El cani del gimnasio me encontró con la jaula puesta
Llegabas al vestuario del gimnasio como cada tarde, con esa sensación particular de quien lleva la jaula de castidad bien ajustada bajo el pantalón corto. El metal te pesaba entre las piernas a cada paso, recordándote que esa mañana, antes de salir de casa, le habías mandado la foto con la llave colgada del cuello. Era el ritual. Sin la jaula no entrenabas. Sin la foto, él no respondía.
Empujaste la puerta y el aire húmedo del vestuario te recibió como siempre: cloro, desodorante barato y el rastro del último grupo que había salido a las cinco. Las taquillas metálicas, alineadas en dos hileras, formaban un pasillo estrecho que terminaba frente a los espejos. Y al fondo, sentado en el banco de madera con las piernas abiertas y los codos apoyados en las rodillas, estaba él.
No lo esperabas tan pronto. Habíais quedado a las siete, antes de que llegaran los habituales, pero todavía faltaba media hora. Por la forma en que tenía la mandíbula apretada y los ojos clavados en ti, comprendiste que no convenía discutirlo. Lautaro no era de los que esperaban dos veces. Cani de manual: brazos cubiertos de tinta, pectorales que tensaban la camiseta sin mangas y un bulto marcado en el pantalón de chándal que ya prometía más de lo que tu boca podía abarcar.
—Cierra el pestillo —dijo sin levantar la voz.
Lo cerraste. Te llevaste las manos a la nuca sin que él te lo pidiera, porque sabías cómo funcionaba esto desde hacía meses. Sabías que ibas a terminar de rodillas sobre las baldosas frías antes de haber soltado siquiera la mochila. Sabías que la jaula iba a clavarse contra las pelotas con cada embestida y que él no tendría paciencia ni para sacar el aceite que llevabas guardado en el bolsillo lateral.
—Suelta la bolsa. Pantalón abajo. Ahí mismo.
Obedeciste. El short cayó hasta los tobillos y la jaula quedó a la vista, plateada bajo la luz blanca del techo. Sentiste su mirada como una palpación. Te giraste antes de que tuviera que decírtelo y apoyaste las palmas contra la fila de taquillas, separando los pies. La frente quedó pegada al metal frío. Olía a sudor viejo y a barniz.
—Hoy no traigo lubricante —dijo, casi divertido—. Y tú tampoco lo vas a necesitar.
Lo oíste bajarse el chándal con un solo tirón. Lo oíste escupirse en la mano. Después su otra mano te agarró la nuca por detrás, presionándote la mejilla contra la taquilla, y notaste la punta caliente abrirse paso sin más preámbulos. La quemazón te subió por la espalda como una corriente. Apretaste los dientes para no gritar. La jaula chocó contra el metal con un golpe seco que retumbó en toda la fila.
—Joder, qué culo —masculló entre dientes—. Hasta cuando lo aprietas me lo abres más.
No respondiste. No podías. Las embestidas eran cortas y secas, sin ritmo, sin la pretensión de durar. Lautaro nunca había sido un amante: era una descarga. Cada empujón te clavaba el borde de la cerradura contra los testículos y te arrancaba un quejido que él interpretaba como permiso para apretar más fuerte.
A los pocos minutos su respiración cambió. Las caderas se le pusieron erráticas. Te clavó los dedos en la cintura con una fuerza que te dejaría moretones al día siguiente, y sentiste el calor brotar dentro de ti con un gruñido contenido, casi avergonzado, como si le molestara haberse corrido tan rápido.
Se separó sin decir nada. Te quedaste apoyado contra la taquilla, respirando hondo, mientras él se subía el chándal y caminaba hacia las duchas silbando una melodía de reguetón que no terminabas de reconocer. La puerta del pasillo de duchas se cerró tras él. Te quedaste a solas con el eco.
***
Te dejaste caer sobre las baldosas, de rodillas, con las palmas contra el suelo. La jaula seguía pesando entre las piernas, ahora marcada por una línea roja donde el metal había rozado durante la monta. Notabas el goteo cálido bajando por la cara interna del muslo derecho. Un hilo, después una gota, después un pequeño charco que se extendía despacio hacia la rejilla del desagüe.
No tenías prisa por moverte. La luz fluorescente zumbaba sobre tu cabeza. Desde el suelo veías el dibujo de las baldosas: bandas grises y blancas, alguna marca negra dejada por una zapatilla, un pelo enredado en un canto. Olor a cloro, a sudor, a semen reciente. El silencio del vestuario vacío te envolvía como una manta tibia.
Hasta que escuchaste las chanclas.
El sonido golpeaba el suelo húmedo con paso firme, viniendo de la entrada principal, no del pasillo de las duchas. Levantaste la cabeza apenas a tiempo de ver una sombra alargarse sobre las baldosas. Dos piernas musculosas, oscuras, plantadas a un metro de ti. Pantalón corto de baloncesto, blanco con rayas verdes. Camiseta sin mangas. Un cuerpo joven, demasiado joven, fibroso de los que entrenan en casa con poco peso y mucha repetición.
Era Matheus. Lo habías visto un par de veces en la sala de máquinas, siempre con auriculares y la mirada en el suelo. Brasileño, recién llegado al barrio, alguien había comentado que trabajaba en la cocina de un restaurante del paseo. Hablaba castellano regular, mezclado con portugués cuando se le agotaban las palabras.
—Ô cara… —murmuró, frunciendo el ceño—. ¿Tudo bem?
Se quedó parado. No retrocedió, no apartó la mirada, no fingió no haber visto nada. Sus ojos recorrieron la escena entera con una lentitud que no parecía morbo sino más bien un cálculo silencioso. La jaula. El charco. Tu postura. La marca de los dedos en tus caderas.
—¿Tú… te caíste? —preguntó, midiendo cada palabra.
Negaste con la cabeza, despacio, sin levantarte. Quisiste decir algo y no salió nada. Te lamiste los labios secos. Él seguía sin moverse, pero la tela del pantalón corto ya no caía recta sobre el muslo: se había levantado por dentro, marcando un bulto que crecía a cada segundo que tardabas en hablar.
—¿Você quer? —dijo al fin, más bajo, casi como si le preguntara a otra persona—. ¿Quieres?
No hizo falta responder. Te giraste sobre las rodillas y reptaste el metro que os separaba. La piel de las baldosas mojadas se te pegó a las palmas. Levantaste las manos hasta la goma elástica de su pantalón y tiraste hacia abajo. El tejido cedió sin resistencia y resbaló por sus muslos hasta los tobillos.
Lo que saltó hacia arriba te dejó la boca abierta antes de tocarla. Mucho más gruesa de lo que el bulto dejaba intuir, oscura, todavía a medio crecer, con una vena marcada en el dorso que latía cada vez que él respiraba. Olía a sudor, a jabón barato, a entrenamiento reciente. Cerró los puños a los lados sin tocarte, esperando.
—Caralho… —susurró cuando tu lengua le recorrió la base por primera vez.
La metiste hasta donde pudiste. Sentiste la cabeza tocarte el paladar, después la garganta. Hiciste una arcada y él te puso la mano en la nuca, suave al principio, midiéndote. Te enseñó el ritmo sin hablar, empujando despacio, sacándola, volviendo a empujar. Tú arqueaste la espalda hacia abajo, instintivo, abriendo el culo en el aire para que le quedara claro lo que tenías dentro de ti y lo que querías recibir.
Él lo vio. Soltó un gruñido grave y se separó de tu boca con un sonido húmedo. Se puso en cuclillas detrás de ti sin pedir permiso, te agarró las caderas con las dos manos y notaste la punta apoyada contra la entrada todavía empapada por Lautaro.
—Te aproveitas, hein… —murmuró cerca de tu oreja, con un acento que casi te hizo reír—. ¿Te aprovechas, eh?
Empujaste tú primero. Le clavaste el culo hacia atrás con un impulso de las rodillas y lo sentiste entrar entero, sin que él hubiera tenido que hacer fuerza. El cuerpo se te dobló hacia delante con un jadeo que rebotó contra las baldosas. La jaula chocó contra el suelo. Notaste su pubis contra tus nalgas y la respiración cálida en la nuca.
—Filho da puta —rio él, sorprendido—. Vai com calma.
No fuiste con calma. Empezaste a moverte tú, con las palmas pegadas al suelo, las caderas marcando un ritmo que él tardó dos o tres embestidas en seguir. Cuando lo asumió, te agarró por las muñecas y te las cruzó a la espalda, sujetándolas como riendas. Empezó a embestir él, fuerte, sus muslos golpeando los tuyos con un palmoteo seco que llenó el vestuario: paff, paff, paff. Cada envite te empujaba la frente contra las baldosas y la jaula colgaba pesada bajo tu vientre.
—Olha eu… —dijo de pronto, jadeando—. Levanta la cabeza, mira.
Levantaste la cabeza y ahí estaba: el espejo grande de los lavabos, justo enfrente, reflejándolo todo. Te viste a ti mismo, la cara roja, el pelo pegado a la frente por el sudor, el ojo derecho medio cerrado por la presión, la boca abierta. Y detrás, sus hombros anchos meciéndose, los músculos del abdomen contraídos, la sonrisa de medio lado que se le formaba cada vez que te empujaba hasta el fondo.
—Tu é uma puta linda —dijo bajito, casi para sí mismo—. Una puta preciosa.
Algo en cómo lo dijo te apretó por dentro de un modo distinto al de Lautaro. No era propiedad. No era marca. Era casi un cumplido sucio que él mismo parecía estar descubriendo. Te clavaste los dientes en el labio inferior para no soltar un quejido demasiado alto. Las taquillas del fondo seguían vacías. La puerta del pasillo de duchas continuaba cerrada.
Él aceleró. Las embestidas se hicieron más cortas, más profundas. Sus dedos te apretaron las muñecas hasta hacerte daño. Notaste el primer espasmo dentro de ti, después otro, y de pronto un calor denso desbordándose entre tus muslos, mezclándose con lo de antes, bajando hasta el charco que ya empezaba a llegar al desagüe.
Matheus se quedó dentro unos segundos más, con la frente apoyada en tu espalda, respirando como un toro. Después salió despacio, sin retirar las manos. Te las soltó suavemente, casi con cuidado, como si recordara de pronto que detrás de la jaula y del culo abierto había alguien.
—Obrigado —dijo. Y se rio bajito, avergonzado de haberlo dicho—. Coño, gracias.
Se subió el pantalón. Se quedó un instante mirándote en el suelo, con esa cara mitad culpa, mitad satisfacción que no se entrena en ningún sitio. Te dejó una palmada blanda en una nalga, casi cariñosa, y caminó hacia la salida. La puerta del vestuario se abrió, dejando entrar un golpe de aire fresco, y se cerró otra vez.
Te quedaste de rodillas. La jaula seguía apretada contra las pelotas, ahora caliente, casi quemando. Mirabas el desagüe, el hilo blanco que se perdía despacio por la rejilla, y pensabas en cómo ibas a explicarle a Lautaro, cuando saliera de la ducha, por qué tu culo estaba dos veces más abierto que cuando había entrado.
Tal vez no le explicarías nada. Tal vez te lo callarías. Tal vez bastara con guardar el secreto como guardabas la llave de la jaula: colgada al cuello, escondida bajo la camiseta, recordándote a cada paso quién mandaba y quién no.
Las taquillas seguían en silencio. Faltaban diez minutos para que entrara el primer grupo del turno de tarde.