Solo en casa me atreví a probar mi mayor fantasía
Aquel domingo de marzo amaneció gris y no paró de llover en todo el día. Vivo solo en un departamento pequeño en las afueras de Rosario, y los domingos así, sin nadie que toque el timbre ni nada urgente que hacer, tienen algo que me desarma por dentro. La lluvia contra el vidrio, el silencio de la casa, las horas estiradas frente a mí como una invitación. Me había quedado en la cama desde temprano, medio dormido, escuchando el agua caer.
Me desperté del todo con unas ganas incontenibles de orinar. Me levanté, fui al baño arrastrando los pies, hice lo mío y volví a meterme bajo las sábanas, todavía tibias del calor de mi cuerpo. Afuera el cielo seguía plomizo. No tenía ganas de hacer nada, y al mismo tiempo el cuerpo me pedía algo que tardé en reconocer.
Agarré el teléfono y me puse a ver videos sin un rumbo claro. Uno llevaba a otro, y al rato ya estaba mirando cosas que me calentaban. Sentí el primer cosquilleo en la entrepierna, ese aviso conocido. Pero esta vez, en lugar de la rutina de siempre, a mi cabeza volvió una idea que me rondaba desde hacía meses y que nunca me había animado a probar.
Hoy estoy solo. Tengo toda la tarde. Nadie va a venir.
La fantasía era simple y al mismo tiempo me daba un pudor extraño: quería penetrarme a mí mismo. Sentir mi propio cuerpo desde adentro, ser las dos cosas a la vez. Lo había imaginado tantas veces que ya casi podía anticipar las sensaciones, pero una cosa es pensarlo a oscuras y otra muy distinta atreverse de verdad. Esa tarde, por algún motivo, el pudor pesaba menos que las ganas.
Me levanté antes de arrepentirme. Lo primero era prepararme. Fui al baño y abrí la ducha bien caliente, dejé que el vapor llenara el espacio y me metí debajo del chorro. Me jaboné despacio, con una calma que no suelo tener, recorriendo cada parte del cuerpo. Me detuve más de la cuenta entre las piernas, asegurándome de quedar perfectamente limpio. Había algo casi ceremonioso en eso, como si me estuviera preparando para una cita importante. Y de algún modo lo era: una cita conmigo mismo.
Salí, me sequé sin apuro y volví a la habitación con la toalla todavía en la cintura. La excitación no se había ido durante la ducha; al contrario, había crecido con la espera. Busqué en el cajón de la mesa de luz una sábana vieja, de las que ya no uso, y la extendí sobre el colchón. No quería manchar las buenas con el lubricante ni con lo que viniera después. Ese pequeño gesto práctico me bajó un poco los nervios y me hizo sonreír solo.
***
Me acosté sobre la sábana vieja, apoyé la espalda contra un almohadón grande contra el respaldo y subí los pies a la cama, las rodillas dobladas y abiertas. Tomé el frasco de lubricante de la mesa de luz y vertí una buena cantidad sobre los dedos de la mano derecha. Estaba frío y me hizo tensar el cuerpo por un segundo, pero el calor de la piel lo entibió enseguida.
Llevé la mano abajo y empecé a acariciarme por fuera, sin prisa, dibujando círculos con la yema del dedo. Era una zona que casi nunca me tocaba, y la sensación me sorprendió: una sensibilidad que no esperaba, un nervio fino que respondía al menor roce. Mi pene estaba en ese punto que yo buscaba, ni del todo duro ni del todo blando, lo justo para poder manejarlo con la mano sin que se me escapara.
Con la otra mano me acaricié la verga con suavidad, despacio, para mantener esa semierección sin pasarme. Y mientras tanto seguí jugando atrás. Apoyé la punta del dedo contra la entrada y empujé apenas. Cedió más fácil de lo que pensaba. Entró el primer nudillo, después el dedo entero, y me quedé quieto un momento sintiendo la presión, acostumbrándome.
Era raro y era buenísimo a la vez. Una plenitud distinta a todo lo que conocía. Moví el dedo despacio, hacia adentro y hacia afuera, y la respiración se me empezó a entrecortar sola. Cuando sentí que mi cuerpo lo aceptaba, agregué un segundo dedo. Ardió un poco al principio, ese estiramiento que pide paciencia, así que me detuve, respiré hondo y esperé. Volví a echar más lubricante y seguí.
Dos dedos, y después de un rato, tres. Iba sin apuro, dándome tiempo, escuchando lo que el cuerpo me pedía. Con cada movimiento la presión se volvía placer, y el placer me llevaba a querer más. La mano izquierda no dejaba de atender mi pene con caricias livianas, manteniéndolo en ese estado intermedio que necesitaba. Sentía que ya estaba listo, dilatado, lubricado, abierto.
Entonces llegó la parte que más me había costado imaginar y que ahora, en el calor del momento, me parecía la cosa más natural del mundo.
***
Con la mano izquierda sujeté con cuidado el escroto, sin apretar, y lo aparté hacia un costado para sacarlo del camino. Tenía que tener cuidado, ir despacio, no lastimarme. Con la derecha tomé mi pene y lo guié hacia abajo, hacia atrás, en dirección contraria a donde había desplazado el resto. La postura era incómoda, tuve que arquear la cadera y levantarla del colchón, y por un instante pensé que no iba a llegar. Pero seguí bajando la verga de a poco, milímetro a milímetro, hasta que sentí el glande rozar la entrada.
Ese primer contacto me cortó la respiración. Mi propia punta, bien lubricada, apoyada contra mi propia entrada igual de resbaladiza. Empujé apenas. Y empezó a entrar.
Me ayudé con los dedos de la otra mano, guiándome, y fui empujando despacio. La sensación fue arrolladora, mucho más intensa de lo que había anticipado en todas esas noches de imaginarlo. Estar adentro de mí mismo, sentir el calor desde los dos lados a la vez, ser el que penetra y el penetrado en el mismo gesto. La cadera se me arqueó sola, buscando el ángulo, y empecé a mover el pene con movimientos cortos, entrando y saliendo.
No puedo creer que esté haciendo esto. No puedo creer lo bien que se siente.
El placer crecía con cada empuje. Era un círculo que se alimentaba a sí mismo: cuanto más me movía, más duro me ponía, y cuanto más duro estaba, más intenso era todo. Dejé de pensar. El cuerpo tomó el control. Los gemidos me salieron sin que los buscara, primero bajos, después más sueltos, llenando el silencio de la habitación que hasta hacía un rato solo guardaba el ruido de la lluvia.
Aceleré la mano. La cadera me temblaba del esfuerzo de sostener la postura, pero ya no me importaba nada que no fuera seguir. Sentí ese escalofrío subir desde la base de la columna, ese aviso inconfundible de que estaba por terminar. Apreté los dientes, empujé una última vez bien adentro, y me vine con una fuerza que me sacudió entero.
Sentí el calor correr por dentro, y enseguida noté cómo unos hilos tibios empezaban a bajar. La sensación me llevó al borde otra vez antes de bajar siquiera del primero. Saqué el pene despacio, con la respiración hecha pedazos, y me quedé un momento tirado sobre el almohadón, los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando.
***
Pero no había terminado. Todavía me quedaba demasiada electricidad en el cuerpo como para parar ahí.
Llevé los dedos a la entrada, los mojé en lo que había quedado, y por curiosidad me los acerqué a la boca. Probé mi propio sabor, intenso y salado, algo que nunca antes me había animado a hacer. Lejos de incomodarme, me prendió todavía más. Volví a bajar la mano, pero esta vez en lugar de subirla otra vez, metí los dedos adentro. Estaba todo resbaladizo, tibio, y la sensación de seguir tocándome ahí, con mi cuerpo todavía vibrando, fue casi demasiado.
Empecé a moverlos rápido, masturbándome desde adentro sin parar. La presión, el calor, la sensibilidad a flor de piel después del primer orgasmo: todo se sumó. En cuestión de minutos sentí que me acercaba de nuevo. El cuerpo se me tensó, los músculos se cerraron alrededor de mis dedos, y ese apriete inesperado disparó un placer como nunca había sentido masturbándome solo por delante. Me vine por segunda vez, más corto pero más profundo, una descarga que me dejó la mente en blanco.
Me quedé quieto, deshecho, escuchando otra vez la lluvia que no había parado. La habitación olía a sexo y a lubricante. Tenía el cuerpo pesado y liviano al mismo tiempo, esa calma rara que viene después de haberse animado a algo.
Después de un rato me levanté, todo mojado, y junté la sábana vieja hecha un bollo. Volví al baño y abrí de nuevo la ducha caliente para limpiarme. Pero ni siquiera bajo el agua la excitación terminaba de irse del todo. Con el gel en la mano, todavía sensible, no me resistí: me hice una última paja larga y tranquila contra los azulejos, dejando que el agua tibia me cayera por la espalda, hasta que me vine una vez más, esta vez sin fantasías ni posturas complicadas, solo por el puro gusto de cerrar la tarde como se debía.
Me sequé, me puse ropa cómoda y volví a la cama con las sábanas limpias. Afuera seguía lloviendo. Encendí el teléfono otra vez, pero ya no para buscar nada, sino para mirar el techo y pensar en lo que acababa de pasar. Había convertido una fantasía que me rondaba hacía meses en algo real, y había resultado mejor de lo que jamás había imaginado.
Quién diría que un domingo de lluvia me iba a enseñar tanto sobre mí mismo.
Me dormí con esa sonrisa estúpida del que guarda un secreto bueno. Y supe, antes de cerrar los ojos, que ese domingo no iba a ser el último.