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Relatos Ardientes

El chico del semáforo me siguió hasta el parque

Hubo días en que conducir al mediodía se volvía un ritual. Salía de casa con tiempo de sobra, sin un sitio fijo para almorzar, dejando que el calor del asfalto y la música del coche me sacaran del aburrimiento de la oficina. Llevaba unas semanas raras. La cabeza llena, las manos inquietas, una aplicación nueva instalada en el móvil que abría más veces de las que quería admitir.

No buscaba nada concreto. O eso me decía. La verdad es que cada vez que el semáforo se ponía en rojo, mis ojos se iban solos hacia el coche de al lado, hacia el del otro carril, hacia el chico que cruzaba la calle con auriculares y short corto. Era una curiosidad que crecía sin permiso, y ese martes en particular la sentía a flor de piel.

Entré por la avenida que bordea el parque del Tigre, una zona arbolada donde los conductores aflojan el pie porque la velocidad está controlada. Justo en el primer cruce, frené detrás de una camioneta gris. Y entonces lo vi.

En el carril contrario, esperando que el semáforo cambiara, había un tipo dentro de un sedán negro. Treinta años, más o menos. La ventanilla bajada, el codo apoyado en el marco, el brazo descubierto y bronceado. Llevaba ropa deportiva, una camiseta técnica que se le pegaba a los pectorales como si se la hubieran pintado. Pero lo que me dejó sin aire fue el bulto que se le marcaba en el short de licra, exactamente a la altura del muslo, imposible de ignorar desde la altura a la que yo estaba sentado.

Mira para otro lado. Mira al frente.

No le hice caso a mi cabeza. Le sostuve la mirada. Y él, en lugar de apartarla, sonrió. Una sonrisa corta, ladeada, sin abrir los labios. La clase de sonrisa que un desconocido no te regala por amabilidad.

El semáforo cambió. Aceleré sin pensar, con el corazón latiendo en algún lugar del estómago. Tres segundos después, por el retrovisor, vi cómo el sedán negro daba la vuelta en redondo en el siguiente cruce. Venía detrás de mí.

***

Nunca me había pasado algo así, y debería haberme asustado. En cambio, lo que sentí fue una descarga eléctrica que me bajó desde la nuca hasta las piernas. Conduje sin saber muy bien hacia dónde, mirando el retrovisor cada dos segundos para confirmar que seguía ahí. El sedán negro mantenía una distancia constante, ni muy pegado ni muy lejos, como quien sabe perfectamente lo que está haciendo.

Tomé la rotonda que lleva al estacionamiento del parque. Era jueves, cerca de la una de la tarde, y los espacios bajo los eucaliptos estaban casi vacíos. Solo dos coches al fondo, lejos del sendero principal. Me metí entre ellos, apagué el motor y respiré hondo dos veces antes de mirar por el espejo.

Él se estacionó tres plazas más allá. No bajó enseguida. Esperó. Yo también esperé, agarrado al volante con las dos manos como si temiera que el coche fuera a moverse solo. El sudor me hacía cosquillas en la espalda.

Cuando por fin salió del sedán, sentí que el aire se me espesaba. Era más alto de lo que había calculado en el semáforo. La camiseta técnica le subía cada vez que se pasaba la mano por el pelo, dejándome ver un trozo de abdomen plano, marcado, con una línea de vello que se perdía bajo la cintura del short. Caminó hacia mi coche con esa lentitud calculada del que sabe que está siendo observado.

Se detuvo a un par de metros, las manos en los bolsillos, ladeando la cabeza. No me decía nada. Solo esperaba, como si la decisión tuviera que tomarla yo.

Sube las ventanillas. Sube las ventanillas ya.

Apreté el botón. Los cristales subieron con un zumbido que me sonó a alarma. Él arqueó una ceja, divertido, y se acercó otro paso. Me hizo un gesto con la mano abierta, palma hacia abajo, como pidiendo que esperara. Después se señaló a sí mismo y luego al asiento del copiloto. La pregunta era clarísima.

Mi respiración se quedó corta. El cuerpo me iba por delante de la cabeza. Abrí la puerta apenas una rendija, lo suficiente para que entrara el aire caliente del parque y, con él, su olor: sudor seco, colonia áspera, una mezcla limpia y sucia que me apretó la entrepierna de inmediato. Se inclinó un poco, apoyando una mano en el marco de la puerta, y la camiseta se le tensó sobre el pecho.

—¿Puedo? —preguntó, por fin, con una voz grave, tranquila, sin una sola prisa.

No respondí con palabras. Solo aparté el cuerpo hacia el lado y él entendió. Abrió la puerta del copiloto y se metió en el coche con una naturalidad brutal, como si llevara toda la vida haciéndolo. Cuando cerró, el sonido seco del pestillo me atravesó entero. El espacio se volvió pequeño, caliente, lleno de una electricidad que me hacía latir la polla contra la tela del pantalón.

Se quedó mirándome de perfil, todavía sin tocarme, con las piernas abiertas dentro del auto y el codo apoyado en el respaldo del asiento. Había algo indecente en la manera en que ocupaba el espacio, una seguridad de macho acostumbrado a que le miren el paquete y no pedir perdón por ello.

—Tienes cara de llevar toda la mañana pensando en mí —dijo, y sonrió otra vez, más lento ahora.

Sentí que se me calentaban las orejas. Tragué saliva. La vergüenza me duró un segundo; después se transformó en necesidad pura. Bajó la mirada un instante a mi entrepierna, como si leyera ahí la respuesta, y se pasó la lengua por el labio inferior.

—¿Quieres que siga conduciendo o quieres hacer algo con esa polla que me estás enseñando desde que bajé del coche? —me soltó, directo, sin anestesia.

Me quedé inmóvil. La frase me golpeó en el vientre. No había subtileza, no había rodeos, no había chance de fingir decencia. Me estaba ofreciendo una salida y una rendición al mismo tiempo. Solté una risa corta, nerviosa, casi un jadeo.

—No sé ni tu nombre —dije.

Él se inclinó un poco más hacia mí, tan cerca que pude ver un pequeño rastro de barba bien cuidada en la mandíbula.

—Ponle el nombre que quieras cuando me estés mamando —contestó.

El calor me subió de golpe a la cara y a la entrepierna. No supe qué hacer con las manos, así que las dejé fijas en el volante. Él notó mi tensión, claro. Se tomó su tiempo, observándome como si estuviera midiendo cuánta resistencia quedaba antes de romperse. Después llevó dos dedos al borde de mi cinturón, sin desabrocharlo todavía, y esperó un segundo más, solo para obligarme a elegir.

Asentí.

Fue suficiente.

Su mano bajó en un movimiento lento, firme, y abrió el botón de mi pantalón. El sonido de la cremallera bajando fue absurdamente alto dentro del coche. Yo estaba duro ya, duro de una forma humillante, empujando contra la tela del calzoncillo. Él lo vio enseguida y soltó un resoplido satisfecho.

—Así me gusta —murmuró—. Sin tanta charla.

Metió la mano dentro y me rodeó la polla por encima del tejido, apretando con la palma entera. Yo me arqueé en el asiento sin querer, soltando el aire en una bocanada. Tenía la mano grande, cálida, segura, y me la movió una vez, despacio, como probándome. Después otra. Ya no había vuelta atrás; el asiento, el volante, el olor a plástico caliente y a cuerpos cerrados se mezclaban en una misma sensación de hambre.

—Mírame —ordenó.

Levanté los ojos. Los suyos estaban fijos en mi cara, serios ahora, disfrutando de verme perder el control. Bajó la mano y me sacó la polla del pantalón, liberándola con una precisión casi cruel. El aire de golpe contra el glande me hizo estremecerme. Se le escapó una sonrisa cuando vio lo grueso que estaba, la punta ya húmeda.

—Joder... —dijo, y me pasó el pulgar por la cabeza, untando esa gota preseminal sobre la piel—. La llevabas así de dura antes de saber si yo te iba a dejar tocarme.

Me dio una punzada en el pecho y en el culo al mismo tiempo. Quise responderle algo, pero él ya se había agachado entre mis piernas con una calma insultante. Bajó la cabeza, abrió la boca y me tragó la punta de golpe. El calor húmedo me sacudió entero. Sus labios se cerraron alrededor del glande con una presión exacta, y la lengua rozó la ranura con un movimiento lento que me hizo gemir sin pudor.

—Ah, mierda... —se me escapó.

Él levantó apenas la mirada desde abajo, con la polla en la boca hasta la mitad, y dejó escapar un sonido satisfecho que vibró en mi piel. Después siguió. Me mamó despacio al principio, clavándome la vista cada vez que subía y bajaba por mi miembro, como si quisiera verme desarmado. La saliva le brillaba en los labios. Una mano me sujetaba la base; la otra me acariciaba los huevos, pesándomelos con una confianza sucia que me dejó sin aire.

Yo tenía los dedos crispados sobre el volante. El coche entero olía a cuero caliente, a sudor y a él. Se metió más, tomando la polla entera hasta donde podía, y cuando no llegaba a tragármela completa, me la recorría con la mano mientras chupaba la cabeza con hambre. Cada vez que sacaba la boca, dejaba un hilo de saliva que se estiraba y se rompía sobre mi piel.

—Te gusta que te la trague, ¿eh? —dijo, apartándose un poco—. Se te nota en la cara. Tienes una cara de puto necesitado que me está poniendo duro a mí también.

Bajó la mano a la cremallera de su short. Abrió con un tirón y sacó una verga gruesa, pesada, ya medio erecta y brillosa en la punta. Me quedé mirándola con la boca entreabierta. Era más grande de lo que había imaginado, más ancha también, el tronco marcado con venas que le subían por los lados. La sujetó unos segundos, frotándosela con la palma, y me la mostró sin pudor.

—Ahora te toca decidir a ti —dijo—. O me la comes, o te saco del coche, te pongo contra el capó y te follo aquí mismo hasta que dejes de pensar.

La frase me dejó temblando. No tenía sentido negarlo: quería las dos cosas. Quería verlo encima, sentirlo dentro, tragarle la polla, aguantarle el peso de la mano en la nuca, oírle decirme que abriese más la boca. Quería que me usara sin suavidad, sin preguntas, sin ninguna de esas cortesías que se inventa la gente que no tiene hambre. Tragué saliva, abrí más la puerta por si alguien pasaba y me daba igual, y me incliné hacia él.

Él entendió antes de que yo dijera nada. Me agarró del pelo con firmeza y me acercó su verga a la cara. Lo primero que hice fue lamer la punta, sabiendo a sal y a piel caliente. Él soltó un gruñido bajo. Repetí, esta vez más decidido, recorriendo el glande con la lengua y llevándome el sabor áspero, masculino, directo a la boca. Cuando metí más, sintiendo el pulso de la vena contra mi lengua, me sostuvo la cabeza sin dejarme retroceder.

—Eso, así —me animó—. Chúpamela como si la necesitaras para vivir.

Y sí, la necesitaba. Me metí más, hasta que sentí el límite de mi garganta y empecé a toser alrededor de él. Me soltó una risa ronca, pero no me apartó; al contrario, me guió con la mano en la nuca, marcando el ritmo de mis movimientos. Alternó entre dejarme trabajar y empujar un poco más, usando mi boca como quería, mientras yo me ahogaba a medias y gemía por la sensación de estar lleno de su carne. La saliva me corría por la comisura de los labios y me manchaba la barbilla.

—Eso es —dijo—. Mira cómo aguantas. Vas a acabar con el cuello roto de tanto tragar.

Le lamí la base, le chupé los huevos uno por uno, notando cómo se le tensaba todo el abdomen con cada movimiento. Él cerró los ojos unos segundos y soltó una puta maldición, agarrándome más fuerte del pelo. Cuando volvió a abrirlos, estaba más salvaje, más roto el disfraz tranquilo. Me apartó la cabeza de un tirón y me besó. Fue un beso sucio, con sabor a semen imaginario y saliva, lengua contra lengua, dientes rozando, manos desesperadas. Luego me mordió el labio inferior y me miró como si ya hubiera decidido que no iba a dejarme ir sin cobrarme todo.

—Date vuelta —ordenó.

Obedecí en cuanto lo dijo. Abrí la puerta del todo, salí del coche con las piernas algo torpes y me apoyé contra el lateral, sintiendo el metal caliente en la cadera. El estacionamiento seguía casi vacío. El aire vibraba por encima del asfalto. Él salió detrás de mí, cerró la puerta con un golpe seco y se colocó a mi espalda. Pasó una mano por mi cintura, deslizó los dedos entre la tela y mi piel, y me bajó el pantalón y el calzoncillo hasta dejarme el culo al aire.

El contacto del aire me hizo estremecerme. Sentí la exposición completa, el hueco entre las nalgas, el temblor de mis muslos, la polla rebotando contra mi vientre. Él se quedó un segundo contemplándome, como si se estuviera tomando la medida de la escena, y luego me dio una palmada dura en una nalga. El golpe sonó seco, obsceno, y me arrancó un gemido.

—Así —dijo, agarrándome por la cintura—. Quieto.

Se frotó la verga contra mi culo primero, despacio, dejándome notar su tamaño entre las nalgas. Yo abrí un poco más las piernas, empujando la pelvis hacia atrás, pidiendo sin palabras. Él entendió el gesto y hundió dos dedos en mi raja, lubricándome con saliva antes de meter uno con una presión firme. Luego dos. Me abrió despacio, pero no con delicadeza; con precisión. El ardor me hizo tensar los hombros y después relajarlos, respirando hondo mientras él me preparaba con una paciencia cruel.

—Estás ansioso —susurró cerca de mi oído—. Te voy a dejar lleno, y luego vas a andar todo el día pensando en el culo que te has comido conmigo encima.

Se sacó los dedos y acomodó la punta de la verga en mi entrada. La presión fue inmediata, brutal, y cuando empujó de una sola vez, me arrancó un gemido que me salió del pecho. Entró despacio al principio, centímetro a centímetro, abriéndome con una firmeza que me hizo apretar los dientes. Luego, cuando ya sintió que cedía, metió más con un golpe de cadera y me dejó clavado contra el coche.

—Joder —murmuró—. Qué culo tan bueno.

Yo estaba temblando, agarrado al borde de la chapa, con la cabeza baja, sintiendo cada pulso de su polla dentro de mí. La llenura era brutal. Tenía la verga metida hasta el fondo y la respiración rota. Él esperó un segundo, dejándome acostumbrarme, y después empezó a moverse. Primero lento, sacando casi todo el miembro y volviendo a entrar con un empuje que me hacía ver chispas. Después más fuerte. Más rápido. El sonido de nuestras pieles chocando rebotaba en el estacionamiento vacío, mezclado con mi respiración cortada y sus gruñidos bajos.

—Eso es, me coges perfecto —dijo entre empujes—. Te gusta que te partan el culo, ¿verdad?

Asentí como pude, incapaz de hablar. Me agarró por la cadera y me levantó un poco, cambiando el ángulo, entrando más hondo todavía. Cada embestida me arrancaba un gemido nuevo, húmedo, descontrolado. La punta me golpeaba adentro con una precisión que me hacía doblar las rodillas. Notaba su abdomen pegado a mi espalda, el calor de su cuerpo, el olor a sudor que ahora era más fuerte y más animal.

Una mano me buscó la polla desde delante y empezó a pajearme al mismo ritmo de las embestidas. El contacto me llevó al borde enseguida. No necesitaba más. Estaba demasiado lleno, demasiado expuesto, demasiado jodidamente vivo. Él lo notó y soltó una risa corta, rota de placer.

—Vamos, correte —me ordenó—. Quiero verte empapar el capó.

Y me corrí. La primera oleada me subió por la columna y me dejó sin aire. Le manché los dedos, la palma, el aire entre nosotros. Mi polla tembló en su mano mientras solté un gemido largo, brutal, casi humillado por lo rápido que había caído. Él no se detuvo. Siguió metiéndomela con fuerza, empujando todavía unas cuantas veces más, como si quisiera exprimir lo último de mí antes de terminar él.

—Ahora me toca a mí —dijo con la voz más grave, más rota.

Aceleró de golpe. Sus caderas golpearon mi culo con un ritmo salvaje, sin cuidado, y yo apoyé las manos sobre el capó para no caerme. Notaba cómo se le tensaban las piernas, cómo la respiración se le volvía áspera, cómo iba perdiendo el control a medida que me follaba. Soltó un gruñido profundo, clavó los dedos en mi cintura y dio un último empujón seco, brutal, hasta quedarse enterrado en mí.

Lo sentí temblar. Luego la corrida llegó dentro, caliente y espesa, llenándome por dentro con pulsos cortos que me hicieron apretar el culo alrededor de su polla. Se quedó quieto unos segundos, clavado, respirando pesado junto a mi nuca, y después salió despacio, dejando que una parte de su semen se escapara por mi entrada y me resbalara entre los muslos.

Nos quedamos así, sin hablar, con el sol del mediodía golpeando el parabrisas y el silencio del parque como una sábana encima. Yo tenía el pecho subiendo y bajando sin control, la polla aún sensible, el culo ardiendo. Él se pasó una mano por la boca, me miró de arriba abajo y sonrió como al principio, esa sonrisa ladeada de desconocido peligroso.

—Mañana —dijo, como si fuera una certeza y no una propuesta.

Yo apenas pude asentir. Me temblaban las piernas, me faltaba aire y me sobraba memoria. Él volvió a subirse a su sedán negro, esta vez sin apuro. Antes de arrancar, bajó la ventanilla y me lanzó una mirada larga, cargada de promesas sucias que no necesitaban nombre.

***

Volví a casa con la camisa pegada a la espalda. Pasé la tarde fingiendo concentración. Cada vez que entraba un correo, mi mente se iba al estacionamiento del parque del Tigre, a la luz filtrada por los eucaliptos, a la posibilidad de haber bajado la ventanilla. Repetía en silencio los dígitos que él me había mostrado, los anotaba en una nota mental que se me borraba y volvía a aparecer.

***

Esa noche, después de cenar con mi pareja, salí al balcón con la excusa de un cigarrillo que no me apetecía. La ciudad estaba quieta. Apoyé los codos en la baranda y dejé que la cabeza hiciera lo que llevaba todo el día intentando: imaginar.

Imaginé que había bajado el cristal. Que él se había apoyado con los brazos cruzados en mi puerta, oliendo a sudor seco y a colonia barata. Que me había preguntado si tenía un rato. Que yo, en lugar de contestar con palabras, le había hecho un gesto hacia el asiento del copiloto. Imaginé el sonido de la puerta al cerrarse, el peso del cuerpo a mi lado, el silencio cargado de los primeros segundos antes de que alguien se atreviera a poner una mano sobre la otra pierna.

No imaginé más. No quería. Quería quedarme justo en ese instante, en el del primer roce sobre el vaquero, en el del pulgar buscando un nervio que no me hubieran tocado nunca. Esa es la parte que llevo veinte años aprendiendo a no rendirme: el segundo previo a todo.

***

Mañana paso de nuevo por la avenida del parque del Tigre. A la misma hora, por el mismo carril. No me he atrevido a guardar el número, pero tampoco me he atrevido a olvidarlo. Tres, ocho, dos, dos, seis. Los dígitos siguen ahí, repitiéndose solos cada vez que cierro los ojos.

Quizá lo vea en el semáforo otra vez. Quizá no. Quizá baje la ventanilla, quizá no. Quizá esta vez sea yo el que dé la vuelta en el siguiente cruce y se ponga detrás de él. Quizá descubra por fin si soy el que embiste o el que se deja embestir. Quizá no descubra nada y vuelva a casa con la misma camisa pegada a la espalda, con la misma duda, con los mismos dígitos repitiéndose en la cabeza.

Lo único que sé es que la fantasía ya empezó. Y que las fantasías, cuando uno las alimenta lo suficiente, terminan saliendo del balcón y bajándose del coche.

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Comentarios(8)

SergioCdx

Buenísimo!! La tensión del principio atrapa desde la primera línea, muy bien narrado.

LectorNocturno9

Que buena historia, me enganchó desde el semáforo hasta el final. Ojala haya segunda parte, quedé con ganas de saber como termina todo.

Facu_Granda

excelente!!!

GabrielNoc

ja ja lo de subir las ventanillas me mató, tremendo ese momento

RobertoM23

La duda del final es lo que más me gustó. Eso le pasa a cualquiera y pocos lo cuentan tan bien.

DiegoPlaya

increible como se siente tan real. gracias por compartirlo, sigue asi!!

Matias_Rdz

me recordo a algo que me paso hace unos años en circunstancias parecidas... esas situaciones tienen algo muy especial que es dificil de explicar

NightRider77

Por favor una segunda parte, quedé con ganas de mas!!

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