Otra tarde, otro desconocido y mi novio sin enterarse
Aquel jueves salí de la oficina con un humor de perros. No recuerdo bien qué había pasado durante el día: una reunión que se alargó demasiado, un correo del jefe, la sensación pegajosa de que la semana no terminaba nunca. Tenía veinticuatro años y vivía en pareja desde hacía casi tres con Damián, mi novio. Él trabajaba en una agencia del centro y solía llegar dos horas después que yo a casa.
Era una tarde de octubre, suave, con ese olor a tilo que tiene la ciudad cuando todavía no aprieta el calor. En el subte abrí la aplicación casi sin pensarlo. Mi perfil era el de siempre: una sola foto, el torso, los hombros, un bóxer negro. La cara nunca. Es lo que solemos hacer los activos cuando usamos esas apps como trampa, como vía de escape de algo que ni siquiera sabemos nombrar.
No tuve que esperar mucho. Me habló un chico que se presentaba con un nombre raro, Nahuel. La foto principal era una espalda morena y, dos fotos más adelante, un par de nalgas redondas y completamente lampiñas apoyadas contra el reflejo de un espejo. Eso me detuvo. Las nalgas depiladas son una debilidad mía y él parecía saber exactamente lo que tenía entre manos.
—¿Te quedan ganas un rato? —escribió.
—Tengo poco tiempo —contesté.
—Tiempo lo justo. Yo soy rapidito si vos querés.
Mentira: a esa hora, en esa app, nadie es rapidito. Pero el cuerpo le ganó la pulseada a la cabeza. Vivía a unas pocas cuadras de una estación. En colectivo eran quince minutos desde donde yo estaba. Caminables, no. Pensables, tampoco. Me bajé en la parada equivocada a propósito, para tener tiempo de arrepentirme.
No me arrepentí.
Cuando golpeé la puerta del departamento, mi corazón ya estaba latiendo demasiado fuerte para tratarse de unas escaleras. Abrió descalzo, con un short deportivo gris y una remera blanca medio gastada. Era más bajo que yo, de piel cobriza, ojos oscuros y una boca grande, casi infantil. No era el chico más lindo que había visto en mi vida, pero había algo en la forma en que me miraba: como quien recibe lo que pidió.
—Hola —dijo, y me besó sin más.
Lo hizo en el umbral, con la puerta todavía entreabierta. Fue un beso largo, mojado, sin urgencia. Me sostuvo la cara con las dos manos y, cuando se separó, me arrastró hacia adentro. Pateé la puerta para que se cerrara sola.
—Vení, vení —murmuró tirándome de la muñeca.
Su habitación era chica, oscura. Una cama de plaza y media contra la pared, las persianas a medio bajar. Olía a desodorante y a algo dulzón que no supe identificar. Me empujó por los hombros hasta sentarme en el borde del colchón y se arrodilló entre mis piernas como si llevara horas esperando ese momento.
Me desabrochó el jean con dedos firmes. Cuando me bajó el bóxer, levantó la vista, me miró y sonrió.
—¿Me dejás probar si me cabe entera?
No le contesté. Le acaricié la nuca, le metí los dedos en el pelo y lo guié hacia abajo. Lo hacía bien. Tan bien que me obligué a respirar con la boca abierta para no terminar antes de tiempo. Más allá de la técnica, lo que me prendió fuego fue la entrega: la forma en que cerraba los ojos, en que dejaba un hilo de saliva caerle por la barbilla sin importarle. Estaba disfrutando aquello al menos tanto como yo, y eso, para mí, es lo más excitante del mundo.
Cuando ya no aguanté más, le sostuve la cara y se la saqué de la boca. Tenía los labios hinchados y los ojos vidriosos.
—Date vuelta —le dije.
Obedeció sin chistar. Se subió a la cama, se apoyó en los codos y me ofreció la espalda. Le bajé el short de un tirón. Las nalgas eran todavía mejor en vivo que en la foto: redondas, lisas, tibias. Pasé la palma de la mano por una de ellas con la lentitud con la que uno acaricia algo que sabe que no le pertenece. Después abrí, hundí la cara y empecé a comérselo sin preámbulos.
Lo escuché soltar un gemido sordo contra la almohada. Estaba apretado. Mucho. Con la punta de la lengua se notaba enseguida. Me pregunté qué se sentiría minutos más tarde, cuando entrara de verdad. Esa pregunta, sumada al hecho de que en mi casa Damián seguiría planchando una camisa o cebándose un mate sin saber nada, terminó de empujarme hacia un lugar oscuro y delicioso del que ya no quise salir.
Le di una nalgada al separarme. Otra. Una tercera, más fuerte.
—Eh —protestó, riendo a medias contra el colchón.
—Vos me hiciste venir —murmuré, y fui a buscar el preservativo al bolsillo del jean.
Me lo puse parado al pie de la cama, mirándolo. Él se acomodó en cuatro, con la espalda un poco caída. Le clavé dos dedos lubricados, primero uno y después el segundo, sólo para confirmar lo que ya sabía. Estaba abierto, sí, pero con la justa: lo suficiente para no romperme la noche, lo bastante apretado para que cada centímetro fuera una promesa.
Me arrodillé detrás. Le pasé una mano por la espalda baja, le empujé apenas la cadera para que arqueara la columna. La curva que se le formó me dejó sin aire.
Entré despacio. La primera vez nunca hay que apurarse, aunque uno tenga ganas de cogerse el mundo. Llegué a la mitad y me detuve. Le acaricié las nalgas otra vez, con las dos manos, como amasando. Entonces él, sin que yo lo guiara, llevó el cuerpo hacia atrás y me metió entero.
—Mierda —dije, sin querer decirlo.
Se sentía estupendo. Estrecho, sí, pero con esa elasticidad que tienen los pibes que están acostumbrados a recibir tipos como yo. Empecé a moverme con calma, midiendo la respuesta de su cuerpo, y enseguida me devolvió un gemido amanerado, casi cantado, que me hizo perder el último resto de prudencia que me quedaba.
¿Cómo no iba a sonar amanerado un pibe que se depilaba milimétricamente, que invitaba a un activo a su casa una tarde de jueves cualquiera, que disfrutaba tanto de tenerme adentro que ni siquiera necesitaba tocarse?
Casi me dio bronca, no sé bien por qué. Quizá porque a esa altura ya no había modo de inventar una excusa elegante: yo no estaba ahí por curiosidad, ni por una crisis, ni por venganza. Estaba ahí porque me había salido del cuerpo, y eso era todo. Yo debería haber estado en casa, llegando con la bolsa de las compras, esperando a Damián con la cena lista. En cambio, estaba metido hasta el fondo de un desconocido al que sólo conocía por una foto.
Le agarré las caderas y empecé a empujar más fuerte. La cama hacía un ruido bajo, rítmico, contra la pared. Él se sostuvo del cabecero con una mano y con la otra se aferró al elástico de la sábana. Cada embestida le sacaba un gemido distinto: uno más agudo, otro más apagado, otro casi una palabra. Me incliné sobre su espalda y le mordí el hombro. Olía a colonia barata y a sudor reciente. Me gustó.
—Pará un toque —murmuró de pronto.
Paré. Lo dejé respirar. Tenía la frente apoyada en el antebrazo y la espalda brillante. Le pasé la mano por la nuca, casi con ternura, y me sorprendí a mí mismo en el gesto. Después volví a moverme, esta vez más lento, y él soltó una risa baja, agradecida.
Sabiendo que él era consciente de que yo no tenía mucho tiempo —se lo había dicho por la app antes de subir al colectivo—, me tomé una pausa para contemplar la escena: lo dilatado que estaba a esa altura, el modo en que mi cuerpo entraba y salía, el preservativo brillante, las marcas rojas de mis dedos en sus nalgas. Volví a entrar. Se sintió tan genial como la primera vez.
En algún momento le avisé:
—Me estoy por venir.
No me contestó con palabras. Giró la cabeza por encima del hombro y me clavó los ojos. Tenía la boca abierta, los labios secos, las pupilas dilatadas. Y en esa décima de segundo, lo confieso, deseé estar haciéndolo a pelo. Pensé en lo mucho que me habría gustado vaciarme adentro suyo sin nada de por medio. Fue un pensamiento brutal, animal, contradictorio con todo lo que soy en mi vida diurna. Pero ahí estaba, nítido, casi insultantemente real.
Acabé adentro del preservativo con un gruñido que me salió del estómago. Me quedé unos segundos quieto, con las manos clavadas en sus caderas, respirando contra su espalda. Él dejó caer la cabeza sobre la almohada y soltó un suspiro largo, satisfecho.
Me retiré con cuidado. Me saqué el condón, le hice el nudo y lo tiré en un cesto de mimbre que había al lado de la cama. Él se dio vuelta, se sentó contra el respaldo y me miró con una sonrisa cansada.
—Sos un hijo de puta —dijo, sin enojo, con un tono que era casi un cumplido.
Me reí. Le contesté algo que ya no recuerdo. Me dijo otra cosa, también olvidada. Me dio un beso corto en la mejilla, como un cierre, y me acompañó hasta la puerta en calzoncillos.
***
En la calle me esperaba la misma tarde de octubre que había dejado afuera. El mismo cielo, los mismos árboles, la misma gente comprando facturas en la panadería de la esquina. Caminé unas cuadras hasta la parada del colectivo. El primero que pasó me llevó casi vacío.
Me senté contra la ventanilla y me quedé mirando los carteles, las marquesinas, los avisos de inmobiliarias. Esperaba la culpa. Estaba seguro de que aparecería en cualquier momento, como un pinchazo en el estómago, como un nudo en la garganta. Era la primera infidelidad que cometía estando ya en pareja seria con Damián —bueno, la segunda, en realidad, pero la otra había sido con un chico al que conocía hacía años, y no la había sentido del todo igual—. Esta era más fría, más limpia, más absolutamente azarosa.
Y sin embargo no llegó. La culpa no apareció.
Sentí muchas cosas en ese viaje. Sentí el cuerpo flojo, los músculos largos, la respiración tranquila. Sentí algo parecido a una satisfacción tonta, casi adolescente. Sentí también una curiosidad antigua, como si acabara de confirmarme algo sobre mí mismo que ya intuía y prefería no mirar a los ojos.
Pero culpa no. Había tenido la necesidad y punto.
Cuando bajé del colectivo paré en el almacén del barrio a comprar tomates y un paquete de fideos. Damián llegaría en una hora. Le iba a preguntar cómo le había ido el día, le iba a cebar unos mates en el balcón, le iba a contar algún chiste viejo, y por la noche, en la cama, me iba a abrazar por la espalda como hacía siempre. Y yo lo iba a dejar.
A veces todavía pienso en Nahuel. Sobre todo cuando paso por la zona y miro de reojo el edificio donde vivía. No volví a escribirle. Él tampoco a mí. Y, aunque parezca raro decirlo, creo que esa es la parte más honesta de toda la historia.