Despedida gay con mis primos: sauna y disco
Mi padre había arreglado todo con el tío Marcos antes de que yo llegara al pueblo. Esa mañana, sentados los tres en el porche, me explicaron el reparto: él se quedaba con las fincas más cercanas a las que ya cuidaba, y el resto pasaba a estar bajo mi nombre. Mi padre quería poner a salvo los bienes antes de que mi madre y él firmaran el divorcio que llevaban meses retrasando.
—Si tu madre arrastra el patrimonio a sus pleitos, no queda nada —me dijo sin rodeos.
Pregunté si estaba enfermo. No lo estaba. Era una cuestión práctica, fría, calculada con la ayuda del tío Marcos. Firmé todo aquella mañana en la notaría, abrí una cuenta en el banco y salí con un fajo de billetes que mi padre me metió en la mano cuando supo que esa noche pensaba invitar a mis primos a salir.
—Es tu despedida. Que no falte nada.
***
Damián fue el primero en proponer el plan: sauna, cena en una pizzería y discoteca en la ciudad. Mateo, que libraba el viernes, ya tenía pensada la ruta. Su hermano Hugo se apuntó con su coche, lo que significaba que íbamos a poder repartirnos sin apretujones. Bruno, mi invitado de la semana, llevaba dos días esperando una salida así.
Llamé a Adrián. Tardó ocho llamadas perdidas en responder.
—Estaba comprando con mi madre —dijo, presuroso—. ¿Qué pasa?
—Esta tarde salimos todos. Sauna, cena, disco. Vienes.
—Es que voy mal de dinero, Iván.
—No te estoy pidiendo que te apuntes. Te estoy invitando yo. Mi padre me dio para todos.
Hubo una pausa al otro lado del teléfono. La voz de Adrián cambió.
—No te puedo fallar.
—Pero me puedes follar.
Se rió. Quedamos en que dormiría en casa esa noche. Le dije que viniera con lo mínimo: shorts, camiseta de tirantes y nada de gala. La discoteca a la que íbamos no era de gala. Era otra cosa.
***
Adrián apareció a las cinco con una camiseta negra de tirantes, un short blanco y un collar de perlas falsas color ámbar guardado en el bolsillo. Me lo enseñó, dudando si ponérselo. Le dije que sí. Se lo coloqué yo mismo, rozándole la nuca con los dedos más tiempo del necesario, bajando después la mano por su espalda hasta hundirla un segundo dentro del short blanco, palpándole el culo desnudo antes de darle un cachete seco. Adrián soltó un gemido corto y se apretó contra mi bulto, restregándome el trasero por encima del pantalón. Le mordí el hombro y le susurré al oído que después le iba a partir el coño a pollazos, que se aguantara. Bruno bajó las escaleras justo cuando le abrochaba el cierre, vestido con un short amarillo mío y un tank top rojo y verde que a mí me apretaba en el pecho pero a él le caía perfecto.
Los presenté. Bruno extendió la mano con la formalidad torpe de quien ya está pensando en otra cosa, la vista fija en el bulto que Adrián todavía no había disimulado del todo.
Hugo y los demás llegaron en los dos coches a las cinco y diez. Distribuimos: Bruno con Damián y Mateo, Adrián y yo con Hugo al volante. En cuanto arrancamos, Hugo dejó claras las reglas con esa seriedad tranquila suya.
—Sexo, el que quiera. Alcohol también, menos los conductores. Drogas, ninguno. Lo digo por todos.
Estuvimos de acuerdo. Adrián añadió que él tampoco bebía mucho y se ofreció como segundo mecánico si Hugo lo necesitaba. En la carretera, Hugo nos contó que en esa discoteca insisten con los canutos hasta que cualquiera cede. Por eso él, que no era gay pero llevaba años acompañando a su hermano Damián y a Mateo, había impuesto la norma sin pedir permiso.
—Tú no bailas, entonces —le pregunté.
—Yo bailo. Si suena Electro House, bailo con mi hermano o con Mateo. Si no, miro y bebo gin tonic sin gin.
—Agua tónica, en otras palabras —dijo Adrián.
—Eso, eso mismo.
Hugo hablaba sin incomodarse de nuestras conversaciones de sexo. Decía que cada uno con lo suyo, que en su casa todo era apto para todos y que las personas eran como islas que juntas formaban un archipiélago. Lo decía en serio, y nos hacía pensar mientras dejábamos atrás campos de viñedos.
***
La sauna estaba en las afueras de un pueblo cercano, aislada en una calle de tierra. Pagué los seis tickets en la entrada y le pasé la billetera a Hugo para que la guardara él, que tenía los bolsillos más profundos. Un chico de la recepción nos dio toallas, chanclas y un par de preservativos a cada uno. Dentro de la taquilla había dos más y unos sobres de lubricante.
Bajamos los ocho escalones a la zona de piscina. Adrián y yo llevábamos la toalla al hombro; los demás se la habían enrollado en la cintura. En la pared, un cartel listaba las normas. La última decía: «No está permitido el escat».
—¿Qué es eso? —preguntó Adrián.
—Sexo con mierda —contesté.
—Vaya, hombre, eso es lo que más me gusta a mí —dijo Bruno con cara de funeral.
Todos lo miraron. Yo confirmé, sin desviar la mirada, que Bruno lo hacía muy bien pero que era cosa de casa, no de allí. Hugo se pasó la mano por la frente y dijo que más valía que pasáramos por la ducha antes de meternos en nada.
Las duchas eran de aspersor fijo. Me metí en una, Adrián entró en la mía sin pedir permiso, Damián y Mateo compartieron otra. Adrián se puso de rodillas en cuanto cerró la mampara, con el pelo empapado pegándosele a la frente, y me metió la polla en la boca con un movimiento seco. Me la chupó rápido, sin arte, tragándose media verga y respirando por la nariz. Le tiré del pelo hacia atrás.
—Ahora no, cabrón. Guárdatelo para el jacuzzi.
Se limpió la saliva con el dorso de la mano y me sonrió con la boca abierta, la lengua todavía asomada. Salí directo a la piscina con la polla medio dura golpeándome el muslo. Hice ocho largos, lentos, sintiendo la mirada de los demás. Cuando volví al borde, Bruno y Adrián ya estaban en el jacuzzi.
Nos sentamos los seis en el agua caliente. Empezamos a contar chistes. A los diez minutos todos los chistes eran de sexo, y a los quince yo me estaba tocando bajo el agua sin pensarlo, apretándome los huevos y meneándomela con dos dedos mientras Adrián me clavaba la mirada.
Adrián se agachó frente a mí y metió la cabeza bajo el agua. La sacó enseguida, tomó aire, y me indicó con la mirada que me sentara en el borde. Lo hice. Bruno se acercó por el otro lado. Empezaron a turnarse, primero uno, después el otro. Adrián me tragó la polla entera de una sola pasada, apretándome la base con la mano y ahogándose un segundo antes de subir a respirar. Bruno esperó su turno con la boca abierta y la lengua fuera, y cuando Adrián se apartó se me lanzó encima como si le fuera la vida. Me chupó los huevos uno a uno, los dejó bien mojados y después subió por el tronco de la verga con una lentitud que me hizo apretar los dientes. Se besaban entre ellos cuando cambiaban de lugar, pasándose mi sabor de una boca a otra, con las lenguas fuera y un hilo de saliva colgándoles del mentón. Por debajo del agua se tocaban las pollas, alternando entre la suya y la mía con una coordinación de competencia silenciosa, midiendo quién la tenía más dura, quién goteaba antes.
—Qué bien maman los dos, joder —murmuré con la cabeza echada atrás—. Mamadme más fuerte, tragáosla entera.
Adrián respondió sacando la polla del agua y escupiéndole encima antes de metérsela otra vez a la boca. Bruno le pasó la mano por la nuca a su primo y lo empujó hasta el fondo, aguantándolo ahí un par de segundos. Yo notaba cómo se me tensaban los huevos, cómo la polla se me ponía morada en la boca de Adrián y cómo la vena gruesa de abajo latía sin control.
Damián y Mateo estaban a un metro, unidos por la cintura, besándose como si se les acabara el tiempo. Mateo tenía la mano dentro del short de Damián, la muñeca moviéndose despacio bajo el agua caliente. Hugo había cruzado al otro lado del jacuzzi y miraba al techo, aunque la curva de su short bajo el agua decía otra cosa. Cuando un tipo grande con barba se le acercó, Hugo le dijo, sin mover la voz:
—Déjame, estoy esperando mi turno.
El tipo entendió y se fue. No volvió nadie más.
Yo sentía que se me venía encima, y se lo avisé con un gesto, apretando los dedos en el pelo de Bruno.
—Me corro, me corro ya, joder, tragadlo todo.
Como si lo hubieran ensayado, los dos se turnaron exactamente en cada espasmo. La primera descarga se la tragó Adrián con la polla clavada hasta la garganta; la segunda saltó a la lengua de Bruno, que le sacó la polla a su primo de la boca justo a tiempo para recibirla; la tercera y la cuarta se las repartieron pegando las lenguas y dejando que el semen les cayera entre ambas bocas. Solo un par de gotas saltaron al agua y Bruno se las bebió desde abajo, sumergiéndose un segundo. Jamás había sentido tanto deleite con los pies dentro del agua.
Cuando acabaron de tragar les pedí que se subieran al borde. Se sentaron con las piernas abiertas, las pollas duras apuntándome a la cara, los huevos apretados contra los muslos. Me metí en el agua frente a ellos y les agarré una con cada mano, apretándoselas por la base para que se les hincharan más los glandes. Adrián tenía la polla larga y curvada hacia arriba, con la punta violácea; Bruno la tenía más gruesa, más corta, con las venas marcadísimas. Empecé con la de Adrián, tragándomela entera de un empujón hasta que la nariz se me hundió en su vello púbico y él soltó un gemido roto. Le lamí los huevos, subí por el tronco, la mantuve un rato en la garganta y salí a respirar solo para tragarme la de Bruno con la misma técnica. Iba pasando de una a otra sin dejar quieta la mano, apretando, subiendo y bajando, escupiendo saliva sobre las dos vergas para que resbalaran mejor.
—Mírame, Bruno, no cierres los ojos —le dije con la boca llena de la polla de Adrián—. Quiero ver cómo te corres en mi cara.
Adrián vino primero. Se le tensaron los muslos, el vientre se le contrajo y me llenó la boca de un chorro caliente y espeso que se me escapó por las comisuras. Tragué todo lo que pude, pero no me dio tiempo: la segunda descarga me cayó en la barbilla y goteó al agua. Bruno tardó un poco más y Adrián saltó al agua a ayudarme con la boca también. Nos turnamos, chupándosela los dos juntos, con las lenguas encontrándose en el glande, dándole besos húmedos al frenillo. Bruno gruñó, me clavó una mano en la nuca, otra en la de Adrián, y nos apretó las dos caras contra su polla mientras se corría. Su esperma se mezcló en mi lengua con el de Adrián, agridulce y espeso, chorreándonos por el cuello. Los tres nos abrazamos en el borde, con las pollas caídas y el corazón disparado, la piel roja del agua caliente y el semen todavía brillando en los mentones.
***
Recorrimos el resto de la sauna. La sala oscura, el glory hole, las cabinas con vídeo. Adrián y yo nos sentamos un rato frente a una pantalla con porno gay, pero nos incomodaba la mirada de los tipos que esperaban una señal. Nos pusimos las toallas y fuimos al bar.
Pedí un bourbon. Adrián, una tónica. El camarero anotó la consumición en el número 471 y nos avisó que pagaríamos todo de una vez al salir. Cuando los otros cuatro aparecieron envueltos en sus toallas, pidieron todos tónica y agua. Estábamos cansados y eran solo las ocho.
Hugo propuso ir a cenar. Pagamos el 471, nos vestimos y salimos. Mateo nos guió hasta una pizzería del pueblo. Pedimos seis pizzas distintas, cortadas en ocho porciones, y las hicimos rotar plato por plato hasta probarlas todas. Cervezas para los demás. Yo bebí poco; la cerveza me hincha.
***
A las diez y cuarenta llegamos a la discoteca. Hugo compró las entradas, pasamos a las taquillas y nos desnudamos. Había empezado el Naked Party. Damián metió en una bolsa el dinero, los preservativos y la documentación. Un chico nos llevó a una mesa de esquina reservada. Llegó otro camarero a tomarnos la orden. Hugo, Mateo y Adrián pidieron unas mezclas raras de colores. Damián y Bruno, gin tonic. Yo pedí un bourbon, sin hielo, fuera de la consumición.
Cuando el camarero volvió, mi vaso estaba lleno hasta arriba.
—La puta madre que lo parió, esto es triple —dije al primer sorbo.
—Es Pappy Van Winkle de veintitrés años, recién abierto —contestó el camarero, sonriendo—. Lo pidió Hugo.
—¿Cómo demonios reconoces un Pappy de veintitrés? —preguntó Hugo.
—Porque no tomo otra cosa.
El camarero, que se llamaba Sergio, era amigo de Hugo de la oposición que estaban preparando. Por eso teníamos mesa de esquina y por eso me había servido la botella entera para mí. Quedaba pactado que el resto se lo bebían ellos a la madrugada y que la próxima vez yo era invitado otra vez. Le di las gracias.
Damián y Mateo localizaron a dos chicos en otra mesa. Por los gestos supe lo que iba a pasar antes de que se levantaran. Volvieron media hora después. Damián contó sin bajar la voz que había follado al suyo dos veces en el suelo del pasillo oscuro, que le había puesto la polla en la boca primero para que se la lubricara bien de saliva y después se lo había clavado de perrito sin condón hasta correrse dentro las dos veces. Mateo había tenido peor suerte: el chaval se le escapó llorando antes de tiempo, sin poder aguantarle la verga entera en el culo, y Mateo terminó agarrándolo del pelo y metiéndosela en la boca para que callara, corriéndose en la lengua sin miramientos.
—Lo vuestro suena a violación —dijo Hugo, serio.
—Ellos querían —contestó Mateo, escueto—. Nosotros solo bailábamos. Fueron ellos los que metieron las manos.
Damián se giró hacia mí.
—A ti te hubiera pasado lo mismo, Iván. Tú también follas fuerte y estos te huirían.
Me puse colorado. En mi cara estaba dibujado que sí, que ya había pasado por todos los presentes y que ninguno había salido huyendo, justo lo contrario. Hugo levantó una ceja, divertido, sin decir nada.
—Yo de esa no me libro —se rió—. Bueno, sí me libro. Pero entiendo el panorama.
—Yo todavía no he perdido la esperanza contigo —dije.
Hugo movió la mano arriba y abajo, indicando que estaba pensando o una tontería o un imposible. Yo prefería la tontería.
***
Bailamos por turnos. Hugo se quedó en la mesa con uno u otro de nosotros rotando para acompañarlo. La música era estruendosa y el DJ animaba bien. A las cuatro de la madrugada acabó todo. En las taquillas la gente se apelotonaba aprovechando para tocar culos y pollas ajenas.
Un tipo se me acercó. No tenía buena pinta: hinchado, con los ojos perdidos, claramente colocado. Sabía mi nombre. Sabía que Bruno era mi primo. Intentó tocarme. Lo aparté dos veces. Insistió.
Llegaron los demás. Bruno se le plantó delante.
—Deja en paz a mi primo, cabrón. Todavía me acuerdo de aquello.
El tipo se fue sin discutir. No supe qué historia tenía Bruno con él y no pregunté. Me vestí ahí mismo, en medio de la gente, y salimos al aire fresco de la madrugada.
Antes de irnos, entré con Hugo a despedirme de Sergio. Lo encontré recogiendo las cosas, cansado y vestido. Le agradecí la mesa, el bourbon, y le dije, sin pensar, que era guapo de verdad. Sergio me devolvió el cumplido y me preguntó si me gustaba el pueblo. Era de allí. Trabajaba dos noches por semana. Nos abrazamos antes de que vinieran los demás camareros a preguntar quién era «el del bourbon».
***
A las cinco y media seguíamos despiertos. Hugo conocía una churrería abierta a esa hora en otro pueblo, a media hora por carretera. Fuimos. Desayunamos churros con chocolate hasta que la barriga no daba más, y a las siete estábamos en casa. El tío Marcos no se había acostado. Nos estaba esperando en la cocina.
Subimos a la habitación arrastrando los pies. Bruno, Adrián y yo nos miramos sin necesidad de hablar. Dejamos la ropa en el suelo, nos metimos los tres en la ducha y nos pusimos en cadena, primero Adrián, después yo, después Bruno. Adrián se agachó apoyando las manos contra los azulejos, con el culo respingado y las piernas separadas. Le escupí entre las nalgas, le pasé dos dedos, y le metí la polla de una sola embestida hasta el fondo. Gimió, echando la cabeza atrás, y yo empecé a follármelo con el ritmo lento de quien lleva toda la noche esperando ese momento. Bruno se pegó a mi espalda al segundo, se escupió en la mano, se la pasó por la verga y me la clavó a mí. Sentí cómo se me abría el culo con su polla gruesa, cómo la vena de abajo se me marcaba contra la próstata, cómo cada empujón suyo me hundía a mí más en el coño apretado de Adrián.
—Así, primo, dale duro que me lo folla bien —jadeaba Bruno pegado a mi oreja—. Aprieta el culo, joder, aprieta.
La cadena se movía en sincronía: Bruno me empujaba, yo empujaba a Adrián, Adrián se agarraba a los grifos para no resbalarse. El agua caliente nos caía por encima, arrastrándonos el sudor y el semen viejo de la noche. Los tres respirábamos igual de rápido, con los músculos tensos, resbalando sobre la cerámica. Adrián empezó a masturbarse sin soltar la mano de arriba, mientras seguía dándome el culo con las caderas hacia atrás.
—Corréos dentro, cabrones, quiero que me lo dejéis por dentro —pidió, con la voz rota.
Le mordí el hombro y aceleré. Bruno me follaba con embestidas cortas y secas, cada una me arrancaba un gemido que iba a parar directo al cuello de Adrián. Cuando Bruno avisó que estaba a punto, nos separamos un segundo, torpes, con las pollas rojas y goteando, y nos pusimos los tres de frente, pegados, hombro con hombro, meneándonosla rápido para correrlas juntas. Yo agarré la de Adrián además de la mía; Bruno hizo lo mismo con la de Adrián por el otro lado. Nos frotábamos las vergas entre los seis puños, chocando los glandes, apretándolos unos contra otros hasta que no se distinguía qué mano era de quién. Me corrí primero, con un chorro largo que salpicó los azulejos y el vientre de Bruno; Adrián soltó un gemido agudo y descargó sobre mi mano y la suya, un chorro tras otro que le manchó los muslos; Bruno cerró los ojos, apretó los dientes y se corrió el último, un torrente espeso que le colgó de la polla y se mezcló con el resto en el suelo. No fue exactamente a la vez, pero fue casi: uno detrás de otro, el agua de la ducha arrastrando todo en un instante.
Nos secamos, nos metimos en la cama con la sábana a la altura de las nalgas, y nos fuimos uniendo poco a poco en posición fetal mientras el sol entraba por la persiana. Bruno se durmió primero, con la mano todavía en mi cadera.
Yo me quedé un rato despierto, pensando en la firma de la mañana, en mi madre que ya no sabía nada, en el divorcio que vendría. Pensaba que esa despedida había sido más larga de lo que esperaba, y que el sábado todavía no había empezado.