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Relatos Ardientes

Una desconocida me hizo acabar solo con sus palabras

Una lectura precisa puede encender en la mente una sucesión de imágenes tan vívidas que disparan una reacción en cadena: cada palabra abre una puerta, y detrás de cada puerta hay una habitación tibia donde el cuerpo empieza a responder antes de que la razón entienda qué está pasando. No es magia. Es solo que algunas mujeres saben escribir.

Me sucede tan pocas veces que aprendí a reconocer la señal exacta. Un cosquilleo en la nuca, una respiración que se vuelve más corta, las rodillas que se acomodan sin que yo lo decida. Esa noche encontré a una autora nueva en una de esas páginas de relatos donde una se pierde durante horas, y supe desde el segundo párrafo que iba a quedarme despierta.

Porque ella no escribía como escriben casi todas. No describía el sexo con esa prisa vulgar y patética de un vídeo cualquiera, donde todo se nombra sin pudor y nada se siente. Ella construía el momento. Levantaba la escena ladrillo por ladrillo, y para cuando llegaba lo importante una ya estaba dentro, respirando el mismo aire.

Firmaba como Marlena. No sé si era su nombre real y tampoco me importaba. Lo que me importaba era la forma en que sus frases me tomaban de la mano y me llevaban, en una especie de sueño despierto, hacia ese instante que ella estaba contando. A través de esa mano de tinta yo podía sentir todo lo que la embargaba a ella mientras vivía lo que después convertía en literatura.

Eso era lo perturbador. Que a través de su descripción mi propio cuerpo empezara a reaccionar como si las palabras tuvieran dedos. Sus vocales me rozaban los pezones. Sus consonantes me erizaban la piel de los pechos solo de imaginar cómo la habían tomado a ella en el episodio que tan despacio me iba revelando.

Esto no es leer. Esto es otra cosa.

Y mientras Marlena encadenaba sílabas y enhebraba los vocablos de un texto a ratos tierno y a ratos perverso, esas mismas palabras se volvían sus dedos. Bajaban de mis senos, cruzaban mi vientre y se detenían justo ahí, entre mis piernas, donde el calor ya no me dejaba mentirme. Cerré los ojos un segundo. Cuando los abrí, mi mano ya estaba donde no debía pero donde quería.

Tú, Marlena, que quizás escribías porque te excitaba, o porque no tenías a quién contarle tus intimidades y necesitabas desahogar esos demonios dulces que te perseguían, no tenías la menor idea del efecto que producías en una desconocida al otro lado de la pantalla. Tu imaginación no alcanzaba a dimensionar lo húmeda que me ponía cada confesión tuya, cada fantasía que soltabas con esa naturalidad tuya de mujer que ya no le teme a nada.

Seguí leyendo. Me metí en tu piel para entender por qué te habías entregado a aquel hombre que no conocías de nada, un desconocido que esa noche te hizo lo que tu marido jamás supo hacerte. Y sí, te entendí. Te entendí completa. Tu necesidad fue más fuerte que tu prudencia, igual que ahora mismo, leyéndote, era más fuerte que mi propia vergüenza.

Estiré la mano hacia el cajón de la mesilla. Ahí seguía, en su estuche de terciopelo, el plug que me había regalado a mí misma la Navidad pasada. Un capricho que casi no usaba, que casi me daba pudor mirar a la luz del día. Lo saqué despacio, lo preparé con calma, y mientras me lo acomodaba creí percibir el aliento de aquel hombre que en tu relato te abría con la misma paciencia con la que yo me abría a mí.

Lo curioso es que no necesitaba imaginar caras. Marlena no describía rostros, ni cuerpos, ni colores de pelo. Describía sensaciones. Y por eso el desconocido de su historia podía ser cualquiera, podía ser todos los hombres que alguna vez me habían mirado un segundo de más en un ascensor o en la fila del supermercado. Esa ausencia de detalle era su mejor truco: dejaba el hueco justo para que yo entrara con lo mío.

***

Para entonces la sábana ya estaba húmeda debajo de mí. Tu historia me cuenta cómo el sujeto de tu deseo se convierte en el verbo, y cómo ese verbo te convierte a ti, mi querida autora, en el predicado entregado de su boca. Para sentir esa lengua de tinta sobre mi clítoris busqué el vibrador en el mismo cajón y lo encendí en la vibración más baja, apenas un murmullo, lo justo para seguir leyendo sin perder el hilo.

Porque no quería acabar todavía. Quería que durara lo que durara tu cuento. Quería leer cómo tu amante te lamía mientras con un dedo encontraba ese punto exacto que tu marido nunca se molestó en buscar, y al mismo tiempo sentir, en mi propio cuerpo, esa subida lenta que me obligaba a apretar los muslos contra el plástico tibio.

Tenía el celular en una mano y el vibrador en la otra, y empezaba a ser demasiado. Lo apoyé sobre la almohada, junto a mi cara, para tener las dos manos libres. Leí así, de costado, cómo describías los primeros gemidos, cómo sentías en los labios la primera gota tibia de aquel desconocido mientras pensabas, con un rencor casi dulce, en lo inútil que te esperaba en casa.

Me retorcí en la cama leyéndote. Me contabas que mientras aquel hombre te tenía boca abajo, mordiendo la almohada, tú no dejabas de preguntarte cómo había sido posible entregarte de esa manera a un extraño. Y llegabas a una conclusión que me dejó sin aire: que a veces hay que sacrificar un poco de paz por una satisfacción que ninguna comodidad puede comprar. Que lo que un hombre tibio no consigue, lo consigue otro que sí sabe arder.

Subí la intensidad. Acaricié mis senos con la mano libre, jugué con mis pezones endurecidos, y pensé en aquel detalle tuyo que me había desarmado: que hacía pocos meses habías sido madre, que estabas llena, y que el hombre de tu casa ni siquiera quería acercarse a ti, hasta el punto de empujarte sin saberlo a buscar afuera lo que adentro te negaban. Había algo trágico y febril en eso, y a mí me encendía aún más.

Porque yo también conocía ese silencio. Esa cama compartida donde dos personas se dan la espalda como dos países en guerra fría. Esa sensación de ser un mueble más de la casa, útil y nunca deseado. Por eso te leía con tanta hambre, Marlena. No te leía para huir de mi vida; te leía para recordar que todavía tenía un cuerpo, que ese cuerpo todavía respondía, que no se había apagado del todo mientras nadie miraba.

***

Entonces llegó el momento al que toda tu historia apuntaba. Ese instante en que tú misma sabías que no aguantabas más, que aquel hombre estaba a punto de desbordarse dentro de ti. Y tú, en plena fiebre, le pedías que no se saliera. Que se quedara. Que lo derramara todo adentro, porque por una vez querías sentirte deseada hasta el último temblor, sin cálculos ni condiciones.

Leí esas líneas con el corazón golpeándome las costillas. Aceleré el vibrador casi sin darme cuenta. Tú, ya casi sin palabras, describías el remolino que te desbordaba mientras lo sentías llegar, ese calor expandiéndose, esa sensación de límite cruzado que ya no se puede deshacer. Y yo, leyéndote, estaba exactamente en el mismo borde.

Tenía la mandíbula apretada. La otra mano agarrada a la sábana como si fuera a caerme de algún sitio. Tu última frase, esa donde por fin te abandonabas por completo, me alcanzó como una ola de fondo.

Y me deshice.

Fue brutal. Un espasmo que me sacudió entera, que expulsó el vibrador y mandó el celular volando al piso con un golpe seco. Grité —grité de verdad, sin pensar en la hora ni en las paredes finas— y por un momento dejé de ser yo para ser solo eso, una mujer temblando en su cama por culpa de las palabras de otra mujer a la que nunca había visto. Una masturbación hecha de pura retórica.

***

Me quedé tendida, medio desmayada, con la respiración hecha pedazos y la piel todavía vibrando. En ese estado raro en el que una no sabe del todo si lo que pasa es real o es la cola de un sueño, sentí algo. Una presencia. Abrí los ojos a medias.

Una figura delgada estaba recortada en la puerta de la habitación, contra la luz del pasillo. Y me pareció oír una voz pequeña, todavía con sueño, que preguntaba desde el umbral.

—Mamá, ¿estás bien?

El aire se me congeló en el pecho. El celular seguía boca abajo en el piso, la pantalla apagada. El vibrador, en algún pliegue de la sábana, ya en silencio. Y yo, todavía sin aliento, todavía atravesada por los últimos coletazos de lo que acababa de sentir, busqué una voz que sonara normal, una voz de madre cualquiera a mitad de la noche.

No la encontré.

—Sí, mi amor —quise decir—. Volvé a la cama.

Pero las palabras no me salieron. Se quedaron atascadas en algún lugar entre la garganta y la vergüenza, y por un segundo eterno solo pude quedarme ahí, en la penumbra, mirando esa silueta en la puerta.

No puedo responder…

Mañana, cuando amanezca, fingiré que no pasó nada. Buscaré de nuevo a Marlena. Buscaré su próximo relato. Y sé, con una certeza que me da miedo, que volveré a abrir esa puerta.

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Comentarios (5)

Felix_MZ

increible, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

LectoraDelSur

Por favor una segunda parte... no puedo creer que termine ahi, quede con ganas de mas

Marcos_Rk

Me recordo a algo que me paso hace años con una chica en un chat de esos viejos. Las palabras tienen un poder que no te imaginás cuando se usan bien.

CuriositoSur

Y ella sabia lo que te estaba haciendo con esas palabras, o fue sin querer? Esa parte me dejo pensando

TinoB88

tremendo. corto pero potente

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