Lo que la doctora tímida deseaba en la oscuridad
Después de aquella noche, Nadia se volvió esquiva y reservada en el trabajo. Se sentía avergonzada de haberse dejado llevar, de haber cruzado esa puerta y, sobre todo, de haberlo disfrutado tanto. Durante el fin de semana siguiente buscó a su novio con una insistencia que no era propia de ella: lo abrazaba, le pedía contacto, intentaba provocar algo. Pero la sensación no se parecía en nada a la otra.
Diego apenas se atrevía a tocarla. La penetraba, le besaba el cuello, y poco más. No exploraba su cuerpo, no jugaba con sus pechos, no bajaba la mano hasta su sexo para descubrir qué le gustaba. Todo era previsible, cuidadoso, tibio. Nada que ver con lo que había ocurrido en aquella habitación a oscuras, donde nadie pedía permiso y nadie daba explicaciones.
Esa frustración la dejó tensa toda la semana. Nerviosa, irritable, a la defensiva con quien se le acercara. En uno de sus turnos seguía a Rubén por toda la planta como una sombra distraída, respondiendo con monosílabos, ausente, hasta que su compañero perdió la paciencia.
—Eh, novata, despierta —Nadia reaccionó tarde, mirándolo con mala cara—. Joder con la niña. Sube un rato a la sala de descanso de la segunda planta, a ver si se te pasa el malhumor.
Nadia se quedó muda, con la boca entreabierta. El corazón le dio un vuelco. ¿Lo sabía? ¿Alguien le había contado que ella había estado allí? Empezó a atar cabos imposibles, y sin poder evitarlo notó que su ropa interior se humedecía ante la idea de que Rubén pudiera haber sido aquel desconocido de la oscuridad. Fingió ofenderse, soltó una excusa cortante y se alejó en cuanto pudo, buscando esconderse de él un rato.
Durante el almuerzo encontró a Lorena. Necesitaba saber si alguien murmuraba sobre ella, y al mismo tiempo alimentar esa excitación que ya se le había desbocado por dentro. Hablaron un rato de turnos, de guardias, de tonterías, hasta que Nadia se decidió a entrar en el tema que de verdad le quemaba.
—Oye, Lore… —miró de reojo a los lados, por si alguien escuchaba—. ¿Qué pasa con la sala de la segunda planta?
Lorena soltó una risita entre dientes y le sostuvo la mirada. Dio un sorbo lento a su café antes de responderle, divertida con la timidez de la residente.
—¿Estás planeando una excursión? —se burló, dejando una pausa cargada de intención—. Mira, todos hemos pasado por ahí alguna vez. Sabes cómo es esto: guardias eternas, turnos de noche, fines de semana partidos. Conocer a alguien o mantener una relación es casi imposible. Llegas a casa reventada, solo quieres dormir y comer. Es difícil que alguien que no sea médico aguante este ritmo.
Nadia asintió en silencio. Pensó en Diego, en lo desapasionado de todo, y se dijo que tal vez seguía con él más por costumbre que por amor. Lorena volvió a sorber su café, miró la hora en el móvil y siguió hablando con la voz más baja.
—Allí hay un pacto que nadie firmó —dijo, mirando distraída hacia la ventana—. No hay preguntas, no hay nombres. Vas a lo que vas. Si estás ahí dentro es porque sabes a qué entras, y porque has decidido marcar tus propios límites. —Hizo una pausa—. Límites que después no sabes si vas a ser capaz de mantener.
Lo último lo dijo con una sonrisa descarada, mientras se apartaba con dos dedos el mechón que le caía sobre la frente. Terminaron el café entre comentarios sueltos y regresaron al turno. Al salir, ya en la puerta, Lorena la miró por encima del hombro con una expresión traviesa.
—Ten cuidado con qué puertas abres… —dijo, caminando hacia su Mini blanco—. A lo mejor te gusta demasiado lo que encuentres.
***
Nadia llegó a su apartamento sofocada, con el cuerpo zumbándole por dentro. Sentía una necesidad urgente de tocarse, algo que no hacía con esa intensidad desde la adolescencia. Apenas cerró la puerta, apoyó la espalda en la pared del recibidor y bajó la mano por debajo del pantalón, por encima de la ropa interior ya empapada. Un escalofrío le recorrió la espalda cuando los dedos encontraron su clítoris.
Cerró los ojos y se dejó ir. Se imaginó de nuevo en aquella sala sin luz, con la bata abierta y nada debajo, sintiendo unas manos extrañas que la recorrían sin pedir permiso. Manos que le pellizcaban los pezones, que le abrían los muslos, que decidían por ella. Imaginó un cuerpo desconocido contra el suyo, alguien que no le hablaba, que solo la usaba. No era Diego. Era cualquiera y era nadie, y por eso mismo la encendía tanto.
Con una mano hundió dos dedos dentro de sí mientras con la otra se apretaba un pecho por encima de la blusa. Que me hagan lo que quieran, pensó, que no me pregunten nada. Se imaginó tendida en aquella cama estrecha, dejándose manejar, facilitándole todo a quien la tomara, dócil y muda. Imaginó que la dejaban después así, desnuda y sudorosa en la penumbra, sin una palabra, mientras ella sonreía con la respiración entrecortada y el orgasmo le sacudía las piernas.
Llegó al final ahí mismo, de pie contra la pared, mordiéndose el labio para no gemir en voz alta aunque no hubiera nadie que pudiera oírla. Cuando recuperó el aliento, la vergüenza volvió de golpe, tan fuerte como el placer de hacía un instante.
Intentó hacer una videollamada con Diego, como si verle la cara fuera a borrar lo que acababa de pasar. Necesitaba acallar una culpa que no terminaba de entender. Pero él contestó con desgana, dijo que estaba cansado y que mejor lo dejaban para otro día. Nadia colgó con una sensación amarga en el pecho.
Por un momento se obligó a mirarlo de frente: había sido infiel. Lo había sido en aquella sala y lo seguía siendo cada vez que cerraba los ojos. Esperó sentir el peso del remordimiento. En cambio, lo que descubrió fue otra cosa: no le parecía tan grave, y por debajo de la culpa latía la certeza de que no estaba con la persona que quería tener al lado.
Pasó casi una hora dando vueltas por el salón, pensando en cómo terminar con él, en qué quería de verdad de su vida, en cuánto tiempo llevaba apagándose sin darse cuenta. Al final tomó el teléfono y marcó. Dio varios tonos. Cuando la llamada se descolgó, no fue la voz de Diego la que respondió, sino la de una mujer.
Nadia se quedó congelada medio segundo. Después, en lugar de gritar, de exigir explicaciones, de derrumbarse, dijo solo dos palabras.
—Hemos terminado.
Y colgó. Esperó la rabia, los celos, las ganas de llorar. No llegaron. Lo que sintió fue un alivio inmenso, como quitarse de encima un abrigo mojado que llevaba puesto desde hacía meses sin saberlo. Ya no tenía que fingir, ya no tenía que sentirse encerrada en una relación sin futuro. Se metió en la ducha con una sonrisa ausente, dejó que el agua caliente le resbalara por la espalda un buen rato y luego se fue directa a la cama.
***
Esa noche tuvo sueños que no logró recordar al despertar, pero que la dejaron con la entrepierna mojada y el pulso acelerado. Una parte de su cabeza, la prudente, la doctora racional que siempre había sido, le repetía que no podía dejarse arrastrar así, que aquello era un juego peligroso. La otra parte la empujaba sin descanso hacia lo más hondo de su propia imaginación.
Por la mañana, todavía entre las sábanas, la médica racional ganaba la batalla por poco. Decidió que no haría nada precipitado, que iría viendo cómo avanzaba todo. Pero por debajo de esa decisión sensata seguía latiendo el deseo de volver a dejarse hacer. No quería ser ella quien lo buscara ni quien lo pidiera. Quería que se lo hicieran, que la usaran, que le ordenaran cosas en la oscuridad y obedecer sin pensar. Quería entregarse sin que nada estuviera planeado de antemano.
Se dio cuenta de que su mano se había deslizado sola bajo la cinturilla del pantalón del pijama, y se detuvo en seco, casi asustada de sí misma.
Más tarde, mientras se cambiaba para salir, se quedó mirando su ropa interior tendida sobre la silla. Bragas de algodón cómodas y holgadas, un sujetador deportivo gris, todo elegido para no llamar la atención de nadie. Por un instante se sintió incómoda con esa imagen suya, tan pulcra, tan correcta, tan invisible.
Decidió que quería un cambio. No de cara al mundo: seguiría siendo la chica tímida e inocente de siempre, la residente formal que respondía con monosílabos y se sonrojaba con una broma. Lo que la excitaba era otra cosa. Le gustaba la idea de esconder debajo algo picante, prohibido, oscuro. Un secreto que solo ella conociera, cosido a su piel.
Miró el calendario clavado junto a la nevera. Tenía guardia dentro de dos días. Sintió un cosquilleo familiar bajándole por el vientre. Cogió el bolso, las llaves y la chaqueta, y salió decidida a buscar una tienda de lencería esa misma tarde.
Mientras bajaba en el ascensor, se miró en el espejo y casi no se reconoció en esa media sonrisa nueva. Ten cuidado con qué puertas abres, recordó. Pero ya sabía que en dos noches volvería a empujar una de ellas, y esta vez no iría por accidente.