El match que vivía a doscientos metros de mi casa
Buenas a quien me lea. Antes que nada, gracias por las palabras lindas que dejaron en mi primer relato. No me imaginé que tantos se tomarían el tiempo de escribirme, y me llegaron mensajes muy honestos al correo. De verdad, mil gracias. Eso fue lo que me animó a sentarme otra vez a contar lo que me pasó hace unas semanas.
Hoy les voy a hablar de mi Semana Santa, donde tuve un encuentro con un hombre mayor que me dejó pensando varios días. Tengo que admitirles algo: me está empezando a gustar muchísimo dar la cola con hombres maduros. Sí he tenido ganas con tipos más chicos, y aclaro que también me cojo a mujeres y que me encanta que me la chupen. Pero esto de entregarme, de ponerme abajo, recién lo estoy descubriendo y ya no lo quiero soltar.
Para los que no me conocen, soy Iván, tengo 25 años y vivo en Bogotá. No tengo cuerpazo, pero algo en la mirada o en la sonrisa hace que levante miradas de hombres y mujeres por igual. Estatura promedio, piel canela, pelo oscuro un poco largo. Trabajo en una empresa de logística y eso fue justo lo que me dejó atrapado en la ciudad cuando todos se fueron de vacaciones.
Era viernes santo. Mi familia había viajado a la costa el miércoles y me dejaron solo en el apartamento por dos días y medio. Salí de la oficina a las cinco de la tarde, llegué a casa muerto de calor, me comí lo primero que encontré en la nevera y puse algo de orden en mi cuarto. La idea era darme una ducha y dormir temprano. La idea, digo.
Me acosté un rato con el celular en la mano y abrí una app de citas de la comunidad. Le había escrito a una amiga por si quería pasar a saludar, pero ella estaba con la familia en Villa de Leyva y me dejó en visto con un emoji de corazón. Tenía ganas de que me la chuparan, así de simple, y me puse a deslizar perfiles para ver qué aparecía. Casi todos lejos, de otros barrios o incluso de otras ciudades. Hasta que sonó el match.
El nombre de usuario era simplemente «44», con un emoji de berenjena y otro de durazno. La ubicación me decía menos de doscientos metros. Lo verifiqué dos veces porque me pareció demasiado cerca para ser real. Empezamos a hablar enseguida. Él buscaba a alguien para cogerse, así de directo, sin rodeos.
Le pedí una foto de cara y me mandó dos. Tengo que reconocer que era bastante guapo. Barba con algunas canas, ojos verdes, una sonrisa medio ladeada que me hizo dudar de si lo conocía del edificio. Le pregunté si era de la zona y me dijo que no, que viajaba mucho por trabajo y que estaba pasando la semana santa en un apartamento que tenía rentado por temporadas. Le creí. Tampoco me importaba demasiado.
Entre la charla me mandó una foto de su verga. Reconozco que estaba grande, pero no le di mayor importancia. Pensé que había usado algún filtro, o que la cámara mentía como siempre. Igual me calentó verla y seguí escribiéndole. En un momento me dijo que tenía lugar y, con la calentura ya dominando el resto del cuerpo, le respondí que iba para allá. Me mandó la ubicación: vivía dos edificios más arriba, sobre la misma cuadra.
Antes de subir, pasé a una farmacia veinticuatro horas y compré una caja de condones y un sachet de lubricante. Volví al edificio, me lavé los dientes, me cambié la camiseta y caminé los cien metros que separaban su portal del mío sintiendo el corazón en la garganta.
Me abrió un hombre algo más mayor de lo que aparentaba en las fotos. Una que otra cana asomaba en su barba y en el pecho descubierto. Tenía puesto un short corto y una camiseta blanca de manga corta. Hay que aclarar que en Bogotá, contra todos los pronósticos, esa semana había estado haciendo un calor seco poco habitual.
—Pasá, pasá —me dijo, haciéndose a un lado.
El apartamento era amplio, con plantas en cada esquina y una luz baja que venía de una lámpara de pie. Olía a algo cítrico, como a sándalo mezclado con limón. Me pidió que me sentara en el sofá y se acomodó frente a mí, con las rodillas casi tocando las mías. Empezó él la conversación.
—¿Qué andás buscando en la aplicación?
—Alguien que me hiciera unas buenas mamadas —contesté, intentando que la voz no temblara—. Pero no me salían perfiles cerca.
—Yo soy activo, ya lo viste. Como mamador no te sirvo.
—Lo sé. Pero cuando vi la foto que me mandaste se me antojó venir a chupártela. Te digo algo: serías el segundo al que se la chupo en mi vida y…
No pude terminar la frase. Los nervios me ganaron y me quedé con la boca entreabierta, sintiendo cómo se me subía el calor a las orejas.
Vi cómo le brotó una sonrisa lenta, casi divertida. Se acercó. Su perfume me llegó antes que él, una cosa amaderada que se me metió en la cabeza. Sentía el corazón a mil. Las manos me temblaban y no sabía dónde mirar. Entonces me tomó las mejillas con las dos manos, las suyas eran grandes y tibias, y me besó.
Le respondí el beso casi sin pensar. Su lengua jugó con la mía despacio al principio, como dándome tiempo a soltarme. Poco a poco me fui aflojando. Mis manos subieron a su nuca y se enredaron en su pelo. Mi cuerpo se pegó al de él. Sentí sus manos en mis caderas, jalándome con fuerza, hasta que terminé sentado encima de sus piernas, sin saber muy bien cómo había llegado ahí.
Seguí besándolo. Le pasé los dedos por la cara, por la barba áspera, por el cuello. Él me bajó las manos por la espalda, se metió debajo de la camiseta, me la sacó de un tirón. Tomé la iniciativa y le saqué la suya. Tenía pelo en el pecho y un abdomen marcado, no exagerado, pero claramente alguien que entrenaba. Me besó el cuello, bajó hasta los pezones, los lamió, los mordió suave. Yo jadeaba sin contenerme.
Me bajé al piso casi por instinto. Me arrodillé entre sus piernas y le desabroché el pantalón. No traía bóxer debajo, y cuando se levantó para sacarse el short de un tirón me quedé mirando la verga que tenía adelante: quince, dieciséis centímetros, larga y ancha, con una vena marcada por el costado. La tomé con una mano y los dedos no me alcanzaban para rodearla del todo.
La acerqué a mi boca despacio. Le pasé la lengua por la cabeza, por el frenillo, miré hacia arriba haciendo la cara más entregada que pude. Le dije en voz baja:
—Estoy listo para ser tuya.
Me agarró la cabeza con una mano y con la otra dirigió su verga a mi boca. Me la fue metiendo poco a poco. Sentía que me ahogaba, la sacaba para tomar aire y volvía a probar un poco más. Lo que no me cabía en la boca lo masturbaba con las dos manos. En su sala se escuchaba todo: los sonidos húmedos de mi boca, sus gemidos roncos, alguna respiración entrecortada mía. Me sentía una puta, en el mejor sentido posible, dejándome dominar por ese tipo que apenas me había dicho su nombre. Andrés, se llamaba. Lo había soltado al pasar.
De pronto sentí que me levantaba del brazo. Me dio otro beso, más profundo que los anteriores. Me desabrochó el jean, me lo bajó hasta los tobillos y luego el bóxer. Sus manos recorrieron mis nalgas, las apretó. Me recostó boca abajo en el sofá, con las nalgas alzadas, y se arrodilló detrás de mí.
—Quedate quieto —dijo.
Cuando sentí su lengua entre las nalgas me arqueé entero. Era una sensación que nunca antes me habían dado de esa forma. Me lamía, se demoraba, me abría con los pulgares. Yo gemía como loco, pidiendo que no parara.
—Sí, comételo todo. Quiero ser tu puta esta tarde.
Se tomó su tiempo. Cuando ya estaba seguro de que estaba listo, agarró uno de los condones que yo había traído, se lo puso y me echó lubricante. Yo seguía con la cara contra el cojín, las nalgas en el aire.
—Te la voy a meter. Si te molesta algo, me decís y paro.
Asentí con la cabeza. Me agarró las caderas y empezó a meterla despacio. Yo estaba tan caliente, tan mojado, tan abierto, que apenas dolió. Primero la cabeza, después la mitad, después toda. Sentí un tirón al final, un dolor mínimo que se transformó en placer casi enseguida. Empezó a moverse despacio, fue subiendo el ritmo, y yo me dejé llevar, gimiendo en la tela del sofá, pidiéndole que no parara.
Me cogió un rato con las nalgas al aire, hasta que me incorporé y me puse en cuatro patas. En el reflejo apagado de su televisor podía verme: la espalda arqueada, las manos clavadas en el respaldo, su cuerpo grande sobre el mío. Me excité tanto de verme así que empecé a pedir más sin filtro. Después me la sacó, me hizo dar la vuelta, me puso boca arriba con los talones sobre sus hombros y volvió a metérmela. Me agarró la cara, me besó, su lengua jugaba con la mía mientras seguía cogiéndome. Me besaba el cuello. Yo me sentía suya, sin metáforas.
—Estoy cerca —me dijo al oído.
Apreté el culo todo lo que pude. Sentí su cuerpo arquearse, su respiración cortarse. Mis manos le recorrieron la espalda. En el silencio de la sala los dos jadeábamos como si hubiéramos corrido kilómetros.
***
Nos quedamos un rato besándonos, con él todavía encima de mí. Cuando se levantó, miró cómo había quedado mi culo y se rió bajito. Yo cansado le devolví la sonrisa. Nos limpiamos, me preguntó si tenía que irme corriendo o si tenía algo de tiempo. Le dije que no, que tenía toda la tarde y la noche libres. La sonrisa se le ensanchó y me invitó a comer. Tengo que decir que además de coger rico, Andrés cocinaba mejor de lo que esperaba.
Comimos en su comedor, ambos sin ropa, como si fuera lo más normal del mundo. La charla fluyó: me contó que era arquitecto, que se había separado hacía un par de años, que viajaba seguido entre Bogotá y Medellín por proyectos. Yo le hablé un poco de mi trabajo, de mis vacaciones canceladas, de que apenas estaba descubriendo este lado de mí. Me miraba con una mezcla de ternura y hambre que me hacía sentir importante.
Terminamos de comer y me preguntó si no me molestaba quedarme con él. Por el calor de afuera, por la cena, por todo, le dije que no. Me tomó de la mano y me llevó al cuarto. Tenía una cama grande, sábanas oscuras y una recámara muy bien armada, con cuadros sobrios en las paredes. Me acostó y puso una película porno gay desde su celular sobre la mesa de noche. Para no alargar, la trama era un hombre maduro con dos pibes más chicos, y Andrés me confesó que esa era su fantasía favorita.
Noté que la película lo prendía porque su verga empezó a despertarse otra vez. Sin pensarlo demasiado, me bajé un poco en la cama, la tomé con la mano y se la volví a chupar. Sentía cómo crecía dentro de mi boca. Gemía, jadeaba, me agarraba el pelo con cuidado.
Yo me di la vuelta y le puse el culo en la cara. Lo entendió enseguida. Quedamos en un sesenta y nueve riquísimo, con mis gemidos amortiguados por su verga y los suyos por mis nalgas. Estuvimos así un buen rato hasta que me pidió que me incorporara: iba a buscar otro condón. Le dije que no hacía falta, que no tenía nada y que confiaba en él si quería. Me sorprendió cuando se levantó, abrió un cajón y me mostró un papel de un laboratorio, fechado quince días atrás, con todos los resultados en cero. Yo le dije que también me había hecho controles hacía poco.
Fue por el lubricante, se untó, me puso un poco en el culo para que entrara fácil. Me acomodé en cuatro patas otra vez por costumbre, pero él me detuvo.
—Quedate de frente, quiero verte la cara.
Me acosté, separé las piernas y me las puso sobre sus hombros. Entró sin esfuerzo. Yo gemí y él me ahogó el gemido con un beso largo. Seguimos así parte de la noche, cambiando de posiciones cada cierto tiempo, con cortes para tomar agua o reírnos de cualquier cosa. En una me puse en cuatro mirando hacia atrás, haciéndole la cara más entregada que sabía poner. En otra me agarró del cuello sin apretar, solo apoyando la mano, y eso solo casi me hace acabar.
Cerca del final me pidió que me arrodillara enfrente. Me agarró la cabeza, me llevó su verga a la boca y se vino dentro. Sentí el sabor cargado, agridulce, y me tragué hasta la última gota porque quise. Me miró desde arriba, sonrió cansado, y se dejó caer a mi lado en el colchón.
Esa noche cogimos mucho más, también él me la chupó un rato largo y me hizo acabar entre sus labios. Me sentía la persona más afortunada del mundo, casi enamorado de un tipo al que apenas conocía. No quería que la noche se terminara.
Cuando ya no podíamos más, me abrazó y me pegó al pecho. Me quedé dormido escuchándolo respirar. Al día siguiente despertamos temprano: tenía que tomar un vuelo a Medellín. Nos metimos juntos a la ducha, nos besamos bajo el agua sin prisa, nos enjabonamos como si fuera un ritual. Después me acompañó hasta el portal y me dejó parado frente al mío. Antes de irse le pedí el número. Me lo dio sin dudar. Lo guardé como «Andrés Semana Santa», por si acaso.
Espero les haya gustado esta segunda historia tanto como la primera. Algunos comentarios de la última me dieron ganas de seguir escribiendo, así que prometo que vendrán más. Aclaro otra vez, porque me lo preguntaron: soy bisexual, me siguen gustando las mujeres, y nada de esto va en contra de lo otro. Es solo otra cara mía que recién estoy aprendiendo a mirar.