La tarde que respondí al anuncio del grupo cerrado
Llegué al Hotel Bahía a eso de las cuatro y media de la tarde, con la garganta seca y los nervios trepándome por la espalda. El edificio estaba a una cuadra de Avenida del Pacífico, encajado entre una torre de oficinas y un local de comida corrida que olía a guisado caliente. Yo no sabía con qué iba a encontrarme. O mejor dicho, con quiénes. Los había conocido por internet, en un foro perdido, en un anuncio que decía: «Grupo de machos varoniles para masturbarse entre nosotros».
El día que leí ese anuncio se me secó la boca. Volví a entrar al foro tres veces antes de animarme a escribirles. En el instante en que la recepcionista me indicó el número del cuarto, la voz me salió ronca y la excitación estaba al máximo. Llevaba un nudo en la garganta que no se iba con saliva.
La habitación estaba en el cuarto piso, así que salí del elevador y caminé por el pasillo apretando con la mano la bolsa que cargaba. Adentro llevaba un six pack de cervezas y una caja de condones. ¿Para qué los condones?, me preguntaba mientras caminaba. Habían sido muy claros en las reglas: solo masturbación entre hombres, nada de mamadas, nada de penetración, nada de «mariconadas». La verdad, yo no entendía bien dónde estaba la línea. Si me iba a masturbar enfrente de ellos, ¿no daba lo mismo todo lo demás?
Toqué la puerta y la espera me pareció eterna. Toqué otra vez, más fuerte, y por fin abrió Mateo. Era un tipo alto, vestido con pantalón formal y camisa azul cielo, recién salido de la oficina. Tenía cara de niño bien y una sonrisa que no terminaba de tranquilizarme. Me extendió la mano y, cuando se la apreté, me jaló para darme un abrazo corto. Entré sin entender bien qué seguía.
El cuarto tenía dos camas y la televisión estaba prendida sin volumen, mostrando alguna película de acción. Sentado al borde de una de las camas estaba Rodrigo, también de saco y corbata aflojada. Me saludó con un movimiento de cabeza, como si nos conociéramos del trabajo. Dejé las cervezas sobre la mesa de las bebidas y vi varias cajas de condones apiladas. Ahí algo se aflojó en mi pecho. Tal vez la línea no era tan firme como decían.
Hacía meses que venía dándole vueltas a la idea. Quería estar con un hombre. No sabía cómo, no sabía con quién, no sabía dónde buscar sin sentirme expuesto. El anuncio de la chaqueta colectiva había sido la grieta perfecta: un permiso sin nombre, una puerta entreabierta, una excusa para asomarme al otro lado sin tener que ponerle una etiqueta a nada. Ahora estaba ahí, frente a esos dos, y me había desilusionado un poco al ver que éramos tan pocos. Mateo se dio cuenta enseguida.
—Falta Tobi —dijo con una sonrisa pícara—. Ya viene en camino. Ese te va a fascinar, te lo prometo.
Vio mi cara de duda y suavizó el tono.
—La experiencia, vas a ver. Te va a encantar.
Aunque la verdad ya estaba encantado.
Saqué una cerveza, me senté al borde de la cama más cercana al televisor, y empezaron a contarme cómo se había formado el grupo. Decían ser amigos heterosexuales con «inquietudes». Lo decían así, con esa palabra exacta, como si la inquietud fuera un detalle menor de la personalidad. Algunos eran casados, otros tenían novia, ninguno se identificaba como gay y la insistencia con la que lo aclaraban empezaba a parecerme parte del juego.
—Antes éramos siete u ocho —explicó Rodrigo, dándole un sorbo a su cerveza—. Pero la cosa se complica. Trabajo, viajes, esposas que preguntan. Hoy somos solo cuatro contigo.
Mencionaron de pasada a un tal Iván, que se había salido del grupo hacía meses. Hablaban de él con cierta lástima, comentando que estaba impresionante en su tamaño, pero que ahora estaban contentos con Tobi, que había venido a llenar ese hueco. Yo sonreía y asentía, sin saber qué tan literal era la frase.
Tocaron la puerta. Mateo se levantó a abrir y volvió con Tobi detrás. Flaquito, moreno, no llegaba al metro setenta, con cara de estudiante universitario. Llevaba una mochila al hombro y unos lentes que le daban aire tímido. Saludó a los demás con confianza, a mí con un apretón corto.
—Bienvenido —me dijo bajito, casi sin levantar la voz.
No sé exactamente cómo se fue dando todo lo que vino. El ambiente cambió en el momento en que él se sentó. Mateo puso una película porno en la televisión, le subió un poco el volumen y, sin decir nada, se desabrochó el cinturón. Rodrigo lo siguió. Yo me quedé inmóvil un segundo, con la cerveza en la mano, hasta que vi que Tobi también se bajaba el pantalón sin mirarme. Entonces lo hice yo.
***
Quedamos los cuatro frente a la televisión, con los pantalones a la altura de las rodillas y la verga afuera. Al principio nadie hablaba. Cada quien se la jalaba mirando la pantalla, pero de reojo todos nos veíamos. Era un silencio raro, denso, con la respiración de cuatro hombres y el sonido amortiguado del porno.
Después de un rato, Rodrigo arrastró su silla y se puso frente a Mateo. Yo entendí el formato. Nos acomodamos en una especie de cuadrado, dos al frente y dos a los lados, de modo que todos nos veíamos. Las vergas duras, todas distintas. La de Mateo era gordita y rosada, con la cabeza muy marcada. La de Rodrigo, morena, gruesa, con prepucio y llena de venas. La mía estaba en algún lugar entre las dos, rosada y un poco gorda.
Pero todos mirábamos la de Tobi. Era imposible no mirarla. No tenía sentido que ese muchachito flaco, casi un adolescente, cargara semejante verga. Era larga, más larga de lo que yo había visto en mi vida, y gorda en proporción. Él lo sabía. Se la jalaba despacio, con calma, sonriendo apenas, dejándonos mirar. Cada tanto le sostenía la mirada a uno de nosotros hasta que el otro bajaba la vista.
En algún momento Mateo estiró el brazo y le tocó la pierna a Tobi, cerca de la rodilla. Tobi no se movió. La mano de Mateo subió un poco. Tampoco se movió. Yo, sin pensarlo, hice lo mismo desde el otro lado, le rocé el muslo, dudé un segundo y le rodeé la verga con la mano. Era pesada, caliente, mucho más gruesa de lo que mi mano podía abarcar.
Entonces sentí algo en la nalga. Era Mateo, que me acariciaba con la otra mano y me hacía un gesto con la cabeza hacia su cama. Solo masturbación entre machos, repitió mi cabeza con sarcasmo. Yo no podía dejar de ver a Tobi, pero me levanté de la silla y caminé los dos pasos hasta la cama de Mateo, como si me arrastrara una corriente.
Nos acariciamos un rato en silencio. Él me besó en el cuello, no en la boca. Yo no sabía si eso seguía contando como «entre machos». En un momento dado nuestras cabezas terminaron entre las piernas del otro y nos mamábamos como si lleváramos meses esperando. Era torpe y rico, y yo no podía creer que estuviera haciendo lo que había imaginado tantas veces.
De reojo veía la otra cama. Tobi estaba de rodillas, con Rodrigo enfrente, y la cabeza de Rodrigo no se veía. Solo se escuchaban respiraciones y algún gemido corto. Tomé a Mateo de la mano y, sin decir nada, los dos nos pasamos a la cama de al lado.
Lo que siguió fue un nudo de cuerpos del que no podría hacer una descripción ordenada. Los cuatro nos mamamos entre todos, hincados, las vergas pasando de una boca a otra, las manos buscando una nalga, una espalda, un cuello. Nadie hablaba. La regla del silencio, sin que nadie la hubiera dicho, parecía sostenernos, como si la palabra fuera el límite que ninguno quería cruzar.
Terminamos cerca, casi al mismo tiempo. Eyaculamos hacia el centro, salpicándonos los unos a los otros, mojándonos los muslos, los brazos. Yo me quedé de rodillas, con la respiración entrecortada, mirando la pared blanca del hotel.
***
Sin pensarlo, me llevé los dedos a la boca para limpiarme una gota que tenía en el brazo. Lo hice por instinto, como quien se limpia una migaja. Cuando levanté la vista, los tres me miraban. Rodrigo tenía esa sonrisa que no se enseña, esa que se aprende sola.
—Así que de eso se trata —dijo, sin preguntar.
Algo cambió en ese segundo. La regla del «solo masturbación» quedó atrás como un papel arrugado. Mateo abrió una de las cajas de condones que estaban sobre la mesa. Yo entendí, por fin, para qué eran. La tarde se alargó. Cambiamos de cama, cambiamos de posición, cambiamos de rol. Hubo más cervezas, hubo menos palabras, hubo una segunda y una tercera vez para algunos. Tobi se quedó hasta el final, sentado al borde de la cama, mirándonos con la misma sonrisa tranquila con la que había entrado.
***
De aquellos chicos perdí la pista hace años. Mateo se mudó al norte por trabajo. Rodrigo dejó de contestar el celular. Tobi nunca volvió a aparecer en ningún foro y yo a veces me pregunto si era su nombre real. La habitación del cuarto piso del Bahía sigue ahí, con los mismos pasillos y la misma alfombra gastada, pero yo ya no soy el tipo que llegó con la bolsa apretada en la mano y la garganta seca.
Hoy vivo en Monterrey y tengo en mente armar un grupo nuevo, de hombres discretos, casados o no, con la misma inquietud que tenía yo aquella tarde. Hombres que digan que son heterosexuales y se lo aclaren entre sí, una y otra vez, como si la palabra todavía importara. Hombres que crucen esa puerta con un six pack en la mano y la respiración entrecortada, sin saber muy bien qué van a aprender de sí mismos antes de que termine la noche.
Ojalá leas esto y te animes. Yo ya sé cómo es del otro lado.