Lo que imagino cuando él cierra el chat
Afuera todos duermen, o eso parece a juzgar por las ventanas apagadas del vecindario y por el silencio de la calle, roto apenas por el ruido lejano de algún auto que cruza la avenida. Pero eso ocurre más allá de su ventana. Dentro, en su habitación, la luz es tenue, el aire es cálido, y hoy es otra de esas noches.
Hace apenas unos minutos que Camila apagó la computadora. Había pasado un buen rato navegando, intentando vencer el aburrimiento y esa apatía que se le instala los domingos. Pero, sobre todo, había vuelto a hablar con él. Y como en todas las ocasiones anteriores, no logra sacárselo de la cabeza.
Pensó en él durante todo el día, incluso cuando se prohibió hacerlo. Mientras lavaba los platos, mientras fingía leer, mientras miraba el techo. Lo único que deseaba era encontrarse con sus palabras, hasta que finalmente llegaron, como un alivio para la ansiedad y la espera.
Él se llama Adrián. Vive a miles de kilómetros, en una ciudad que ella nunca pisó, en un país que solo conoce por fotos. Se conocieron por casualidad, en uno de esos foros donde la gente se cruza sin buscarse, y desde entonces hablan casi todas las noches. La diferencia horaria los obliga a un ritual extraño: cuando para él recién cae la tarde, para ella ya es de madrugada.
—¿Todavía despierta? —escribió él esa noche, como siempre.
—No tengo sueño —mintió ella, con el corazón ya acelerado.
Adrián no sabe nada. No se imagina nada, por supuesto. Para él esto es, probablemente, otra conversación divertida con la que matar el rato, la posibilidad de intercambiar ideas y conocer a alguien de otra parte del mundo. Otra persona del otro lado de la pantalla.
Él no sabe nada, pero despertó algo que ella todavía no logra nombrar. No se imagina nada, pero sus palabras se volvieron necesarias, primordiales, y sin que ninguno de los dos lo decidiera, se convirtieron en un portal insólito hacia emociones insólitas, ensoñaciones, deseos.
***
La calidez de la habitación ya quedó superada por la calidez de su propio cuerpo. Bajo la ropa ligera con la que duerme, su piel ha cobrado matices encendidos. Ahora siempre ocurre lo mismo cuando se despiden después de haber escrito durante horas.
Esa noche habían hablado de cosas pequeñas, de esas que no significan nada y lo significan todo. De una canción que a los dos les gusta. De cómo sería caminar juntos por una calle cualquiera, sin un destino, solo por el placer de ir lado a lado. Él había escrito una frase tonta, una broma, y ella se había reído sola frente a la pantalla, con esa risa que no le sale con nadie más.
—Algún día tengo que conocerte en persona —tecleó él, casi al final.
Ella se quedó mirando la frase un largo rato antes de responder. Algún día. Dos palabras que abren un abismo y un cielo al mismo tiempo.
—Algún día —repitió ella, y enseguida agregó algo gracioso para no quedar demasiado expuesta.
Después llegó el «buenas noches», el «que descanses», y la ventana del chat se cerró. Y entonces empezó lo otro. Lo que él jamás sabrá.
***
Camila se queda pensando en él con una intensidad que casi duele. Su mente, como cada noche, se lanza a volar por los senderos de la fantasía. Cierra los ojos y los imagina juntos, frente a frente, mirándose fijamente, con las manos tomadas. Se ven acercando los labios despacio, demorando el momento, prolongando la espera hasta volverla insoportable.
En su imaginación, esos labios que tardan tanto en llegar terminan por recorrerle el cuello, la línea de la mandíbula, el lóbulo de la oreja. Adrián tiene una voz que ella nunca escuchó, pero se la inventa: grave, baja, una voz que le habla al oído mientras sus manos firmes y seguras la van descubriendo.
Se imagina el sonido de su respiración volviéndose más agitada. El aroma de su piel, que jamás olió y sin embargo cree conocer. El peso de su cuerpo contra el de ella. El deseo casi la hace temblar. Se sonroja, sola, en la penumbra, y empieza a quitarse la ropa con lentitud, con ansia, como si fueran las manos de él las que la desnudan.
Ahora son sus propias manos las que recorren su cuerpo, con la misión imposible de suplantar a aquellas tan deseadas. Suben por su vientre, rodean sus pechos, los acarician con la yema de los dedos imaginando que es la boca de Adrián la que se cierra sobre ellos, milímetro a milímetro, con una mezcla de hambre y ternura.
—Así —murmura ella en voz baja, para nadie, para él que no está.
Su mano izquierda inicia un camino descendente. Baja por el vientre, se detiene un instante en la cadera, juega con el borde de la última prenda que le queda, y la deja caer al piso de la cama. Después continúa, sin prisa, hacia el lugar donde el calor se concentra y late.
Lo encuentra húmedo, abierto, hirviendo. Se imagina otra mano sobre la suya, guiándola; se imagina el cuerpo desnudo de Adrián tendido junto a ella, ávido, atento a cada reacción, leyéndola como quien aprende un idioma nuevo. Sus dedos se mueven en círculos lentos al principio, después más decididos, mientras en su cabeza es él quien marca el ritmo.
***
Piensa en lo que sería tenerlo de verdad. No la pantalla, no las letras blancas sobre fondo oscuro, no el cursor parpadeando a la espera de una respuesta. Él. Su peso, su temperatura, el roce áspero de su mentón sin afeitar contra la cara interna de sus muslos.
Seguramente, si él estuviera aquí, su cuerpo ardería todavía más. Seguramente sería el roce real, y no el imaginado, lo que la dejaría sin aire, mucho más de lo que la deja ahora. Pero no está. Está a una distancia que ningún deseo alcanza a cruzar, y por eso ella tiene que ser, al mismo tiempo, la que desea y la que satisface.
Sus dedos entran en ella con una urgencia que la sorprende a sí misma. La otra mano sigue ocupada arriba, en el pecho, en el cuello, recorriéndose como si fueran dos personas y no una sola en una cama vacía. Arquea la espalda. La sábana se le pega a la piel sudada. La respiración se le entrecorta y, sin darse cuenta, empieza a mover las caderas al encuentro de su propia mano.
En su mente, Adrián le susurra cosas. Le dice lo que le haría, paso a paso, con esa voz inventada que se ha vuelto más real que muchas voces reales. Le dice que no se detenga. Le dice su nombre. Y ella obedece a un hombre que no está, a un amante que solo existe del otro lado de un océano y de una pantalla apagada.
Siente cómo el corazón se le acelera, cómo todo el cuerpo se le tensa como una cuerda a punto de romperse. El placer crece desde el centro y se desborda hacia afuera, hasta los dedos de los pies, hasta la punta de la lengua. Aprieta los labios para no hacer ruido, porque al otro lado de la pared hay un mundo que no debe enterarse de esto.
El orgasmo la alcanza de golpe, en una ola que la deja temblando. Y en el instante exacto en que todo estalla, el nombre que se le escapa de la boca, en un suspiro apenas audible, es el de él. Adrián. El ser que no está aquí ni ahora, pero que de algún modo está en todas partes dentro de ella.
***
Se deja caer sobre las sábanas, todavía estremeciéndose, con la piel impregnada de su propia esencia y de una nostalgia que no sabe explicar. El cuerpo desnudo le vibra con la melodía contradictoria de la satisfacción y la añoranza. Está saciada y, a la vez, más sola que antes.
Porque eso es lo extraño de todo esto. El placer no la calma del todo; al contrario, le recuerda con más fuerza la distancia. Cada orgasmo arrancado en su nombre es también una pequeña confesión que nadie escucha, un mensaje que nunca enviará, una verdad que se queda atrapada entre las cuatro paredes de su habitación.
Se pregunta, como cada noche, qué estará haciendo él en este momento. Si ya cenó, si está trabajando, si habla con alguien más con la misma soltura con que habla con ella. Se pregunta si, alguna vez, en algún rincón de su rutina, él también piensa en ella más de la cuenta. Quiere creer que sí. No tiene forma de saberlo.
Recuerda la frase que él escribió antes de despedirse. Algún día tengo que conocerte en persona. La repite mentalmente, la saborea, la convierte en promesa aunque sepa que tal vez no sea más que cortesía. Pero esta noche elige creer en ella. Esta noche, la distancia se siente un poco menos infinita.
Hoy fue otra de esas noches de efusión secreta y solitaria. Se arrancó otro orgasmo pensando en él, deseándolo, imaginándolo, aunque él jamás vaya a saberlo. Mañana será otro día, como los que vendrán, en los que volverán a encontrarse a través de la pantalla cada vez más cercana, esa ventana que se abre un poco más hacia sus emociones más profundas y sus deseos más urgentes.
Ya lo extraña. Ya necesita volver a leer sus palabras, a reencontrarse con sus ideas, a dejar que de nuevo su mente la lleve a esos lugares que tanto ansía. Estira el brazo, apaga la última luz, y se acomoda de costado abrazando la almohada como si fuera otro cuerpo.
Tan lejos él, y sin embargo tan dentro de ella. Con ese pensamiento, sonriendo apenas en la oscuridad, Camila cierra los ojos y se entrega al mundo de los sueños, donde quizás —solo quizás— Adrián ya la está esperando.