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Relatos Ardientes

El chico de la toalla de al lado me invitó a cenar

Vivo en un pueblo costero del Mediterráneo y siempre me he sentido afortunado por ello. Cada tarde de verano, en cuanto el calor afloja un poco, bajo a las calas que se extienden desde el puerto hasta el cabo y me tumbo en la arena con una novela que casi nunca termino. El único inconveniente, si es que hay que ponerle uno, es que en agosto los arenales se llenan tanto que cuesta encontrar un hueco decente para extender la toalla.

Aun así, vale la pena. Hay algo casi hipnótico en pasear por la orilla a esa hora dorada de la tarde, esquivando sombrillas y sandalias mientras observas, sin que se note demasiado, el desfile de cuerpos morenos y aceitados que se exhibe en cada rincón. Se nota que ahora la gente se cuida: gimnasio, dietas, depilación, lo que sea. Yo me fijo, claro está, en los chicos. Y dentro de los chicos, tengo una debilidad concreta: los peludos. Jóvenes o maduros, en cuanto veo un pecho cubierto de vello bien repartido se me van los ojos.

Aquella tarde de finales de julio extendí la toalla en mi sitio habitual, debajo de un toldo de cañas, y me dispuse a tostarme un rato con los ojos cerrados. No habría pasado ni media hora cuando noté un movimiento muy cerca. Abrí los ojos lo justo y vi cómo un chico de unos veintisiete años, alto, de cerca de uno ochenta y dos, sacudía su toalla a dos metros de la mía. Llevaba un pendiente plateado en la oreja izquierda y un bañador tipo bóxer negro, muy ceñido, que dibujaba sin ningún disimulo el bulto que se le marcaba entre las piernas.

Lo que más me capturó, sin embargo, fue su pecho. Una mata oscura y suave le cubría desde la base del cuello hasta el ombligo, repartida con esa simetría que parece imposible y que solo aparece en los cuerpos hechos para ser mirados. Sus piernas, fuertes y largas, también estaban cubiertas de vello, y cuando se inclinó para colocar sus cosas pude verle un instante la espalda morena, ancha, sin un solo defecto. Aparté la vista todo lo rápido que pude, pero supe enseguida que iba a costarme concentrarme en cualquier otra cosa durante el resto de la tarde.

Pasaron las horas. Yo fingía leer mientras lo seguía con el rabillo del ojo cada vez que se levantaba, se untaba protector solar o se mojaba en la orilla. Creo que en algún momento me pilló mirándolo: me sonrió con una sonrisa media, como si comprobara algo, pero yo aparté los ojos deprisa y volví al libro abierto sobre la barriga. Al cabo de un rato, sediento por culpa del calor y, supongo, también por culpa de él, me levanté y crucé la arena hasta el chiringuito del extremo de la cala.

Delante del mostrador había dos colas mal trazadas que se entrelazaban en una especie de espiral confusa. Alguien delante de mí dijo en voz alta, medio en broma:

—¿Esto son dos colas o es una?

—Más que una cola parece un atasco —respondí sin pensarlo demasiado, intentando seguirle el juego.

La persona que había hablado se giró y me miró con una sonrisa enorme. Era él. Por supuesto que era él.

—Mira tú —dijo, divertido—. Mi vecino de toalla.

—El mismo.

—¿Te invito a algo en la terracita? Aquí dentro hace demasiado calor para volver a la arena así de seca.

Acepté sin dudarlo. Nos sentamos en una mesita de madera al borde del paseo, pedimos dos cervezas heladas y empezamos a hablar de cualquier cosa: lo concurrida que estaba la playa ese verano, lo carísimo que se había puesto el chiringuito desde el año anterior, lo difícil que se hacía encontrar aparcamiento. Se llamaba Lucas. Trabajaba en una empresa de software del polígono y solo iba por las mañanas, en jornada intensiva, lo que le dejaba las tardes libres durante todo el verano.

Yo le conté que era bibliotecario en el instituto del pueblo de al lado y que también libraba las tardes. No le mentí, pero le omití cosas. Le omití, por ejemplo, que llevaba media hora pensando cómo sería pasarle la mano por el pecho. No hizo falta, en realidad: él me miraba con la misma intensidad con la que yo lo había mirado a él en la arena, deteniéndose un segundo de más en mis brazos, en mi cuello, en mi torso lampiño y delgado. Soy más bien menudo, con un cuerpo bonito pero sin un solo pelo, justo el contrario que él. Y a juzgar por su mirada, ese contraste no le disgustaba en absoluto.

Cuando nos dimos cuenta, el sol ya rozaba el horizonte y el chiringuito empezaba a vaciarse. Recogimos las toallas y caminamos juntos hasta el aparcamiento, hablando todavía como si nos conociéramos de antes.

—¿Por qué no vamos a tomar algo a otro sitio? —propuso al llegar a mi coche—. Pero tendrás que llevarme tú, he venido andando. Vivo aquí al lado.

Acepté. Abrí el maletero, metí su bolsa junto a la mía y, antes de arrancar, lo vi vacilar un segundo apoyado en la ventanilla del copiloto. Luego se inclinó hacia mí y bajó la voz.

—Lo he pensado mejor. ¿Y si te invito a cenar a mi apartamento?

—No sé si fiarme —dije, intentando aparentar más tranquilidad de la que sentía—. No tienes pinta de saber cocinar.

—¿Y cómo crees que sobrevivo, si vivo solo?

Vivía a cinco minutos en coche, en un edificio bajo de tres plantas pegado al paseo marítimo. Su apartamento era pequeño pero estaba decorado con un gusto que no esperaba: paredes blancas, una alfombra de mimbre y un balcón que se abría directamente sobre la bahía. La luz del atardecer entraba en horizontal y lo volvía todo dorado.

—¿Quieres ducharte? —preguntó dejando las llaves en una bandeja—. Yo voy a hacerlo. Y a ponerme algo cómodo. Puedo prestarte una camiseta, aunque me temo que te quedará enorme.

—Buena idea —respondí—. Pero podemos ahorrar agua y ducharnos juntos.

Hubo un silencio muy breve, apenas dos segundos, durante el cual algo en su expresión se aflojó, como si llevara toda la tarde esperando exactamente esa frase.

—Perfecto —murmuró, y se acercó muy despacio. Cuando lo tuve a un palmo, levantó las manos hasta el borde de mi camiseta—. Deja que te vaya quitando esto. No te irás a duchar vestido, ¿no?

No había mucho que quitar. Solo llevaba la camiseta y el bañador, igual que él, pero aun así me desnudó con una lentitud deliberada, deteniéndose en cada centímetro de piel para besarme. Su boca recorrió mi cuello, mis hombros, el centro del pecho, y cuando bajó la cabeza para morderme suavemente un pezón solté un suspiro que no pude controlar. Yo le bajé el bañador con una mano y le pasé la otra por el pecho, hundiendo los dedos en aquel vello tibio que llevaba toda la tarde imaginando. Era todavía más suave de lo que había supuesto. Le besé, lamí y mordí los pezones, que se endurecieron al instante. Lucas dejó escapar un sonido grave, casi un gruñido.

Llegamos al baño sin separar las bocas. Abrió el grifo, esperó a que saliera caliente y me empujó suavemente dentro de la mampara. Allí, bajo el chorro, nos enjabonamos despacio el uno al otro, deslizando las manos por la espalda, por las nalgas, por los muslos. El agua caía entre nuestros cuerpos y arrastraba la espuma hacia las baldosas. No hablamos durante todo ese rato. Tampoco hizo falta.

Cuando cerró el grifo, me envolvió en una toalla grande y me secó con una delicadeza que me sorprendió en alguien tan grande. Yo le hice lo mismo a él, secándole con cuidado el pelo del pecho mientras él me observaba sin moverse. Después me cogió de la mano y me llevó al dormitorio, una habitación pequeña con una cama enorme y la persiana medio bajada que dejaba pasar el último naranja del atardecer.

Me tumbó boca arriba, se colocó encima y se quedó así un momento, apoyado en los codos, mirándome desde arriba con una sonrisa que no le había visto antes. Cuando dejó caer parte del peso sobre mí, sentí todos los pelos de su pecho rozándome la piel y un escalofrío me recorrió de la nuca a las plantas de los pies. Empezó a bajar. Me besó el cuello, la clavícula, la línea del esternón. Se detuvo un momento en mi ombligo, me sopló sobre la piel mojada y siguió bajando hasta encontrarme la polla, ya completamente dura.

La cogió con una mano, sin prisa, y empezó besándola por toda la base antes de metérsela en la boca con una lentitud insoportable. No era la primera mamada de mi vida, pero estaba siendo, sin duda, la mejor. Sabía exactamente cuándo apretar, cuándo aflojar, cuándo dejar caer la lengua plana sobre el glande para volverme loco. Aguanté lo que pude, pero cuando sentí que estaba a punto de correrme tuve que apartarlo poniéndole una mano en la frente.

—Para —dije con la voz rota—. Para o esto se acaba en treinta segundos.

Se rio. Una risa baja, satisfecha, que me hizo desearlo todavía más.

Decidí devolverle el favor. Lo empujé con suavidad hasta tumbarlo boca arriba y me coloqué entre sus piernas. Su polla era algo más grande que la mía, recta y circuncidada, con un glande rosado que parecía aún más oscuro contra la mata negra de la entrepierna. La besé despacio por toda la longitud, le lamí el frenillo y le pasé la lengua por la base. Cuando me la metí en la boca, lo oí dejar escapar el aire de golpe.

Subí y bajé un buen rato, sosteniéndole la mirada cada vez que llegaba arriba. Vi cómo se le iba tensando el cuerpo, cómo se le marcaba el músculo del cuello cada vez que respiraba hondo. En un momento dado, le solté la polla, le besé la cara interna del muslo y le susurré:

—Quiero que me folles.

—A sus órdenes —respondió.

Casi me eché a reír. Se incorporó, abrió el cajón de la mesilla y sacó un condón y un bote de lubricante. Yo me dejé caer otra vez boca arriba mientras él se enfundaba, se ponía generosamente el lubricante y me alzaba las piernas con una calma que en otra situación me habría puesto nervioso. Me untó también a mí, despacio, con dos dedos primero y luego tres, asegurándose de que estuviera relajado antes de seguir.

Cuando entró, lo hizo de una sola vez, sin pausas, hasta el fondo. Apenas sentí dolor, solo esa quemazón breve que enseguida se convierte en otra cosa. Lucas se quedó quieto unos segundos, observándome, y solo cuando le hice un gesto con la barbilla empezó a moverse. Embestía con un ritmo profundo y sostenido, sin acelerarse, sin perder el control. Yo enredé los dedos en el vello de su pecho y me dejé llevar.

Al rato me cogió la polla con la mano libre y empezó a masturbarme al mismo ritmo de las embestidas. Lento al principio. Luego más rápido. Sentí cómo se le tensaban los muslos y la cara, vi cómo se le contraía la mandíbula, y supe que estaba a punto. Yo también lo estaba. Acabamos casi al mismo tiempo: él derramándose dentro del condón con un gemido sordo, yo manchándome el pecho y la barriga con un chorro que me sorprendió por la cantidad.

Se quedó muy quieto un segundo, todavía dentro, y luego me miró con una sonrisa torcida.

—Vaya, qué pena —dijo—. Con lo limpito que estabas hace un rato.

Antes de que pudiera contestarle, se inclinó sobre mi pecho y empezó a limpiarme con la lengua, lamiéndome cada gota con una lentitud teatral que me arrancó una carcajada nerviosa. Me limpió el pecho, el cuello, la barbilla, y terminó subiendo a besarme la boca con un sabor a sal y a mí mismo que me pareció, no sé por qué, perfectamente justo.

Nos quedamos un rato abrazados, charlando bajito mientras se apagaban los últimos rayos del sol en la pared. Hablamos de tonterías: de su trabajo, del mío, de un viaje que él había hecho a Lisboa el otoño anterior, de un perro que yo había tenido de niño. Estaba descubriendo, con una mezcla de sorpresa y alivio, que me caía bien. Que no era solo el pecho, ni el bañador, ni los centímetros que acababa de comprobar. Era él, hablando.

***

Al final preparamos aquella cena que llevaba prometiendo desde hacía horas. Pasta con tomate fresco, queso curado, vino blanco frío. Comimos en el balcón, en pantalones cortos y descalzos, mirando cómo se encendían las luces del puerto al otro lado de la bahía. Por supuesto, hubo postre. Y, por supuesto, no fue helado.

Durante lo que quedó de verano fuimos a la playa casi todos los días, cada uno con su toalla pero plantándonoslas a un palmo de distancia. Aprendimos a esperar a que las familias recogieran al final de la tarde para escabullirnos detrás de las rocas del extremo, donde la arena se acumulaba en un pequeño hueco protegido y nadie podía vernos. Allí nos quitamos los bañadores más veces de las que voy a contar.

Escribo esto desde su balcón, frente al mismo mar que esa tarde nos cruzó como pudo haber cruzado a cualquier otra pareja de desconocidos. Han pasado tres veranos. Sigo viviendo aquí. Y todavía, cada vez que veo a un chico tumbar la toalla cerca de la mía y mirarme un segundo más de la cuenta, me acuerdo de Lucas riéndose en aquella cola desordenada del chiringuito y pienso que algunas cosas vale la pena empezarlas.

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Comentarios (1)

RaulBaires

tremendo relato!! no me lo esperaba así, muy bien narrado

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