Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Aburrida en la oficina, hice algo que no debía

Hay tardes en la oficina que no pasan nunca. Esa fue una de ellas. Había despachado todos mis pendientes antes del mediodía, los teléfonos llevaban horas en silencio y el resto del equipo se había ido a una capacitación al otro edificio. Quedaba yo sola, el zumbido del aire acondicionado y un calor pegajoso que se colaba por las persianas a pesar de todo.

Para matar el tiempo abrí el navegador y entré a una de esas páginas de relatos que leo cuando nadie mira. Es un secreto que guardo bien: nadie en la oficina imaginaría que la chica organizada que contesta los correos en tiempo récord se la pasa leyendo historias subidas de tono entre planilla y planilla.

El primero que se me cruzó esa tarde era sobre una mujer que iba a hacerse un masaje y terminaba acostándose con el masajista. Lo leí entero, despacio, saboreando cada línea. La forma en que él le aceitaba la espalda, cómo las manos bajaban más de la cuenta, cómo ella fingía que no se daba cuenta hasta que ya era demasiado tarde para fingir nada. Para cuando llegué al final tenía las mejillas calientes y una idea fija dándome vueltas en la cabeza.

¿Qué se sentiría que un completo desconocido me hiciera suya hasta dejarme con las piernas temblando?

Conozco esa sensación de memoria. Esas tardes en las que el deseo aparece de la nada y no hay manera de esperar a llegar a casa. El cuerpo te pide y no entiende de horarios ni de lugares.

Tomé el celular, me puse los audífonos y busqué videos. No sé bien qué buscaba, pero lo reconocí en cuanto lo encontré: una mujer que se frotaba contra el filo de una mesa, despacio al principio, después sin ningún disimulo. Tenía los ojos cerrados y una expresión de concentración total, como si en el mundo no existiera nada más que ese borde de madera y su propio placer.

Lo miré una vez. Lo miré de nuevo. Y para la segunda vuelta ya estaba húmeda, removiéndome en la silla, apretando los muslos sin darme cuenta. El aire acondicionado me soplaba en la nuca pero yo tenía calor por todos lados. Sentía la blusa pegada a la piel y un cosquilleo insistente entre las piernas que pedía atención a gritos.

Metí la mano en el bolso buscando mi vibrador y entonces me acordé: la noche anterior había estado jugando con él y lo dejé tirado en la mesita de luz. Solté un suspiro de pura frustración. Pero estaba demasiado prendida como para dejarlo ahí.

Miré alrededor. Nadie. Ni un alma en todo el piso.

***

Me levanté con el pulso acelerado y caminé hasta el baño. Cerré la puerta, me subí el vestido —ese vestido largo de lino que me salvó esa tarde— y me bajé la ropa interior. Unos cacheteros de encaje negro, mis favoritos, los que me hacen sentir bien hasta cuando nadie los ve. Los guardé en el bolsillo del vestido pensando que, si alguien aparecía, solo tenía que dejar caer la tela y nadie notaría nada.

Al fondo de la oficina hay un despacho privado que casi no usamos, el de las reuniones importantes que nunca se dan. Era el lugar perfecto. Antes de entrar tomé gel antibacterial y unas servilletas y limpié bien la esquina del escritorio, el que sería mi juguete por los próximos diez minutos.

Me asomé una vez más al pasillo. Vacío. La recepción, vacía. Hasta la calle, al otro lado del ventanal, parecía abandonada: ni un peatón, ni un auto, nada que me distrajera de lo que estaba a punto de hacer.

Cerré la puerta del despacho con seguro.

***

Me senté en el borde del escritorio y me chupé dos dedos para mojarlos bien. No hizo falta mucho más. Cuando bajé la mano ya estaba empapada, resbaladiza, lista. Jugué un rato con el clítoris, en círculos lentos, solo para sentir cómo se endurecía bajo la yema de mis dedos. Cada roce me arrancaba un escalofrío que me subía por la espalda.

Me puse de pie. Me acerqué a la esquina del escritorio, separé los labios con las dos manos y me apoyé contra el filo. El primer contacto fue eléctrico: mi calor contra el cristal frío del vidrio que cubría la madera. Se me cortó la respiración.

Empecé a moverme. Adelante y atrás, despacio, dejando que el borde presionara justo donde lo necesitaba. La fricción era exacta, perfecta, mejor de lo que había imaginado mirando el video. Bajé la vista y vi la marca que iba dejando sobre el cristal, el rastro brillante de lo mojada que estaba, y esa imagen me prendió todavía más.

Si alguien entrara ahora mismo y me viera así…

El pensamiento debería haberme frenado. Hizo justo lo contrario. Me imaginé una sombra en la puerta, unos ojos mirándome, y el deseo se me disparó de golpe.

Con una mano me sostuve el vestido en la cintura. Con la otra me bajé el escote y me saqué un pecho. Me apreté el pezón, fuerte, más fuerte de lo que suelo hacerlo, hasta que el dolor se mezcló con el placer y dejó de saber distinguir uno del otro.

Me mordí el labio para no hacer ruido. La oficina seguía en silencio, pero yo ya no estaba pensando en eso. Estaba en otro lado, en esa fantasía donde un desconocido me empujaba contra el escritorio y me tomaba sin pedir permiso, donde yo no tenía que decidir nada, solo dejarme llevar.

Lo imaginé con todo detalle: unas manos grandes en mis caderas, un cuerpo apretándome contra la madera, una voz baja al oído diciéndome que no hiciera ruido, que alguien podía entrar. Me imaginé incapaz de quedarme quieta, mordiéndome la mano para no gritar mientras él seguía sin piedad. La idea de ser descubierta, de que alguien abriera la puerta justo en ese instante, me tenía al borde de algo enorme.

El cristal frío y mi calor, el filo presionando, el pezón ardiendo entre mis dedos. Cada sensación se sumaba a la anterior. Bajé el ritmo a propósito, alargando el momento, negándome el final un poco más para que cuando llegara fuera devastador.

***

El movimiento se volvió más rápido. Más torpe. Sentía que se me acumulaba todo en el bajo vientre, esa tensión que se aprieta y se aprieta hasta que ya no hay vuelta atrás. Apoyé las dos manos en el escritorio y me dejé caer contra el filo una y otra vez, persiguiendo el final.

—No te detengas —me susurré, como si hubiera alguien ahí para escucharme.

Y entonces llegó.

Me corrí de una manera que no esperaba. No fue suave ni silencioso. Fue un golpe que me sacudió entera, las rodillas me fallaron y sentí que me deshacía. Y, para mi sorpresa, no pude contenerme: me corrí tan fuerte que mojé el escritorio entero. Apenas alcancé a apartarme y ponerme en cuclillas para que no salpicara más de lo que ya había salpicado.

Me quedé ahí, agachada en el piso del despacho, temblando, con el corazón a mil y una sonrisa tonta en la cara. No puedo creer que haya hecho esto. Pero lo había hecho. Y había sido increíble.

***

El placer duró poco. La realidad volvió de golpe cuando miré el desastre: el cristal del escritorio brillante, un charco que empezaba a correrse hacia el borde, gotas en el piso. Me acomodé el vestido a las apuradas, salí del despacho y fui al baño por más servilletas.

Limpié el escritorio primero, frotando rápido, con el oído atento a cualquier ruido. Después fui a buscar un trapo para el piso. Y justo en ese momento, mientras volvía con el trapo en la mano y las mejillas todavía rojas, escuché la puerta de entrada.

Era Rodrigo, mi jefe.

Se me heló la sangre. Lo creía en la capacitación con los demás, no entrando a la oficina a la hora menos pensada. Me miró, miró el trapo, miró el piso húmedo.

—¿Qué pasó acá? —preguntó, frunciendo el ceño.

Sentí que la cara me ardía. Por un segundo eterno pensé que se me notaba todo, que de alguna manera él sabía, que lo llevaba escrito en la frente.

—Nada, se me cayó un vaso de agua —dije, y me sorprendió lo tranquila que me salió la voz—. Ya casi termino de limpiar.

Rodrigo asintió, masculló algo sobre que tuviera cuidado con los papeles y se metió en su oficina sin sospechar nada. Yo terminé de secar el piso con las manos todavía temblando, mordiéndome la sonrisa.

***

Volví a mi escritorio —el mío, no el del crimen— y me senté como si nada hubiera pasado. Pero algo había pasado. Lo sentía entre las piernas, ese latido caliente que no se apagaba, ese eco del orgasmo que me había sacudido minutos antes.

Crucé las piernas despacio y respiré hondo. Del otro lado de la pared, Rodrigo tecleaba en su computadora, ajeno por completo a lo que había estado pasando en su despacho de reuniones unos minutos antes de que llegara.

Y yo me quedé ahí, con la ropa interior todavía guardada en el bolsillo del vestido y el corazón acelerado, pensando que tal vez —solo tal vez— las tardes muertas en la oficina no eran tan aburridas después de todo.

Esa noche, en casa, recuperé mi vibrador de la mesita de luz. Pero ya no era lo mismo. Nada se compara con la adrenalina de hacerlo donde no deberías, con el riesgo respirándote en la nuca y el silencio de un lugar que no es tuyo. Me quedé despierta un buen rato, repasando cada segundo, prometiéndome que no volvería a hacer una locura semejante.

Aunque, si soy sincera, ya estaba pensando en la próxima tarde tranquila.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios (6)

MiriamS99

Increible relato, me tuvo pegada hasta el final!! muy bueno

JuanMa_cba

Por favor seguilo, quede con ganas de saber todo lo que paso esa tarde jaja. Segunda parte ya!!

Nati_BA

Ay me hizo acordar a mis tardes en la oficina cuando no habia nadie... uno tiene pensamientos raros cuando hace calor jajaja. Muy bien escrito

Lola_Curiosa

¿Es algo que viviste vos o pura fantasia? se siente tan real que me quede con la duda jaja

DiegoMdp

Calor + aburrimiento + soledad = peligro jajaj. Tremendo relato, muy bueno

Valentina_Bue

Que lindo encontrar relatos bien escritos, con ambiente y tension. Se nota que le pusiste ganas. Sigue escribiendo asi!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.