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Relatos Ardientes

Esa tarde con mis dos amigos en el sofá lo cambió todo

Hacía apenas media hora que había terminado con Tomás cuando nos sentamos a ver el último capítulo del anime que llevábamos siguiendo. Yo apoyaba la espalda contra la pared, todavía notando el ardor en el culo, y él, tumbado a mi lado, jugaba con un mando del PlayStation sin encenderlo.

—Tengo el culo destrozado, weón —le confesé.

—Mañana cagas sin esfuerzo, igual hasta me das las gracias —se rió.

—No, en serio. Es raro, Tomi. Yo quiero a Lara. La quiero de verdad. Pero esto que hacemos contigo y con Luca… no sé.

—Esto es matar el rato hasta que ella se decida —contestó sin mirarme—. Cuando consigas que te la chupe, lo dejamos. Si quieres.

No supe qué responder.

Volví a casa pasadas las doce. Mi padre y Nico, mi hermano pequeño, ya dormían. Antes de meterme en mi cuarto entré al suyo y le di un beso en la mejilla, de esos que solo se dan cuando uno está convencido de que el otro no se va a enterar. Le susurré un «te quiero, enano». Desde que faltaba mamá me había vuelto blando con él. Necesitaba decírselo cada noche, aunque él no me oyera.

La semana se me hizo corta. Lara se restregaba contra mí en cada recreo, aprovechando los pasillos vacíos para meterme la mano por la cintura del pantalón. Cada vez se atrevía un poco más, pero nunca acababa de cruzar la línea. Yo regresaba a casa caliente y desesperado.

El viernes después de clase pasé por casa de Luca para echarle una mano a Darío con un examen de Matemáticas. Darío es su hermano pequeño, tiene un año menos que nosotros, y aunque es aplicado se le atragantan las ecuaciones. Llevábamos casi dos horas en su cuarto cuando, de repente, cerró el cuaderno y empezó a juguetear con los dedos.

—Pol —dijo, con la voz un poco temblorosa—, hablé con Luca.

Lo miré sin entender.

—Le pregunté qué hacíais cuando estabais solos.

—Darío, no…

—Por favor. Sé que no está bien. Pero no se lo puedo pedir a nadie más.

—Soy amigo de tu hermano. Si se entera, me mata.

—No tiene por qué enterarse —susurró, y apoyó una mano discreta sobre mi muslo.

Aparté la cara. Quise levantarme, pero los dedos de Darío subieron un par de centímetros más. Otra vez igual, pensé. Y otra vez voy a ceder.

—¿Qué quieres exactamente? —pregunté.

—Verla. Tocarla. Y que tú toques la mía.

Me bajé los pantalones con resignación, más rápido de lo que mi cabeza me pedía. Darío hizo lo mismo y se quedó mirándome con la respiración cortada. La tenía ya muy dura. Acercó una mano insegura, me rodeó con los dedos, y un escalofrío me subió por la espalda. Le devolví el gesto. La suya estaba caliente, delgada, palpitando contra mi palma.

Sin decir nada, se arrodilló delante de mí. Yo sabía que no debía dejarle. Le dejé. Me la chupó con torpeza, usando solo los labios, sin atreverse a meter la lengua. Le puso ganas, eso sí. Lo aparté con suavidad después de un minuto, le hice sentarse en la cama y le abrí las piernas. Me arrodillé y me la metí entera en la boca. Apenas respiraba. Le acaricié los huevos con la lengua y él soltó una risita nerviosa.

Unos pasos en el pasillo me devolvieron a la cordura. Me incorporé de un salto y me subí los pantalones.

—Ya está —le dije—. Vístete. Y esto no vuelve a pasar.

Asintió, agradecido. Cuando Luca abrió la puerta del cuarto, los dos estábamos sentados frente al libro de mates como si nada.

—¿Habéis terminado? —preguntó, sin levantar los ojos del móvil.

—Sí —improvisó Darío—. Dice Pol que le caigo mejor que tú.

—No te lo crees ni tú, chaval —contestó Luca.

Salí de su casa pensando que era un cerdo y, al mismo tiempo, pensando ya en la siguiente vez.

***

El sábado por la mañana lo pasé en casa de Lara. Habíamos puesto la excusa de un trabajo del instituto que no existía. Su madre nos abrió la puerta con una sonrisa, su padre apenas asintió, y subimos a su cuarto. Sacamos folios en blanco, los esparcimos por la mesa y nos liamos en cuanto cerró la puerta.

Sus labios sabían a algo dulce que no supe identificar. Le pasé la mano por la cintura, por la espalda, y bajé hasta el culo sin que ella se apartara. Lara hizo lo mismo: me palpó por encima del pantalón hasta encontrarme. La detuve un instante, le besé el cuello, y dejé que siguiera. Me empujó hacia la cama, me bajó la cremallera con una sonrisa tímida y, por primera vez, me vio. Su expresión no fue de susto, sino de curiosidad.

Me la empezó a tocar con torpeza, una paja lenta, casi de aprendiz. Yo la dejé hacer. Después tomé yo el control: le quité la camiseta, le bajé los pantalones, y cuando vi su sexo claro, casi lampiño, me reí de pura emoción nerviosa. Empecé a acariciarla, sin saber muy bien dónde tocar. Le metí un dedo y soltó un pequeño grito.

Un ruido en el pasillo nos obligó a vestirnos a toda prisa. Salí de allí con un calentón que me iba a explotar dentro del pantalón.

***

Por la tarde quedaron Tomás y Luca en venir a mi casa. Iker, el cuarto del grupo, tenía partido. Nico se había ido a dormir a casa de un amigo, Carla estaba con su novio y mi padre había salido a hacer la compra. Estábamos solos.

Apenas nos sentamos en el sofá del salón, les conté lo de Lara. Tomás se rió y me preguntó si no había forma de seguir.

—Qué va, bro. Nos cortaron el rollo.

—Pues mira yo cómo estoy según lo cuentas —dijo Luca, y se sacó la polla del pantalón como si nada.

La tenía empalmada, ligeramente curvada hacia la izquierda. Tomás se rió. Yo también. Y supe perfectamente cómo iba a terminar esa tarde.

—¿Nos hacemos una? —propuso Luca.

—Aquí apechugamos todos —dije—. No voy a chupar yo solo.

—Chupar no —contestó Tomás—, pero si surge lo otro…

—Espera, ¿cómo? —Luca abrió los ojos.

No le hicimos caso. Tomás y yo nos bajamos los pantalones a la vez, después la camiseta. En el sofá no había sitio para los tres, pero nos las apañamos como pudimos. Yo me senté en el medio, Tomás a mi izquierda y Luca a mi derecha. Sus cuerpos desnudos contra el mío me pusieron la piel de gallina.

Me incliné hacia Tomás y empecé a comérsela. Luca, con una sorpresa que yo ya no esperaba, se agachó al mismo tiempo y se puso con la mía. Quedamos los tres en un trenecito húmedo y silencioso, roto solo por el ruido de las bocas y por algún suspiro de Tomás, que apoyaba la mano en mi cabeza sin presionar.

—Me flipa cómo la chupas, Pol.

No pude evitar reírme con su miembro dentro. Luca había aprendido. Nada que ver con la primera vez. Me la sacaba de la boca y la lamía por todo el tronco, como si quisiera memorizarla. Yo, mientras tanto, tragaba los quince centímetros enteros de Tomás y le succionaba los huevos hasta dejárselos brillantes de saliva.

Luca se incorporó, se sentó a mi lado y tiró de mí hacia él. Cambié de boca. Su polla, curvada y caliente, me sabía distinta a la de Tomás. Mientras se la chupaba, Luca paseó la mano por mi espalda y la bajó hasta encontrarse con la cabeza del chileno, que ya estaba otra vez ocupado conmigo.

—¿Qué quieres? —le pregunté a Tomás, sabiendo lo que iba a contestar.

—¿Hacemos… lo del otro día?

—¿De qué habláis? —saltó Luca.

—Hace dos findes —respondió Tomás— se la metí a Pol.

Luca se levantó de un salto, con los ojos abiertos como platos.

—¿¡Perdón!? ¿Te lo follaste? Estáis pinzados, ¿eh?

—Si no quieres participar, te puedes ir —contestó Tomás, tranquilo.

Luca se sentó de nuevo. Tan rápido que ninguno de los dos pudimos disimular la sonrisa.

—Claro que quiero. Pero eso sí: a mí ni de coña me la metéis.

—Tranqui, Luca —dije yo—. Puedo con los dos.

No quería sonar tan cerdo. Sus caras lo confirmaron.

—¿Empiezo yo? —pidió Luca, casi suplicando.

Tomás se lo concedió con una palmada en el hombro. Fui a por el bote de aceite que guardaba en mi cuarto desde hacía unas semanas — el último de mis hallazgos para las sesiones a solas — y volví. Le unté la polla con cuidado y luego me pasé un poco por el agujero. Subimos los tres a mi habitación, donde había más espacio, y me puse a cuatro patas sobre la cama. Luca se colocó detrás de mí.

—Cuando me digas.

—Prueba ya. Pero poco a poco.

Notó que su glande encontraba menos resistencia de la que esperaba. Mis tardes a solas habían servido para algo. Suspiré al sentir cómo entraba, y oí el aire que Tomás soltó por la nariz desde la otra punta de la cama.

—¿Sigo?

—Sí. Despacio.

Luca empezó a empujar muy lentamente hasta que hizo tope contra mí. Se quedó quieto unos segundos.

—Qué puta locura, tío —soltó.

Tomás se subió a la cama, se arrodilló delante de mi cara y me ofreció el rabo. Yo abrí la boca sin pensarlo. Y así pasamos un rato: Luca dándome embestidas pausadas por detrás, sus huevos chocando contra los míos en cada penetración, Tomás follándome la boca con cariño pero sin piedad, sujetándome la cabeza con las dos manos. Mi propia polla colgaba dura entre mis muslos, balanceándose con cada empujón.

Tomás se sacó de mi boca, se puso de pie sobre la cama y dejó su miembro a la altura de la cara de Luca. Por un segundo Luca dudó. Luego se inclinó hacia delante y se la metió en la boca sin dejar de follarme. La escena me cortocircuitó el cerebro.

Aguantamos así unos minutos. Después Tomás bajó de un salto y reclamó su turno con una sonrisa de cachondo.

—Me toca.

Le hice sitio. Tomás se tumbó boca arriba y yo me senté sobre él. Su polla era más gruesa que la de Luca, y por mucho aceite que me echara, tardé un par de minutos en conseguir que entrase entera. Cuando finalmente noté su pelvis contra mis nalgas, no pude evitar un suspiro de gusto.

—Le entra entera —murmuró Luca, que se había quedado mirándonos desde el borde de la cama—. Vaya barbaridad.

Empecé a cabalgarle, primero despacio, luego con fuerza. Luca se acercó a la cara de Tomás y le ofreció la polla. Tomás dudó.

—No me jodas, ¿eh? Yo te la he chupado, ahora te toca a ti.

El chileno abrió la boca. La calentura hizo el resto. Luca empezó a metérsela despacio, casi con reverencia, hasta que Tomás le empujó con suavidad para que no llegara más adentro.

Estuvimos así un buen rato, los tres encadenados por un mismo movimiento. Tomás tumbado, yo encima de él, Luca delante follándole la boca. Yo subía y bajaba sobre la polla del chileno y veía cómo los huevos de Luca golpeaban la barbilla de mi mejor amigo. Era una imagen que se me quedó grabada a fuego.

Tomás me hizo girarme sin sacársela del culo, hasta dejarme tumbado boca arriba. Me levantó las piernas y empezó a embestirme con más fuerza. Luca se acercó por arriba y, antes de meterse mi miembro en la boca, acomodó el suyo en la mía: un sesenta y nueve improvisado, con Tomás follándome por debajo. Tragué casi sin querer al sentir el peso de Luca sobre la cara, y noté cómo su lengua me envolvía el tronco al mismo tiempo.

—Me voy a correr —avisó Tomás, en voz baja.

Yo también estaba a punto. Por el sabor amargo que me invadía la boca, Luca también.

—¿Puedo acabar dentro? —preguntó Tomás.

—Ni de coña.

—Por favor, va…

—Córrete en la cara, si quieres.

Eso pareció ponerle todavía más cachondo. Aceleró el ritmo con frenesí. Luca se incorporó, se puso de pie junto a la cama y se la sacudió rápido al lado de mi cara. Tomás sacó la polla de mi culo y se colocó al otro lado. Yo, tumbado boca arriba, con un amigo a cada lado y la lengua fuera, los miré como si fuera la cosa más natural del mundo.

—Joder… —murmuró Tomás, mordiéndose el labio.

Reventaron los dos casi a la vez. Sus chorros me cayeron en las mejillas, en la frente, en la lengua. Me agarré la polla con la mano y me corrí yo también, sobre el pecho, en el momento exacto. Acercaron las pollas a mi boca y, sin pensarlo dos veces, lamí los restos. El sabor era amargo, pero no me desagradaba.

Nos reímos los tres, nerviosos. Se fueron al baño a limpiarse, primero Luca, luego Tomás. El último fui yo. Me miré al espejo, medio arrepentido como siempre, y supe que volvería a hacerlo mil veces más.

Cuando bajamos al salón a jugar al móvil, mi padre todavía no había vuelto. Mis amigos me miraron de reojo al oír por fin sus llaves en la cerradura, cómplices de un secreto que ese hombre no descubriría jamás.

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