debo a nadie más que a mí. Me llega, está aquí, arrancándome la soledad de la piel a tirones. Empapa las sábanas, hace temblar hasta lo que no tiene nombre dentro de mí. Me llega, me llega frente a tu mirada ausente, frente a ese hueco con forma de hombre que dejaste en mi cama.
¿Cuánto darías por verme ahora, justo ahora, deshecha y entera a la vez?
***
Rendida, me dejo caer sobre la almohada blanda, sintiendo todavía pequeñas contracciones en el vientre, en el sexo, en el último rincón que aún late. Boqueo mientras mis propios fluidos recorren mi piel tibia y anegan mis dedos, todavía afanados en sostener los aparatos que ya no controlan nada, vana esperanza la mía.
Apenas me doy cuenta cuando los retiro. Resbalan solos y quedan tendidos entre mis muslos, mudos, cómplices de esta ceremonia que solo nosotros dos conocemos, aunque uno de los dos esté lejos.
¿Cuánto te has perdido por no estar hoy aquí? ¿Cuánto habríamos disfrutado los dos de esta obscenidad mía frente a tus ojos? ¿Cuánto placer habríamos robado a la noche con solo mirarnos, con solo vernos rendidos al mismo culto?
Consigo apagar los dos chismes y el silencio se vuelve enorme, casi atronador. La oscuridad se extiende como un manto a mi alrededor mientras aprieto mi propio pecho, en el intento inútil de sentir tu mano ahí antes de dormirme.
Mañana te lo contaré. Cuando vuelvas, cuando consiga tenerte desnudo frente a mí, para tu placer y el mío. Te describiré cada pulsación, cada temblor, cada vez que dije tu nombre en voz baja contra la almohada. Y veré cómo se te oscurecen los ojos al saber lo que hago en tu ausencia.
Pero eso será mañana. Hoy ya fue, y fue mío. La noche se cierra, te llevo conmigo al sueño y, en algún lugar de esta cama fría, te susurro lo de siempre: vuelve pronto, que el deseo no entiende de distancias.