Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La iniciación del grupo cambió todo entre nosotros

Esta es mi historia. Me llamo Tomás, tengo veintidós años y todavía me cuesta contar lo que pasó hace casi cuatro meses, una madrugada que cambió mi forma de mirarme al espejo.

Cursaba el segundo año de Ingeniería en una universidad privada de Buenos Aires y, como me pasa siempre, no terminaba de pertenecer a ningún grupo. Había uno, sin embargo, que me obsesionaba: los populares de la carrera. Bruno, el líder indiscutido, alto y con esa seguridad que solo dan diez años de gimnasio y un padre con plata. Iván, el lindo, el que las chicas miraban dos veces al cruzar el pasillo. Mateo, el cerebro, el que aprobaba sin estudiar y siempre tenía un comentario filoso. Y Lautaro, deportista, espalda ancha, brazos como troncos.

Yo era el chico común, el que se sentaba al fondo y tomaba apuntes prolijos.

Un martes, en plena clase de Análisis II, pasó algo que no me hubiera imaginado nunca. Bruno se giró desde su asiento y me preguntó por una fórmula que el profesor acababa de escribir. Una pavada, en realidad. Yo se la expliqué con paciencia, hice un par de chistes, y vi cómo el resto del grupo me empezaba a mirar con curiosidad. Esa misma tarde, en el bar de la facultad, Iván me invitó a sentarme con ellos. A las dos semanas, ya tomaba birra los jueves con la banda como si los conociera de toda la vida.

—Este viernes salimos —me dijo Bruno una mañana, dándome una palmada en el hombro—. No podés faltar.

No pensaba faltar.

Quedamos en encontrarnos a las once de la noche frente a un boliche en Almagro que Mateo conocía. La música se escuchaba desde la esquina, una mezcla de electrónica y reguetón que me retumbaba en el pecho antes de cruzar la puerta. Bruno era amigo del dueño y nos hicieron pasar sin hacer fila.

Tomamos varios tragos. Después de las dos de la mañana, ya con el cuerpo flojo y la cabeza pesada, Bruno propuso ir a la terraza. El dueño le había prestado la llave. Necesitábamos aire, fumar algo en paz y darle un descanso a los oídos.

Subimos por una escalera angosta. Lautaro venía detrás de mí, ya armando un porro con la habilidad de quien lo hace todas las semanas. La terraza estaba vacía, con un par de reposeras viejas y una vista a los techos del barrio. Soplaba un viento fresco que me despejó por un instante.

Nos sentamos en círculo, en el piso. El porro empezó a circular. Yo, que no fumaba seguido, di dos pitadas largas y sentí enseguida cómo todo se volvía más lento, más espeso. El alcohol y la marihuana se mezclaron rápido. Me reí de algo que dijo Iván sin entender bien qué había dicho.

Bruno se paró. Lo recuerdo perfecto: la silueta recortada contra el cartel luminoso del boliche de enfrente. Se cruzó de brazos y me miró fijo.

—Tomás, escuchame bien —dijo, con esa voz baja que usaba cuando hablaba en serio—. Si querés ser parte del grupo de verdad, no de pasada, hay una prueba.

Me reí. Pensé que era una joda, una de esas pavadas que se inventan los grupos cerrados para hacerse los importantes.

—Bueno, dale, ¿qué tengo que hacer?

Mateo se acercó. Se agachó a mi altura, apoyó una mano en mi rodilla y habló sin sacarme la vista de encima.

—Te tenés que dejar coger por los cuatro. Acá. Esta noche.

El aire se me detuvo en la garganta.

—No están hablando en serio —dije, todavía sonriendo, buscando una sonrisa cómplice que no encontré.

Iván dejó la botella en el piso. Lautaro le pasó el porro a Bruno. Nadie se reía. Yo tenía veintidós años, una novia desde el secundario, ninguna experiencia con hombres, ni siquiera la curiosidad de imaginarlo. Y al mismo tiempo, ahí, en esa terraza, con la cabeza dando vueltas y el cuerpo flojo, me di cuenta de que algo en mí no estaba diciendo que no.

No sé si fue el alcohol, la marihuana, las ganas de pertenecer o algo más profundo que llevaba mucho tiempo callado. Pero cuando Bruno me ofreció la mano para que me parara, yo se la di.

***

El primero fue Iván.

Me bajó los pantalones con una lentitud que me sorprendió. Tenía las manos tibias y firmes, y cuando me empujó suavemente contra la pared de la medianera, lo hizo casi con delicadeza. Su pija no era enorme, parecida a la mía, y se tomó tiempo para entrar. Yo apreté los dientes, sentí un dolor seco que se mezcló con una corriente que me bajaba por las piernas. Iván terminó rápido, con un gemido corto, casi tímido. Cuando se separó, me dio un beso en el hombro. Eso fue lo que más me desarmó: el beso.

Mateo lo siguió. Más alto, más flaco, todo huesos largos. Conmigo no fue tan paciente. Me agarró las caderas, me dijo algo al oído que no entendí del todo, y empezó a moverse con un ritmo que me obligaba a sostenerme contra la pared para no caer. Sentí su respiración entrecortada contra mi nuca. También él terminó rápido, gruñendo, mordiéndome el cuello tan fuerte que al otro día me iba a quedar la marca.

Cuando Bruno se acercó, supe que la cosa iba a cambiar.

—Date vuelta —ordenó.

Lo miré a los ojos por primera vez desde que había empezado todo. Tenía una sonrisa que no era de ternura ni de deseo: era de control. Bruno tardó lo que no tardaron los otros dos juntos. Me cambió de posición tres veces. Me hizo arrodillarme, me hizo apoyar las manos en el muro, me dio vuelta otra vez. Conmigo no se apuraba, parecía estar demostrando algo: a los otros, a sí mismo, a mí. Terminó adentro de mi boca, sosteniéndome de la nuca, y yo tragué porque ya no tenía mucha más voluntad.

Estaba mareado. El alcohol no paraba de llegar: Iván me había puesto un vaso de whisky en la mano y me decía que tomara, que me iba a ayudar. Cada tanto Mateo se reía bajo, como en otro idioma.

Y entonces la vi.

***

Estaba parada en el vano de la puerta de la terraza. Carolina. Mi novia desde los dieciocho. Pelo oscuro hasta los hombros, jeans ajustados, ese cuerpo chico y duro del que yo me había enamorado en el último año del secundario. Llevábamos casi tres años juntos, peleando todo el tiempo y volviendo siempre.

No entendí nada.

—¿Carolina? —dije, con la voz rota.

Ella no respondió. Caminó despacio hasta el centro de la terraza. Yo estaba semidesnudo, todavía contra la pared, con el cuerpo hecho un desastre. Quise cubrirme y no encontré con qué.

Antes de que pudiera procesar nada, Lautaro, que hasta ese momento había permanecido callado a un costado, me agarró del brazo y me dio vuelta de un tirón. Escuché el ruido seco del cinto saliendo de las hebillas de su pantalón. La hebilla me golpeó la espalda baja. No fue suave. Solté un quejido que no me reconocí.

—Arrodillate —dijo, con una calma helada—. Y abrí la boca. Sabía que ibas a ser una buena perra.

No sé por qué obedecí. Tal vez ya no tenía sentido no obedecer. Me arrodillé. Levanté la cara. Lo miré.

Lautaro orinó sobre mí.

El líquido caliente me corrió por la frente, por las mejillas, por el pecho. Sentí el olor metálico, el sabor amargo cuando algunas gotas me entraron a la boca. Él se reía bajo, sosteniéndose la cintura con las dos manos. Los otros tres, a sus espaldas, miraban en silencio. Carolina también.

—Mirá, al final era obediente la chiquita —dijo Lautaro—. Veamos hasta dónde llega.

Sacó el cinto otra vez. Me lo cruzó por la espalda. Una vez. Dos. Tres. Cada hebillazo me arrancaba un sonido que ya no era mío. Yo no me movía. No podía. Estaba en un punto raro entre la vergüenza, el dolor y algo más turbio que todavía hoy me cuesta nombrar: una excitación que no entendía de dónde venía.

Cuando levanté la cabeza, vi a Carolina caminando hacia Lautaro.

Se paró frente a él, le puso una mano en el pecho y lo besó. No fue un beso de chica curiosa. Fue un beso de quien ya había besado esa boca muchas veces. Yo me quedé mirando, sin aire, sin palabras.

—Siento asco —me dijo Carolina cuando se separó—. Asco y repugnancia. Y al mismo tiempo no puedo dejar de mirarte.

Se agachó frente a Lautaro y le abrió el pantalón. Le sacó la pija, que ya estaba dura, mucho más grande que la de cualquiera de los otros. La agarró con las dos manos y se la metió en la boca. Lautaro le acarició el pelo como si fuera dueño de cada centímetro de ese cuerpo que durante casi tres años había sido mío.

Carolina chupó con un hambre que jamás le había visto. Le hizo gestos a Lautaro, lo guió, le pidió cosas con los ojos. Cuando él la levantó, la dio vuelta contra una de las reposeras y se la cogió de pie. Ella gritaba sin pudor, con los ojos cerrados, las manos clavadas en la tela rota de la silla. Yo, sentado en el piso, empapado, marcado por las hebillas, no podía moverme. La banda me rodeaba como una promesa muda: no se te ocurra hacer nada.

Lautaro terminó adentro. Tardó. Carolina se quedó quieta, respirando fuerte, con la cara contra la lona. Después se incorporó y se acomodó la ropa con una calma que me heló.

Se acercó a mí y se agachó a mi altura.

—Hace seis meses que estoy con Lautaro —dijo en voz baja—. Hace seis meses que coordinamos esto. Vos te creías muy vivo, ¿no? Que te invitaran al grupo, que te miraran, que te dejaran pertenecer. ¿En serio pensaste que era casual?

No le contesté. No podía.

—Desde mañana —siguió ella, sin dejar de mirarme—, sos parte del grupo, sí. Pero conmigo y con Lautaro vas a tener una relación distinta. Vas a hacer lo que nosotros te digamos. Vas a venir cuando te llamemos. Vas a quedarte callado cuando no te hablemos. ¿Entendiste?

Bruno se sumó. Tenía un cigarrillo nuevo prendido entre los labios.

—Ya sos parte de la banda, Tomás —dijo, y por primera vez en toda la noche, sonrió.

Lautaro, todavía con la respiración agitada, se agachó hasta quedar a mi altura. Me agarró del mentón. Me obligó a mirarlo.

—Y vos, putita —dijo despacio, con esa misma calma que ya empezaba a reconocer—, desde ahora sos mía y de tu novia. ¿Entendiste o lo repetimos?

Asentí con la cabeza, porque la voz no me salía.

***

Bajamos por la escalera de servicio. Carolina me llevaba de la mano como si nada raro hubiera pasado, mientras la música del boliche seguía retumbando en las paredes. Me prestaron una remera de Iván para que pudiera caminar por la calle sin que se notara que estaba empapado. Me dejaron en la puerta de mi casa cerca de las seis de la mañana.

Antes de bajarme del taxi, Carolina me apretó la pierna.

—Mañana a las cuatro pasamos a buscarte. Ponete algo cómodo.

Cerró la puerta y se fue con Lautaro en el asiento de atrás.

Esa noche no dormí. Me bañé tres veces. Lloré sin saber bien por qué. Me toqué pensando en lo que había pasado y odié saber que el recuerdo me excitaba. Pensé en irme, en mudarme, en cambiar de facultad, en dejar a Carolina. Pensé también, durante un rato largo, en quedarme.

Hoy, casi cuatro meses después, sigo yendo a clase. Sigo sentándome con la banda. Sigo siendo, en los pasillos, el chico común y prolijo que tomaba apuntes al fondo. Pero los viernes a la noche, cuando suena el timbre de mi casa a la hora pactada, abro la puerta sin preguntar nada.

Carolina y Lautaro entran sin saludar.

Y yo, en silencio, ya sé qué hacer.

Valora este relato

Comentarios (4)

NachoBA

increible, me dejo sin palabras. 5 estrellas!

Tomas_N

Por favor que haya segunda parte!! quede con ganas de saber como siguio todo con el grupo

Juanma_Sur

Me encanto como captaste la tension de ese momento. Se siente real, muy bien narrado.

pablofer_22

Que buen relato 🔥🔥 sigue así

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.