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Relatos Ardientes

El dependiente me cerró la tienda solo para mí

El escaparate me detuvo en mitad de la acera. Entre boxers de algodón y slips clásicos, alguien había colocado un único tanga masculino, casi escondido, como si formara parte de la decoración por accidente. Al otro lado del cristal, la sección femenina lucía en pleno color, descarada. La masculina parecía pedir permiso para existir.

Era una tarde de martes a finales de agosto, una de esas en las que el asfalto se vuelve elástico bajo las suelas. La ciudad se había vaciado. La gente estaba en la playa o en las fiestas de los pueblos, y las pocas almas que quedábamos nos movíamos despacio, buscando la sombra como lagartos. La calle entera parecía el plató de una película post-apocalíptica.

Me llamó la atención esa prenda concreta porque yo siempre usaba slips ajustados, casi del mismo tamaño. Pensé que no podía haber tanta diferencia entre uno y otro. Pensé que un tanga era simplemente menos tela. Pensé mal.

La tienda era pequeña y olía a tejido nuevo. Las prendas se apilaban casi sin orden, como si la persona que las colocaba prefiriera el caos al inventario. Esperaba encontrar a una chica detrás del mostrador; lo lógico, en un sitio así. En cambio, había un chico aproximadamente de mi edad, con los codos apoyados en el cristal y los ojos en su móvil.

Levantó la vista cuando entré y la verdad es que no era cualquiera. Pelo castaño revuelto, ojos verdes muy claros, una camiseta blanca ajustada que dibujaba unos pectorales discretos pero presentes. Me saludó con una sonrisa que me pareció demasiado lenta para ser solo profesional.

«Estarás imaginando cosas, Iván», pensé. «El calor te está cocinando las neuronas.»

Tampoco era yo el sumun de la elegancia, con mis chanclas, las bermudas reducidas y una camiseta de tirantes que ya había visto mejores temporadas. Aun así, sentí su mirada siguiéndome por la tienda. No la mirada de quien teme un robo. Otra cosa.

Me planté delante de la estantería que buscaba. Sabía que existían los tangas y los suspensorios para hombres, claro. Los había visto en alguna película más o menos pornográfica, en revistas, en anuncios. Pero una cosa era saberlo y otra muy distinta tener el muestrario entero delante. Negros, rojos, azules con brillo, algunos con tira ancha, otros con apenas un hilo. Cada bolsita exhibía la foto de un modelo musculado posando con la prenda dentro. Casi te empujaban a comparar.

Debí de quedarme allí un buen rato, porque enseguida lo oí acercarse.

—Me llamo Adrián —dijo, y noté el perfume cuando se puso a mi lado—. Te veo un poco perdido. ¿Te ayudo?

—Iván —respondí—. La verdad es que sí. Nunca he probado nada de esto. Sé que existen y poco más.

Cogió un tanga negro del expositor y lo sostuvo entre los dedos como si fuera la cosa más cotidiana del mundo.

—Me sorprende que nunca te hayas puesto uno. Tienes cuerpo para lucirlo —y, sin pestañear—. Un cuerpo precioso, diría yo.

Le sostuve la mirada un segundo más de lo razonable. Él no la apartó.

—Cuéntame las diferencias —pedí, fingiendo concentrarme en la mercancía.

—Aparte de lo evidente, la tira de atrás puede molestarte o gustarte. Depende de muchas cosas, no solo del tejido. Son sorprendentemente cómodos. Lo notas cuando los llevas un rato.

—¿Tú los usas?

Sonrió. Una sonrisa de medio lado, con la lengua rozándole los dientes.

—Llevo uno ahora mismo.

—¿En serio?

—Pues claro.

Se desabrochó el botón del vaquero y tiró un poco hacia abajo. Una goma negra estrechísima cruzaba sus caderas, casi una pestaña. Debajo, su piel bronceada, sin marca de bañador. Tomaba el sol desnudo, no había otra explicación.

—Me gusta —dije, dejando flotar a propósito si me refería al tanga o a lo otro.

Volvió a abrocharse despacio, sin dejar de mirarme.

—Me has dejado intrigado —añadí—. Con ganas de ver más.

—¿De verdad quieres verlo entero?

—Claro. Para hacerme una idea de cómo me quedaría a mí.

—Vaya cliente exigente.

—Soy curioso, no exigente.

—Hagamos un trato. Yo te enseño cómo me queda y tú te lo pruebas delante de mí.

—Perfecto. Pero vamos a necesitar algo de intimidad.

—No te preocupes. A esta hora no entra nadie. Echo el cierre y nadie nos molesta.

***

Cuando pasó a mi lado para ir hasta la puerta, dejé de pensar. Le agarré por la cintura y lo besé. Mordisqueé sus labios con los míos, despacio al principio, y respondió sin un segundo de duda. Su lengua buscó la mía. Sus manos se cerraron sobre mi culo como si llevaran todo el día esperando.

Lo solté solo para que llegara hasta el cierre. Lo oí bajar la persiana a medias, lo justo para que desde fuera pareciera cerrado por la siesta y no por algo más interesante. Cuando volvió, me cogió de la mano y me llevó hasta los probadores. Eran amplios, con una moqueta gruesa que olía a ambientador, una banqueta acolchada y un espejo a tres caras. Por el camino agarró un par de tangas y un par de suspensorios. Apostaría a que escogió los más pequeños del muestrario.

—Tú quédate fuera —le dije cuando llegamos—. Mírame desde ahí.

—¿Solo mirar?

—Por ahora.

Adrián era un vendedor nato. Le interesaba más la idea de verme desvestir que la de cerrar una venta. Y a mí me estaba gustando ese juego, alargarlo, dejarle con hambre.

Con la cortina abierta, empecé a quitarme la ropa despacio. Primero la camiseta, sacándola por encima de la cabeza con un gesto lento, dejando que viera el moreno del pecho. Después las bermudas, que cayeron sobre la moqueta sin ruido. Me quedé un rato con el bóxer puesto, deliberadamente. El algodón ajustado marcaba todo lo que ya estaba duro debajo, ladeado hacia un costado.

Vi cómo se mordía el labio. Vi cómo respiraba un poco más fuerte.

Sin previo aviso, me bajé el bóxer del todo. Quedé desnudo en mitad del probador. La polla, depilada y dura, saltó libre hacia arriba. Me incliné a recoger el tanga negro que él me había alargado.

—Me encanta cómo te queda —dijo, antes incluso de que me lo pusiera—. Y no me refiero al tanga.

Subí la prenda por los muslos, recreándome. La goma de dos dedos rodeó la cintura sin esfuerzo. Aparté las nalgas con una mano para acomodar la tira de atrás y luego intenté meter la polla en la poca tela que prometía contenerla. No había forma. La cabeza se asomaba por la cinturilla, latiendo.

—Creo que tengo un problema técnico.

—Creo que puedo ayudarte.

Le hice un gesto con la mano. Vino despacio, tirando de su camiseta hacia arriba, descubriendo un torso lampiño, claro, con dos pezones pequeños y rosados que se le habían puesto tiesos de solo cruzar la habitación.

—Así me lo pones todavía más difícil —dije.

—Esa es la idea.

Nos besamos otra vez, ahora con más rabia. Apreté su cuerpo fibroso contra el mío, sintiendo su pecho frío contra mi piel caliente. Su lengua entraba y salía sin pedir permiso. Mis manos bajaron a apretarle el culo a través del vaquero. Le desabroché el botón con torpeza y le bajé el pantalón hasta los muslos.

El tanga que llevaba era azul, con un brillo discreto, sujeto con dos cordones negros que se ataban a las caderas. Un triángulo de tela diminuto que ya no escondía ni la mitad de su polla, fina, larga, depilada, con las venas marcadas. Estaba tan dura como la mía.

—Esto también parece a punto de reventar —dije.

Metí la mano por dentro del tanga, buscando los huevos. La tela solo le tapaba eso, suaves, depilados, llenos. Soltó un primer gemido contra mi cuello, junto a la oreja que él me estaba lamiendo. Le murmuré:

—Estoy deseando sacártelo. Al tanga, me refiero.

—Por cómo me la agarras, no te creo.

Tiró del mío hacia abajo. La goma se deslizó por mis muslos y yo le dejé hacer. Me sujetó la polla con la otra mano, acariciándola despacio, como midiéndola. Empezó a bajar. Su boca recorrió mi pecho, mis pezones, el centro del esternón, el ombligo, la línea de pelo que terminaba en el pubis.

Cuando se metió la polla entera en la boca, el gemido que solté fue mío. Profundo. Adrián chupaba con paciencia, como si tuviera todo el verano. Subía y bajaba la lengua por el tronco, se entretenía con el glande, escupía sobre él, volvía a tragarme. Me hizo apoyar un pie en la banqueta acolchada para chuparme los huevos desde abajo, y pasó la lengua por el perineo, deslizándola hacia atrás.

—Esto está muy sabroso —murmuró.

—Rico es lo que estás haciendo tú.

Sus manos me abrieron las nalgas. Supe lo que venía. La punta de la lengua se clavó en mi ano, dura y precisa, y empezó a moverse en círculos. Abrí más las piernas, me incliné un poco hacia delante apoyándome en el espejo y le dejé hacer. Me tenía completamente caliente. Su otra mano no había soltado mi polla, dándole saliva y tirones lentos.

Lo vi sentado sobre la moqueta cuando me giré. Tenía su propia polla apuntando al techo, sacudiéndose contra el vientre cada vez que respiraba.

—¿Me dejas? —pregunté.

—Si paras ahora me cargas el día.

—Eso es exactamente lo que pretendo. Después de que me jodas tú a mí.

Me incliné lo suficiente para echarle saliva sobre el glande, dejándola caer despacio desde la boca. Doblé las rodillas y me clavé yo mismo, sin prisa, abriéndome con cuidado sobre su rabo. Él me sostuvo por las nalgas para que no cayera de golpe. Lo fui tragando centímetro a centímetro hasta apoyar el culo sobre sus muslos. Sentía nuestros huevos rozándose.

—Joder —dijo entre dientes.

Empecé a moverme arriba y abajo, primero despacio, dejando que mi cuerpo se acostumbrara al suyo. Él lamía mi nuca, me mordisqueaba el hombro, sostenía mis caderas marcándome el ritmo. Apoyé las manos en sus rodillas y aceleré. Lo sentía hasta dentro, golpeando un punto que me obligaba a contener la respiración cada vez que pasaba por él.

No paramos hasta que él se vino. Sentí los latigazos calientes dentro y un gemido largo contra mi nuca. Me levantó para sacarse, me giró y volvió a meter la cara entre mis nalgas. Me lamió de nuevo, con su propio semen escurriendo, y eso fue lo que me hizo correrme. Los chorros cayeron sobre su pecho y su vientre. Él recogió con los dedos lo que goteaba y se lo llevó a la boca.

Me incliné y compartí ese beso desde su lengua a la mía.

***

—Ya tengo tienda favorita para comprar ropa interior —dije, intentando recuperar el aliento—. Siempre que la atención sea tan personalizada.

—¿No decías que querías follarme?

—¿Tenemos tiempo?

—Depende de lo rápido que se te vuelva a poner dura.

—Contigo, no creo que tarde mucho.

Lo decía mientras él no había dejado de acariciarla. Sus dedos jugaban con el glande, con los huevos, mientras su lengua me limpiaba el cuello. En pocos minutos volvía a apuntar al techo como si la primera vez hubiera sido un calentamiento.

—Vuelve a ponerte el tanga —le pedí.

Adrián se calzó el azul, el de los cordones más finos. Y se fue agachando despacio sobre la moqueta, lascivo, calculado, hasta quedarse a cuatro patas frente a mí. El triángulo de tela apenas cubría nada. Lo aparté con un dedo y escupí entre las nalgas, deslizando la saliva con la mano. Empecé a meter un dedo en su ano para dilatarlo, mientras él gemía con la mejilla pegada a la moqueta.

—Ahora me toca a mí —dije.

Apoyé el glande en su entrada y empujé sin prisa. No le costó mucho abrirse. Mis manos se cerraron sobre su cintura estrecha y empecé a moverme. Ver cómo se abría su culo con cada empuje me dejaba sin aire. Él se apretaba alrededor, dejándose follar con una soltura que me decía que no era la primera vez que cerraba la tienda con un cliente.

—Cógeme la polla —pidió.

Me incliné sobre su espalda, besé su hombro, lamí su nuca y pasé la mano por debajo de su cadera para masturbarlo al ritmo en que yo entraba y salía. Estábamos los dos respirando como animales. La moqueta se quedaría manchada, no había otra opción.

Adrián se vino antes que yo, gimiendo contra el suelo, apretándome todavía más. Yo terminé poco después, vaciándome dentro, con la frente apoyada entre sus omoplatos.

Caímos derrumbados, él debajo de mí, yo todavía besándole el hombro y la nuca con todo el deseo que aún me sobraba.

***

Tenía que volver a abrir la tienda y los dos nos habíamos saltado la comida. Viendo que esa tarde tampoco iba a entrar nadie, me acerqué con el tanga nuevo puesto a un bar de la esquina y volví con dos bocadillos. Nos los comimos detrás del mostrador, riéndonos por lo bajo cada vez que sonaba la campanilla y resultaba ser solo el viento.

Salí de allí a media tarde, con una bolsa de papel en la mano y el teléfono de Adrián en el bolsillo. Estaba claro dónde iba a comprarme la ropa interior a partir de entonces. Y estaba claro que ese verano todavía no se había acabado.

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