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Relatos Ardientes

La tarde que decidí grabarme a solas

Voy a contarles algo que llevo guardado hace tiempo y que todavía me hace sonreír cuando lo recuerdo: la primera vez que me grabé mientras me daba placer, sola, sin nadie más en la casa.

Me llamo Renata, tengo veintitrés años y vivo en Valparaíso. Soy de pelo castaño y ondulado, ojos color miel, no muy alta, y desde hace unos meses voy al gimnasio para sentirme mejor conmigo misma. Nunca fui de hacer este tipo de cosas, pero ese día algo dentro de mí pidió otra cosa.

Siempre fui curiosa, eso sí. Me gusta observarme, entender qué me mueve, qué me prende y por qué. Lo que nunca había hecho era ponerme del otro lado de una cámara, ser yo misma quien quedara registrada. La idea me daba vueltas hacía semanas, asomando en los momentos más inesperados, y esa tarde por fin dejé de pelearme con ella.

¿Y por qué no?, pensé. Nadie tiene que enterarse.

Hacía un calor pegajoso de esos que no dan tregua. La tarde se había quedado quieta, sin viento, y la ropa se me adhería a la piel. Decidí meterme a la ducha para sacarme de encima esa sensación espesa del verano.

Abrí la llave y dejé que el agua corriera por mi cuerpo. Estaba fría al principio, y la piel se me erizó entera con el primer contacto. Cerré los ojos. Y entonces, sin proponérmelo, volvieron los recuerdos.

Las noches de mensajes con mi ex. Las fotos que nos mandábamos pasada la medianoche, las palabras que me susurraba cuando hablábamos por teléfono hasta tarde. Con solo evocar aquello sentí que entre mis piernas empezaba a humedecerme, y no era por el agua.

Era curioso cómo el recuerdo trabajaba en mí. No echaba de menos a esa persona; echaba de menos esa versión mía, la que se atrevía a decir en voz alta lo que quería, la que no pedía permiso para sentir. El agua tibia resbalando por la espalda me devolvió esa sensación de a poco, como si despertara una parte que tenía dormida desde hacía meses.

Mis manos subieron solas. Empecé a acariciarme los pechos, a tirar suavemente de los pezones, y un suspiro corto se me escapó sin querer. La excitación crecía rápido, como si hubiera estado esperando todo el día una excusa para salir.

Quería bajar la mano más abajo, llegar al clítoris, pero el ruido de una puerta en el piso de arriba me cortó de golpe. Me quedé inmóvil un segundo, con el corazón acelerado. Terminé de enjuagarme rápido y salí envuelta en la toalla, todavía con el pulso disparado.

***

Caminé hasta mi habitación y cerré la puerta con seguro. La casa estaba sola, lo sabía, pero ese gesto me dio una calma rara, como si me autorizara a mí misma a hacer lo que tenía ganas.

Abrí el cajón. Saqué unas medias de encaje negras —tengo una debilidad por la lencería, me encanta tocarme con algo puesto, nunca del todo desnuda— y me las subí despacio por las piernas todavía húmedas. Después una falda corta color vino y un sostén a juego. Me miré un momento en el espejo y me gustó lo que vi.

Agarré el teléfono. Lo apoyé en una pila de libros sobre el escritorio, calculé el ángulo, y encendí la cámara. La lucecita roja empezó a parpadear.

No hay vuelta atrás, pensé, y me sentí más excitada todavía solo por eso.

Me senté en el borde de la cama, frente al lente. Empecé con un primer plano de mi pecho, la tela fina del sostén apenas conteniéndome. Me acaricié por encima de la prenda, sintiendo cómo los pezones se endurecían contra el encaje. Verme a mí misma en la pantalla, observada por mi propia cámara, era algo que no había experimentado nunca.

Me solté el sostén y lo dejé caer al piso. Con los pechos ya libres, jugué con ellos, los apreté, pellizqué los pezones con la punta de los dedos. Un gemido bajo se me escapó.

—Así, despacio —me dije en voz alta, y me sorprendió mi propia voz.

Mi mente ya estaba en otra parte. Imaginaba unas manos que no eran las mías, una boca recorriéndome el cuello, alguien a quien no le ponía cara pero que sabía exactamente dónde tocarme. Decidí dejarme llevar por esa fantasía hasta el final.

Me levanté y fui hasta el armario. Ahí guardo un juguete que casi nunca uso, más por vergüenza que por otra cosa. Esa tarde la vergüenza no aparecía por ningún lado. Lo tomé y volví a la cama.

***

Me recosté contra las almohadas, con la falda todavía puesta. Por debajo de la tela, por encima de las medias, empecé a acariciarme toda la vulva, de afuera hacia adentro, de los labios al clítoris, sin prisa. La humedad ya traspasaba el encaje.

—Sí, justo ahí —susurré, hablándole a ese alguien imaginario—. No te detengas.

El movimiento de mis dedos sobre ese punto sensible me daba un placer que iba en aumento. Me imaginaba que era esa boca la que estaba ahí, lamiéndome despacio, jugando conmigo, haciéndome esperar. Y la espera era parte de lo rico.

Tomé el juguete y lo pasé con la punta sobre el clítoris, apenas rozándolo. Verme hacer eso en la pantalla del teléfono multiplicó todo. Me mordí el labio, miré al lente como si del otro lado hubiera alguien observándome, y esa idea —la de ser mirada— me prendió de una forma que no esperaba.

—Quiero más —dije en voz baja, casi sin aliento.

Lo deslicé de arriba a abajo sobre la entrada, todavía por encima de las medias, torturándome a mí misma a propósito. No quería terminar tan rápido. Quería estirar cada segundo.

Había algo embriagador en marcar yo el ritmo, en decidir cuándo acelerar y cuándo frenar. Nadie me apuraba, nadie esperaba nada de mí. Cada caricia era una elección, y esa libertad —la de complacerme solo a mí, sin tener que actuar para otro— era una forma de placer que no conocía. Me quedé un rato así, suspendida en el borde, escuchando mi propia respiración llenar la habitación.

Cuando ya no aguanté, corrí la tela a un lado. Me arrodillé sobre la cama, de espaldas a la cámara, y empecé a penetrarme despacio, marcando yo el ritmo. El roce, la imagen mental, el saber que todo eso quedaba grabado: era demasiado y al mismo tiempo no era suficiente.

—Más fuerte —me pedí a mí misma, y obedecí.

***

Cambié de posición. Me senté en el sillón pequeño que tengo junto a la ventana, con el respaldo contra el pecho, de manera que cada movimiento hacía que los pezones se frotaran contra la tela áspera. Esa fricción inesperada me arrancó un gemido más largo.

La fantasía se había vuelto nítida. En mi cabeza ya no era yo sola: era esa persona sin rostro empujando detrás de mí, sus manos en mis caderas, su voz diciéndome cosas al oído. Yo respondía en voz alta, sin pensar, dejando que las palabras salieran solas.

—No pares, por favor —jadeé—. Justo así.

Sentía que estaba al borde. Ese cosquilleo que empieza en el vientre y se expande, esa tensión que se acumula y pide soltarse. Me bajé del sillón y me acosté de espaldas en el suelo, sobre la alfombra, donde tenía espacio para moverme sin freno.

Con una mano seguía el vaivén del juguete, entrando y saliendo cada vez más rápido. Con la otra masajeaba el clítoris en círculos apretados. Mi respiración era un desastre, entrecortada, y los gemidos ya no los controlaba.

—Me voy a correr —dije, mirando de reojo la lucecita roja que seguía parpadeando—. Ya no aguanto más.

Y me corrí. Fue uno de esos orgasmos que te recorren el cuerpo entero, de los dedos de los pies hasta la nuca, que te dejan temblando y sin fuerzas. Me arqueé sobre la alfombra, apreté los dientes, y dejé escapar un grito que por suerte nadie más escuchó.

Me quedé tirada un rato largo, recuperando el aire, con el corazón golpeándome el pecho y una sonrisa boba que no me podía sacar. La alfombra estaba tibia bajo mi espalda y la tarde, afuera, seguía igual de quieta, ajena a todo lo que acababa de pasar en ese cuarto cerrado.

Sentía el cuerpo liviano, vaciado de la tensión que había cargado todo el día sin darme cuenta. Me pasé las manos por el pelo húmedo de sudor y me reí sola, un poco incrédula de lo que me había animado a hacer. No había nadie a quien rendirle cuentas, nadie que opinara. Solo yo, mi deseo y una lucecita roja que lo había guardado todo.

***

Cuando por fin me incorporé, apagué la cámara y me senté en la cama con el teléfono en la mano. Dudé un segundo antes de darle play. ¿Y si me da vergüenza verme?

No me la dio. Al contrario. Verme entera, escuchar mis propios gemidos, descubrir gestos míos que no conocía: fue casi tan excitante como haberlo vivido. Me di cuenta de que durante todo ese rato no había estado pensando en gustarle a nadie, sino en lo que de verdad me gustaba a mí.

Esa tarde aprendí algo sobre mí misma. Que el deseo no necesita público ni permiso. Que mirarme sin culpa, dejarme llevar por una fantasía hasta el final, también es una forma de quererme.

El video lo borré unos días después, no por arrepentimiento sino porque ya había cumplido su función. Pero la sensación de esa primera vez —la libertad, el atrevimiento, el descubrimiento— esa me la quedé para siempre.

Y de vez en cuando, cuando la casa se queda sola y el calor aprieta, vuelvo a poner el teléfono frente a la cama. Porque ya sé que del otro lado del lente no hace falta que haya nadie: me basta conmigo.

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Comentarios (5)

Maru_BA

excelente relato!! muy bien narrado, seguí escribiendo así

CampurrianoJ

segunda parte porfavor!! me quedé con ganas de mas jajaj

CuriosaYoli

me recordo a algo parecido que hice hace tiempo jaja, no me arrepentí para nada. muy lindo el relato

PaulaVidal

una pregunta, lo volviste a ver despues? jaja me quedé con curiosidad

GabiM_

que valentia escribir sobre algo tan personal, se nota autentico

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